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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVI Domingo Ordinario.

Domingo 17 de julio de 2005

LA PACIENCIA TODO LO ALCANZA
Santa Teresa

A
gradezcamos, hermanos, a Dios la paciencia con la que nos trata a todos y a cada uno de los que estamos  reunidos en su Iglesia, pero también a todos los que en toda la humanidad se cierran a su Palabra y a los signos de su presencia en el mundo. Y démosle gloria correspondiendo a su amor con nuestras actitudes de misericordia y de comprensión hacia los que no lo aceptan en su vida.

Mis hermanos, cuántas veces, ante experiencias frente al mal, que parece que prevalece en nuestro entorno y que nos desalientan porque parece que las cosas no pueden ser de otra manera, tomamos actitudes intolerantes y deseamos, más bien, que se termine todo de la manera más drástica e inmediata posible.

El mal también es un misterio. Y casi todas las religiones y los sistemas filosóficos han tratado de explicar su existencia y sus efectos, así mismo han intentado enseñar cómo escapar de él o cómo contrarrestarlo. El más famoso de estos intentos lo encontramos en el maniqueísmo y en otras doctrinas filosóficas y religiosas afines a éste que afirma que todo cuanto existe se explica porque procede de dos principios contrapuestos entre sí: el principio del bien y el principio del mal.

Pero esta explicación, mis hermanos, no dispensa de asumir la responsabilidad que nos toca en la historia de la cual somos todos, en alguna medida, responsables. Los invito a detenernos a considerar lo que Palabra  nos dice respecto a este misterio.

El mensaje del libro de la Sabiduría nos ayuda, en primer lugar, a asumir que somos responsables de nuestra suerte y que no estamos inexorablemente marcados por el destino. El libro, compuesto muy cerca de los umbrales del  Nuevo Testamento, con el nacimiento de Cristo, es una obra judía en ambiente donde el influjo helenístico es muy marcado. Por tanto al tocar el tema del mal, frente a los griegos y a los simpatizantes judíos del helenismo, quiere presentar, ante todo, la imagen de un Dios sumamente respetuoso de la libertad humana al conceder a los pecadores (lo mismo paganos que judíos) la oportunidad de rectificar su conducta frente al Dios único de todos los pueblos, lo admitan o no.

La razón de eso, hermanos míos, es que, según el texto inspirado, Dios es ante todo misericordioso y no quiere que nadie se pierda. Y su misericordia se manifiesta en su tolerancia y su paciencia, porque aún cuando castiga —según dice el texto— lo hace para invitar a la conversión. De ninguna manera es venganza de Dios.

Toda la Escritura, a pesar de la impresión que pueda dar el Antiguo Testamento, es testimonio vivo e histórico de la paciencia de Dios que constantemente hasta difiere el castigo para dar a oportunidad a todos, creyentes o no, de rectificar sus actitudes y sus conductas. A veces da la impresión incluso de ser un dios débil, pero la verdad que hemos de descubrir es que sobre su amenaza prevalece siempre el perdón; especialmente cuando el pueblo o el individuo se arrepienten.

Todos los seres humanos están llamados a salvarse. Jesús no vino a condenar sino a salvar. Más aún, como él mismo lo enseña, vino especialmente en búsqueda de los pecadores. Nadie está excluido de su reino. Ningún pecado ¡absolutamente ninguno! puede hacer que cambie esta decisión divina. Los pecadores siempre tendremos la oportunidad de salvarnos si nos arrepentimos sinceramente.

Es esto lo que Jesús enseña, en primer lugar en el evangelio de este domingo. No nos desesperemos porque florece el mal. Dios no duerme, pero tampoco es un policía que sólo espera la falta para castigar. La justicia divina no es como la humana. ¡Bendito sea su Nombre!

Por otro lado, mis hermanos, no nos hagamos a la idea de que los malos están frente a nosotros los buenos. La verdad es que la línea de separación entre el bien y el mal no está fuera sino dentro de nosotros mismos. Cuando adoptamos actitudes intolerantes hacia los demás lo más seguro es que nos falte autocrítica. Y esto no sólo en el nivel individual, sino el nivel eclesial.

La Iglesia, mis hermanos, está llamada a mostrar el rostro de un Dios paciente y misericordioso: el rostro del amor. Hay que aceptar que en el mundo, como en el interior de cada uno están creciendo, en misteriosa y desconcertante convivencia, el bien y el mal. Hay que darle tiempo a la maduración con paciencia y con esperanza, pero sobre todo con amor a Dios en la fe y la obediencia del amor que se manifiesta, más concretamente, en el respeto a los que no sintonizan con nuestra visión del mundo y del ser humano. Necesitamos tener incluso paciencia con nosotros mismos. Sufrir con paciencia nuestras propias limitaciones y debilidades nos acerca más a Dios para esperar de Él su misericordia.

No podemos, en nombre de la verdad y de una santidad confundida con un puritanismo, aniquilar, excluir o simplemente señalar a nadie. Eso no nos toca a nosotros. Y, desgraciadamente, mis hermanos estamos tan tentados a juzgar  los demás.

Seguramente la Sagrada Eucaristía dominical, memorial de la misericordia de Dios manifestada en la muerte y resurrección de su Hijo, nos ayuda a vivir siempre un poco más de la misericordia de Dios que de nuestros esfuerzos y de nuestros logros farisaicos. En ella, nos presentamos ante Dios como pecadores desde el inicio de la celebración. Tomemos conciencia de que la Eucaristía la celebramos en nombre de toda la humanidad necesitada de redención. Somos pecadores necesitados de la misericordia divina con la esperanza de salvación.

Que Santa María de Guadalupe, nuestra amada Madrecita, la humilde sierva del Señor que nos regaló al Hijo de Dios para nuestra salvación, nos acompañe con su ejemplo como modelo de humildad y de amor a todos. Así sea.

 
 
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