InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     

Inicio >Dozavario 2011 > Homilía

   
 
Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Monseñor Alberto Márquez Aquino, Vicario Episcopal de Áreas de Pastoral, en el Quinto Día del Dozavario, en la Basílica de Guadalupe.


Santa María de Guadalupe, Madre Eucarística
5 de diciembre de 2011

Hermanas y hermanos todos; señores canónigos y demás presbíteros de esta Basílica; Monseñor Enrique Glennie Graue, rector de Guadalupe.

En nuestra celebración de la Eucaristía, especialmente en este lugar, tenemos siempre presente a María porque nos acompaña en nuestra vida y por la íntima unión que ella tuvo y sigue teniendo siempre con su Hijo Jesús, a quien nos unimos en toda celebración eucarística.

Vamos a tener una breve reflexión como parte de nuestra celebración, uniéndonos a ese Cristo Jesús y contemplándolo, en primer lugar así como se nos presenta hoy en este episodio en el Evangelio que se ha proclamado.

En el texto se nos relata un hecho, el poder de Dios estaba con Él para que hiciera curaciones. Es el poder de Dios, su Padre, que lo envolvía, lo llenaba, para que sus palabras, sus obras, toda su persona fuera la manifestación amorosa de Dios que así quería hacerse presente en este mundo.

Es ese Señor que viene a salvarnos, así como lo hemos proclamado en el salmo responsorial. Jesús que nos trae su salvación en todas sus manifestaciones, así lo descubrimos lo decía en este pasaje del Evangelio.  Él, que viene a nuestro encuentro para curarnos de todos nuestros males, como curó a aquel paralítico, que de forma extraordinaria es bajando por el techo y es presentado ante Jesús, como hemos escuchado.

Antes de que aquel paralítico o quienes lo acompañaban, que sabían muy bien para qué lo presentaban, para qué lo levaban ante Jesús, le pidieran algo. Jesús con ese poder transformador que cambia la tristeza en alegría, que cambia el mal en bien, dice: Amigo se te perdonan tus pecados. Notemos esa forma afectuosa, muy cercana, con la cual se dirige Jesús al paralítico: amigo.

Jesús inmediatamente va a lo profundo del mal y quiere perdonarlo. Como decía, antes de que le pidan otra cosa, Él quiere perdonarle sus pecados y por eso le da esa seguridad: tus pecados te son perdonados. Efectivamente las enfermedades, las desgracias, las carencias y otros males corporales o materiales causan sufrimiento; pero ninguno causa tanta destrucción como el pecado; porque éste, afecta el interior de la persona, destruye nuestra relación con Dios, lo fundamental de nuestra vida.

Jesús tiene el poder −y así lo manifiesta− de curar todo mal y de sanarnos (de librarnos) del pecado cuando acudimos a Él movidos por la confianza, como lo hizo aquel paralítico que pidió que lo llevaran, a como diera lugar, a la presencia de Jesús.

Por el gran don de la fe que el Señor nos ha concedido, y que hoy nos trae aquí, como en otras muchas ocasiones nos ha acercado al altar para participar en la Eucaristía, nosotros no necesitamos pruebas de ese poder ni mucho menos dudamos que Él pueda ayudarnos en nuestras carencias cotidianas y corporales.

Llenos de confianza podemos esperar su palabra que nos diga: Toma tu calilla y vete a tu casa, aligerándonos así nuestros trabajos, nuestros problemas, nuestros pesares, todo aquello que nos aqueja en nuestra vida presente. Pero sobre todo esperamos que nos diga: se te perdonan tus pecados.

Y esto lo logramos cuando venimos, en este tiempo de Adviento, movidos por ese espíritu de arrepentimiento, de conversión, y entonces venimos a recibir esa palabra del Señor que se ratifica con el sacramento de la Reconciliación, en donde recibimos plenamente ese perdón.

Que así hermanos, nosotros nos dispongamos para que el encuentro con el Señor sea pleno. Que así busquemos, especialmente en este tiempo que a eso nos invita, ese perdón de Dios, por nuestra conversión, por nuestro arrepentimiento.

Aquel paralítico, para que pudiera ser presentado ante Jesús, tuvo que ser llevado por otros que se comportaron verdaderamente como hermanos; así sucede también en nuestra vida cristiana, necesitamos de los demás para ir a Dios, para estar con Él, necesitamos de esas ayudas fraternas de todos los que nos rodean, y muchas veces de aquellos que están lejos porque también por su oración nos ayudan.

Pero de entre todas las personas que pueden ayudarnos y que normalmente lo hacen, indudablemente ocupa un lugar muy importante la Virgen María, a quien nosotros hoy y muchas veces, gozamos al invocar como Santa María de Guadalupe que indudablemente para se hizo cercana a nosotros.  Así nosotros experimentamos de forma muy viva ese principio de la espiritualidad católica: a Jesús por María.

Y precisamente cuando nos referimos a la unión que tenemos en Cristo en la Eucaristía  no solamente vemos a María como intercesora sino sobre todo como modelo siguiendo las enseñanzas que sobre este tema nos ofrece el beato Juan Pablo II cuando la llama Mujer Eucarística.

Ella, nos dice el Papa, acoge incondicionalmente el don de Dios y de esa manera se asocia a la obra de la Salvación. María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de Sí mismo en la Eucaristía.

Efectivamente, María puede guiarnos hacia el Sacramento de la Eucaristía porque tiene una relación profunda con él, en cuanto que por la Encarnación vivió esa íntima unión con Cristo; pero también a través de toda su vida, por su actitud de fe y docilidad a la palabra del Señor estuvo en una actitud plena unión con Él.

Así podemos descubrir una semejanza profunda en aquella disponibilidad, en aquel fiat que pronunció a las palabras del ángel y el amén pronunciado por cada fiel cuando recibe el Cuerpo del Señor.

A María se le pidió creer en Aquel a quien que concibió por obra del Espíritu Santo, creer que era el Hijo de Dios. En continuidad con la fe de la Virgen María, en el misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e hijo de María, se hace presente, con todo su ser humano y divino, en las especies de eucarísticas de pan y de vino que recibimos en comunión.

En fin de cuentas, hemos de reconocer que todos nosotros estamos todavía en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra esperanza; pero esto no quita que se pueda reconocer, ya ahora, con gratitud todo lo que Dios nos ha dado que encuentra relación perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Su asunción al cielo en cuerpo y alma es para nosotros, nos dice nuevamente el papa, un signo de esperanza segura, que como peregrinos en el tiempo nos indica la meta escatológica, que el Sacramento de la Eucaristía nos hace pregustar ya desde ahora.

Al celebrar hoy la Eucaristía, es Cristo quien viene a nosotros una vez más a este altar, como lo sabemos con toda la seguridad que nos da nuestra fe. Es Él quien nos deja escuchar su palabra, esa palabra que nos ilumina, esa  palabra que siempre queremos comprender mejor; pero la providencia de Dios ha querido que en esta obra de salvación  María nos acompañe con su ejemplo e interceda por nosotros para que se realice este encuentro de Jesús con nosotros. Ella está íntimamente unida al misterio de la Eucaristía desde su origen por eso, decíamos, la llamamos mujer eucarística.

Pidamos a nuestra Señora de Guadalupe, especialmente en este dozavario que hacemos en su honor, que ayude a todos nuestra Iglesia a saber acercarse y saber vivir este misterio de la Eucaristía, para que cada vez que salgamos de su celebración nos sintamos enviados a dar testimonio de lo que hoy hemos celebrado, hemos recibido como mensaje de la Palabra del Señor: el perdón y el amor de su Hijo Jesús.

Así sea.

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior