MARÍA,
LA PRIMERA DE LOS QUE SON DE CRISTO
Mis amados hermanos y hermanas, ¡Alabemos
a María, Madre de Dios y Madre nuestra! Y, alabándola, alabemos
y demos gracias a Dios que hace maravillas entre nosotros. Y, alabando
a María y a Dios, alabamos y admiramos la gran maravilla que es
la Iglesia, cuya figura perfecta y acabada es nuestra preciosa
Niña y Celestial Señora, la Santísima Virgen María, Madre del arraigadísimo
Dios por quien se vive, Padre de nuestro Señor, Hombre y Dios verdadero:
Jesucristo, hermano nuestro.
Mis queridos hermanos y hermanas, la fiesta
de la Asunción de María es para nosotros, como Iglesia, y para cada
uno de nosotros, causa de gozo, esperanza y gratitud. DE
GOZO, porque en este misterio nuestra vida, con todo sus vicisitudes,
se llena de sentido, pues al meditar en la asunción de nuestra Señora
podemos contemplar el destino final, la meta a la que somos llamados
todos y cada uno de los que caminamos en la Iglesia y somos la Iglesia.
DE ESPERANZA porque sabemos, en la fe y el amor, que podemos
alcanzar ese destino hacia el que nos introdujo el bautismo y nos
mantiene en camino la escucha atenta y obediente de la Palabra que
se traduce en una forma de vivir bien definida. DE GRATITUD,
porque alcanzamos a ver nuestro encuentro con Dios, como el de Ella,
como un regalo de la misericordia divina.
La Palabra de Dios, mis amados hermanos, nos
ayuda a entender este misterio de su bondad. Detengámonos un poco,
como siempre a meditar en el mensaje de las lecturas que la Iglesia
nos ofrece este domingo. Como ustedes se pueden dar cuenta, no hemos
escuchado, no hemos proclamado las lecturas propias del Domingo
XX del tiempo ordinario, como correspondería. En cambio, las
lecturas bíblicas nos ayudan a entender el misterio mariano de la
asunción. Por tanto es bueno que caigamos en la cuenta de que
este misterio de María de ninguna manera es ajeno a la Iglesia
y a cada uno de nosotros, sino todo lo contrario, como ya lo
hemos enunciado.
Así pues, mis hermanos, en la primera lectura
tenemos cómo el autor del Apocalipsis nos presenta escenas
propias de este estilo literario para mostrarnos y animarnos con
la imagen de la mujer salvada por Dios, que bella imagen encontramos
retratada allá a nuestra Muchachita, a nuestra preciosa Niña, Santa
María de Guadalupe, vestida del Sol, con la Luna bajo sus pies,
el manto lleno de estrellas y a punto de dar a luz. ¡Qué hermosa
imagen la que contemplamos en este texto! Donde podemos ver dos
imágenes coronadas, pero completamente antagónicas. La tradición
cristiana iniciada por san Agustín y san Bernardo, aplica estas
imágenes a María y a Satanás. Sin embargo, ha prevalecido, sobre
todo en la reflexión bíblico-teológica acorde con el mensaje de
este libro del Apocalipsis, la idea de que la mujer representaría
a la Iglesia fundada sobre las columnas de los doce apóstoles,
que son su corona y dando a luz a Cristo en todos los que creen
en Él. Mientras que el dragón representaría al enemigo número uno
de Dios, y de Cristo específicamente, que es Satanás. En efecto,
éste es representado mediante la bestia con un poder casi total
(siete cabezas y diez cuernos) haciendo todo por acabar con todos
lo que nacen en la Iglesia por la fe y el bautismo.
No obstante, mis amados hermanos y hermanas,
no podemos decir que aplicar este texto a María sea un abuso o exagerado,
puesto que prácticamente todos los textos que se refieren al
misterio de la Iglesia, se pueden naturalmente aplicar a la Santísima
Virgen María. Especialmente, porque EL MISTERIO DE MARÍA,
VIRGEN Y MADRE, ARMONIZA ADMIRABLEMENTE CON EL MISTERIO DE LA IGLESIA,
como obra de Dios. Ella es, entonces, mis amados hermanos,
la imagen más perfecta de la Iglesia, puesto que ésta, según
el plan divino, como nuevo pueblo de Dios, ha de ser fiel servidora
del Reino de Dios mediante la escucha devota de la Palabra, sierva
obediente y alegre de los planes de Dios y ejecutora alegre y generosa
de todo lo que le pide. En una palabra, la Santísima Virgen María
es el miembro de la Iglesia más fiel a la misión encomendada, es
la primer Discípula y Misionera del amor, que nos jalonea a vivir
enraizados y cimentados en Cristo y con Él construyendo la civilización
del amor, un mundo nuevo, un México nuevo diríamos nosotros, mis
hermanos. Todo esto, y mucho más hace de la Santísima Virgen María,
y nosotros contemplándola en la Morenita, figura y modelo de la
Iglesia y de todos y cada uno de los que la formamos.
La Santísima Virgen María aparece en el evangelio de
hoy, en la boca de Isabel, como la más bendecida de todas las
mujeres, bendita tú entre las mujeres, bendito sea el fruto de tu
vientre Jesús. Esto no es otra cosa que una resonancia del
saludo del ángel Gabriel: llena de gracia, es decir, totalmente
favorecida, como nadie. Y como tal, Ella misma, la Virgen fiel,
se identifica como la alegre esclava del Señor que reconoce
ante todo la grandeza de Dios no sólo hacia su persona, sino hacia
todo el pueblo elegido, el antiguo y, obviamente, el nuevo que se
inauguraba con la venida del Mesías, con la venida del Redentor.
Esta fiesta de María, mis amados hermanos y
hermanas, es muy actual porque nos hace recordar el destino de
la creatura humana. En este tiempo en el que las personas, especialmente
los pobres son considerados como cosas o como mercancía con la que
se trafica o se utiliza para que unos pocos se hagan ricos a costa
de la dignidad humana. Miren la glorificación de nuestra Señora,
junto a Cristo resucitado, es un llamado a que todos los creyentes
trabajemos porque la persona sea apreciada en su dimensión trascendente
de hijo de Dios, llamado a la santidad y la vida plena con Dios
ya desde ahora, mis hermanos, no hay un más allá, sino un acá, no
hay un después, sino un ahora.
La vida del hombre vale lo que señala el signo
de María llevada al cielo como primicia de los salvados por Dios
en su Hijo Jesucristo. El destino al que estamos llamados todos
los seres humanos, exige, al menos, que se respeten los derechos
legítimos que le permiten vivir en la libertad, en la justicia,
la paz y la verdad. Esto es muy importante a la hora de identificar
los verdaderos valores que permiten que el ser humano llegue a ser
lo que Dios quiere desde el inicio, que el ser humano sea: santo,
como Dios es santo. Frente a esto, mis amados hermanos, nada
tienen que ver leyes que deforman o ignoran ese plan de Dios e impiden
alcanzar la meta hacia la cual caminamos, cuanto disparate estamos
viviendo hoy.
La
Iglesia, mis queridos hermanos,
si quiere realmente servir a las cusas del Reino, cual es su misión,
tiene que ser servidora de la Verdad que es Cristo, de Cristo
que es nuestro camino, que es nuestra vida, ya que Él es la imagen
perfecta que Dios nos ofrece de su proyecto del ser humano,
por el cual nos salva y al que María Santísima se sometió libre
y gozosamente. La Iglesia debe ser, en la realidad concreta, aquí
y ahora, servidora de la vida, servidora de la verdad, servidora
de la justicia y debe cuidar que, en la práctica, se den las condiciones,
según el plan de Dios, para alcanzarla aquí y en la otra vida.
Que nuestra Patrona de nuestra libertad, nuestra
Morenita del Tepeyac, nuestra Virgencita de Guadalupe, en su mensaje
de esperanza, de amor y de fe sea nuestro modelo y ejemplo que
nos anime a trabajar, especialmente por quienes se ven amenazados
o son víctimas de toda clase abuso, explotación y desprecio.
Amén.