¡Bendito y alabado sea
Dios nuestro Padre; Padre bondadoso y misericordioso, por el inmenso
amor con que nos ama en su Hijo amado, el elegido, el Hijo de sus
complacencias!
En Él se han cumplido
todas las promesas hechas a los antepasados, especialmente las que
hizo a los patriarcas empezando por Abraham, nuestro Padre en la
fe. Toda la Historia de Salvación, mis amados hermanos y hermanas,
está hilvanada por una cadena de promesas y cumplimientos provisionales,
que suscitan la fe hasta el cumplimiento definitivo que ya ha llegado
a su etapa final en nuestro Señor Jesucristo. La fe, en efecto,
mis amados hermanos, ES LA CONDICIÓN NECESARIA PARA MANTENERNOS
EN EL RITMO DE LA ESPERANZA de alcanzar lo que se nos promete.
Dios siempre es fiel.
Así sucede desde Abraham,
que creyó y el Señor se lo tomó en cuenta (Gn 15, 6). Por
eso es el Padre de muchos creyentes entre los que nos encontramos
los discípulos de Cristo en quien hemos fijado nuestra mirada y
toda nuestra esperanza. Pero Él es nuestra meta con tal de que nos
decidamos a vivir constantemente en actitud de éxodo hacia la adquisición
de la promesa que es Él mismo. ABRAHAM ES NUESTRO MODELO EN LA
AVENTURA DE LA FE. El patriarca esperó una tierra y una descendencia
más allá de toda esperanza. A partir de entonces su camino, se orientará
de acuerdo con los proyectos de quien lo llamó y ahora camina junto
a Él. Dios le ofrece su favor de Padre y hace una alianza, Abraham,
por su parte, dice simplemente ¡SÍ! Por parte de Dios,
esta alianza, con sus promesas y sus exigencias, jamás será abandonada,
y entonces Abraham poseerá la tierra; pero no sucederá lo mismo
con el pueblo descendiente suyo.
Como sabemos, mis amados
hermanos y hermanas, más adelante, el Dios de Abraham, de Isaac
y de Jacob mandará a Moisés para hacer salir al pueblo de Egipto,
con la alianza en el Sinaí, y hacer ingresar nuevamente a la tierra
de los padres con una nueva promesa de poseerla. Con esto vemos,
mis amados hermanos y hermanas, que toda alianza supone un éxodo
y una entrada. Esta es la enseñanza principal de este domingo: todo
éxito supone una alianza y una entrada. Es lo que ven los profetas:
UNA SALIDA DEL PECADO; de la injusticia social y la mentira,
del formalismo cultual engañoso e hipócrita a fin de ingresar en
un reino mesiánico de paz y fidelidad, esto es, CON CRISTO
que, como dice Pablo (Gal 4,16) es EL DESCENDIENTE ÚNICO POR
EL CUAL SOMOS TODOS SALVADOS.
De esta manera, mis
amados hermanos y hermanas, podemos entender la relación que existe
entre el mensaje de la primera lectura del Génesis con el del Evangelio
de Lucas que hoy hemos escuchado, y que hemos de meditar ahora detenidamente.
Cristo se presenta como la alianza definitiva entre Dios y
su pueblo. Pero para Él la alianza se da también a través de un
éxodo, del que hablan entre sí Moisés y Elías; se refieren al paso
que debe dar hacia la muerte a través de la pasión. Y en ese episodio
de la transfiguración de Jesús también esta la promesa como su entrada
en la gloria. Es lo que significa su rostro que cambia de aspecto
y se llena de luz sus vestiduras quedan impregnadas de una
blancura hermosísima. SE TRATA, mis amados hermanos, DE
SU RESURRECCIÓN, del anuncio de la resurrección.
Fijémonos un poco más
en la escena evangélica y notemos que de los tres personajes de
la escena, sólo Jesús es transfigurado, especialmente su rostro.
Moisés y Elías sólo se ven envueltos en una luz gloriosa. Notemos
también, mis amados hermanos, que Pedro, Santiago y Juan no caen
en la cuenta de la diferencia, pues, Pedro, impactado por la escena
propone hacer tres tienda por igual para cada uno de los personajes.
No distingue la diferencia; para Él todos son igualmente importantes.
Pero es la voz, que sale de la nube, la que ha de indicar quién
es el verdaderamente importante. Parece decir: ÉSTE ES MI
HIJO, EL ESCOGIDO, MI PREDILECTO, el del rostro transfigurado.
Los otros, por muy importantes que hayan sido y parezcan, están
apagados ahora; sólo sirvieron mientras se cumplía la promesa. De
ahora en adelante, basta con escucharlo a Él, esto es suficiente.
Más aún, su Palabra es la decisiva, los demás no lo llevarán a ningún
lado. Ojala que nos convenzamos de esto, mis hermanos, que somos
tan amantes de escuchar tantas voces y tantos ruidos, pero no escuchamos,
no guardamos el silencio para escuchar la voz del mismo Señor Jesús,
nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Hasta cierto punto,
por sí mismos, todos los que rodean a Jesús, estos dos grandes personajes
importantes, son obsoletos. Valen hoy mientras apuntan a Él, como
centro de atención y de encuentro con lo que contiene la promesa.
Por tanto les digo: escúchenlo.
Nuevamente, mis amados
hermanos, hemos de insistir en que el sentido de la fe cristiana,
en la que somos llamados a vivir, ha de tener como centro a nuestro
Señor Jesucristo. Los evangelios, nos transmiten la tradición acerca
de los inicios de la fe cristiana en los que los primeros cristianos
buscaron dejarse iluminar por lo sucedido en Cristo. Pronto se dieron
cuenta de LO IMPORTANTE PARA SALVARSE ERA CONOCER, A JESUCRISTO,
ESCUCHARLE, OBEDECERLE, SEGUIRLE. Por eso los evangelios son
“relatos de conversión” (J. Antonio Pagola) que han de ser leídos,
meditados, predicados, guardados, rumiados, saboreados en el corazón
para ser vividos por los creyentes individual y comunitariamente.
Mis amados hermanos
y hermanas, Cristo era como nosotros su apariencia era la de un
hombre, como hay tantos en el mundo, pero un día quiso mostrarnos
sus divinidad y haya en el monte se transfiguró y los apóstoles
creyeron. También, nosotros, amados hermanos, podemos transfigurarnos
si dejamos el llano y subirnos al monte con Cristo, es decir: si
dejamos nuestra casa, nuestros apostamientos, nuestras instalaciones
y emprendemos el éxodo, el camino hacia un nuevo cielo y una nueva
tierra, como Abraham. Pero subir al monte, mis hermanos y hermanas,
y dejar lo nuestro cuesta, claro que cuesta, pero nosotros mismos
lo solemos decir: solamente lo que cuesta vale. Decimos, por ahí
en un dicho: que el que quiera azul celeste que le cueste.
Miren, mis amados hermanos,
la Cuaresma nos invita a un sacrificio, a una fe austera, a una
alegría de dejar lo malo para recibir una herencia del cielo. Creo
que vale la pena vivir y creer en la fe, correr la aventura de la
fe, a pesar de todas las dificultades, de todos los problemas con
los que diario nos enfrentamos.
Por eso cada domingo,
no sólo de Cuaresma, sino de todo el año, es una oportunidad de
escuchar el Evangelio, de acoger la Buena Noticia de Jesucristo,
a Jesús mismo que nos habla en la asamblea dominical santa para
ilustrarnos sobre su misterio. El misterio de su persona que nos
salva, que camina junto a nosotros, Jesucristo a quien nos trajo
a la Morenita del Tepeyac hace 478 años; es nuestro amigo que nos
llama una y otra vez a la conversión a seguirle. Por tanto, mis
amados hermanos, una comunidad que escucha a Jesús cada domingo
se transforma constantemente. La Eucaristía es conversiva, liberadora
si sabemos vivirla; si sabemos participar adecuadamente en ella,
es decir, mis hermanos, la Eucaristía nos renueva, nos da signos
de que Cristo está vivo y nosotros con Él, también, vivimos en plenitud,
desde ahora.
Una comunidad así, atrae,
convence e invita a la fiesta de la vida, a la alegría del bien
y el amor fraterno. Una comunidad así, mis amados hermanos, como
queremos que sea esta comunidad de la casita de la Señora del Cielo,
se convierte a su vez en el rostro de Cristo en la historia tan
necesitado este mundo de su luz, que dé seguridad y conduzca a la
felicidad prometida de la salvación.
La Sagrada Eucaristía,
la Santa Misa, también nos habla de la cruz en la cual Jesús derramó
la sangra que nos salva. Y éste es el otro tema que nos hace considerar
el texto evangélico y sobre el que san Pablo habla cuando nos advierte,
con gran emoción, que algunos de nosotros se comportan como enemigos
de la cruz, es decir, vivimos sólo para dar rienda suelta a los
desenfrenos, convirtiendo estos desenfrenos, verdad, en sus dioses,
convirtiendo estos los placeres, en nuestros dios y estos es de
todo tipo, cada quien analice su vida, cada quien déjese interpelar
por esta Palabra para que pueda responderle al Señor en esta Cuaresma,
para que pueda morir con Cristo y resucitar con Cristo, para que
pueda desde ahora contemplarse transfigurado y capaz de transfigurar
su realidad y su ambiente.
Mis amados hermanos
y hermanas, que nuestra Muchachita, la Morenita del Tepeyac, nuestra
celestial Señora, Hija de Abraham, nos enseñe a vivir como Ella
la aventura de la fe según el modelo del padre de los creyentes.
Que como Él, nos atrevamos a correr el riesgo de la fe, asumiendo
la cruz y llevados sólo por la Palabra de Dios, Palabra fiel que
promete y cumple.
Amén.