Mis amados hermanos y hermanas, iniciamos
nuestra reflexión con un reconocimiento y una acción de gracias
por la Palabra que Dios, nuestro Padre, nos regala hoy, como signo
de su misericordia, pues, no cesa de mostrarnos su amor y su interés
paternal por nosotros al alimentarnos e iluminar con ella nuestra
vida, para que, siendo discípulos de su Hijo Jesucristo, lo conozcamos
cada vez más y alcancemos así la vida que nos promete.
Recordemos, mis amados hermanos y hermanas,
cómo terminaba el pasaje del domingo pasado, el pasaje del Evangelio:
Jesús, que ha comenzado su ministerio anunciando la buena nueva
de salvación en primer lugar a sus paisanos de Nazaret, es rechazado
de una manera muy violenta y radical. Pero como decíamos esta
actitud de rechazo y de confrontación por parte de los judíos será
una constante de la vida de Jesús al proponerles su Evangelio con
gestos y con palabras que ellos no aceptaron. Este domingo tenemos
un cuadro muy diferente: la respuesta de Simón y otros primeros
discípulos al llamado de Jesús. Llamada que hace con una promesa,
pero antes con una señal milagrosa que aquellos hombres supieron
descifrar y aceptar como una provocación a su fe y a su determinación
libre y gozosa de seguir al Señor.
Podríamos decir que las tres lecturas
bíblicas que hemos proclamado hoy nos hablan de vocación como el
resultado de UN ENCUENTRO VIVO E INTENSO CON DIOS. En la
primera lectura tenemos la vocación de Isaías en el templo, un lugar
muy distinto del de Simón en su encuentro con Jesús en situación
ordinaria y extraordinaria al mismo tiempo. Es ordinaria porque
esa experiencia de Simón se da en una actividad que el futuro apóstol
realiza todos los días: una pesca, la cual resulta extraordinaria
gracias a la decisión de Jesús que le ordena a echar las redes en
circunstancias fuera de la práctica y de la experiencia de muchos
años y exige del experto una actitud nueva. El resultado es que
Simón, llamado después como el apóstol Pedro, comienza un camino
de fe que parte de la admiración.
Frente a esta experiencia de fe de Isaías,
a partir de una visión de una liturgia celeste, la de Simón resulta
para nosotros muy cercana y muy familiar, ya que se da en medio
de actividades de la vida ordinaria como es la pesca, su actividad
cotidiana. Y es así, mis amados hermanos y hermanas, como esta Palabra,
que Dios nos concede meditar y contemplar, hoy es una llamada a
nuestra experiencia de fe y de conocimiento del misterio de Dios.
Para anunciar a Dios, como lo hicieron
los apóstoles, incluido san Pablo que nos da su testimonio en la
segunda lectura, es necesario haberlo conocido al Señor ES NECESARIO
UNA EXPERIENCIA DE ENCUENTRO EXISTENCIAL CON ÉL. Y para conocerlo
es necesario que Él se revele, es decir, se nos dé a conocer, pues
nosotros no somos capaces de conocerlo con nuestros propios recursos
racionales, ya que, cuando pretendemos hacerlo de esta manera, terminamos
por encerrarlo en nuestros pobres criterios mundanos y muy alejados
de su misterio verdadero. La revelación de Dios es un acto soberano
de su libertad y de su misericordia como una iniciativa gratuita.
Es lo que les pasó a Simón y a sus compañeros
Juan y Santiago. Impresionados por la pesca milagrosa descubren
a Jesús como el Santo igual que Isaías en su visión celeste. Frente
a Dios, mis amados hermanos y hermanas, el hombre no puede tener
otra actitud que la de reconocerse pecador. El conocimiento de Dios,
digo, el verdadero conocimiento de Dios, ése que yo acepto conforme
a lo que Él me concede experimentar a través de su presencia en
mi vida, como en la vida de Simón, ese conocimiento genuino de Dios
me lleva necesariamente, mis hermanos, por la confrontación, al
conocimiento de mi mismo. Por eso san Francisco de Asís pedía continuamente:
“SEÑOR, QUE TE CONOZCA A TI Y ME CONOZCA A MÍ”. Él es el
Señor y Creador, yo soy siervo y creatura; pero todavía más, mis
hermanos, Él es el Santo, el único santo, yo soy pecador y no más
que eso.
Con la revelación de Jesús a sus primeros
discípulos y apóstoles, se da una vocación y una misión hacia esos
primeros discípulos. Sucede en realidad, mis hermanos, que UN
ENCUENTRO ÍNTIMO CON DIOS, en la intimidad de su misterio, NO
PUEDE QUEDARSE EN UNA EXPERIENCIA INTIMISTA Y EGOÍSTA, CERRADA A
LOS DEMÁS. Ni siquiera en la sola admiración, como lo decíamos
hace ocho días. Ese encuentro impulsa, en primer lugar a la conversión,
sí, a la conversión personal y al seguimiento inmediato, pero también
a la comunicación de esa experiencia a los otros, especialmente
a los que amamos, que, por cierto, son cada vez más en la medida
en conocemos al Señor único y verdadero. Yo amaré a más y más hermanos
en la medida que ame más y más al Señor y me deje amar por Él.
Mis hermanos, esta es una misión abierta
a toda la humanidad. No temas, le dice Jesús a Pedro, de
ahora en adelante serás pescador de hombres, le dice Jesús a
Simón Pedro, encomendándole esa misión de anunciar para hacer discípulos.
Este mundo nuestro, mis hermanos, está
muy necesitado de testigos de la bondad y la misericordia de Dios,
y nosotros, que hemos sido llamados y enviados por el bautismo y
la confirmación, tal vez no somos conscientes de esa situación de
privilegio en la difusión del Evangelio. Tal vez no alcanzamos a
ver esta realidad de nuestro ser cristianos porque no hemos tenido
un verdadero encuentro con Jesús, un verdadero encuentro a través
de los sacramentos, de la meditación de la Palabra de Dios, de la
oración y de la práctica de la caridad de una manera constante y
cada vez más profunda.
Los invito, mis queridos hermanos y hermanas,
que para empezar, cada domingo nos dejemos impresionar por la Palabra
de Dios que escuchamos y celebramos aquí, en la Santa Misa donde
el Señor Jesús se hace presente en medio de nosotros. La Palabra
de Dios nos interpela, nos cuestiona, nos sacude si abrimos el corazón
desde luego.
Cada celebración dominical nos ayuda
a conocer más y más a Dios para amarlo más auténticamente si estamos
dispuestos a dejarnos seducir por Él. LA EUCARISTÍA, mis
amados hermanos, ES LA ESCUELA DE FORMACIÓN IMPRESCINDIBLE PARA
CONOCER A JESÚS. No es la única, es la más excelente cierto,
pero no es la única, porque el estudio de la Escritura y la oración
con la práctica de la caridad nos dan, juntas, la verdadera experiencia
de un encuentro existencial con el Señor.
Termino, citando al Papa Benedicto XVI,
dice el Papa: no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos
en el Sacramento de la Eucaristía. Este exige por su naturaleza
que sea comunicado a todos lo que el mundo necesita es el amor de
Dios, encontrar a Cristo y creer en Él, por eso la Eucaristía no
es sólo fuente de culmen de la vida de la Iglesia, lo es también
de su misión. Una Iglesia auténticamente eucarística, es una Iglesia
misionera. Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia
misionera. También nosotros, dice el Papa, podemos decir
a nuestros hermanos con convicción: eso que hemos visto y oído os
lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros. Verdaderamente,
nada más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a los demás.
Además la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es
el corazón de la misión de Jesús.
Amados hermanos y hermanas, seguramente
Nuestra Morenita del Tepeyac y Celestial Señora, nuestra Madre y
Maestra tiene mucho que decirnos, tiene mucho que enseñarnos.
Amén.