InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Homilías > Ciclo C, 2004
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en el XXII Domingo Ordinario.

29 de agosto de 2004

HUMILDAD Y VERDAD

     Hermanos: los invito a alabar a nuestro Dios como el único grande y santo. Démosle gracias porque por medio de su Hijo amado, Jesucristo, nos ha llamado a la grandeza de ser hijos suyos.

     Hoy, como cada domingo, la sabiduría de Dios se nos da con toda su profundidad por medio de la palabra que nos dirige a través de la Escritura Santa en medio de la asamblea congregada por Él. Pero la sabiduría que Cristo nos comunica en el evangelio y en el memorial de su muerte y resurrección, no tiene par en toda la historia de la salvación

     El libro del Eclesiástico —conocido también como Sirácide— es una obra que forma parte del grupo de libros conocidos como sapienciales. Se trata de un escrito sagrado que nos comunica la experiencia de un pueblo que descubre la profundidad de las cosas y los acontecimientos ordinarios de su historia y de la vida cotidiana. Este libro, junto con el de Proverbios, especialmente, nos muestra que podemos tener la experiencia de la cercanía de Dios, a partir de las cosas más sencillas y ordinarias, de lo pequeño y pobre del acontecer humano. Nos hace entender que la verdadera sabiduría se nutre de lo aparentemente insignificante. Así nos habla del trabajo, de la alegría, de las relaciones humanas, de las virtudes y, en general, del saber.

     El pasaje que escuchamos este domingo, nos habla hermanos de la solidaridad y de la humildad. Nos enseña que mientras más grande e importante es alguien, más debe hacerse pequeño ante Dios y ante los demás. Jesús dirá, en su momento: el que quiera ser el primero, hágase el último, hágase el servidor de todos. Si alguien dice servir no puede considerarse por encima de aquellos a quienes pretende servir. Debe hacerse solidario, es decir, igual, porque así es. Esta es la verdad.

     El problema, mis hermanos, es que tendemos a comportarnos como importantes sólo a partir de que somos mejores o más grandes que los demás, especialmente de aquellos a quienes deberíamos considerar como iguales.

     Jesús, mis queridos hermanos, es todavía más directo que el autor del Eclesiástico. Veamos por qué: el tema de la humildad es un terreno muy resbaladizo. Podemos buscarla de una manera convenenciera, muy calculada. Y cuando esto sucede, nos encontramos en la postura que actúa con hipocresía. Quiero decir, mis hermanos, que podemos dar signos de humildad, solo para tener poder y prestigio sobre los demás. ¡Es una virtud que adorna mucho!

     Pero Jesús nos señala, mis hermanos, un camino muy seguro para buscarla y practicarla. Es precisamente la solidaridad. Ordinariamente tendemos, como ya decía, a buscar el trato con los que más tienen ¡siempre hay alguien que tiene algo que necesito! Y a veces nos comportamos hipócritamente con aquellos de quienes podemos sacar algo. Pero tarde que temprano aparecen los verdaderos motivos de esas relaciones tan buscadas. Pero cuando, como nos indica Jesús, damos cabida en nuestra vida más bien a los que no tienen, a los necesitados, a los marginados, a los que nos cuentan en sociedad, entonces, podemos estar seguros de que también seremos, como ellos humillados. Correremos su misma suerte.

     Es ésta la única manera de ser humildes. Dice alguien que “humildad sin humillación es autocomplacencia” (Javier Garrido). Buscar la virtud por la virtud en sí misma es muy engañoso. Podemos estar seguros de que mientras más queramos ser humildes y virtuosos, menos lo conseguiremos.

     Vivamos, más bien, con naturalidad y con gratitud lo que somos. Podríamos decir que la humildad comienza con la aceptación de uno mismo, así como la aceptación caritativa de los demás tal como son. Porque la no aceptación de los demás y de uno mismo no es otra cosas que soberbia. Cuando a pesar de la lucha y del esfuerzo no conseguimos superar las fallas y las tendencias que nos humillan y nos hacen sentirnos menos que los demás y, aún así, podemos dar gracias a Dios por lo que nos da, entonces podemos decir que es posible que estemos viviendo o intentando vivir la humildad.

     Así que, queridos hermanos, cuidémonos de preocuparnos por ser humildes, cuando despreciemos a los pobres y pequeños y andemos sólo procurando el trato con aquellos que cuentan en la sociedad.

     La sagrada Eucaristía, mis hermanos, nos enseña a ser verdaderamente humildes cuando, al contemplar le condescendencia de Dios hecho hombre y muerto y resucitado por amor a nosotros, no nos queda más que agradecer tanta bondad y misericordia de quien se hizo solidario con nuestras limitaciones y miserias. Pero la consideración y la celebración del misterio eucarístico también nos impulsan a hacer lo mismo con nuestros semejantes.

     Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora, servidora humilde del Señor grande y poderoso, nos enseñe y nos conduzca por el verdadero camino de la humildad, sirviendo especialmente a quienes más nos necesitan.

     Amén.

 

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina Anterior