CONSIGNAS
PARA DISCÍPULOS MARCADOS POR LA MISIÓN
Queridos hermanos y hermanas,
¡Bendito y alabado sea el Señor nuestro Dios! El Padre de nuestro
Señor Jesucristo en quien hemos sido llamados para vivir en su presencia,
y hemos sido también elegidos para anunciar su nombre y las obras
de su poder a toda la tierra, a toda la humanidad.
La Palabra viva de Dios se hace sentir con toda
su fuerza en nuestras asambleas eclesiales, no sólo para ilustrarnos,
sino muy especialmente para consolarnos, alentarnos y dotarnos de
todo lo que necesitamos para ser testigos vivos de su presencia
en el mundo. En verdad, sólo necesitamos cooperar con nuestra docilidad,
pues ella, por sí misma, produce sus efectos entre aquellos que
la acogen con obediencia y devoción.
En los domingos precedentes, mis queridos hermanos
y hermanas, hemos venido escuchando a Jesús y sus exigencias para
ser auténticos discípulos suyos: renuncia, sacrificio, perseverancia,
libertad plena, obediencia total, entrega incondicional a la misión,
son las condiciones para seguirlo.
Hoy escuchamos a Jesús que nos da las formas
concretas de cómo cumplir con ese perfil de discípulo en su carácter
de enviado, es decir, de misionero, porque nadie puede ser misionero,
nadie puede ser apóstol, nadie puede ser enviado, sino es primero
discípulo. Efectivamente, todas las consignas que Jesús da a sus
enviados les permiten concretar y realizar paso a paso, detalle
a detalle la tarea de auténticos misioneros y discípulos del único
dueño del mensaje de salvación. No son ellos los salvadores, no
somos nosotros los salvadores, no, sino precursores del que realmente
salva con su presencia: Jesús, que pensaba llegar a los lugares
a donde eran enviados. Eso es el apóstol: un precursor.
San Marcos, aunque refiriéndose a los Doce,
nos dice que los llamó para que estuvieran con Él y para enviarlos
(1,14-15). Para eso se es discípulo. Hay que permanecer un tiempo
en la intimidad con Él, en la comunión profunda con Él; no se hace
uno discípulo, para estar eternamente como dentro de una especie
de seno materno. Se crece y se alcanza la madurez sólo fuera del
círculo privilegiado del entorno de Jesús; podríamos decir que sólo
fuera, con el testimonio personal, es como se llega a ser auténticamente
discípulo. Ése es el sentido de la misión, mis amados hermanos y
hermanas.
Y si para ser discípulos hay que llenar los
requisitos que Jesús nos señalaba en domingos pasados, hoy nos señala
los que hemos de observar para ser apóstoles suyos en la tarea de
la evangelización. Notemos, mis queridos hermanos y hermanas, que
como anteriormente nos indicaba Jesús, que propiamente teníamos
que identificar con Él en su ser, el Espíritu Santo tiene esta tarea
y esta misión identificarnos con Cristo, meternos profundamente
a Cristo en el corazón, para poderlo comunicar. Hoy nos dice que
también nos corresponde actuar como Él a la hora de anunciar con
la vida la Nueva Noticia de la salvación.
PARA SER EMBAJADORES DE LA SALVACIÓN
que sólo trae Jesús, se nos dice que hemos de estar siempre de camino,
siempre en marcha. No es posible instalarse, no es posible apoltronarse,
no. Es, además, inevitable vivir como corderos entre lobos. Nadie
nos asegura la aceptación de todos, pues, ni siquiera Jesús tuvo
esa suerte. En esta tarea, a la que nos envía Cristo, HEMOS DE
CORRER RIESGOS Y NO BUSCAR FALSAS SEGURIDADES: ni dinero, ni
comida, ni techo seguro. Simplemente aceptando lo que buenamente
se nos ofrezca sin exigir ni esperar privilegios humanos o reconocimientos.
ES NECESARIO DAR PRIMERO ANTES QUE ESPERAR RECOMPENSA.
Cuántas veces queremos recibir, pero no nadamos y mucho menos nos
damos a nosotros mismos. Ser misionero no es profesión u oficio
para pretender beneficios. Es una manera de ser y existir en la
fe, la esperanza y el amor. El misionero sólo sirve para anunciar
paz y amor en la verdad, en la libertad
Jesús señala claramente que lo único que nos
debe importar es que la Palabra de la Buena Nueva sea aceptada y
acogida en la paz y la alegría de corazón. También prevé el Señor,
sin embargo, que si no somos aceptados, salgamos simplemente denunciando
la cerrazón del corazón y dejándoles de todos modos la buena noticia
de la salvación.
Mis queridos hermanos y hermanas, ÉSTA ES
LA TAREA QUE LA I GLESIA, es decir, todos nosotros, debemos
llevar a cabo hoy y todos los tiempos en medio de un mundo hostil,
en medio de un mundo cerrado, con mucha frecuencia, a la obra del
Reino. Pero siempre habrá muchos más que estén dispuestos y deseosos
de acoger en un corazón abierto y bien dispuesto este anuncio. Por
esto vale la pena, mis amados hermanos, ser misionero, vale la pena
ser apóstol, vale la pena caminar anunciando la Buena Noticia del
Reino.
Por eso es necesario, mis queridos hermanos
y amigos de todos y de cada uno de los que formamos la Iglesia,
y ésta en su conjunto, nos decidamos a realizar la misión que se
nos confío desde el día de nuestro bautismo, se nos encomendó muy
claramente en el sacramento de la Confirmación y se actualiza constantemente
en la Eucaristía. Pero tomemos conciencia de que tenemos la oportunidad
de cumplir con esta tarea todos los días y en cada instante de nuestra
vida ordinaria, de nuestra vida cotidiana.
Percatémonos de que Jesús no nos está pidiendo
acciones extraordinarias para realizar esta encomienda suya. Que
nuestros encuentros con los demás, en cualquier circunstancia y
situación humana, sean ocasiones para anunciar con la vida nuestra
fe, para llevar esperanza, para dar testimonio del amor de Dios
que hemos experimentado. Esto es fundamental para la misión. Ser
misionero, insisto, ser apóstol, insisto, es ante todo, una manera
de ser y de vivir. Que esta manera de vivir sea, entonces, la fuente
de una alegría tan inmensa y profunda que nada ni nadie nos pueda
arrebatar.
Que la Eucaristía, celebrada cada domingo en
comunidad nos impulse y sea la ocasión que Dios nos regala para
ilustrarnos y fortalecernos en esta encomienda que Él nos hizo cuando
nos llamó a formar parte de su pueblo santo. Y nuestra dulce Señora,
nuestra preciosa Niña, la Morenita del Tepeyac, Estrella de la primera
y de la nueva Evangelización, la primera Discípula, la primera
Misionera en México y en el Continente Americano, y modelo de obediencia,
nos acompañe con su intercesión en el camino de la misión.
Amén.