Como obispo de la Diócesis de Irapuato quiero
ahora comentar brevemente la Palabra de Dios y aplicar parte
de las experiencias de ésta peregrinación a la
marcha pastoral de nuestra Iglesia local.
Peregrinar, ir de un lugar a otro como en este caso, la mayor
parte habiendo venido a pie diez días desde nuestras
tierras, o aún en vehículos el día de hoy
para sumarse a esta manifestación de fe, es una imagen
misma de la vida que nos manifiesta el pasar del tiempo y el
transcurrir de nuestra vida que nos da la oportunidad de descubrir
el sentido de nuestra existencia, la misión y el sentido
que tiene la vida que hemos recibido en este mundo y el tiempo
que se nos ha concedido.
Dicho en un espíritu de fe, permite entonces profundizar
a la luz de la Revelación, la vida misma que se ve enriquecida
con la luz del lugar al que se peregrina, en esta ocasión,
el Tepeyac, donde la Virgen María ha manifestado su amor
para traernos el mensaje de Dios nuestro Padre y revelarnos
a su Hijo: “¿No estoy yo aquí que soy tu
Madre? Quiero un lugar donde yo pueda manifestar mi ternura
y mi cuidado para este pueblo, y tener presente el ejemplo de
Juan Diego.”
Bueno, pues entonces a ésta luz, los que han venido caminando
durante estos diez días han tenido momentos de oración
más intensos en torno a la Eucaristía, a las pláticas
y a la fatiga que ha supuesto venir recorriendo estos caminos,
en representación de todos nosotros los fieles de la
Diócesis de Irapuato.
Por eso yo quiero agradecer de manera especial
a los sacerdotes que se han encargado de acompañar a
esta peregrinación. Desde luego al Padre José
Luz que ha estado animando; al Padre Martín Rocha que
es el encargado de la Religiosidad Popular y que con mucho empeño
desde hace meses estuvo pensando y buscando la manera de encauzar
de la mejor manera y para obtener los mejores frutos. Después
han acompañado la peregrinación el Padre Efrén,
el Padre Guadalupe, el Padre Nacho Ramplaz. Luego también,
desde Valtierrilla, el Padre Gabriel Amador, y en el camino
se han sumado otros, entre los cuales aquí presente el
Padre Jaime López, quien celebró la misa y los
acompañó. Y esta mañana también
se ha sumado trayendo un grupo el Padre Mario Alberto Alejandre.
Agradezco a ellos y a los responsables de la peregrinación
a los que he ido a recibir en nombre mío, de la Diócesis
y, la Basílica a través del Señor Canónigo
Jesús Guízar les ha dado la bienvenida oficial.
Tenemos aquí peregrinos de las parroquias de San Pedro,
de Cerro Gordo, de Nativitas, de Valtierrilla, de Mendoza, el
Padre Crispín también los acompañó
algún día (de la caminata); De San Antonio Abad,
del Señor del Hospital, de Valle, de Pénjamo,
de Cárdenas, de San Javier, de San Antonio de Padua.
Hay también algunos peregrinos de Irapuato, seis, me
decía el Padre Martín.
Han venido nueve sacerdotes, se han celebrado diez misas, 35
rosarios, una Hora Santa, media hora de silencio en ocho ocasiones,
ocho pláticas, y 622 peregrinos a pie registrados, a
los cuales se han sumado muchas otras personas que en los camiones
y en los servicios de comida y de asistencia, han venido acompañándolos.
Yo agradezco a todos y le pido al Señor que los bendiga.
Hemos venido inspirados por la fe, a iluminar
nuestra vida, desde luego nuestra vida comunitaria como Diócesis.
Hace un año y siete mese cuando iniciábamos nuestra
Diócesis yo les compartía la responsabilidad y
les recordaba que dar rostro definido a una Iglesia es responsabilidad
de todos, cada uno en su lugar, cada uno en su propio Ministerio.
El Señor nos dio esta encomienda de iniciar una nueva
Diócesis y recibir esta encomienda es estar en actitud
de escucha permanente, de discernimiento, de búsqueda,
de disponibilidad, de generosa respuesta a lo que el Señor
nos vaya pidiendo. No tenemos un camino trazado sino que vamos
descubriendo las huellas del Señor manifestadas en su
Voluntad para ir tras sus pasos.
Hemos intuido que debemos fomentar la comunión, la integración
de nuestras comunidades en la Diócesis de Irapuato; que
como Presbiterio tenemos que irnos integrando y formando una
comunidad que viva la solidaridad, la fraternidad, la preocupación
mutua. En el fondo de todos (fomentar) la conciencia de tener
la misión misma de la Iglesia. La Iglesia subsiste y
se hace presente en nuestra Diócesis; a nosotros corresponde
anunciar a Cristo Jesús, celebrarlo en la fe, testimoniarlo
con las obras.
Hemos de ir paulatinamente encontrando una renovación
en toda nuestra comunidad diocesana, a partir de renovar nuestras
parroquias, de renovar nuestros métodos, de renovar nuestra
entrega.
Esto exige de cada uno de nosotros y de nuestras comunidades
una conversión continua, conversión a Dios, conversión
a Cristo que nos llama; disponibilidad en el Espíritu
Santo, a imagen de María, a imagen de los Santos, para
que siempre podamos cumplir de manera más cabal y generosa
esta encomienda.
El Señor se ha manifestado generoso con nosotros y nos
ha dado su Gracia y su ayuda, así llevamos un año
y siete meses en la vida de esta comunidad.
El mes pasado que pude estar con el Santo Padre en Roma, le
comuniqué en síntesis, en los quince minutos que
estuve con él, la vida de nuestra Diócesis, primero
diciéndole que era una Diócesis nueva, de Irapuato,
y mostrándole en el mapa que él tenía sobre
su escritorio donde estaba Irapuato, entre León, San
Luis Potosí y Morelia, que eran las ciudades que más
aparecían.
Le hablé de cinco puntos que estamos llevando a cabo
de manera particular. En primer lugar la evangelización
que hemos querido ir traduciendo en este trabajo que anima la
Vicaría de Pastoral y que encuentra estos goces especiales
en los encuentros de pastoral. Tuvimos el primer encuentro el
año pasado en noviembre, tendremos el segundo este año
y de ahí hemos sacado luces y guías para ir arrancando
nuestros compromisos y nuestras acciones en los diversos campos
de la pastoral, pero siendo muy concientes de que en el fondo
hemos de vivir la conversión personal y comunitaria para
revivir y adquirir un renovado espíritu misionero. Amor
a Cristo, amor a la Iglesia, a imagen de María y de los
Santos para servir con mayor entrega y generosidad.
Le hablé también de nuestro seminario, de nuestros
seminaristas, de los 97 que tenemos, siete en Roma, 33 en Monterrey,
35 en la Diócesis de San Juan de los Lagos, y algunos
otros poquitos en Celaya, León y Morelia, además
en el Curso Introductorio de Irapuato.
Le hablé de nuestro deseo de estar presente en los medios
de comunicación y del cuidado que queremos tener con
nuestro periódico Emaús; (le hablé) de
la devoción que existe en nuestra Diócesis como
en todo el país, a la Virgen María de Guadalupe,
por lo que nos interesa tener también un nuevo templo
a la Virgen María.
A él le pareció que íbamos muy rápido
y dijo pues han hecho mucho en un año y medio. Y en el
mensaje que nos dio a los obispos al concluir nuestra visita,
dijo: “católicos y obispos, la fe no es sólo
un pensamiento abstracto, un pensamiento teórico, sino
es la conformación de la vida diaria de acuerdo al amor
de Dios que Cristo nos ha testimoniado en su entrega y que nosotros
hemos de vivir y hemos de compartir con los demás. Por
eso trabajen mucho en la transformación de sus ambientes
y de las estructuras de la vida social para que puedan tener
la oportunidad de un crecimiento integral”.
Pues hemos venido esta mañana a postrarnos
a las plantas de la Virgen María , para reconocer a Dios,
al único Dios verdadero que Ella anunció, a su
Hijo Jesucristo que Ella nos anunció a través
de esta imagen bendita que ha sido el medio de evangelización
más acabado, que toca nuestra sensibilidad, que toca
nuestra idiosincrasia, que nos conmueve.
Hemos venido aquí para renovar esta fe y decirle al Señor
que queremos seguir siendo sus fieles, queremos profundizar
nuestra fe, mantener nuestra fidelidad a Cristo y a la Iglesia,
y la devoción a María, a los Santos. Y que buscaremos
que las transformaciones actuales de la cultura, los cambios
de valores, la presencia de nuevas creencias y grupos religiosos,
no puedan arrancar nuestra fe, nuestras tradiciones.
Que queremos seguir cumpliendo con nuestra misión, que
queremos seguir cumpliendo con la encomienda que nos ha dado
de construir una Iglesia local, porque al final de nuestra vida,
como alude la liturgia del día de hoy, el juicio en un
gran valle, en el Valle de Josafat, donde dice que se congregarán
todo los pueblos y el Señor los juzgará, nosotros
podamos merecer el juicio que hizo Jesús: “Dichosos
más bien los que guardan la Palabra de Dios, la escuchan
y la ponen en práctica”.
Que esta sea nuestra salvaguarda y que en el juicio merezcamos
estar cerca del Señor, entre sus elegidos, para estar
por siempre en su compañía, en la de la Virgen
María y en la de los Santos.
Ahora, renovados en la fe, consolados en nuestro
ánimo ante esta imagen bendita de la Virgen María,
nuestra Madre que ha dicho que nos ama y que quiere consolarnos,
esta mañana vivamos esta experiencia de traerles nuestras
preocupaciones, nuestras inquietudes, nuestras necesidades,
para recibir ayuda y consuelo.
Y llevemos después a nuestras tierras, a nuestras parroquias,
este mensaje de esperanza, de la presencia del Señor,
de la misión que hemos recibido en nuestras parroquias,
del mensaje del Papa y de nuestra disposición de trabajar
en la Nueva Evangelización, para anunciar a Cristo, celebrarlo,
dar testimonio con nuestra vida.
Que el Señor les permita un regreso
tranquilo y feliz, y a todos, renovados en la fe, nos permita
acrecentar nuestra cercanía y nuestra vida cristiana.
Así sea.
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