Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración de DOMINGO
MUNDIAL DE LAS MISIONES
24 de octubre de 2004
DIOS
QUIERE QUE TODOS LOS HOMBRES SE SALVEN
Hermanos, bendito y alabado sea nuestro
Dios y Señor por el gran designio de salvación para todos los hombres
del orbe entero para el cual ha querido establecer su Iglesia como
signo e instrumento de salvación en la que todos los creyentes en
Cristo estamos comprometidos.
Hermanos,
creemos que Dios nuestro Padre nos ha hablado por medio de
los profetas y de una manera inigualable y al mismo tiempo definitiva
a través de su Hijo Jesucristo. Igualmente creemos que su Palabra
permanece en la vida de la Iglesia por la proclamación que de ella
hace con la lectura sagrada de la Sagrada Escritura, especialmente
en toda celebración litúrgica, como sucede el día de hoy domingo en
la Eucaristía.
Está
también claro en la conciencia del pueblo de Dios que su misión es
precisamente anunciar la buen noticia de la salvación a partir
del testimonio vivo de la fe, la esperanza y la caridad cristianas.
Por eso, la Escritura está presente en nuestras asambleas y en las
diversas actividades pastorales de la Iglesia.
Entre
estas actividades, hermanos míos, está precisamente el anuncio
gozoso y constante del proyecto de Dios de salvar a todos los hombres
que se abren a la obra de Cristo que tiene su punto más alto y definitivo
en su muerte y en su resurrección.
San
Pablo expresa todo esto muy claramente en su primera carta a Timoteo
que hemos escuchado hoy en la segunda lectura. Pero en la primera,
que está tomada del profeta Isaías, se señala que la única
condición para adquirir la salvación es una adhesión firme y fiel
al Dios único y verdadero; el Dios de todos los pueblos y naciones
del mundo. Dios se da por bien servido por todos aquellos que
practican la justicia y respetan y trabajan por los derechos de
los demás de una manera desinteresada.
Llama
mucho la atención, hermanos, la referencia al templo como un lugar
de encuentro con la divinidad por la oración: Mi casa será llamada
Casa de oración para todos los pueblos (v.7). Los requisitos de
acceso al templo de carácter cultual, racial o biológico ya no tienen
vigencia en la nueva dimensión de la verdadera religión; lo único
que cuenta es querer vivir como siervos fieles y obedientes del
Señor. Tenemos aquí, hermanos, una doctrina constante en la tradición
bíblica, especialmente la profética: lo que verdaderamente cuenta
para salvarse es la obediencia amorosa al verdadero y único Dios.
El
evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús después de la resurrección
confirmando la promesa de Isaías: que la salvación se ofrece a
todos los hombres que busquen la verdad, amen la justicia y trabajen
por la paz. Para esto Jesús indica a sus apóstoles la misión que
han de cumplir ofreciendo a todos los hombres la salvación, sin distinción
de raza, lengua, condición social, en fin, de culturas.
Bautizando
y enseñando es la forma como se ofrece la posibilidad de salvación
para el universo de la humanidad. “El bautismo vincula con la persona
de Jesús Salvador” (Biblia de Jerusalén). Es el signo sacramental
de la vida en Cristo, pero éste no se puede celebrar sino como
expresión de la libertad con que se acoge y se agradece con el compromiso
que comporta. Y este signo sacramental, mis hermanos, no es posible
si no se conoce a aquel que se acepta en el signo eficaz del bautismo.
Por eso es necesario predicar, enseñar, es decir catequizar.
Se
dice, por otro lado, mis hermanos, que nadie da lo que no tiene.
De ahí que si hemos de cumplir esta delicada y honrosísima tarea de
anunciar a Cristo como el único Señor que salva, todos los bautizados,
como los apóstoles, hemos de estar en una relación ininterrumpida
de amor y de conocimiento profundo de Cristo, para enseñar a guardar
todo lo que Él nos ha mandado (v.20).
Este
domingo, mis hermanos, tenemos la oportunidad de tomar conciencia
de la misión que tenemos como Iglesia de servir a la humanidad
de instrumento de salvación. No hemos recibido la gracia de la
fe sólo para engreírnos y sentirnos superiores a los que no comparten
la fe con nosotros. El hecho de ser ‘elegidos’ no nos dispensa
de ocuparnos de que otros conozcan al Dios único y verdadero para
que conociéndolo lo amen y amándolo se aseguren la salvación.
La fe recibida es un don que hay que compartir para que crezca en
nosotros y aseguremos así la propia salvación.
La
Eucaristía es, queridos hermanos, en su celebración,
el anuncio gozoso de la salvación que Cristo conquistó para todos.
Por eso en ella nunca excluimos a nadie en nuestra intercesión con
Cristo. La Eucaristía es eminentemente católica, es decir, universal.
Es el sacramento ecuménico por excelencia. Por tanto mis hermanos,
vayamos quitando del corazón, de la mentalidad y de la práctica, todo
lo que haga aparecer a la Eucaristía como algo privado, cerrado y
elitista. Que nuestra asamblea litúrgica, especialmente la dominical
sea una verdadera casa de oración para todos los pueblos.
Que
María, nuestra Señora y madre de Guadalupe nos alcance la gracia
de ser dignos servidores del Reino mediante un anuncio gozoso en el
que vaya comprometida toda nuestra vida.
Amén.