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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXIII Domingo Ordinario.

Domingo 04 de Septiembre de 2005

CORRECCIÓN, SÓLO DESDE EL AMOR

Hermanos, agradezcamos a Dios, nuestro Padre, por la gran misericordia con que nos trata, pues su poder se manifiesta especialmente cuando perdona nuestras culpas y nos corrige con amor, para hacernos volver por sus senderos y comunicarnos su propia vida.

Hermanos, Dios nos ha puesto en este mundo para crecer en él  dándonos unos a otros en la convivencia fraternal. El ser humano no nació para estar solo. Aunque la soledad es un valor que podemos experimentar en algunos momentos como algo valioso, sobre todo cuando se asume en la libertad, no podemos decir que sea su condición original y natural.

Esta ha sido una convicción constante en la historia de la humanidad, y cuando se ha hecho a un lado, hasta con cierto desprecio, incluso dizque por motivos religiosos, las consecuencias han sido nefastas para el desarrollo humano y la sana convivencia de las sociedades. Por el contrario, la filosofía actual, en el siglo pasado y en lo que va de éste, nos ha hecho reflexionar de una manera intensa sobre la necesidad intrínseca del hombre de relacionarse para ser él mismo, para ser lo que quiere y debe ser. La verdad, mis hermanos, es que no podemos ser nosotros mismos sin los demás.

Y esto viene a colación, mis hermanos, porque la Palabra de Dios hoy nos sitúa frente a la doble dimensión de seres creyentes: como individuos, tenemos una responsabilidad personal con nosotros mismos; y, por nuestra inserción en la comunidad eclesial y mundial, somos responsables unos de otros. De manera que podemos decir que en todo lo que somos y logramos tiene mucho que ver la comunidad, familiar, la eclesial y la social con sus diversos ámbitos, y prácticamente en ese orden.

Más concretamente, la Escritura santa nos advierte, por un lado, sobre la responsabilidad personal de nuestros actos, y por otro, nos hace tomar conciencia de la importancia que tiene la sociedad, y especialmente la Iglesia, en nuestro crecimiento más íntimo y la capacidad de corregir actitudes y pasos equivocados. Los invito a escuchar cómo nos lo dicen los textos litúrgicos de este domingo.

El profeta Ezequiel se refiere especialmente a la responsabilidad personal. El profeta es advertido de la responsabilidad que tiene frente a Dios y frente a los judíos, si les advierte o no de su mala conducta para que cambien sus modos de actuar. Pero también señala la responsabilidad de todos y cada uno de los destinatarios, que son los judíos, de esa advertencia, si hacen caso o no. Si aceptamos, como espero, que en la Iglesia todos somos profetas, esto significa que todos y cada uno debe ocuparse del bien integral del prójimo. Es decir, cada uno ha de aceptar que tiene una responsabilidad frente a los demás cuando debe advertir del peligro y de las consecuencias de una conducta equivocada. Los problemas o situaciones irregulares de cada uno deben ser considerados solidariamente como problemas de la comunidad.

Pero hay otro aspecto muy importante que debemos considerar: Según el texto profético, el profeta corrige en  nombre de Dios, porque, como dice el texto un poco más adelante, Él no se complace en la muerte del malvado, sino en que se convierta y viva (v.11). Por tanto, hemos de concluir de este texto que la corrección y el castigo, cuando lo requiere la falta, son una muestra del amor de un Dios misericordioso. O, como dice una autor “El asedio y el acoso de Dios es en última instancia amor” (Alonso Schökel, Profetas II, 803). Esto nos lleva a entender, mis hermanos, que sólo es genuina, válida y eficaz la corrección que se hace desde el amor.

En el evangelio que acabamos de escuchar, san Mateo nos transmite la enseñanza de Jesús sobre este tema. El contexto en que escuchamos el pasaje de hoy es el del anuncio de la pasión y del seguimiento que hemos meditado en los domingos pasados. Y una de las condiciones del seguimiento de Jesús es la de vivir en comunión con Dios y con los hermanos. Pero esta unidad se manifiesta en una actitud permanente de condescendencia con los más pequeños mediante el servicio, en el perdón, especialmente a los compañeros de trabajo. Esto nos ayuda a comprender más adecuadamente las indicaciones de Jesús sobre la corrección fraterna.

El ambiente, según lo indica Jesús, en que debe darse la corrección entre iguales es el de corresponsabilidad, tal como la hemos tratado de explicar en esta reflexión. En un ambiente que se da por el amor fraterno, por el interés sincero y desinteresado por el otro. Más aún Jesús señala que es muy importante poner este asunto en le centro de la oración comunitaria que hace presente al Resucitado.

Hermanos, si la Eucaristía es el signo por excelencia de la comunión fraterna, puesto que por nuestra participación con el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos hace solidarios en el bien, esta celebración es para todos el punto de partida de toda relación responsable, profunda y amable que busca ante todo el bien de todos y cada uno los que nos congregamos en torno a altar, pero también para pedir por los que se ha alejado y ponernos de acuerdo en la forma más adecuada de invitarlos al regreso.

No es con reclamos y señalamientos inoportunos como vamos a hacer que muchos, que por desgracia cada son más, vuelvan a la casa, si nosotros no vivimos la Eucaristía como fuente de fraternidad solidaria en el perdón y la aceptación de unos y otros, tal como somos, en la individualidad y en las  diferencias entre nosotros. Es precisamente viviendo la Eucaristía como un encuentro de hermanos con el Hermano y el Padre comunes como podemos ponernos al servicio de los que se equivocan, tal vez porque buscan y no encuentran en nosotros ni en ninguna parte los signos de un amor desinteresado e incondicional. Si estamos en comunión con Dios, tenemos el deber de ser promotores de la misericordia. De la misericordia divina que quiere que todos se salven. Por eso la corrección ha de ser para ayudar no para excluir, segregar o excomulgar. Claro que la Iglesia puede hacerlo, también lo afirma Jesús en el pasaje que hemos meditado, pero no puede     —como de hecho no lo hace— excomulgar a la ligera, pues debe actuar a la manera de Dios que usa de la corrección para salvar. Y así como actúa la Iglesia, por medio de sus autoridades, así hemos también, como individuos, de actuar uno con otros: en el amor, en el servicio y en la comprensión.

Que Santa María de Guadalupe, Madre de Misericordia nos auxilie y nos enseñe a vivir este mandamiento de su Hijo para gloria de su nombre. Amén.

 
 
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