Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario en el XXIX
Domingo Ordinario.
17 de octubre de 2004
ORAR ES NECESARIO
Demos gracias al Padre de nuestro Señor Jesucristo, nuestro
Padre, porque por su gran misericordia escucha en nuestra oración
la voz de su Hijo amado y nos atiende prontamente en virtud de sus
méritos.
La
Palabra nos ilumina cada domingo en la asamblea eucarística fortaleciendo
nuestra fe y nuestra esperanza, pero sobe todo haciendo más ardiente
nuestro amor a Dios y el gozo por lo que Él nos concede. Pero
escuchamos su Palabra, mis hermanos, no sólo individualmente sino
como Pueblo suyo, como Iglesia; y esto nos llena de gozo porque experimentamos
el gozo de sabernos, cada domingo, confirmados en la misión de
ser testigos de la fe en medio de un mundo que parece que se empeña
en convencerse de que puede vivir sin Él.
En
el pasaje del libro del Éxodo que hemos escuchado este domingo,
la Palabra de Dios nos invita ver que el esfuerzo de cada día
por superar las dificultades ordinarias y extraordinarias es válido
y necesario. Nuestro trabajo personal cuenta mucho y es necesario.
Es querido y valorado por Dios. Moisés y su pueblo que apenas
está naciendo, deben vencer a quienes se oponen a su existencia y
a su libertad. Hacen la guerra para librarse de sus enemigos, pero
a través de la oración llegan a la convicción de que sólo por Dios
es como logran imponerse a ellos. Dios está de su lado, porque
así lo quiere.
Al
escuchar el evangelio de hoy, existe el peligro de entenderlo
mal si no nos fijamos bien en el propósito de Jesús que es,
según lo señala san Lucas, el de invitarnos a la perseverancia
en la oración. No se dice precisamente que seamos machacones en
el oración, pues en otro lugar, Jesús dijo: al orar, no hablen
mucho como hacen los paganos, creyendo que Dios va escuchar todo lo
que hablaron (Mt 6,7). Lo que Jesús quiere de nosotros en este
pasaje es que caigamos en la cuenta de la importancia de estar
en diálogo permanente con su Padre, que reconozcamos nuestra condición
de criaturas y que antes de confiar sólo en nuestro esfuerzo, sepamos
ser humildes y pedir su ayuda.
Nosotros,
los cristianos, estamos seguros en la fe de que no podemos nada
sin Él. Estamos seguros de que nuestra historia personal y comunitaria
se desarrolla siempre bajo la mirada de un Dios que sabemos que nos
ama y se ocupa misericordiosamente de todos y cada uno de nosotros.
Y
todo esto se da, hermanos, no precisamente porque se lo pidamos. No,
la oración no es fundamentalmente para pedir lo que necesitamos, aunque
también lo hacemos; la oración cristiana es fundamentalmente
una ocasión de encuentro y de diálogo con el Padre que nos ama.
El pedir, en la oración es sólo expresión de la conciencia que tenemos
de nuestra condición de criaturas necesitadas, pequeñas. Al pedir
en la oración expresamos la confianza propia de los hijos para con
su Padre.
Entonces,
mis hermanos, la oración perseverante no consiste tanto en la insistencia
con Dios; como si Él necesitara que le insistamos machaconamente para
convencerlo. Me parece que ese no es el mensaje. Dios no se hace
el sordo, no se complace en hacernos sufrir; no siquiera pensemos,
hermanos, que se hace del rogar sólo para probar nuestro aguante y
nuestra paciencia.
No
es así. Entendamos, más bien, que Jesús nos enseña ente todo la
necesidad de perseverar —¡lo dice claramente el texto!— en esa
relación de hijos con el Padre que quiere sea permanente. ¡No nada
más ocasional, convenenciera, interesada y materialista!
Entendamos,
mis queridos hermanos, que sin la oración nuestra vida pierde rumbo,
cae pronto en el sinsentido propio de quienes se sienten lanzados
en medio de fuerzas que sólo los conducen a la desesperación y al
fracaso. Orar, para quien ama a Dios y se sabe amado por Él, es
tan natural como respirar. No es algo artificial.
Tampoco
es la oración una evasión de nuestras responsabilidades para
con los demás y con el mundo. El creyente cristiano sabe muy bien
que Dios ha dotado al mundo de cierta autonomía que le permite regirse
por sus propias leyes; las que Dios le dio. Pero la oración nos hace
recordar que Dios está por encima de todo, que más allá de
la autonomía de lo creado y de la libertad el hombre está Él como
Señor trascendente de lo visible e invisible. Como Señor de
la historia.
La
experiencia de la oración nos hace vivir en la seguridad y en la
esperanza de que todo tiene sentido porque todo transcurre bajo
la mirada del Padre ante quien Jesucristo ha puesto con su victoria
sobre la muerte con su muerte y resurrección.
Sabemos,
mis hermanos, por lo demás, que la oración perfecta de la Iglesia
y de cada uno de los que la formamos, es la Eucaristía, pues es Cristo
que ora al Padre con nosotros. O, si queremos verlo así, oramos
al Padre a través de Cristo. ¡No la cambiemos por nada! La oración
de los cristianos está respaldada por Cristo su Hijo.
Que
María, nuestra madre de Guadalupe, que siempre ruega
por nosotros, nos alcance el don de la perseverancia en la oración
y podamos como ella alabar siempre la grandeza de nuestro Dios de
amor. Amén.