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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Excmo. Sr. Obispo Don Adolfo Miguel Castaño Fonseca, Vicario Episcopal de la III Zona Pastoral, en el Segundo Día del Dozavario, en la Basílica de Guadalupe.

Santa María de Guadalupe, Madre de Dios
2 de diciembre de 2011

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y religiosos. Muy queridas hermanas y hermanos en el sacerdocio bautismal.

Nuestro Señor, el Creador de todo cuanto existe, de quien procede toda esperanza y en quien encuentra su fuerza y fundamento todo anhelo humano, nos ha reunido hoy en los inicios del tiempo del Adviento; precisamente aquí, en esta insigne Basílica de Guadalupe, la casa de la siempre Virgen María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, la Madre de la esperanza.

Estamos aquí para alabar, bendecir, glorificar y dar gracias a nuestro Padre, quien por su gran misericordia nos ha bendecido en la persona de su Hijo amado, Jesucristo nuestro Salvador, quien ha querido compartir nuestra debilidad humana naciendo del vientre virginal de María, Madre de Dios y Madre nuestra, para que al asumir nuestra condición frágil nos libere de todo mal, especialmente del pecado, el mayor de los males y causa de la peor ceguera de la humanidad.

La Palabra de Dios, que es lámpara que alumbra nuestros senderos para descubrir el camino de la Salvación al que hemos sido invitados gratuitamente, nos ilumina hoy en esta celebración, que es ante todo un encuentro personal y comunitario con quien es el Verbo Encarnado en el seno purísimo de María, la luz para el mundo, Jesucristo nuestro Salvador.

El oráculo de restauración que hemos escuchado en la primera lectura del profeta Isaías expresa como acontece la presencia de Dios en la historia de un pueblo, del pueblo de Israel. Se trata hermanas y hermanos, de una restauración integral que afecta positivamente todos los ámbitos de la creación, confluyen la restauración de la naturaleza, la desaparición de los males que aquejan la existencia de los seres humanos, la reparación de las humillaciones de las opresiones e incluso de las injusticias.

Las maldiciones que aparecen en los oráculos precedentes, en el mismo libro del profeta Isaías, son totalmente abolidas. Ya no se escuchará la terrible maldición pronunciada a través de los labios del mismo profeta, apenas unos pasajes antes cuando decía: Asómbrense y quédense sorprendidos, quédense ciegos y permanezcan así, porque el Señor les va a enviar un sopor que cegará también a los profetas. (Is 29)

¡No! Por el contrario, ahora comienza la transformación de la naturaleza que restaura toda destrucción: el Líbano se convertirá en un vergel (es decir, en un jardín) y el vergel en un bosque, ahora las mutilaciones físicas que aquejan a las personas quedan también superadas y abolidas; los sordos, oirán las palabras del libro; los ojos de los ciegos verán sin tinieblas, ni oscuridad.

Esto dice Dios a través del profeta: las opresiones de las injusticias son sustituidas por el reino de la justicia, así el pueblo salvado y reconciliado puede presentarse frente a Dios gozosamente.

Este pasaje del profeta Isaías es como una síntesis de la historia salvífica donde, si bien es cierto que el hombre no puede ignorar la terrible desgracia de los males que le aquejan ­−en todo su entorno, en la creación misma y en su propia existencia− también sabe que su Dios está presente invitándole a entrar en un camino de luz en una experiencia de salvación.

El tema de la luz suele ser muy elocuente en las páginas de la Sagrada Escritura, siempre en contraste con su contraparte: la oscuridad. No es fortuito que el primer acto del Creador, como aparece en el libro del Génesis, haya sido la separación de la luz de las tinieblas; y tampoco es fortuito que al final de la historia de la salvación, como parece en el libro del Apocalipsis, la nueva creación tendrá a Dios como luz, porque Él es la luz sin ocaso.

Entre la primera creación y la nueva creación siempre se desata un conflicto en el que a menudo se enfrentan la luz y la obscuridad en una batalla sin tregua, donde muchas veces parece que esta última, la oscuridad, podrá vencer a la primera para establecer un dominio asolador de sombras y tinieblas. Y es que el pecado provoca la verdadera oscuridad y causa la más terrible ceguera que pueda padecer la humanidad.

Como en tiempos de Isaías −y muchos otros en la vida del pueblo de Israel y en la vida de la Iglesia− hoy hermanas y hermanos, también muchas veces pareciera que los hijos de la luz vamos perdiendo la batalla, que la victoria de los hijos de la oscuridad es inevitable; pareciera que es inminente el triunfo de la maldad que nosotros mismos, cegados por los espejismos del mal, hemos extraviado la ruta y nos encaminamos en picada hacia el reino de la oscuridad.

Por tanto, corremos el riesgo de caer en el pesimismo y en la desesperanza; sin embargo, no podemos olvidar que Dios es la fuente de la luz, que su Palabra es antorcha que guía nuestros por el sendero recto, y sobre todo no podemos olvidar que Jesucristo es la verdadera luz que viene a este mundo para iluminar nuestra vida. Pero nosotros, como los ciegos en el camino, tenemos que gritarle: Jesús, hijo de David, ten compasión de nosotros.

Y al mismo tiempo Él, también nos está preguntando: ¿Crees que puedo hacerlo? ¿Realmente crees que yo soy la luz? ¿Crees que realmente yo puedo iluminar las tinieblas, la oscuridad que amenaza este mundo, esta sociedad que se autodestruye? ¿Cuál es nuestra respuesta? ¿Cuál es la respuesta de cada uno de nosotros?  

Jesucristo no espera solamente una respuesta de palabra, no espera solamente un formulismo, sino una respuesta que brote del corazón de quien se encuentra convencido de su fe.  ¿De veras creemos que Jesús puede curar nuestras cegueras y dar un sentido auténtico y genuino a nuestra existencia? ¿En verdad, cada uno de nosotros podrá decirle, no de palabra, sino con el corazón: Sí, Señor, sí creo;  creo que Tú eres el Mesías, el Salvador?

Desde el año 1531 María Santísima, la Madre del verdadero Dios por quien se vive, en su advocación de Guadalupe, ha venido a estas tierras a traer la luz del dador de la vida, ha venido como antorcha para iluminar la vida de los moradores de estas tierras para que ella como piadosa Madre pueda mostrar todo su amor, compasión, auxilio y defensa; pero también ella viene para desterrar las tinieblas de la idolatría y llevarnos a la adoración del Creador ante quien está todo, Señor del cielo y de la tierra. María Santísima de Guadalupe, ha sido para nuestra tierra el fiel reflejo de la luz divina, la que ha traído a nuestra patria el mensaje de la Buena Nueva, esa luz que es el Evangelio.

Si desde 1531, y en los momentos más decisivos de nuestra historia, Ella ha sido como lucero matinal que ha logrado vencer la oscuridad de la idolatría, de la angustia y del desasosiego, ¿por qué hoy no podría ser como una aurora boreal que aun en medio de las tinieblas de la noche es capaz de romper la más densa oscuridad para hacer resplandecer, no una luz cualquiera, sino la fuente de la luz: Jesucristo Salvador, Palabra Eterna del Padre, el que puede iluminar y sanar nuestra ceguera?

Madre Santísima de Guadalupe, Madre del Verdadero Dios, el Dueño del cielo y de la tierra, intercede por nosotros para que nos dejemos iluminar por Jesucristo, la luz verdadera que viene a este mundo, para que este Adviento nos ayude a prepararnos a recibirlo y Él cure nuestras cegueras.

Amén.
 
 
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