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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el XX Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.

15 de agosto de 2010


MARÍA, LA  PRIMERA DE LOS QUE SON DE CRISTO

Mis amados hermanos y hermanas, ¡Alabemos a María, Madre de Dios y Madre nuestra! Y, alabándola, alabemos y demos gracias a Dios que hace maravillas entre nosotros. Y, alabando a María y a Dios, alabamos y admiramos la gran maravilla que es la Iglesia, cuya figura perfecta y acabada es nuestra preciosa Niña y Celestial Señora, la Santísima Virgen María, Madre del arraigadísimo Dios por quien se vive, Padre de  nuestro Señor, Hombre y Dios verdadero: Jesucristo, hermano nuestro.

Mis queridos hermanos y hermanas, la fiesta de la Asunción de María es para nosotros, como Iglesia, y para cada uno de nosotros, causa de gozo, esperanza y gratitud. DE GOZO, porque en este misterio nuestra vida, con todo sus vicisitudes, se llena de sentido, pues al meditar en la asunción de nuestra Señora podemos contemplar el destino final, la meta a la que somos llamados todos y cada uno de los que caminamos en la Iglesia y somos la Iglesia. DE ESPERANZA porque sabemos, en la fe y el amor, que podemos alcanzar ese destino hacia el que nos introdujo el bautismo y nos mantiene en camino la escucha atenta y obediente de la Palabra que se traduce en una forma de vivir bien definida. DE GRATITUD, porque alcanzamos a ver nuestro encuentro con Dios, como el de Ella, como un regalo de la misericordia divina.

La Palabra de Dios, mis amados hermanos, nos ayuda a entender este misterio de su bondad. Detengámonos un poco, como siempre a meditar en el mensaje de las lecturas que la Iglesia nos ofrece este domingo. Como ustedes se pueden dar cuenta, no hemos escuchado, no hemos proclamado las lecturas propias del Domingo XX del tiempo ordinario, como correspondería. En cambio, las lecturas bíblicas nos ayudan a entender el misterio mariano de la asunción. Por tanto es bueno que caigamos en la cuenta de que este misterio de María de ninguna manera es ajeno a la Iglesia y a cada uno de nosotros, sino todo lo contrario, como ya lo hemos enunciado.

Así pues, mis hermanos, en la primera lectura tenemos cómo el autor del Apocalipsis nos presenta escenas propias de este estilo literario para mostrarnos y animarnos con la imagen de la mujer salvada por Dios, que bella imagen encontramos retratada allá a nuestra Muchachita, a nuestra preciosa Niña, Santa María de Guadalupe, vestida del Sol, con la Luna bajo sus pies, el manto lleno de estrellas y a punto de dar a luz. ¡Qué hermosa imagen la que contemplamos en este texto! Donde podemos ver dos imágenes coronadas, pero completamente antagónicas. La tradición cristiana iniciada por san Agustín y san Bernardo, aplica estas imágenes a María y a Satanás. Sin embargo, ha prevalecido, sobre todo en la reflexión bíblico-teológica acorde con el mensaje de este libro del Apocalipsis, la idea de que la mujer representaría a la Iglesia fundada sobre las columnas de los doce apóstoles, que son su corona y dando a luz a Cristo en todos los que creen en Él. Mientras que el dragón representaría al enemigo número uno de Dios, y de Cristo específicamente, que es Satanás. En efecto, éste es representado mediante la bestia con un poder casi total (siete cabezas y diez cuernos) haciendo todo por acabar con todos lo que nacen en la Iglesia por la fe y el bautismo.

No obstante, mis amados hermanos y hermanas, no podemos decir que aplicar este texto a María sea un abuso o exagerado, puesto que prácticamente todos los textos que se refieren al misterio de la Iglesia, se pueden naturalmente aplicar a la Santísima Virgen María. Especialmente, porque EL MISTERIO DE MARÍA, VIRGEN Y MADRE, ARMONIZA ADMIRABLEMENTE CON EL MISTERIO DE LA IGLESIA, como obra de Dios. Ella es, entonces, mis amados hermanos, la imagen más perfecta de la Iglesia, puesto que ésta, según el plan divino, como nuevo pueblo de Dios, ha de ser fiel servidora del Reino de Dios mediante la escucha devota de la Palabra, sierva obediente y alegre de los planes de Dios y ejecutora alegre y generosa de todo lo que le pide. En una palabra, la Santísima Virgen María es el miembro de la Iglesia más fiel a la misión encomendada, es la primer Discípula y Misionera del amor, que nos jalonea a vivir enraizados y cimentados en Cristo y con Él construyendo la civilización del amor, un mundo nuevo, un México nuevo diríamos nosotros, mis hermanos. Todo esto, y mucho más hace de la Santísima Virgen María, y nosotros contemplándola en la Morenita, figura y modelo de la Iglesia y de todos y cada uno de los que la formamos.

La Santísima Virgen María aparece en el evangelio de hoy, en la boca de Isabel, como la más bendecida de todas las mujeres, bendita tú entre las mujeres, bendito sea el fruto de tu vientre Jesús.  Esto no es otra cosa que una resonancia del saludo del ángel Gabriel: llena de gracia, es decir, totalmente favorecida, como nadie. Y como tal, Ella misma, la Virgen fiel, se identifica como la alegre esclava del Señor que reconoce ante todo la grandeza de Dios no sólo hacia su persona, sino hacia todo el pueblo elegido, el antiguo y, obviamente, el nuevo que se inauguraba con la venida del Mesías, con la venida del Redentor.

Esta fiesta de María, mis amados hermanos y hermanas, es muy actual porque nos hace recordar el destino de la creatura humana. En este tiempo en el que las personas, especialmente los pobres son considerados como cosas o como mercancía con la que se trafica o se utiliza para que unos pocos se hagan ricos a costa de la dignidad humana. Miren la glorificación de nuestra Señora, junto a Cristo resucitado, es un llamado a que todos los creyentes trabajemos porque la persona sea apreciada en su dimensión trascendente de hijo de Dios, llamado a la santidad y la vida plena con Dios ya desde ahora, mis hermanos, no hay un más allá, sino un acá, no hay un después, sino un ahora.

La vida del hombre vale lo que señala el signo de María llevada al cielo como primicia de los salvados por Dios en su Hijo Jesucristo. El destino al que estamos llamados todos los seres humanos, exige, al menos, que se respeten los derechos legítimos que le permiten vivir en la libertad, en la justicia, la paz y la verdad. Esto es muy importante a la hora de identificar los verdaderos valores que permiten que el ser humano llegue a ser  lo que Dios quiere desde el inicio, que el ser humano sea: santo, como Dios es santo. Frente a esto, mis amados hermanos, nada tienen que ver leyes que deforman o ignoran ese plan de Dios e impiden alcanzar la meta hacia la cual caminamos, cuanto disparate estamos viviendo hoy.

La Iglesia, mis queridos hermanos, si quiere realmente servir a las cusas del Reino, cual es su misión, tiene que ser servidora de la Verdad que es Cristo, de Cristo que es nuestro camino, que es nuestra vida, ya que Él es la imagen perfecta que Dios nos ofrece de su proyecto del ser humano, por el cual nos salva y al que María Santísima se sometió libre y gozosamente. La Iglesia debe ser, en la realidad concreta, aquí y ahora, servidora de la vida, servidora de la verdad, servidora de la justicia y debe cuidar que, en la práctica, se den las condiciones, según el plan de Dios, para alcanzarla aquí y en la otra vida.

Que nuestra Patrona de nuestra libertad, nuestra Morenita del Tepeyac, nuestra Virgencita de Guadalupe, en su mensaje de esperanza, de amor y de fe sea nuestro modelo y ejemplo que nos anime a trabajar, especialmente por quienes se ven amenazados o son víctimas de toda clase abuso, explotación y desprecio.

Amén.

 
 
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