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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en el XXIV Domingo Ordinario.

12 septiembre de 2004

NO HAY OTRO DIOS QUE EL DE LA MISERICORDIA

Alabemos, hermanos, a Cristo, nuestro Señor, pues con su muerte y resurrección nos ha mostrado el verdadero rostro de su Padre y nuestro Padre, el cual es más poderoso cuando muestra su misericordia para con nosotros.

Hermanos, la bondad de Dios no tiene límites. Pero esta característica suya jamás la hubiera conocido el hombre, por sí solo, si no se la hubiera revelado Él mismo por medio de sus profetas, y de una manera única y perfecta a través de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo.

El pueblo judío conocía este misterio, pero su engreimiento y su soberbia no le dejaban aceptar plenamente este misterio de amor. La Santa Escritura nos da noticia de ambas realidades a lo largo de la historia del pueblo de la alianza.

En el libro del Éxodo tenemos una página muy bella sobre este misterio. En una relación muy familiar con Dios Vemos a Moisés que, ante la gran desilusión que muestra Dios  y de su ira contra su pueblo, se atreve a corregirlo por su firme determinación de exterminar al pueblo que se había elegido. El autor bíblico emplea un lenguaje algo atrevido para enseñarnos la ternura y la gran misericordia de Dios para con su pueblo y para con toda criatura humana. No podemos, desde luego, creer que Dios se “arrepienta”. Esta manera de hablar de Dios en la Biblia se conoce como antropomorfismo, lo cual significa que se habla de Dios como si fuera un hombre. En realidad, nuestro lenguaje resulta muy pobre cuando hablamos de Él y no tenemos otro recurso que el que nos da la experiencia humana.

Lo que el autor sagrado quiere dejar en claro es que su misericordia está por encima de nuestras rebeldías y necedades. Para nosotros los cristianos, Dios, nuestro Dios, el que nos reveló Jesucristo, es un Dios fiel a sí mismo que jamás se puede arrepentir de su proyecto de salvación, a pesar de nuestras resistencias y de nuestros desplantes de autoafirmación.

Siguiendo la tradición de los antropomorfismos, podemos afirmar, mis queridos hermanos, que “el corazón de Dios se alegra perdonando, busca al pecador, antes de que éste se arrepienta, devuelve bien por mal” (Javier Garrido).

A pesar de que el Antiguo Testamento está lleno de palabras proféticas sobre esta gran verdad a la que hemos tenido acceso los que creemos en Jesucristo, los judíos de la época de Jesús no aceptaban que Dios apareciera como débil, cuando Jesús afirmaba su bondad y su ternura para toda la humanidad. Esta es la razón (si se puede llamar a así) del escándalo de los judíos ante la predicación de Jesús: Eres pecador, pero Dios te ama, pues para ellos Dios sólo se aplaca con la penitencia y castigando. En la mentalidad de sus contemporáneos, tantas veces criticada por Jesús, el hombre se santifica cumpliendo preceptos y ganándose a Dios por la obras. Les parece absurdo que Dios ame gratuitamente, antes de que nos arrepintamos.

Jesús nos enseña que no tenemos que ser buenos para que Dios nos ame. En primer lugar, esto es imposible porque sólo Dios es bueno, y segundo lugar, porque la verdad es que sólo somos buenos en la medida en que correspondemos al amor que Dios no ha manifestado en su Hijo Jesucristo. De manera, mis hermanos, que no podemos decir que nos portamos bien para que Dios nos ame, sino al contrario, sólo contemplando el amor gratuito de Dios podemos cambiar para corresponder a su amor.

Es esto lo que nos enseña, en pocas palabras la parábola del Padre misericordioso que ha salido a nuestro encuentro en la persona de su Hijo, cuando aún estábamos lejos, perdidos y sin esperanza.

Sería bueno, mis hermanos, que nos identificáramos sinceramente con el hijo rebelde y perdido, porque todos somos como la oveja perdida. Dejémonos encontrar y acoger por el amor de un Padre rico en misericordia, lento a la ira y dispuesto siempre a perdonar. Ojalá, mis hermanos, que no nos dejemos invadir por la tristeza ciega del hermano mayor, tan pagado de sí, que creía que todo se le debía y que teniéndolo todo en la casa paterna, no lo aprovecha para ser feliz al lado del Padre generoso y lleno de ternura y amor.

En este día podríamos preguntarnos con sinceridad si aprovechamos todos los bienes que Dios nos concede en la Iglesia, a través de los sacramentos y especialmente de la Eucaristía. Ésta, mis hermanos, es la celebración más perfecta de la alegría de sabernos en la casa del Padre que nos acoge por su Hijo Jesucristo. Es la acción de gracias por la gratuidad del amor con que somos amados en medio de un mundo que parece que cada vez pierde más el sentido y vive en la angustia y en la desesperación alimentándose de odio y de muerte. La Eucaristía es también, mis hermanos, la fiesta de la fraternidad y de la solidaridad con los que no encuentran todavía el camino que conduce a la salvación. En esta celebración dominical, donde todos somos enseñados con la misma Palabra y comemos el mismo Pan, aprendemos cada vez más a ser incluyentes, como Dios; no excluyentes como el hermano resentido y amargado.

Invoquemos a Santa María de Guadalupe, nuestra Madre y Señora, para que, junto a san Juan Diego, nos auxilie con su intercesión a fin de que valoremos la gran misericordia de Dios para todos nosotros y lleguemos a ser testigos vivos del amor de Dios. Amén.

 
 
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