Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Primer
Domingo de Adviento.
Domingo 28 de noviembre del 2004
PRONTOS PARA SALIR AL ENCUENTRO DEL
SEÑOR DE LA PAZ
Hermanos:
el Señor viene a salvarnos. Ésta es la certeza de la fe que
nos mueve a esperar el cumplimiento de las promesas que Dios nos hace
en el fondo de nuestro ser al anhelar con tanta vehemencia la felicidad
plena y perfecta, y que sólo encontramos en el Hijo de Dios hecho
hombre para nuestra salvación.
Al
comenzar, hermanos, este tiempo de Adviento, hacemos nuestro el deseo
de plenitud que vive toda la humanidad, no nos sentimos ajenos
a todos aquellos que buscan la paz interior y la felicidad en medio
de angustias y tristezas, unas veces; en la alegría, del servicio
o en el esfuerzo diario, otras.
Pero
nosotros los cristianos, que intentamos constantemente ser discípulos
de Jesús, hemos puesto toda nuestra esperanza en Él, que nos
ha dado la gracia de creer a pesar de todo los signos negativos que
vemos alrededor nuestro.
Nuestra
salvación está cerca, es nuestra convicción. El Señor
viene. Cada día que pasa se acerca más a nosotros y queremos salir
a su encuentro. Él viene a nuestro encuentro transformando cada
instante de nuestra vida en eternidad de Dios.
La
primera lectura nos hace oír al profeta Isaías, profeta del siglo
octavo antes de Cristo. Él, en momentos de crisis política y religiosa
de Israel, pronuncia unas palabras a la manera de un oráculo para
revelar la actuación de Dios en la historia del pueblo elegido simbolizado
en el monte Sión. La tradición cristiana nos ha hecho entender
la historia de todos los pueblos a partir de la del pueblo elegido;
de manera que su historia tiende a incluir a todos los pueblos bajo
la ley del único y verdadero Dios eliminando de la humanidad las guerras.
Jesús retoma este pasaje, según san Juan (4,22) cuando afirma que
la salvación viene de los judíos; pero también en Lucas (24,47)
escuchamos que dice a sus discípulos que se predicaría en su nombre
la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando
desde Jerusalén. Al respecto dice Beda el Venerable: “No sólo
porque a los de Jerusalén venía confiada la revelación divina y tenían
la gloria de haber sido adoptados como hijos, sino porque como se
habían contaminado con algunos de los errores de los gentiles, debían
ser los primeros llamados a tener la esperanza de alcanzar la piedad
divina, en virtud de la que podían obtener el perdón aun aquéllos
mismos que habían crucificado al Hijo de Dios”.
En
la segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos
escuchamos al Apóstol que, después de haber hablado precisamente de
la actuación de Dios en Cristo y de de haber afirmado que esto continúa
realizándose ahora, invita aquí a lo cristianos a tomar
conciencia del momento actual, en el que Dios realiza la salvación,
y por lo tanto, a adoptar una actitud ética que se concretiza en la
vigilancia y en la mortificación, en hacer las obras de la luz y en
ser factores de paz y no de contiendas.
Por
su parte el evangelista Mateo, que escucharemos a los largo
de este nuevo año litúrgico, nos sitúa al inicio del tema de la
vigilancia que hará más específico en las parábolas del
siervo fiel, de las jóvenes previsoras y las descuidadas. Frente
a la certeza del juicio y a la incertidumbre del tiempo, sólo
es posible una exhortación: ¡Estén atentos! ¡Vigilen!
Mis
hermanos, Dios viene a nosotros: en el acontecer de nuestra
vida cotidiana, se suceden momentos de angustia y desconcierto
que echan fuera todas nuestras seguridades y nuestros proyectos,
con momentos de euforia y alegría que nos llegan como un respiro
en la fatiga y en la monotonía. Quien tiene bien abiertos los ojos
de la fe descubre junto a él a Alguien que camina como compañero
y solidario en la búsqueda de un mundo nuevo donde nos sirvamos todos
en la verdad, la justicia y la paz. Sólo con una mirada de fe
podemos darnos cuenta del designio de Dios que se va desarrollando
en el interior de los acontecimientos más banales, oscuros y poco
significativos. Este designio es el proyecto divino “que se revela
como una propuesta suya para el crecimiento y el bien de sus hijos,
una realización de la cual no se sabe la hora del cumplimiento, pero
que ciertamente tendrá lugar un día” (Messale della’ assemblea cristiana,
tomo festivo, 6).
En
un mundo como el nuestro donde no hay lugar ya para lo imprevisto,
pues todo se pretende prever y controlar; eso humanamente es
muy conveniente; pero quisiéramos también poder programar nuestro
encuentro con Cristo; sin embargo eso no está en los designios
de Dios. Por eso nos advierte que lo esperemos; que le hagamos
un espacio para que se haga presente. Él vendrá cuando lo tenga
previsto. ¡Él si tiene previsto todo! Eso sólo le pertenece
a Dios.
Estar
atentos, mis queridos hermanos, significa en concreto que
seamos capaces de descifrar el significado de los acontecimientos
de nuestra vida en los que se manifiesta y se hace presente. Esos
momentos, mis hermanos, pueden no ser necesariamente venturosos, sino
difíciles y penosos, pero el Señor tiene sus caminos que no son los
nuestros. Exigen de nosotros, los creyentes, sabiduría y
deseo de ir más allá de las apariencias externas de los acontecimientos.
Estar atentos significa despertar del letargo en que vivimos sumidos
por los desórdenes y los vicios o, simplemente, la rutina y la indiferencia
egoísta.
Cristo,
y sólo Él, puede reunir a los hombres dispersos por el egoísmo y hacer
de todos un único pueblo que se caracterice por la búsqueda
de la verdad, la práctica de la justicia y la solidaridad de todos
en el servicio y en la comunicación de bienes.
La
asamblea eucarística es la Iglesia en estado de vigilancia,
que cada domingo se reúne, a la luz de la Palabra, para aprender a
leer la venida del Señor en los acontecimientos de la historia actual,
y que encuentra en ella a Jesús como Señor de la gloria en la historia.
Santa
María de Guadalupe, Señora del Adviento, nos enseñe y nos acompañe
en esta gozosa y fiel espera, para saber descubrir en la
fe y el amor, al que viene en nombre del Señor, Dios nuestro. Amén