Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Cuarto
Domingo de Cuaresma.
21 de marzo del 2004
TERNURA DE DIOS MISERICORDIOSO
Hermanos,
no dejamos de alabar en esta santa Cuaresma a Dios, nuestro Padre,
por la gran ternura que tiene para con nosotros, sus hijos; su misericordia
no tiene límites y las expresiones de su amor no dejan de manifestarse
entre nosotros, pues éste se hace más notable en la
medida en que —según el propósito de la Cuaresma—
reconocemos nuestro pecado y contemplamos su misericordia en el rostro
de su Hijo amado.
Al
meditar en la Palabra que se nos regala en los textos de la sagrada
Liturgia de este domingo cuarto de Cuaresma, comprobamos hoy, una
vez más, mis hermanos, esa ternura de Dios que su Hijo nos
ha revelado.
Las
palabras que hemos escuchado del libro de Josué nos llevan
a considerar el sentido profundo de la posesión de la tierra
prometida por parte de los israelitas. En efecto, el ingreso a la
tierra de Canaán pone fin a la etapa grandiosa del éxodo
y con él tiene cumplimiento una promesa de Dios a Abraham:
el don de la tierra. Notemos, hermanos, que el paso de la esclavitud
en Egipto a la libertad, por la adquisición de la tierra, está
marcado por la primera celebración de la Pascua en la tierra
prometida ya adquirida. Durante el camino del éxodo los israelitas
se alimentaban del maná, un alimento provisional con el cual
Dios sostenía y mostraba su fidelidad. Cuando llegan a alcanzar
lo que contenía la promesa, pudieron alimentarse de los productos
de la tierra entre los cuales estaba el pan sin levadura fermentada
y el trigo tostado. Este alimento era símbolo de una nueva
manera de ser y de vivir: dejaron de ser nómadas y se hicieron
un pueblo estable y sedentario. Es decir, comenzaron a disfrutar de
lo que se les había prometido.
Como
los israelitas, también nosotros, pero a la luz del misterio
redentor de Cristo, podemos hoy celebrar la Pascua, como la fiesta
de nuestra libertad alimentándonos también de un alimento
provisional, pero tan necesario como sagrado, como es la Eucaristía.
Y como ellos, también nosotros, cuando alcancemos lo que Cristo
nos promete, y recorriendo el camino que Cristo mismo ha venido a
inaugurar, el alimento sagrado que se nos da en el Santísimo
Sacramento de la Eucaristía, que se nos da como viático,
es decir como alimento para este camino, una vez obtenido lo que él
significa y produce hoy —que es la vida eterna— ya no
será necesario. Pero mientras llega ese día, hemos de
apreciar y valorar, mis hermanos, la riqueza de caminar bajo la cercanía
y la mirada de un Dios que se ha compadecido de nosotros y nos acoge
en su casa como a hijos muy amados.
Por
su parte, san Lucas, en su evangelio nos ofrece una de las páginas
más bellas y sublimes del mensaje que ilustra el misterio de
Dios como Padre rico en misericordia y lleno de ternura para con nosotros.
La parábola que Jesús compuso para ilustrar ese misterio
de amor es de tanta riqueza que valdría bien la pena volverla
a repasar en casa y dejarnos cuestionar por las actitudes que muestran
los tres personajes de la narración: el hijo menor, el hijo
mayor y, sobre todo, el padre. Por lo pronto, quiero, mis hermanos,
detenerme en algunos aspectos que nos puedan ayudar a saborear esta
Palabra que Dios nos regala hoy en la enseñanza de su Hijo.
Viendo
el contenido del capítulo quince del evangelio de san Lucas,
tenemos tres parábolas de Jesús con una enseñanza
común acerca de lo que podríamos llamar “lo perdido
y encontrado”. En efecto, junto con la del hijo perdido por
el padre amoroso, tenemos la de la moneda y la de la oveja perdidas
y encontradas. Pero al introducir la enseñanza de Jesús
mediante parábolas, san Lucas nos informa que los escribas
y los fariseos, que eran enemigos acérrimos de Jesús,
lo criticaban por que convivía y comía con pecadores.
Dicen los comentaristas de este evangelio que es muy probable que
el propósito inmediato de Lucas haya sido dejar bien claro,
en su comunidad cristiana incipiente, que los judíos convertidos
al cristianismo —representados por el hermano mayor— deben
abrir su mente y su corazón para dejar que los paganos —es
decir los que no eran judíos y representados por el menor—
sean acogidos en la nueva fe con los mismos derechos de los hijos
del único Dios.
Dios
y Padre de amor y de ternura quiere que todos sus hijos se salven
y ha venido a buscarnos a través de su Hijo. Nosotros los que
estamos en su casa no podemos engreírnos y creernos lo únicos
herederos de su Reino. Antes al contrario, experimentando, apreciando
y valorando lo que Él nos da, hemos de tender a difundir la
riqueza de la fe y el amor con que somos tratados para que muchos
otros lo conozcan par que, a su vez, experimentado su ternura, quieran
conocerlo, amarlo y seguirlo. La riqueza del Padre Dios es inmensa
y no se agota. Hay para todos. No seamos, queridos hermanos, como
el hijo mayor que, a pesar de estar en casa, no se aprovecha de la
abundancia y la riqueza del padre. En su casa, es decir, en la Iglesia,
hay de todo y para todos los quieran estar sanos, fuertes y felices.
Dios, rico en misericordia, no nos escatima nada. Deberíamos
considerarnos permanentemente en fiesta.
Por
eso, hermanos, tampoco tiene sentido que, como el hermano menor, abandonemos
el hogar para ir a pasar penurias, carencias y necesidades de toda
clase. Este hijo menor tuvo el valor y la humildad necesarias para
reconocer que había dejado todo a cambio de nada. Y en su corazón
creció la esperanza de ser acogido por el amor de un Padre
que lo esperaba; conocía mejor que el mayor a su Padre y confiaba
en su misericordia y su ternura; presentía ya el perdón
del padre. Mientras que el mayor, tan apegado a la casa, en el momento
del regreso de su hermano, no revela más que amargura, aburrimiento
y frustración. Es increíble que teniendo todo se pueda
vivir en la tristeza. Pero esto sucede cuando no se valora adecuadamente
lo que se tiene como don y gracia.
La
Iglesia, hermanos míos, no es la comunidad de quienes no se
equivocan, de quienes no caen; es una comunidad de pecadores que quieren
volver al Padre, sin otras pretensiones: Es la comunidad de quienes,
habiendo recorrido el camino del arrepentimiento han descubierto la
inmensa bondad de una Padre lleno de amor y rico en misericordia.
Es también la comunidad de hombres y mujeres que comprenden
a los que se equivocan y loa ayudan, si caen, a reemprender el camino
de regreso acompañándose mutuamente. No condenemos a
nadie. No excluyamos a nadie, menos sabiendo y conociendo por experiencia
propia qué grande es nuestro Padre Dios. Cuando clasificamos
a los demás y los señalamos como pecadores, con frecuencia
¿no estaremos manifestando más que nada cierta envidia?
Pidamos
a nuestra Señora y Madre de misericordia Santa María
de Guadalupe que, mediante la práctica del amor fraterno, nos
haga, con su intercesión, cada vez más dignos de un
Padre como el que decimos conocer.
Amén.