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Homilía
pronunciada por el Sr. Cardenal Don Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tercer Domingo de Cuaresma. u

Dómingo 27 de febrero de 2005

"Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed”. En esta súplica de la Samaritana tan encarnada en su realidad encontramos una profunda profesión de fe en Jesucristo. El agua es el elemento que los orientales buscan con ansiedad continua porque saben y experimentan que no sólo es símbolo de la purificación ritual y signo elocuente de la vida y de la fecundidad, sino elemento que realmente limpia, da vida y fecunda. El agua penetra la tierra y hace brotar el pasto, variedad de plantas e infinidad de árboles; el agua es indispensable para todo viviente; detiene al desierto que avanza como símbolo de muerte, sacia la sed del viajero, lo refresca y lo conforta para que pueda continuar su caminar. El agua que se le ofrece a la Samaritana nada tiene que ver con el agua de las cisternas agrietadas, en expresión de Jeremías, e incluso, es superior al agua del pozo de Jacob. Es el agua viva, el agua que salta hasta la vida eterna, el agua que brota del costado de Cristo, signo del bautismo y de la Palabra que libera; el agua que se le ofrece a la Samaritana es Cristo mismo que invita a todos: “Si alguno tiene sed, venga a mi, y beba el que crea en mi”.

Los dos personajes de la narración son realmente fascinantes. La imagen de Jesús que nos ha presentado el cuarto evangelista es muy humana y muy divina, pues es un Jesús fatigado, que se sienta, tiene sed, pide agua, dialogante en sumo grado, hasta sorprender no sólo a la Samaritana sino a sus mismos discípulos, ya que los rabinos consideraban indecoroso hablar en público con las mujeres y además, a causa de las antiguas rencillas, los judíos y los samaritanos no se trataban. Por otra parte el evangelista destaca el conocimiento sobrehumano de Jesús y su conciencia mesiánica, pues conoce la vida de la samaritana y se presenta como el Mesías que había de venir: “El Mesías soy yo, el que te está hablando”. Es un Jesús que ofrece algo que supera las ideologías religiosas, ofrece el don de Dios que es él mismo, ofrece no sólo el agua viva, sino el Espíritu que convierte a cada persona en un manantial que brota continuamente y que, por tanto, ininterrumpidamente da vida y fecundidad.

La Samaritana es una mujer representativa, simboliza y personifica a la región de Samaría, donde se había dado culto a dioses de cinco pueblos, representados aquí en los cinco maridos que ella ha tenido. Y el culto que daban a Yahvé en la actualidad era ilegítimo, por no ajustarse al principio de un único templo. La Samaritana, en el lenguaje de San Juan, es un signo universal de la búsqueda de Dios. Así como el capítulo tercero nos presentó a Nicodemo que encarnaba al judaísmo oficial y ortodoxo en búsqueda oscura y confusa, así la Samaritana es representante del judaísmo heterodoxo, encarna a todos aquellos que comienzan a saborear el verdadero culto “en espíritu y en verdad”, es decir, una adhesión a Cristo y a su evangelio, aunque su fe sea todavía imperfecta y esté en crecimiento. Es una mujer que se convierte en apóstol y misionera ya que “muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Jesús por las palabras de la mujer que atestiguaba”.

La Samaritana progresa en el conocimiento de Jesús gradualmente. Al principio, Jesús es para ella un viajero judío; a continuación, un hombre desconcertante; más tarde, un profeta; y, finalmente, el Mesías. La Samaritana es prototipo que representa a los cristianos de hoy. Hemos heredado una fe preciosa, que con frecuencia reducimos a unas tradiciones o costumbres, a un culto formalista dirigido a quien no conocemos, pero al contrario de la Samaritana, cuando se nos presenta la oportunidad de un encuentro con Jesucristo, de conocer con mayor profundidad nuestra religión, de descubrir lo que significan los sacramentos o los ritos que celebramos, buscamos los pretextos más extraños para no tener ese crecimiento en el conocimiento de Jesús y de la Buena Nueva que vino a traernos.

Jesús se hace encontradizo en nuestro camino, como un caminante más. Se identifica con todos y a todos quiere tratar. Siempre está dispuesto al diálogo, a pronunciar palabras de “vida”, a tener un verdadero encuentro con cada uno de nosotros. Nuestros niveles de fe o nuestros conocimientos de la persona de Jesús y nuestro trato con él pueden ser muy diversos, pero siempre es posible crecer en ese conocimiento y en esa relación. Para alguno puede ser que solo sea un personaje histórico, para otro quizá sea alguien que desconcierta, para muchos es un gran profeta y un gran taumaturgo, y para los que nos llamamos cristianos es el Mesías, el Salvador del mundo, pero...como el encontrarnos con él, el intimar con él, necesariamente conlleva un mayor compromiso, con frecuencia fácilmente desviamos su palabra dialogante, rara vez llegamos al final, a abrir plenamente nuestro corazón al “agua viva” que nos ofrece, y por eso no hay muchos que lo den a conocer con el mismo entusiasmo con el que lo hizo la Samaritana.

Cuando nos detenemos a contemplar los distintos aspectos de nuestra comunidad nos alertamos ya que salta a la vista que el desencanto, la desesperanza y hasta la angustia van creciendo en muchos sectores. La recurrencia de las crisis económicas y el miedo de contaminarnos por las crisis más severas de países hermanos. La impotencia que sentimos ante la corrupción, ante el crimen organizado y ante la violencia en nuestras calles. Y lo que es peor, ante estas realidades, que de por sí son preocupantes, aparecen los profetas de desgracias y las aves de mal agüero que quisieran arrancarnos el valor fundamental de la confianza y de la esperanza. Pero afortunadamente hay una manera de leer esta realidad con otros ojos: estamos viviendo un momento privilegiado porque hemos perdido la seguridad que habíamos puesto en las ideologías y organizaciones materialistas.

Las seguridades simbolizadas en las torres gemelas que cayeron el once de septiembre también están cayendo. Estamos viviendo momentos cargados de posibilidades y de futuro porque pueden ser puntos de arranque para ver con mayor claridad que tenemos que organizarnos en torno a la dignidad del ser humano, en torno a valores que nos dignifiquen y nos hagan crecer, tenemos que organizarnos como hermanos que saben compartir y confiar y no como adversarios que en todo ven campo de batalla, es momento para experimentar la verdad de aquellas palabras de Jesús: “El que beba de ésta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”.

 
 
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