Homilía
pronunciada por Mons. Luis Gabriel Cuara Méndez, Obispo de la
Diócesis de Veracruz, en ocasión
de la peregrinación de su diócesis a la Basílica
de Guadalupe.
17 de mayo del 2005
Una vez más
saludo con mucho afecto a mis hermanos sacerdotes que han venido
este día de peregrinación desde nuestra Diócesis
hasta este Santuario, la Basílica de Nuestra Señora
de Guadalupe.
Saludo a todos los presentes, seminaristas, religiosas, hermanos
fieles cristianos laicos, que con gran esfuerzo y con gran empeño
en su corazón han querido venir en peregrinación.
Ha sido un día esperado, lo hemos estado esperando desde
hace mucho tiempo, prácticamente desde hace un año.
Termina una peregrinación y comenzamos a
preparar la siguiente, siempre con la seguridad de que aquí,
en esta casa, la casa de María, la casa de Santa María
de Guadalupe, es un lugar de gracia, un lugar donde ella derrama
en abundancia la Gracia de su Hijo. Y nosotros venimos precisamente
con ese anhelo de recibir la Gracia de Nuestro Señor Jesucristo,
la que María nos hace más viva y próxima.
Nos sentimos llamados al arrepentimiento y al perdón;
sentimos que aquí María escucha nuestras tristezas,
nuestros dolores y atiende a nuestras necesidades. Sabemos que aquí
María está atenta, y venimos a grabar en nuestros
corazones las palabras con las que Ella ha querido manifestarse
permanentemente en este lugar: “¿No estoy yo aquí
que soy tu Madre?“, ¿No estás en mi regazo y
corres por mi cuenta?”. En fin que venimos a compenetrarnos
más y más del mensaje de María, de las palabras
de María.
Por otra parte, la misma Palabra de Dios, nos revela,
nos manifiesta la grandeza de María. Hemos escuchado a Dios
que nos habla de María como una Madre fecunda, una Madre
que abunda en su maternidad, que tiene una gran maternidad y que
nos invita a todos a participar de ella que es Madre del amor, del
temor y de la santa esperanza. Es como vid fecunda que da racimos
de gracia y de virtud y venimos aquí a reconocer una vez
más, quién es y cómo es nuestra Madre.
También desde el Antiguo Testamento, María
es anunciada como una Madre que no tiene igual. Es la Madre de aquel
que llena todos los tiempos y que hace con su presencia que los
tiempos sean nuevos; abre los tiempos de la plenitud, pero Él
entra en este tiempo, entra a transformar el tiempo y a darle plenitud
por María. Por eso María está asociada estrechamente
con Jesús, con su Hijo amado. Cuando llego la plenitud de
los tiempos envió Dios a su Hijo nacido de mujer para colaborar
en la obra de su Hijo: la transformación del hombre, la transformación
de toda la humanidad; hacer de toda la humanidad, una humanidad
libre, una humanidad que perteneciera a Dios, ya no una humanidad
esclavizada, caída y atrapada, sino una humanidad libre.
Envió Dios a su Hijo nacido de mujer para
dar la libertad a todos los hombres. Y María aquí
está como sierva de Dios a esta libertad. Cada uno de nosotros
viene aquí sabiendo que es un hijo amado de Dios, un hijo
redimido por Jesucristo, un hijo lavado con la sangre de Jesús,
un hijo que ha sido lleno del Espíritu Santo para que pueda
decir plenamente: ¡Abba, Padre!, pueda llamar a Dios con toda
confianza, con toda seguridad, Padre, y así cambiar su mentalidad
de pertenecer a un Dios lejano, por pertenecer a un Dios cercano.
Sobretodo hermanos, en esta ocasión la Palabra
de Señor nos invita a contemplar el peregrinar de María.
María se hace una peregrina que sale del camino para ir desde
Nazareth hasta la montaña de Judá a saludar a Isabel;
a visitar la casa del sacerdote Zacarías y de Isabel, su
esposa.
María es peregrina, el niño que lleva
en sus entrañas le vuelve peregrina; le hace encontrar nuevos
pasos para llegar hasta donde están los problemas y las necesidades
y camina aprisa, sin tardanzas, camina sin detención, anunciando
con ello el caminar de la Iglesia. La Iglesia es una virgen y es
una madre que camina al encuentro de sus hijos. María es
el ejemplo de todos nosotros, de nuestra Iglesia particular, de
nuestra Iglesia diocesana, de cada uno de nosotros empeñados
en la evangelización.
Nuestro caminar como Diócesis es ya de tiempo,
llevamos 43 años de peregrinos, como María, caminando
de prisa para hacer llegar el Evangelio de Jesús, el saludo
de Jesús y el Espíritu Santo a todos aquellos hermanos
nuestros que necesitan de Él. Como signo de ese caminar,
como una manifestación de ese camino de 43 años, Dios
nos ha concedido la gracia de elaborar finalmente el documento sinodal,
tenemos ya nuestro documento sinodal, aunque le faltan unos pequeños
retoques, pero este día queremos presentarlo con María,
la peregrina; con María, la caminante, con María,
la misionera, para que nos dé a todos un corazón misionero,
un corazón incansable, en este trabajo, en esta obra de la
evangelización.
Contiene ese documento, aquellos aspectos fundamentales.
Hemos tratado de hacer una síntesis muy apretada de todo
lo dicho, de todo lo hablado y aún de las cosas que no quedaron
anotadas, pero que sabíamos que estaban en el corazón
de muchos. Tratamos de redactarlas para que nuestro documento fuera
enriquecido y fuera una obra de todos.
Hoy, a la hora de ofrecer, de presentar las ofrendas,
presentaremos también ese cuadernillo, en sus elementos más
elementales, para que todos atentos a esta obra que es obra de nuestra
Iglesia caminante, de nuestra Iglesia misionera, de nuestra iglesia
evangelizadora, lo agradezcamos a Dios como un regalo suyo, como
una acción del Espíritu Santo, para que así
podamos decir todos, como dice María: “Ha mirado la
humanidad de su sierva”.
Dios nos ha mirado a nosotros también con
amor, con cariño, con delicadeza, como a María; nos
ha mirado con María para que podamos seguir esforzándonos
en nuestro caminar de evangelizadores y de creyentes que vamos en
este mundo buscando los caminos de transformación.
Pidámosle a la Virgen Santísima que
siga acompañando los pasos de nuestra Iglesia diocesana.
Digámosle todos con un corazón sencillo y humilde:
“María, madre nuestra de Guadalupe, que has venido
a esta tierra, que has abierto el lugar donde se ha plantado la
Cruz de tu Hijo Jesucristo, para tener así el signo máximo
de la evangelización en nuestra propia tierra, en los litorales
de Veracruz.
Te pedimos que nos asistas, que nos animes, que
nos des la alegría de ir como tú, con paso veloz,
con paso firme y seguro, al encuentro de Isabel que representa a
todos aquellos necesitados de la Gracia y de la Palabra del Espíritu
Santo. Que así nos lo concedas tú, con tu hijo Jesucristo,
amén.