Muy queridos hermanos y hermanas,
todos, en el corazón de Cristo Jesús. Alegrémonos todos por el llamado
que nos hace en su Hijo amado para ser hijos suyos. Es éste el llamado
primordial: SER HIJOS SUYOS PARA QUE GOCEMOS DE LA VIDA QUE ÉL NOS
TIENE PREPARADA DESDE LA ETERNIDAD. Pero Dios, nuestro Padre, ha
querido que sea en el seguimiento de su Hijo como logremos lo que
nos promete. Es por esto que hoy la palabra de Cristo nos ilustra
en este tema a partir de una actitud suya con respecto la proyecto
del Padre hacia su persona. Como siempre QUE CONTEMPLEMOS LA FIGURA
DE CRISTO, LO HACEMOS PARA APRENDER NO SÓLO DE SUS PALABRAS SINO
DE SUS PROPIAS ACTITUDES.
El texto del evangelio de SAN LUCAS, que hoy
hemos escuchado, nos presenta a Jesús en su firme decisión de acudir
a la cita con el destino que Dios, su Padre le ha señalado en Jerusalén
en beneficio de todos nosotros. Es interesante dejar resonar, para
nuestro crecimiento espiritual, la forma como se refiere el evangelista
a la actitud libre, alegre y responsable de Jesús al tomar ‘la firme
decisión de dirigirse a Jerusalén’ para cumplir lo que estaba prescrito
en la historia de la salvación, en el proyecto eterno del Padre.
Nosotros tenemos la experiencia de que ante la toma de decisiones
buscamos siempre lo que más nos conviene, a la luz de lo que nos
cueste menos o mas nos reditúa. Es más, aún cuando hemos decidido
algo, queremos poder cambiarlo por algo que, a nuestro juicio, es
más conveniente por ser más fácil y tal vez más gratificante.
En el caso de Jesús hemos de notar su firme
determinación, inmutable, irrevocable de cumplir con la voluntad
de dar la vida por nosotros con una muerte de cruz. Cosa que ya
sabía y no quiso eludir por fidelidad a su Padre y por amor a nosotros.
Pero frente a la resolución libre y decidida
de Jesús, y apenas iniciado su camino, se topa con los primeros
obstáculos en su viaje: los samaritanos no están dispuestos a dejarlo
pasar por su territorio porque se diirge precisamente a Jerusalén,
la ciudad capital de los judíos con quienes ellos estaban enemistados
desde hacía ya varios siglos. Ante esta oposición y rechazo, opta
por ir por un camino diferente.
En el camino a Jerusalén, se le van a presentar
tres casos de hombres con diferentes actitudes ante seguimiento.
Son tres casos de seguimiento muy distintos entre sí: el primero
es espontáneo y le asegura un seguimiento inmediato y seguro: te
seguiré a donde quiera que vayas, le dice; a lo que Jesús parece
ser quien le ponga obstáculos al hacerle una advertencia cierta
y necesaria; como si le hubiera dicho: “mira, date cuenta de que
no tengo nada que ofrecerte, tú sabes si te arriesgas. Yo mismo,
como puedes ver, no tengo ni siquiera donde descansar”. Esta advertencia,
mis hermanos, tiene que ver con la seguridad personal. Sucede, queridos
amigos, que a veces podemos decidirnos a seguir a Jesús sólo por
buscar seguridades, no precisamente por correr los riesgos que implican
las tareas misioneras. Parece que nos debe quedar bien claro que
para seguir a Jesús es necesario estar libres de cualquier pretensión,
se económica o social. Parece ser que aquel individuo no lo siguió
después.
El segundo es invitado por Jesús pero responde
condicionando su seguimiento: déjame primero ir a enterrar a mi
Padre, responde. A lo que Jesús responde de una manera aparentemente
hasta grosera. Tenemos, mis hermanos, una de esas frases que alguien
ha llamado ‘palabras o evangelios molestos’. No es el momento de
tratar de entender por qué habla Jesús en ese tono. Y tal vez resulta
más desconcertante a la luz de la primera lectura donde vimos a
Elías tan condescendiente con Eliseo.
Pero quiero, hermanos, transmitirles lo que
un comentarista del evangelio de san Lucas dice que podría ser lo
que Jesús dijo: “Deja que los espiritualmente muertos entierren
a sus físicamente muertos” (Joseph A. Fitzmyer, “El Evangelio según
san Lucas” Madrid 1986, t. III, 199) lo cual, hermanos, no deja
de ser duro, por lo que Jesús, al hablarnos de esta forma, nos está
indicando cómo las exigencias del discipulado y de la predicación
de su evangelio a favor de los hombres, llegan hasta pedirnos que
seamos capaces de desligarnos de todo los afectos familiares. JESÚS
EXIGE UNA VINCULACIÓN RADICAL Y TOTAL A SU PERSONA, es decir, absolutamente
incondicional. Ante estas palabras tan duras, mis hermanos, por
nuestra parte, debemos entender que seguir a Jesús en serio puede,
en ocasiones, tal vez cuando menos lo esperemos, exigirnos renuncias
muy dolorosas. Estamos ante una realidad vinculante con Jesús muy
difícil de entender, pero así es.
En el tercer caso, podríamos ver una especie
de combinación de los dos casos anteriores. ¡Siempre hay casos aparentemente
inéditos y raros! Pero nosotros podemos aprender que es necesario
no aceptar ninguna clase de distracciones que impidan mantenernos
en el firme propósito de seguir a Jesús. Jesús merece la exclusividad
aunque parezca duro de aceptar y difícil de comprender. NO HAY QUE
MIRAR HACIA ATRÁS, SIEMPRE HACIA ADELANTE CON JESÚS, que nos lleva
a la aventura en su amor por el Reino, es decir, por Dios mismo
y por los hombres y mujeres a los que es necesario anunciar la Buena
Noticia.
Con frecuencia olvidamos las exigencias de ser
verdaderos cristianos. Hoy nos lo recuerda la Palabra del mismo
Cristo, a quien llamamos Rey y Señor nuestro. ¿Hasta qué punto lo
es realmente? O ¿hasta dónde estamos dispuestos a seguirlo? Tratemos
de responder con honestidad, valor y pasión. Si nos cuesta, pidámosle
que nos ayude a responder adecuadamente. Él sabe muy bien que seguirlo
no es fácil. Sólo con Él a nuestro lado, podemos mantenernos en
su seguimiento. La Eucaristía en la que participamos con alegría
todos los domingos, es el mejor medio de pedirlo. Y nuestra Muchachita
y Celestial, nuestra Señora, intercede por nosotros par alcanzarnos
esa la gracia de la perseverancia en el amor.
Amén.