Hermanas y hermanos todos;
señores canónigos y demás presbíteros de esta Basílica; Monseñor Enrique
Glennie Graue, rector de Guadalupe.
En nuestra celebración de la
Eucaristía, especialmente en este lugar, tenemos siempre presente
a María porque nos acompaña en nuestra vida y por la íntima unión
que ella tuvo y sigue teniendo siempre con su Hijo Jesús, a quien
nos unimos en toda celebración eucarística.
Vamos a tener una breve reflexión
como parte de nuestra celebración, uniéndonos a ese Cristo Jesús y
contemplándolo, en primer lugar así como se nos presenta hoy en este
episodio en el Evangelio que se ha proclamado.
En el texto se nos relata un
hecho, el poder de Dios estaba con Él para que hiciera curaciones.
Es el poder de Dios, su Padre, que lo envolvía, lo llenaba, para que
sus palabras, sus obras, toda su persona fuera la manifestación amorosa
de Dios que así quería hacerse presente en este mundo.
Es ese Señor que viene a salvarnos,
así como lo hemos proclamado en el salmo responsorial. Jesús que nos
trae su salvación en todas sus manifestaciones, así lo descubrimos
lo decía en este pasaje del Evangelio. Él, que viene a nuestro encuentro
para curarnos de todos nuestros males, como curó a aquel paralítico,
que de forma extraordinaria es bajando por el techo y es presentado
ante Jesús, como hemos escuchado.
Antes de que aquel paralítico
o quienes lo acompañaban, que sabían muy bien para qué lo presentaban,
para qué lo levaban ante Jesús, le pidieran algo. Jesús con ese poder
transformador que cambia la tristeza en alegría, que cambia el mal
en bien, dice: Amigo se te perdonan tus pecados. Notemos esa
forma afectuosa, muy cercana, con la cual se dirige Jesús al paralítico:
amigo.
Jesús inmediatamente va a lo
profundo del mal y quiere perdonarlo. Como decía, antes de que le
pidan otra cosa, Él quiere perdonarle sus pecados y por eso le da
esa seguridad: tus pecados te son perdonados. Efectivamente
las enfermedades, las desgracias, las carencias y otros males corporales
o materiales causan sufrimiento; pero ninguno causa tanta destrucción
como el pecado; porque éste, afecta el interior de la persona, destruye
nuestra relación con Dios, lo fundamental de nuestra vida.
Jesús tiene el poder −y
así lo manifiesta− de curar todo mal y de sanarnos (de librarnos)
del pecado cuando acudimos a Él movidos por la confianza, como lo
hizo aquel paralítico que pidió que lo llevaran, a como diera lugar,
a la presencia de Jesús.
Por el gran don de la fe que
el Señor nos ha concedido, y que hoy nos trae aquí, como en otras
muchas ocasiones nos ha acercado al altar para participar en la Eucaristía,
nosotros no necesitamos pruebas de ese poder ni mucho menos dudamos
que Él pueda ayudarnos en nuestras carencias cotidianas y corporales.
Llenos de confianza podemos
esperar su palabra que nos diga: Toma tu calilla y vete a tu casa,
aligerándonos así nuestros trabajos, nuestros problemas, nuestros
pesares, todo aquello que nos aqueja en nuestra vida presente. Pero
sobre todo esperamos que nos diga: se te perdonan tus pecados.
Y esto lo logramos cuando venimos,
en este tiempo de Adviento, movidos por ese espíritu de arrepentimiento,
de conversión, y entonces venimos a recibir esa palabra del Señor
que se ratifica con el sacramento de la Reconciliación, en donde recibimos
plenamente ese perdón.
Que así hermanos, nosotros
nos dispongamos para que el encuentro con el Señor sea pleno. Que
así busquemos, especialmente en este tiempo que a eso nos invita,
ese perdón de Dios, por nuestra conversión, por nuestro arrepentimiento.
Aquel paralítico, para que
pudiera ser presentado ante Jesús, tuvo que ser llevado por otros
que se comportaron verdaderamente como hermanos; así sucede también
en nuestra vida cristiana, necesitamos de los demás para ir a Dios,
para estar con Él, necesitamos de esas ayudas fraternas de todos los
que nos rodean, y muchas veces de aquellos que están lejos porque
también por su oración nos ayudan.
Pero de entre todas las personas
que pueden ayudarnos y que normalmente lo hacen, indudablemente ocupa
un lugar muy importante la Virgen María, a quien nosotros hoy y muchas
veces, gozamos al invocar como Santa María de Guadalupe que indudablemente
para se hizo cercana a nosotros. Así nosotros experimentamos de forma
muy viva ese principio de la espiritualidad católica: a Jesús por
María.
Y precisamente cuando nos referimos
a la unión que tenemos en Cristo en la Eucaristía no solamente vemos
a María como intercesora sino sobre todo como modelo siguiendo las
enseñanzas que sobre este tema nos ofrece el beato Juan Pablo II cuando
la llama Mujer Eucarística.
Ella, nos dice el Papa, acoge
incondicionalmente el don de Dios y de esa manera se asocia a la obra
de la Salvación. María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es
el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don
que Jesús hace de Sí mismo en la Eucaristía.
Efectivamente, María puede
guiarnos hacia el Sacramento de la Eucaristía porque tiene una relación
profunda con él, en cuanto que por la Encarnación vivió esa íntima
unión con Cristo; pero también a través de toda su vida, por su actitud
de fe y docilidad a la palabra del Señor estuvo en una actitud plena
unión con Él.
Así podemos descubrir una semejanza
profunda en aquella disponibilidad, en aquel fiat que pronunció
a las palabras del ángel y el amén pronunciado por cada fiel
cuando recibe el Cuerpo del Señor.
A María se le pidió creer en
Aquel a quien que concibió por obra del Espíritu Santo, creer que
era el Hijo de Dios. En continuidad con la fe de la Virgen María,
en el misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo
de Dios e hijo de María, se hace presente, con todo su ser humano
y divino, en las especies de eucarísticas de pan y de vino que recibimos
en comunión.
En fin de cuentas, hemos de
reconocer que todos nosotros estamos todavía en camino hacia el pleno
cumplimiento de nuestra esperanza; pero esto no quita que se pueda
reconocer, ya ahora, con gratitud todo lo que Dios nos ha dado que
encuentra relación perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre
nuestra. Su asunción al cielo en cuerpo y alma es para nosotros, nos
dice nuevamente el papa, un signo de esperanza segura, que como peregrinos
en el tiempo nos indica la meta escatológica, que el Sacramento de
la Eucaristía nos hace pregustar ya desde ahora.
Al celebrar hoy la Eucaristía,
es Cristo quien viene a nosotros una vez más a este altar, como lo
sabemos con toda la seguridad que nos da nuestra fe. Es Él quien nos
deja escuchar su palabra, esa palabra que nos ilumina, esa palabra
que siempre queremos comprender mejor; pero la providencia de Dios
ha querido que en esta obra de salvación María nos acompañe con su
ejemplo e interceda por nosotros para que se realice este encuentro
de Jesús con nosotros. Ella está íntimamente unida al misterio de
la Eucaristía desde su origen por eso, decíamos, la llamamos mujer
eucarística.
Pidamos a nuestra Señora de
Guadalupe, especialmente en este dozavario que hacemos en su honor,
que ayude a todos nuestra Iglesia a saber acercarse y saber vivir
este misterio de la Eucaristía, para que cada vez que salgamos de
su celebración nos sintamos enviados a dar testimonio de lo que hoy
hemos celebrado, hemos recibido como mensaje de la Palabra del Señor:
el perdón y el amor de su Hijo Jesús.
Así sea.