Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración del
XXIX Domingo
Ordinario.
Domingo 16 de octubre del 2005
DIOS NO COMPITE CON EL HOMBRE
Hermanos, bendigamos a Dios, Padre de todos los hombres,
por la inmensa caridad que nos muestra cuando no deja de llamarnos
a colaborar en la obra de la creación, pues, siendo Él único Señor
de todo lo que hizo, nos permite tener un papel importante en la
marcha del mundo, por lo cual somos protagonistas de la historia.
Mis hermanos, con los últimos acontecimientos que hemos
sufrido en nuestro planeta: en Estados Unidos, huracanes e incendios;
en Europa incendios y Sequía; en Asia, el terremoto; y, entre nosotros,
México y Centroamérica, las terribles catástrofes provocadas por
las excesivas lluvias, no dejamos de experimentar las limitaciones
y debilidades de nuestro mundo, por un lado. Pero también nos
ha servido, una vez más, para asumir nuestra responsabilidad
ya sea con el respeto al ecosistema, o bien con la previsión de
desastres para que afecten lo menos posible, especialmente a
los más pobres.
Espero, mis hermanos, que los que creemos y esperamos de
Dios su salvación también entendamos cada vez mejor que las
leyes de la naturaleza establecidas por Dios mismo, como su
autor, son respetadas absolutamente por Él. Por eso se cumplen
siempre tal como Dios las estableció. De tal manera que si nosotros
no las respetamos, las consecuencias son muy graves y en perjuicio
nuestro. Pero entonces no porque Dios lo quiera. Menos todavía
hemos de pensar que los males, que se desatan por nuestra irresponsabilidad,
sean un castigo. Esto no tiene sentido alguno desde el punto de
vista de lo que Dios nos enseña.
En esta misma línea va el mensaje que Dios nos regala con su
Palabra contenida en las lecturas de este domingo. Dios es Señor
de la Historia. Así
lo creemos y lo anunciamos junto con la Tradición y la Sagrada Escritura.
Pero desde el principio, es decir, desde la creación,
Él dispuso que el hombre ocupara un papel protagónico al hacer
que éste pusiera nombre a las cosas. Esto es cierto, hermanos,
pues en nada de lo que hace prescinde de la colaboración del hombre.
Podemos decir, entonces, que el hombre, en cierto modo, es
co-creador con Dios de cuanto existe.
En la marcha de la historia, el hombre, criatura de Dios,
tiene una función importante. Y Dios, Señor de la Historia, cuenta
permanentemente con su intervención. Así nos lo hace ver este
domingo el profeta Isaías al hacernos saber que, para liberar
a su pueblo de cincuenta años de esclavitud en Babilonia, eligió
a un hombre importante, en el horizonte político de entonces,
que ni siquiera era judío, para ejecutar sus planes de salvación.
El profeta da a este hombre atributos propios de los grandes
jefes del pueblo de Israel y del Mesías anunciado y esperado. Por
eso lo llama pastor, siervo, elegido, ungido, es decir Mesías o
cristo. Pero bien le advierte que es el instrumento elegido
para realizar su obra de salvación para su pueblo. Por lo tanto
no debe llegar a pensar que sea como un dios, pues dice: yo soy
el Señor y no hay otro. Más aún, todo lo que se propone hacer
el Señor es para mostrar que no hay otro dios fuera de Él.
Hermanos, Dios es Dios y nosotros, seres humanos, somos
sus criaturas. Ningún hombre, por tanto, puede erigirse en lugar
suyo. Nadie puede exigir para sí lo que sólo se debe a Dios.
Pero Dios no compite con el hombre. Si, por amor al hombre,
se hizo uno de nosotros, ¿cómo puede ser su rival? Si embargo,
tenemos la experiencia de que nosotros sí pretendemos competir con
Él. En esto consiste el pecado. El ser humano, por su parte,
nunca podrá, si no es por gracia suya, llegar a ser como Él.
“Dios o el hombre” es una falsa disyuntiva. Dios tiene el lugar que le corresponde
como dueño y Señor del universo. El ser humano ocupa un lugar
muy importante en la creación y en la historia, como ya lo hemos
señalado. Y es el de mayor dignidad, pues tiene poder sobre todo
lo creado. Es una realidad que vamos comprobando día con día
con las maravillas de la ciencia y de la técnica. Pero tiene que
respetar sus leyes, como ya hemos expresado. Ahí están sus límites.
La frase de Jesús: Den al César lo que es del César, y a
Dios lo que es de Dios en el evangelio de hoy ha sido muy mal
interpretada y fácilmente caemos en la trampa que le pusieron los
máximos dirigentes civiles y religiosos del pueblo. Jesús había
criticado muy duramente sus actitudes tan necias y cerradas frente
a su mensaje, como lo pudimos escuchar en los tres domingos
pasados. Por eso hoy los vemos unidos en un complot buscando la
forma de sorprenderlo en una palabra comprometedora tanto en lo
político como en lo religioso. Si, cayendo en sus ardides, hubiera
respondido que se debía pagar el tributo, sería señalado como
enemigo del Dios único y verdadero, como si un gobierno o estado
pudiera apropiarse de lo que sólo le pertenece a Dios. Si hubiera
respondido lo contrario, se le hubiera señalado como un rebelde
y enemigo del emperador, al estilo de los zelotas que pensaban
que había que luchar por imponer, en nombre de Dios, un sistema
político que le diera la hegemonía al pueblo elegido.
Hermanos, la verdad es que no es necesario llevar la enseñanza
de Jesús al campo de la confrontación entre la Iglesia y el Estado.
Si afirmamos la autonomía de lo terrenal, afirmamos entonces también
que las instituciones y las autoridades legítimamente establecidas
tienen derechos que deben ser respetados para que puedan servir
al bien común, a la convivencia civil pacífica y ordenada. Si
entendemos esto, entonces podemos entender que incluso en el orden
temporal se hagan presentes los valores del reino, pero sin confundirse.
Ningún poder terrenal puede suplantar a Dios, pero puede
servir de tal manera a los ciudadanos que disponga los ambientes
para un florecimiento de los valores del Reino. Pero son realidades
diferentes, no antagónicas.
Hermanos, en la Eucaristía nos congrega el Señor para ilustrarnos
y alimentarnos con su Palabra, como lo ha hecho hoy. Esa Palabra
nos interroga y nos alienta para asumir las responsabilidades
que, como miembros de la Iglesia y ciudadanos comprometidos,
tenemos en la construcción diaria de la ciudad secular. Por eso,
sabiendo que Dios es la fuente de todo bien y que sólo de
Él podemos recibir la luz y la fuerza necesaria, suplicamos se nos
concedan a todos, especialmente a quienes han de servir en la conducción
de la sociedad.
Seguros de que Dios nos concede las cosas buenas que le pedimos,
lo hacemos una vez más acompañados con la intercesión amorosa
de nuestra Madre la Virgen de Guadalupe. Amén