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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el XIV Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.
4 de julio de 2010
CONSIGNAS PARA DISCÍPULOS MARCADOS POR LA MISIÓN

Queridos hermanos y hermanas, ¡Bendito y alabado sea el Señor nuestro Dios! El Padre de nuestro Señor Jesucristo en quien hemos sido llamados para vivir en su presencia, y hemos sido también elegidos para anunciar su nombre y las obras de su poder a toda la tierra, a toda la humanidad.

La Palabra viva de Dios se hace sentir con toda su fuerza en nuestras asambleas eclesiales, no sólo para ilustrarnos, sino muy especialmente para consolarnos, alentarnos y dotarnos de todo lo que necesitamos para ser testigos vivos de su presencia en el mundo. En verdad, sólo necesitamos cooperar con nuestra docilidad, pues ella, por sí misma, produce sus efectos entre aquellos que la acogen con obediencia y devoción.

En los domingos precedentes, mis queridos hermanos y hermanas, hemos venido escuchando a Jesús y sus exigencias para ser auténticos discípulos suyos: renuncia, sacrificio, perseverancia, libertad plena, obediencia total, entrega incondicional a la misión, son las condiciones para seguirlo.

Hoy escuchamos a Jesús que nos da las formas concretas de cómo cumplir con ese perfil de discípulo en su carácter de enviado, es decir, de misionero, porque nadie puede ser misionero, nadie puede ser apóstol, nadie puede ser enviado, sino es primero discípulo. Efectivamente, todas las consignas que Jesús da a sus enviados les permiten concretar y realizar paso a paso, detalle a detalle la tarea de auténticos misioneros y discípulos del único dueño del mensaje de salvación. No son ellos los salvadores, no somos nosotros los salvadores, no, sino precursores del que realmente salva con su presencia: Jesús, que pensaba llegar a los lugares a donde eran enviados. Eso es el apóstol: un precursor.

San Marcos, aunque refiriéndose a los Doce, nos dice que los llamó para que estuvieran con Él y para enviarlos (1,14-15). Para eso se es discípulo. Hay que permanecer un tiempo en la intimidad con Él, en la comunión profunda con Él; no se hace uno discípulo, para estar eternamente como dentro de una especie de seno materno. Se crece y se alcanza la madurez sólo fuera del círculo privilegiado del entorno de Jesús; podríamos decir que sólo fuera, con el testimonio personal, es como se llega a ser auténticamente discípulo. Ése es el sentido de la misión, mis amados hermanos y hermanas.

Y si para ser discípulos hay que llenar los requisitos que Jesús nos señalaba en domingos pasados, hoy nos señala los que hemos de observar para ser apóstoles suyos en la tarea de la evangelización. Notemos, mis queridos hermanos y hermanas, que como anteriormente nos indicaba Jesús, que propiamente teníamos que identificar con Él en su ser, el Espíritu Santo tiene esta tarea y esta misión identificarnos con Cristo, meternos profundamente a Cristo en el corazón, para poderlo comunicar. Hoy nos dice que también nos corresponde actuar como Él a la hora de anunciar con la vida la Nueva Noticia de la salvación.

PARA SER EMBAJADORES DE LA SALVACIÓN que sólo trae Jesús, se nos dice que hemos de estar siempre de camino, siempre en marcha. No es posible instalarse, no es posible apoltronarse, no. Es, además, inevitable vivir como corderos entre lobos. Nadie nos asegura la aceptación de todos, pues, ni siquiera Jesús tuvo esa suerte. En esta tarea, a la que nos envía Cristo, HEMOS DE CORRER RIESGOS Y NO BUSCAR FALSAS SEGURIDADES: ni dinero, ni comida, ni techo seguro. Simplemente aceptando lo que buenamente se nos ofrezca sin exigir ni esperar privilegios humanos o reconocimientos. ES NECESARIO DAR PRIMERO ANTES QUE ESPERAR RECOMPENSA. Cuántas veces queremos recibir, pero no nadamos y mucho menos nos damos a nosotros mismos. Ser misionero no es profesión u oficio para pretender beneficios. Es una manera de ser y existir en la fe, la esperanza y el amor. El misionero sólo sirve para anunciar paz y amor en la verdad, en la libertad

Jesús señala claramente que lo único que nos debe importar es que la Palabra de la Buena Nueva sea aceptada y acogida en la paz y la alegría de corazón. También prevé el Señor, sin embargo, que si no somos aceptados, salgamos simplemente denunciando la cerrazón del corazón y dejándoles de todos modos la buena noticia de la salvación.

Mis queridos hermanos y hermanas, ÉSTA ES LA TAREA QUE LA I GLESIA, es decir, todos nosotros, debemos llevar a cabo hoy y todos los tiempos en medio de un mundo hostil, en medio de un mundo cerrado, con mucha frecuencia, a la obra del Reino. Pero siempre habrá muchos más que estén dispuestos y deseosos de acoger en un corazón abierto y bien dispuesto este anuncio. Por esto vale la pena, mis amados hermanos, ser misionero, vale la pena ser apóstol, vale la pena caminar anunciando la Buena Noticia del Reino.

Por eso es necesario, mis queridos hermanos y amigos de todos y de cada uno de los que formamos la Iglesia, y ésta en su conjunto, nos decidamos a realizar la misión que se nos confío desde el día de nuestro bautismo, se nos encomendó muy claramente en el sacramento de la Confirmación y se actualiza constantemente en la Eucaristía. Pero tomemos conciencia de que tenemos la oportunidad de cumplir con esta tarea todos los días y en cada instante de nuestra vida ordinaria, de nuestra vida cotidiana.

Percatémonos de que Jesús no nos está pidiendo acciones extraordinarias para realizar esta encomienda suya. Que nuestros encuentros con los demás, en cualquier circunstancia y situación humana, sean ocasiones para anunciar con la vida nuestra fe, para llevar esperanza, para dar testimonio del amor de Dios que hemos experimentado. Esto es fundamental para la misión. Ser misionero, insisto, ser apóstol, insisto, es ante todo, una manera de ser y de vivir. Que esta manera de vivir sea, entonces, la fuente de una alegría tan inmensa y profunda que nada ni nadie nos pueda arrebatar.

Que la Eucaristía, celebrada cada domingo en comunidad nos impulse y sea la ocasión que Dios nos regala para ilustrarnos y fortalecernos en esta encomienda que Él nos hizo cuando nos llamó a formar parte de su pueblo santo. Y nuestra dulce Señora, nuestra preciosa Niña, la Morenita del Tepeyac, Estrella de la primera y de la nueva Evangelización, la primera  Discípula, la primera Misionera en México y en el Continente Americano, y modelo de obediencia, nos acompañe con su intercesión en el camino de la misión.

Amén.

 
 
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