Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario en la solemnidad
de la Asunción de María.
15 de agosto de 2004
María nos enseña
a orar
Alabemos,
hermanos, y exaltemos, con María la grandeza de nuestro Dios, porque
nos ha dado en la Asunción de la Madre de su Hijo la más tierna y
segura señal de la vocación a la que hemos sido llamados por su misericordia.
Hoy,
más que en ninguna otra de sus fiestas, María hace que elevemos
nuestra mirada al cielo. Y nuestro corazón también. Porque no
olvidemos que “donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6,
21). Este tesoro no es sólo Ella, asunta en cuerpo y alma al cielo,
sino sobre todo lo es Cristo, Dios y salvador nuestro, quien
nos da la vida y la inmortalidad, por cuya maternidad María ha
sido elevada a lo alto de los cielos.
La
Sagrada Escritura, nos enseña, queridos hermanos, entre muchas cosas,
a reconocer la grandeza de Dios así como su soberanía absoluta.
Pero sobre todo nos revela la gran misericordia que tiene para con
sus fieles. Todo esto, mis hermanos, se manifiesta de una
manera más clara en la persona de la Madre del Redentor. Pero, también
en ninguna parte de la Escritura, ni en ningún otro personaje de la
Historia de salvación, encontramos una actitud más noble y profunda
de reconocimiento y exaltación del misterio de Dios como en los labios
de nuestra Señora.
Pero
como decíamos, ya en la tradición bíblica tenemos, especialmente en
los salmos y en los profetas, páginas muy bellas en las que con gran
elocuencia se exalta la bondad, la misericordia, la sabiduría y
la omnipotencia divinas. Así lo encontramos en el himno solemne
y grandioso que nos reporta el primer libro de las Crónicas, que se
lee en la misa vespertina de la vigilia de esta fiesta mariana, después
de que David entronizó el arca de alianza en la tienda
que sería el preámbulo de la construcción del templo que no le tocó
construir a él, sino a su hijo, Salomón.
La
liturgia de la Palabra de hoy se centra en la figura de María a
la luz de la tradición muy antigua en la Iglesia que ve en la
mujer del Apocalipsis a María que engendra al Mesías. Sin embargo,
mis hermanos, no hay que desconocer que junto a esta tradición mariana,
también existió, quizá no con tanta fuerza, la tradición que ve en
esa mujer de Apocalipsis 11 y 12 una imagen del misterio de la
Iglesia que da a luz permanentemente a Cristo en la historia.
De
cualquier modo, mis hermanos, María es también figura de la Iglesia
que, en obediencia y docilidad a su Señor, como ella, resplandece
en el mundo como anuncio de la santidad futura del hombre llamado
por Dios a gozar de su vida eterna (LG, 1).
En
su primera carta a los Corintios, san Pablo nos enseña, en la segunda
lectura de hoy, que puesto que Cristo ha resucitado, es consecuencia
necesaria que también nosotros resucitemos, como Él, con
un cuerpo espiritual, incorruptible e inmortal, y que esta resurrección
afectará, por lo menos, a todos los que el día de su gloriosa manifestación
pertenezcan a Cristo. (Comentario en Biblia de América) Esto,
mis hermanos, es parte esencial de nuestra fe.
Como
siempre y en todo, María es para nosotros modelo y figura de nuestra
fe, de nuestra esperanza y del amor a Dios y a nuestros hermanos.
Por eso los invito, hermanos a detenernos un poco más, en este momento
de reflexión en la Palabra que nos nutre, guiados por el canto de
María que nos transmite el evangelista san Lucas.
María, después de escuchar la felicitación de su parienta Isabel, entona
un himno de alabanza al Señor Dios todopoderoso, misericordioso
tan cercano a los pobres que confían en Él. Podríamos ver cómo, siguiendo
las enseñanzas de Jesús, lo primero que hace —y prácticamente
se queda ahí— es alabar a Dios, tal como nos lo enseña Jesús al
proponernos la oración del Padre Nuestro como modelo de oración.
En
efecto, Jesús nos señala que lo primero que hemos de hacer al orar,
es saludar al Padre reconociendo y proclamando su santidad,
así como bendiciéndolo con nuestra sincera disposición a hacer que
su soberana voluntad se cumpla en nosotros.
Prácticamente,
como he dicho, María se queda, al entonar su himno, en la
alabanza a Dios todopoderoso repasando toda la historia de la salvación.
Es decir, todo lo que Dios ha hecho por el hombre para llevarlo al
destino que le tiene preparado, desde la eternidad, junto a Él por
los méritos de su Hijo.
María
declara solemnemente, en primer lugar, que Dios es grande. —Mi
alma magnifica, es decir, hace o proclama que es grande—. Pero
inmediatamente reconoce, en su humildad, —la humildad es la
verdad, decía santa Teresa— que, por la misericordia de Dios para
con ella, también será llamada dichosa. Es decir, María
reconoce que también será grande. Como de hecho la consideramos.
Hermanos
míos, esto nos enseña que reconocer la grandeza de Dios, también nos
engrandece a nosotros. La fe, la esperanza, y el amor, las tres
virtudes cardinales, acogidas en la gratitud y la humildad de María,
la engrandecieron. Nosotros, que como ella, estamos también llamados
y enviados a proclamar las grandezas y las maravillas de un Dios cercano
a nosotros y rico en misericordia, vemos en ella, la figura y la
garantía de nuestra plena realización. Pero esto, mis hermanos,
sólo si nos mantenemos fieles y obedientes a sus designios sobre nosotros.
Como
María, también nosotros, siguiendo su cántico, desde hoy proclamamos
que todo ser humano está llamado a la grandeza de Cristo. Pensar
en la dignidad de hijos no nos encierra en el narcisismo. Al contrario,
como María y con ella proclamamos la grandeza de todo hombre y
su dignidad de hijo de Dios. Y, como ella declaramos que Dios
es enemigo de toda explotación y abuso de todo tipo del hombre sobre
el hombre, ya que Él siendo el único soberano, nos llama a ser
como Él.
En
la Eucaristía, especialmente la de cada domingo, nos sentimos y nos
declaramos hermanos especialmente de los que menos tienen y más
nos necesitan cuando anunciamos, con un optimismo fundado en la
fe, la esperanza y el amor, su muerte y proclamamos, con gran gozo,
su resurrección gloriosa.
Santa
María de Guadalupe, nuestra Señora, que siempre nos acompaña aquí
en el Tepeyac: en este recinto sagrado, en cada Eucaristía, nos
auxilie con su ejemplo y su intercesión para ser fieles al Dios único
y perfecto que nos da todo y más de lo que necesitamos para ser dichosos
como ella.
Que así sea.