Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y religiosos.
Muy queridas hermanas y hermanos en el sacerdocio bautismal.
Nuestro
Señor, el Creador de todo cuanto existe, de quien procede toda
esperanza y en quien encuentra su fuerza y fundamento todo anhelo
humano, nos ha reunido hoy en los inicios del tiempo del Adviento;
precisamente aquí, en esta insigne Basílica de Guadalupe, la casa
de la siempre Virgen María, Madre del Verdadero Dios por quien
se vive, la Madre de la esperanza.
Estamos
aquí para alabar, bendecir, glorificar y dar gracias a nuestro
Padre, quien por su gran misericordia nos ha bendecido en la persona
de su Hijo amado, Jesucristo nuestro Salvador, quien ha querido
compartir nuestra debilidad humana naciendo del vientre virginal
de María, Madre de Dios y Madre nuestra, para que al asumir nuestra
condición frágil nos libere de todo mal, especialmente del pecado,
el mayor de los males y causa de la peor ceguera de la humanidad.
La Palabra
de Dios, que es lámpara que alumbra nuestros senderos para descubrir
el camino de la Salvación al que hemos sido invitados gratuitamente,
nos ilumina hoy en esta celebración, que es ante todo un encuentro
personal y comunitario con quien es el Verbo Encarnado en el seno
purísimo de María, la luz para el mundo, Jesucristo nuestro Salvador.
El oráculo
de restauración que hemos escuchado en la primera lectura del
profeta Isaías expresa como acontece la presencia de Dios en la
historia de un pueblo, del pueblo de Israel. Se trata hermanas
y hermanos, de una restauración integral que afecta positivamente
todos los ámbitos de la creación, confluyen la restauración de
la naturaleza, la desaparición de los males que aquejan la existencia
de los seres humanos, la reparación de las humillaciones de las
opresiones e incluso de las injusticias.
Las maldiciones
que aparecen en los oráculos precedentes, en el mismo libro del
profeta Isaías, son totalmente abolidas. Ya no se escuchará la
terrible maldición pronunciada a través de los labios del mismo
profeta, apenas unos pasajes antes cuando decía: Asómbrense
y quédense sorprendidos, quédense ciegos y permanezcan así, porque
el Señor les va a enviar un sopor que cegará también a los profetas.
(Is 29)
¡No! Por
el contrario, ahora comienza la transformación de la naturaleza
que restaura toda destrucción: el Líbano se convertirá en un vergel
(es decir, en un jardín) y el vergel en un bosque, ahora las mutilaciones
físicas que aquejan a las personas quedan también superadas y
abolidas; los sordos, oirán las palabras del libro; los ojos de
los ciegos verán sin tinieblas, ni oscuridad.
Esto dice
Dios a través del profeta: las opresiones de las injusticias son
sustituidas por el reino de la justicia, así el pueblo salvado
y reconciliado puede presentarse frente a Dios gozosamente.
Este pasaje
del profeta Isaías es como una síntesis de la historia salvífica
donde, si bien es cierto que el hombre no puede ignorar la terrible
desgracia de los males que le aquejan −en todo su entorno,
en la creación misma y en su propia existencia− también
sabe que su Dios está presente invitándole a entrar en un camino
de luz en una experiencia de salvación.
El tema
de la luz suele ser muy elocuente en las páginas de la Sagrada
Escritura, siempre en contraste con su contraparte: la oscuridad.
No es fortuito que el primer acto del Creador, como aparece en
el libro del Génesis, haya sido la separación de la luz de las
tinieblas; y tampoco es fortuito que al final de la historia de
la salvación, como parece en el libro del Apocalipsis, la nueva
creación tendrá a Dios como luz, porque Él es la luz sin ocaso.
Entre la
primera creación y la nueva creación siempre se desata un conflicto
en el que a menudo se enfrentan la luz y la obscuridad en una
batalla sin tregua, donde muchas veces parece que esta última,
la oscuridad, podrá vencer a la primera para establecer un dominio
asolador de sombras y tinieblas. Y es que el pecado provoca la
verdadera oscuridad y causa la más terrible ceguera que pueda
padecer la humanidad.
Como en
tiempos de Isaías −y muchos otros en la vida del pueblo
de Israel y en la vida de la Iglesia− hoy hermanas y hermanos,
también muchas veces pareciera que los hijos de la luz vamos perdiendo
la batalla, que la victoria de los hijos de la oscuridad es inevitable;
pareciera que es inminente el triunfo de la maldad que nosotros
mismos, cegados por los espejismos del mal, hemos extraviado la
ruta y nos encaminamos en picada hacia el reino de la oscuridad.
Por tanto,
corremos el riesgo de caer en el pesimismo y en la desesperanza;
sin embargo, no podemos olvidar que Dios es la fuente de la luz,
que su Palabra es antorcha que guía nuestros por el sendero recto,
y sobre todo no podemos olvidar que Jesucristo es la verdadera
luz que viene a este mundo para iluminar nuestra vida. Pero nosotros,
como los ciegos en el camino, tenemos que gritarle: Jesús,
hijo de David, ten compasión de nosotros.
Y al mismo
tiempo Él, también nos está preguntando: ¿Crees que puedo hacerlo?
¿Realmente crees que yo soy la luz? ¿Crees que realmente yo puedo
iluminar las tinieblas, la oscuridad que amenaza este mundo, esta
sociedad que se autodestruye? ¿Cuál es nuestra respuesta? ¿Cuál
es la respuesta de cada uno de nosotros?
Jesucristo
no espera solamente una respuesta de palabra, no espera solamente
un formulismo, sino una respuesta que brote del corazón de quien
se encuentra convencido de su fe. ¿De veras creemos que
Jesús puede curar nuestras cegueras y dar un sentido auténtico
y genuino a nuestra existencia? ¿En verdad, cada uno de nosotros
podrá decirle, no de palabra, sino con el corazón: Sí, Señor,
sí creo; creo que Tú eres el Mesías, el Salvador?
Desde el
año 1531 María Santísima, la Madre del verdadero Dios por quien
se vive, en su advocación de Guadalupe, ha venido a estas tierras
a traer la luz del dador de la vida, ha venido como antorcha para
iluminar la vida de los moradores de estas tierras para que ella
como piadosa Madre pueda mostrar todo su amor, compasión, auxilio
y defensa; pero también ella viene para desterrar las tinieblas
de la idolatría y llevarnos a la adoración del Creador ante quien
está todo, Señor del cielo y de la tierra. María Santísima de
Guadalupe, ha sido para nuestra tierra el fiel reflejo de la luz
divina, la que ha traído a nuestra patria el mensaje de la Buena
Nueva, esa luz que es el Evangelio.
Si desde
1531, y en los momentos más decisivos de nuestra historia, Ella
ha sido como lucero matinal que ha logrado vencer la oscuridad
de la idolatría, de la angustia y del desasosiego, ¿por qué
hoy no podría ser como una aurora boreal que aun en medio de las
tinieblas de la noche es capaz de romper la más densa oscuridad
para hacer resplandecer, no una luz cualquiera, sino la fuente
de la luz: Jesucristo Salvador, Palabra Eterna del Padre, el que
puede iluminar y sanar nuestra ceguera?
Madre Santísima
de Guadalupe, Madre del Verdadero Dios, el Dueño del cielo y de
la tierra, intercede por nosotros para que nos dejemos iluminar
por Jesucristo, la luz verdadera que viene a este mundo, para
que este Adviento nos ayude a prepararnos a recibirlo y Él cure
nuestras cegueras.
Amén.