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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el V Domingo Ordinario
, en la Basílica de Guadalupe.

07 de febrero de 2010
Año Sacerdotal

¿QUIÉN ES JESÚS Y QUIÉN SOY YO?

Mis amados hermanos y hermanas, iniciamos nuestra reflexión con un reconocimiento y una acción de gracias por la Palabra que Dios, nuestro Padre, nos regala hoy, como signo de su misericordia, pues,  no cesa de mostrarnos su amor y su interés paternal por nosotros al alimentarnos e iluminar con ella nuestra vida, para que, siendo discípulos de su Hijo Jesucristo, lo conozcamos cada vez más y alcancemos así la vida que nos promete.

Recordemos, mis amados hermanos y hermanas, cómo terminaba el pasaje del domingo pasado, el pasaje del Evangelio: Jesús, que ha comenzado su ministerio anunciando la buena nueva de salvación en primer lugar a sus paisanos de Nazaret, es rechazado de una manera muy violenta y radical. Pero como decíamos esta actitud de rechazo  y de confrontación por parte de los judíos será una constante de la vida de Jesús al proponerles su Evangelio con gestos y con palabras que ellos no aceptaron. Este domingo tenemos un cuadro muy diferente: la respuesta de Simón y otros primeros discípulos al llamado de Jesús. Llamada que hace con una promesa, pero antes con una señal milagrosa que aquellos hombres supieron descifrar y aceptar como una provocación a su fe y a su determinación libre y gozosa de seguir al Señor.

Podríamos decir que las tres lecturas bíblicas que hemos proclamado hoy nos hablan de vocación como el resultado de UN ENCUENTRO VIVO E INTENSO CON DIOS. En la primera lectura tenemos la vocación de Isaías en el templo, un lugar muy distinto del de Simón en su encuentro con Jesús en situación ordinaria y extraordinaria al mismo tiempo. Es ordinaria porque esa experiencia de Simón se da en una actividad que el futuro apóstol realiza todos los días: una pesca, la cual resulta extraordinaria gracias a la decisión de Jesús que le ordena a echar las redes en circunstancias fuera de la práctica y de la experiencia de muchos años y exige del experto una actitud nueva. El resultado es que Simón, llamado después como el apóstol Pedro, comienza un camino de fe que parte de la admiración.

Frente a esta experiencia de fe de Isaías, a partir de una visión de una liturgia celeste, la de Simón resulta para nosotros muy cercana y muy familiar, ya que se da en medio de actividades de la vida ordinaria como es la pesca, su actividad cotidiana. Y es así, mis amados hermanos y hermanas, como esta Palabra, que Dios nos concede meditar y contemplar, hoy es una llamada a nuestra experiencia de fe y de conocimiento del misterio de Dios.

Para anunciar a Dios, como lo hicieron los apóstoles, incluido san Pablo que nos da su testimonio en la segunda lectura, es necesario haberlo conocido al Señor ES NECESARIO UNA EXPERIENCIA DE ENCUENTRO EXISTENCIAL CON ÉL. Y para conocerlo es necesario que Él se revele, es decir, se nos dé a conocer, pues nosotros no somos capaces de conocerlo con nuestros propios recursos racionales, ya que, cuando pretendemos hacerlo de esta manera, terminamos por encerrarlo en nuestros pobres criterios mundanos y muy alejados de su misterio verdadero. La revelación de Dios es un acto soberano de su libertad y de su misericordia como una iniciativa gratuita.

Es lo que les pasó a Simón y a sus compañeros Juan y Santiago. Impresionados por la pesca milagrosa descubren a Jesús como el Santo igual que Isaías en su visión celeste. Frente a Dios, mis amados hermanos y hermanas, el hombre no puede tener otra actitud que la de reconocerse pecador. El conocimiento de Dios, digo, el verdadero conocimiento de Dios, ése que yo acepto conforme a lo que Él me concede experimentar a través de su presencia en mi vida, como en la vida de Simón, ese conocimiento genuino de Dios me lleva necesariamente, mis hermanos, por la confrontación, al conocimiento de mi mismo. Por eso san Francisco de Asís pedía continuamente: “SEÑOR, QUE TE CONOZCA A TI Y ME CONOZCA A MÍ”. Él es el Señor y Creador, yo soy siervo y creatura; pero todavía más, mis hermanos, Él es el Santo, el único santo, yo soy pecador y no más que eso.

Con la revelación de Jesús a sus primeros discípulos y apóstoles, se da una vocación y una misión hacia esos primeros discípulos. Sucede en realidad, mis hermanos, que UN ENCUENTRO ÍNTIMO CON DIOS, en la intimidad de su misterio, NO PUEDE QUEDARSE EN UNA EXPERIENCIA INTIMISTA Y EGOÍSTA, CERRADA A LOS DEMÁS. Ni siquiera en la sola admiración, como lo decíamos hace ocho días. Ese encuentro impulsa, en primer lugar a la conversión, sí, a la conversión personal y al seguimiento inmediato, pero también a la comunicación de esa experiencia a los otros, especialmente a los que amamos, que, por cierto, son cada vez más en la medida en conocemos al Señor único y verdadero. Yo amaré a más y más hermanos en la medida que ame más y más al Señor y me deje amar por Él.

Mis hermanos, esta es una misión abierta a toda la humanidad. No temas, le dice Jesús a Pedro, de ahora en adelante serás pescador de hombres, le dice Jesús a Simón Pedro, encomendándole esa misión de anunciar para hacer discípulos.

Este mundo nuestro, mis hermanos, está muy necesitado de testigos de la bondad y la misericordia de Dios, y nosotros, que hemos sido llamados y enviados por el bautismo y la confirmación, tal vez no somos conscientes de esa situación de privilegio en la difusión del Evangelio. Tal vez no alcanzamos a ver esta realidad de nuestro ser cristianos porque no hemos tenido un verdadero encuentro con Jesús, un verdadero encuentro a través de los sacramentos, de la meditación de la Palabra de Dios, de la oración y de la práctica de la caridad de una manera constante y cada vez más profunda.

Los invito, mis queridos hermanos y hermanas, que para empezar, cada domingo nos dejemos impresionar por la Palabra de Dios que escuchamos y celebramos aquí, en la Santa Misa donde el Señor Jesús se hace presente en medio de nosotros. La Palabra de Dios nos interpela, nos cuestiona, nos sacude si abrimos el corazón desde luego.

Cada celebración dominical nos ayuda a conocer más y más a Dios para amarlo más auténticamente si estamos dispuestos a dejarnos seducir por Él. LA EUCARISTÍA, mis amados hermanos, ES LA ESCUELA DE FORMACIÓN IMPRESCINDIBLE PARA CONOCER A JESÚS. No es la única, es la más excelente cierto, pero no es la única, porque el estudio de la Escritura y la oración con la práctica de la caridad nos dan, juntas, la verdadera experiencia de un encuentro existencial con el Señor.

Termino, citando al Papa Benedicto XVI, dice el Papa: no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento de la Eucaristía. Este exige por su naturaleza que sea comunicado a todos lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él, por eso la Eucaristía no es sólo fuente de culmen de la vida de la Iglesia, lo es también de su misión. Una Iglesia auténticamente eucarística, es una Iglesia misionera. Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera. También nosotros, dice el Papa, podemos decir a nuestros hermanos con convicción: eso que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros. Verdaderamente, nada más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a los demás. Además la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el corazón de la misión de Jesús.

Amados hermanos y hermanas, seguramente Nuestra Morenita del Tepeyac y Celestial Señora, nuestra Madre y Maestra tiene mucho que decirnos, tiene mucho que enseñarnos.

Amén.

 
 
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