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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el IV Domingo de Pascua, en la Basílica de Guadalupe.

25 de abril de 2010
Año Sacerdotal

CRISTO, CORDERO Y PASTOR DE LA HUMANIDAD

Mis queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy el domingo del Buen Pastor. Cada año centramos nuestra atención en las palabras del capítulo diez del Evangelio de san Juan donde el apóstol nos transmite el discurso de Jesús sobre su persona como Pastor. Esta Palabra de Dios nos viene como regalo de su misericordia en estos momentos difíciles por los que atravesamos como Iglesia.

Contemplar la imagen del Buen Pastor en estos días, es un regalo de su bondad. Nos da seguridad, nos da optimismo a la vez que consuelo. Es también un domingo muy apropiado para pedir por las vocaciones sacerdotales puesto que el Señor de la Iglesia sigue pastoreándola a través de los que Él ha elegido como representantes y servidores suyos en beneficio de su pueblo y de la humanidad. Vale la pena ser sacerdotes. Estos momentos de crisis pueden ser momentos de gracia ya que es una oportunidad de purificación para todos los miembros de la Iglesia, de valoración de los dones de Dios y de avivar la esperanza fundamentada en la fe y en el amor.

Ciertamente hoy, y precisamente por la tristeza que nos puede causar la dura situación, ESTAMOS INVITADOS A CREER MÁS FIRMEMENTE EN LA PRESENCIA EFICAZ DEL RESUCITADO, A CREER MÁS FIRMEMENTE EN LA PRESENCIA DEL CORDERO degollado y al mismo tiempo PASTOR, en medio de la Iglesia. Esta certeza de fe, mis hermanos, se desprende de la  escucha y meditación de la Palabra que Dios nos ha regado este domingo en las lecturas bíblicas de nuestra liturgia dominical.

Pongamos atención. Centremos nuestra atención en la segunda lectura donde el autor del Apocalipsis nos muestra un doble aspecto de la identidad de nuestro Señor: el que es el Cordero es al mismo tiempo el Pastor. La primera imagen nos lleva a entender la presencia de Dios tan cercana a nosotros. En la semana de la Pasión, que acabamos de vivir, el profeta Isaías nos había mostrado al Siervo de Yavhé, al Siervo viviente y doliente, que como uno de nosotros, pero a la vez como cordero inmaculado e inocente, era llevado al matadero para darnos el servicio de liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ahí contemplamos, en la visión profética, al Cordero que con su sangre nos redimió. El Apocalipsis nos lleva a la segunda imagen que debe ser considerada como consecuencia de la primera: la del Pastor.

Si el Cordero se ofreció por nosotros, adquirió con su sangre todos los derechos sobre nosotros. De esta manera se convirtió en nuestro Pastor y guía. Y con esta imagen la Palabra nos revela, en Cristo, el Cordero degollado, pero vivo para siempre, como el Pastor que nos apacienta con el amor misericordioso del Padre.

De manera que tenemos en Cristo, muerto y resucitado, al Señor que vino a servir y no a ser servido. Y en medio de nosotros, su pueblo, la Iglesia, está presente para guiarnos por los senderos de LA LUZ, DE LA VERDAD, DEL AMOR, DE LA RECONCILIACIÓN Y DE LA PAZ. No encontramos en el mundo a nadie como Él. Ciertamente es muy diferente de cualquier otro jefe, líder político, religioso o del ámbito laboral y económico, que a veces se presentan como servidores del pueblo y a la hora de la verdad tenemos que sufrir su autoritarismo, su egoísmo y su abuso de poder y sus mentiras, porque lo que buscan es sólo servirse de su posición de privilegios y de nosotros. La figura del cordero inmolado nos enseña que ha recorrido junto a nosotros el camino de la aflicción, del sufrimiento, de las debilidades y carencias propias de la humanidad y, por eso, quiere conducirnos a la fuentes de agua viva, donde todo es felicidad, donde todo es vida eterna.

Con Cristo, mis amados hermanos y hermanas, nuestro Cordero Pascual, podemos entender que las tribulaciones de la vida y las persecuciones por ser files a nuestra vocación de hijos de Dios no terminan en catástrofe, sino en una vida eterna y plena. Pero ni siquiera nuestros pecados nos deprimen al grado de perder toda esperanza, sino al contrario, nos sirven para agradecer la misericordia de Dios revelada en la Cristo Jesús nuestro Pastor, nuestro Cordero, la puerta por donde entran las ovejas, el pastor también de las ovejas y nos mueven a dejarnos purificar por su sangre redentora.

El Evangelio, nos señala, con las mismas palabras del Maestro y Pastor cómo es posible dejar a Dios realizar su obra en todos y cada uno de nosotros. Jesús dice: que Él nos conoce a cada uno de nosotros por nuestro nombre y que, por nuestra parte, escuchamos su voz y lo seguimos. Tenemos aquí, mis amados hermanos y hermanas, una descripción muy dinámica de la relación entre el Pastor y nosotros, sus ovejas. En Cristo, tenemos una relación personal y muy profunda con Dios. En el CORDERO Y PASTOR, tenemos la certeza de que Dios se ocupa amorosamente de nosotros y nunca jamás nos abandona; en el momento del peligro, en el momento de la pena Él no huye; al contrario, nos defiende y nos conforta. El que se sacrificó por nosotros hasta derramar la última gota de su preciosísima sangre, está permanentemente intercediendo por nosotros dándonos en abundancia Espíritu Santo.

Por eso es muy importante, mis amados hermanos y hermanas, que en nuestros encuentros individuales y comunitarios, especialmente en la Eucaristía Dominical, abramos el oído y el corazón para escucharlo y conocerlo como Él nos conoce. Sólo así podremos ir creciendo en el conocimiento de su persona y del misterio de amor que celebramos en la Santa Eucaristía, en la Santa Misa. Sólo así podremos seguirlo decidida y alegremente. Sólo así seremos verdaderos discípulos y ovejas de su rebaño en medio del mundo tan hostil a Jesús, tan hostil también a su Iglesia que es la continuadora misma del Señor Jesús.

Que nuestra Muchachita y Madrecita Tonantzin Guadalupe quien  ha pastoreado y conducido a este pueblo por 478 años por la única puerta a los mejores pastos que es su mismo Hijo, el arraigadísimo Dios por quien se vive nos acompañe y nos sirva de ejemplo en esta escucha y conocimiento cada vez más hondo de nuestro Señor.

Amén.
 
 
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