Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Sexto
Domingo de Pascua.
16 de mayo de 2004
CRISTO ES NUESTRA PAZ (Ef 2,14)
Hermanos:
bendito y alabado sea el Padre Dios, por medio de su Hijo Jesucristo,
por el cual Él nos ha bendecido y nos sigue bendiciendo con
el inefable amor con que nos ama. ¿De qué otra forma
podemos agradarlo y darle gloria si no es a través del único
medio que Él, en su infinita misericordia estableció
al enviarnos a su Hijo amado? No hay ni en la tierra ni el cielo alguien
que supere este don con que somos bendecidos, pues, cómo dice
san Pablo: Él es nuestra paz.
Continuamos,
queridos hermanos, nuestro camino hacia la culminación de la
Pascua: Pentecostés. Y no dejamos de estrenar la novedad permanente
de la salvación que nos ha traído el misterio pascual
en la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro
Salvador y Señor Jesucristo. ¿Y qué es la salvación
sino precisamente la paz original, fundamental o, dicho de otra manera,
la reconciliación del hombre (la humanidad) con el único
Dios Verdadero, el Padre de nuestro Señor Jesucristo?
Nuevamente,
hemos de agradecer, como cada domingo, el don de su Palabra…
De veras, hermanos, que no cesamos de reconocer la grandeza de Dios
que nos da gracia tras gracia por medio de Cristo (Jn 1,17). Su persona,
su presencia indefectible, su Palabra, la Eucaristía, la paz
y el don de su Espíritu, la Iglesia son apenas unos de tantos
dones con que el Señor no cesa de mostrarnos el amor que nos
tiene y estamos saboreando este Pascua. Hoy, hermanos, quisiera detenerme
en este espacio de reflexión, con el que Dios nos bendice después
de escuchar materialmente su Palabra, para meditar en la paz que Cristo
nos ha dejado como testamento de su amor, según san Juan, en
el contexto de su cena de despedida.
Pero como las
lecturas dominicales van siempre enlazadas por la homogeneidad del
mensaje, necesitamos, al menos, detenernos un poco en la escucha atenta,
obediente y agradecida de la primera lectura. Se trata, como ya hemos
notado, de un texto tomado del libro de los Hechos de los Apóstoles.
En él san Lucas nos refiere un hecho de gran trascendencia
que nos permite entender el misterio de la Iglesia a partir de las
determinaciones que favorecen la comprensión de sus acciones.
El texto nos muestra cómo desde el principio la jerarquía
es necesaria y está al servicio de la comunión; es esto
lo que da sentido a la autoridad jerárquica.
Y lo que pasa,
mis hermanos, es que la “comunión”, constituye
el signo más auténtico y querido por el Señor
que, como un servicio al mundo, debe dar la Iglesia a fin de que éste
acepte la salvación que Dios ofrece y ella propone como buena
noticia. La circuncisión, mis hermanos, como traba no superada,
es algo que resume muy bien toda una serie de normas jurídicas
en las que muchos cristianos, aún con buena fe, se ven entrampados
sin posibilidad de desarrollo espiritual y en cambio, sí, frustrados
y nostálgicos permanentes de la felicidad y de la libertad
que da el amor. Un amor que Dios ofrece sólo a cambio de obediencia
y respeto y que tiene como fruto la paz.
Por encima
de las normas, que no dejan de tener su lugar y su importancia en
la Iglesia, está la comunión que es el fruto más
noble de la paz. Pero entendamos que alcance tiene este concepto en
la tradición bíblica, es decir, en boca de Jesús:
“¡Paz! (en hebreo shalom), el saludo habitual entre los
semitas, no es una fórmula banal, ya que este término
encierra una gran densidad, sobre todo en la tradición judía.
No significa solamente la ausencia de conflictos o la tranquilidad
del alma, sino también la salud, la prosperidad, la dicha en
plenitud” (X. Léon-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan,
vol. 3,111).
Por eso, mis
hermanos, la paz es antes que nada, un don de Dios. Y para nosotros
los cristianos no es otra cosa que el resultado inmediato de la muerte
y la resurrección de Jesús, porque es ante todo, reconciliación;
restablecimiento de la relaciones de amor entre Dios y su pueblo.
Es un don que sólo puede darlo Dios, porque es la plenitud
de la vida; vida, quiero insistir, que sólo se obtiene como
don divino; no es conquista ni de la voluntad ni de la inteligencia
meramente humanas. Es ésta la paz que Jesús deja a sus
discípulos. Es su paz. La única verdadera. Es una paz
misterio, propia del hombre libre y solidario, que ya no teme ni ambiciona;
que no tiene enemigos ni esclavos.
Es una paz
que se identifica con el mismo Jesucristo que muere en la cruz desarmado
y despojado, ofreciendo su perdón y abriendo bien los brazos
para acoger a todos los pueblos uniéndolos y dando muerte a
toda enemistad. En Él aparece “la bondad y la filantropía
de Dios, la gracia de Dios que trae la salvación a todos los
hombres”. (Tit 3, 4; 2, 11).
Esta paz, mis
hermanos, poco o nada tiene que ver con la ausencia de persecuciones
y sufrimiento, según nos lo advierte Jesús mismo, un
poco más adelante en la misma ocasión de despedida:
les he dicho esto para que tengan paz en mí. En el mundo tienen
aflicciones, pero ¡tengan ánimo! ¡Yo he vencido
al mundo! Esto es algo verdaderamente extraordinario, porque nos dice,
Jesús que la certeza de esta paz, que se caracteriza por el
optimismo y la alegría, es precisamente la victoria pascual.
La paz y la alegría son frutos pascuales, no paz pasiva ni
alegría barata, sino resultado del esfuerzo y de la gracia.
Con esta reflexión,
mis queridos hermanos, me parece que avanzamos un poco en la comprensión
de la verdadera paz y valdría la pena, como contraste dejar
bien claro, según la afirmación de Jesús, que
no es como la del mundo: a base de componendas deshonestas, una paz
ilusoria y falsa tan denunciada por los profetas y por Jesús;
esa paz que da una falsa seguridad y bienestar tan efímeros
como ella misma, porque se funda en la mentira y en la injusticia.
Deseemos ardientemente
la paz y trabajemos arduamente por ella. Los hijos de Dios son precisamente
los pacíficos, los que favorecen la reconciliación,
los que ponen mansedumbre donde hay violencia; perdón donde
hay venganza y amor, mucho amor, en todas las relaciones humanas.
Se trata de una exigencia humana y cristiana.
Que la paz,
que nos ofrecemos en la Eucaristía, queridos hermanos, y que
primero nos da el Señor Jesús, sea bien recibida por
todos y nos lleve a construir la comunión fraterna en la Iglesia
para gloria de Dios. Que nuestra Señora Santa María
de Guadalupe, Madre de la Iglesia, que jamás se separa de nosotros
en el camino, nos asista con su protección y auxilio.
Amén.