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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el XIII Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.


NO HAY DECISIONES SIN RENUNCIAS

27 de junio de 2010

Muy queridos hermanos y hermanas, todos, en el corazón de Cristo Jesús. Alegrémonos todos por el llamado que nos hace en su Hijo amado para ser hijos suyos. Es éste el llamado primordial: SER HIJOS SUYOS PARA QUE GOCEMOS DE LA VIDA QUE ÉL NOS TIENE PREPARADA DESDE LA ETERNIDAD. Pero Dios, nuestro Padre, ha querido que sea en el seguimiento de su Hijo como logremos lo que nos promete. Es por esto que hoy la palabra de Cristo nos ilustra en este tema a partir de una actitud suya con respecto la proyecto del Padre hacia su persona. Como siempre QUE CONTEMPLEMOS LA FIGURA DE CRISTO, LO HACEMOS PARA APRENDER NO SÓLO DE SUS PALABRAS SINO DE SUS PROPIAS ACTITUDES.

El texto del evangelio de SAN LUCAS, que hoy hemos escuchado, nos presenta a Jesús en su firme decisión de acudir a la cita con el destino que Dios, su Padre le ha señalado en Jerusalén en beneficio de todos nosotros. Es interesante dejar resonar, para nuestro crecimiento espiritual, la forma como se refiere el evangelista a la actitud libre, alegre y responsable de Jesús al tomar ‘la firme decisión de dirigirse a Jerusalén’ para cumplir lo que estaba prescrito en la historia de la salvación, en el proyecto eterno del Padre. Nosotros tenemos la experiencia de que ante la toma de decisiones buscamos siempre lo que más nos conviene, a la luz de lo que nos cueste menos o mas nos reditúa. Es más, aún cuando hemos decidido algo, queremos poder cambiarlo por algo que, a nuestro juicio, es más conveniente por ser más fácil y tal vez más gratificante.

En el caso de Jesús hemos de notar su firme determinación, inmutable, irrevocable de cumplir con la voluntad de dar la vida por nosotros con una muerte de cruz. Cosa que ya sabía y no quiso eludir por fidelidad a su Padre y por amor a nosotros.

Pero frente a la resolución libre y decidida de Jesús, y apenas iniciado su camino, se topa con los primeros obstáculos en su viaje: los samaritanos no están dispuestos a dejarlo pasar por su territorio porque se diirge precisamente a Jerusalén, la ciudad capital de los judíos con quienes ellos estaban enemistados desde hacía ya varios siglos. Ante esta oposición y rechazo, opta por ir por un camino diferente.

En el camino a Jerusalén, se le van a presentar tres casos  de hombres con diferentes actitudes ante seguimiento. Son tres casos de seguimiento muy distintos entre sí: el primero es espontáneo y le asegura un seguimiento inmediato y seguro: te seguiré a donde quiera que vayas, le dice; a lo que Jesús parece ser quien le ponga obstáculos al hacerle una advertencia cierta y necesaria; como si le hubiera dicho: “mira, date cuenta de que no tengo nada que ofrecerte, tú sabes si te arriesgas. Yo mismo, como puedes ver, no tengo ni siquiera donde descansar”. Esta advertencia, mis hermanos, tiene que ver con la seguridad personal. Sucede, queridos amigos, que a veces podemos decidirnos a seguir a Jesús sólo por buscar seguridades, no precisamente por correr los riesgos que implican las tareas misioneras. Parece que nos debe quedar bien claro que para seguir a Jesús es necesario estar libres de cualquier pretensión, se económica o social. Parece ser que aquel individuo no lo siguió después.

El segundo es invitado por Jesús pero responde condicionando su seguimiento: déjame primero ir a enterrar a mi Padre, responde. A lo que Jesús responde de una manera aparentemente hasta grosera. Tenemos, mis hermanos, una de esas frases que alguien ha llamado ‘palabras o evangelios molestos’. No es el momento de tratar de entender por qué habla Jesús en ese tono. Y tal vez resulta más desconcertante a la luz de la primera lectura donde vimos a Elías tan condescendiente con Eliseo.

Pero quiero, hermanos, transmitirles lo que un comentarista del evangelio de san Lucas dice que podría ser lo que Jesús dijo: “Deja que los espiritualmente muertos entierren a sus físicamente muertos” (Joseph A. Fitzmyer, “El Evangelio según san Lucas” Madrid 1986, t. III, 199) lo cual, hermanos, no deja de ser duro, por lo que Jesús, al hablarnos de esta forma, nos está indicando cómo las exigencias del discipulado y de la predicación de su evangelio a favor de los hombres, llegan hasta pedirnos que seamos capaces de desligarnos de todo los afectos familiares. JESÚS EXIGE UNA VINCULACIÓN RADICAL Y TOTAL A SU PERSONA, es decir, absolutamente incondicional. Ante estas palabras tan duras, mis hermanos, por nuestra parte, debemos entender que seguir a Jesús en serio puede, en ocasiones, tal vez cuando menos lo esperemos, exigirnos renuncias muy dolorosas. Estamos ante una realidad vinculante con Jesús muy difícil de entender, pero así es.

En el tercer caso, podríamos ver una especie de combinación de los dos casos anteriores. ¡Siempre hay casos aparentemente inéditos y raros! Pero nosotros podemos aprender que es necesario no aceptar ninguna clase de distracciones que impidan mantenernos en el firme propósito de seguir a Jesús. Jesús merece la exclusividad aunque parezca duro de aceptar y difícil de comprender. NO HAY QUE MIRAR HACIA ATRÁS, SIEMPRE HACIA ADELANTE CON JESÚS, que nos lleva a la aventura en su amor por el Reino, es decir, por Dios mismo y por los hombres y mujeres a los que es necesario anunciar la Buena Noticia.

Con frecuencia olvidamos las exigencias de ser verdaderos cristianos. Hoy nos lo recuerda la Palabra del mismo Cristo, a quien llamamos Rey y Señor nuestro. ¿Hasta qué punto lo es realmente? O ¿hasta dónde estamos dispuestos a seguirlo? Tratemos de responder con honestidad, valor y pasión. Si nos cuesta, pidámosle que nos ayude a responder adecuadamente. Él sabe muy bien que seguirlo no es fácil. Sólo con Él a nuestro lado, podemos mantenernos en su seguimiento. La Eucaristía en la que participamos con alegría todos los domingos, es el mejor medio de pedirlo. Y nuestra Muchachita y Celestial, nuestra Señora, intercede por nosotros par alcanzarnos esa la gracia de la perseverancia en el amor.

Amén.

 
 
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