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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el Solemnidad de la Ascensión Señor,
en la Basílica de Guadalupe.

16 de mayo de 2010
Año Sacerdotal

Mis queridos hermanos y hermanas, estamos en el penúltimo Domingo de la Pascua. Este tiempo que Dios nos ha permitido vivir intensamente en la meditación del misterio fundamental de nuestra fe. Este domingo, llamado de la Ascensión del Señor expresa y significa el mismo misterio de la Resurrección, por eso es parte del tiempo pascual. Con la resurrección, Jesús realizó plenamente el encargo o misión que su Padre le dio a favor de nuestra salvación.

Este misterio que hoy contemplamos es una expresión de la experiencia que la Iglesia naciente, en la persona de los apóstoles y los primeros discípulos, tuvo de Jesús que ya no estaba visiblemente entre ellos y sin embargo estaban seguros de su presencia. Esta fiesta, sin embargo, mis amados hermanos y hermanas, comporta una toma de conciencia y un compromiso muy importante para nosotros que vivimos el misterio de la Iglesia —de la cual todos somos parte— como instrumento de salvación para toda la humanidad. Tratemos, mis hermanos, de entenderlo dejando que la misma Palabra de Dio nos ilumine.

En la primer lectura san Lucas, autor de los Hechos de los Apóstoles, nos hace un relato que, más que tomarlo al pie de la letra hemos de entender como una forma inspirada por Dios para explicarnos otras realidades que vivimos como Iglesia. Por un lado: LA PRESENCIA DEL RESUCITADO POR EL ESPÍRITU SANTO que ha prometido antes de su partida hacia el Padre de quien salió y a cuya derecha está sentado como Dios, como decimos en el Credo. Y por otro la misión que tiene la Iglesia, como deseo explícito suyo, de que nosotros seamos, después de su regreso al Padre, los continuadores de su obra con el anuncio de todo lo que tiene que ver con su persona y su misterio. Esta misión la llevamos a cabo mediante la predicación y el testimonio de la fe que predicamos. Y todavía más, esto es posible de llevar a cabo por nuestras débiles y limitaciones personales, sólo porque su Espíritu Santo permanece en nosotros y con nosotros

Mis hermanos, profundicemos un poco en este misterio maravilloso que nos involucra a todos los que formamos la Iglesia. Jesús no está visiblemente al alcance de nuestras circunstancias de tiempo y de espacio. Pero Él está en nosotros, por el Espíritu Santo. Esa es nuestra fe. La fe que predicamos y experimentamos. La fe que nos mueve a vivir de una manera nueva. Anunciamos, entonces, mis hermanos, en primer lugar a un Jesús creído que actúa en medio de nosotros y junto a todos y cada uno de los que nos reconocemos como discípulos suyos.

El amor que le guardamos, además, nos lleva a la obediencia de sus mandatos y nos lanza a dar con la vida apegada a ellos el testimonio de fidelidad. También ese amor que le profesa la Iglesia, mis hermanos, nos permite esperar el cumplimiento de su promesa de su regreso al final de los tiempos. Así que tenemos, en estos textos litúrgicos de hoy, el programa de vida de la Iglesia: anunciar a Jesucristo a través del tiempo hasta su segunda venida.

Así que, durante el tiempo de la Iglesia, la presencia de Jesús se experimenta por la acción de su Espíritu Santo que jamás la abandona, antes bien la guía y la alienta fortaleciéndola para mantenerse firme y segura en medio de las tempestades que ha de resistir. Precisamente, a partir de la superación victoriosa de todos los embates es donde se hace patente la presencia y el poder del Señor siempre presente, siempre fiel.

En las situaciones de crisis y de graves problemas, sin embargo, mis hermanos, la Iglesia no puede engreírse y pensar que puede salir adelante, ya no digamos por sí misma, ni sólo gracias a la fidelidad de su Señor, porque si bien esto es cierto, no nos dispensa para nada de la tarea que se nos ha encomendado. LA OBRA DE DIOS NO FRACASA, no puede; el fracaso no es compatible con Dios, pero si en la Iglesia no somos responsables con lo que se nos encarga, repito, no hacemos fracasar a Dios, porque Él es sabio y poderoso para llevar adelante su obra. QUIENES PERDEMOS SOMOS NOSOTROS, QUIENES FRACASAMOS SOMOS NOSOTROS POR NO SER FIELES AL ESPÍRITU SANTO, POR NO SER FIELES AL ESPÍRIU SANTO, POR NO DEJARNOS GUIAR Y CONDUCIR Y EMPUJAR A LA EVANGELIZACIÓN POR EL ESPÍRITU SANTO.

Seamos, entonces, mis hermanos, dóciles al Espíritu de Jesús que nos ha elegido para ser sus testigos. Y no olvidemos lo que durante este Pascua hemos venido escuchando y meditando: que la señal de los cristianos, es decir su testimonio fundamental es el amor que se vive en la alegría y la comunión de hermanos. Revisemos, a la luz de estos misterios que hoy celebramos, cómo cumplimos esta misión de testimonio sobre Jesús en nuestros ambientes en los que nos desenvolvemos o en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir: como padres, como esposos, como hijos, como hermanos, como sacerdotes, en fin como hombres del mundo sin ser del mudo según lo expresó Jesús en su oración sacerdotal el último día de su vida entre los suyos. No olvidemos que Jesús está, por su Espíritu, muy dentro de nosotros para que con Él podamos realizar lo que nos pide.

Cristo marchó; ahora sus discípulos tenemos que hacerle presente. El Señor quiere valerse de nosotros para repetir sus palabras y prolongar sus obras. Prestamos, pues, mis hermanos, a Jesús nuestros labios, nuestras manos, nuestro corazón, para que Él, en nosotros, siga bendiciendo, perdonando, curando heridas, compartiendo.

Un nuevo camino empieza a recorrer, un camino interminable que dura hasta el fin de los tiempos. Ya no es cuestión de quedarse mirando al cielo, sino de extender la mirada hacia los caminos y campos del mundo para pueda llegar a todos la salvación de Dios.

Prolongar y completar la obra de Jesús; construir el Reino de Dios, el reino del amor y de la paz; inclinarse sobre las heridas y necesidades de los hombres; <<proclamar la liberación a los cautivos>> y proclamar el tiempo de la gracia de Dios. La misión de Jesús es nuestra misión.

El Señor nos manda para que vayamos donde se escuche un clamor, donde se sufra una injusticia, ahí deberíamos de estar siempre, mis hermanos, donde se sienta una soledad, donde haya <<un demonio>> que expulsar. El Señor nos envía para que seamos instrumentos de paz y fuerza de liberación. Nuestra misión es ir, como Jesús, por el mundo <<haciendo el bien>> y siendo testigos de la misericordia de Dios. Queda mucho que hacer, Dios mío. <<La mies es mucha…>>.  Todos estamos llamados a ser trabajadores y misioneros del Señor, cada uno según sus capacidades, cada uno según sus carismas. Todo vale, con tal de que se haga movido por el Espíritu, es decir, desde el amor” 

Tengamos presentes en esta Eucaristía a quienes tienen el encargo de conducir la Iglesia en estos momentos de graves problemas y dolorosas experiencias. Demos dar testimonio de la fe que predicamos con nuestra confianza plena en las promesas de Jesús de su presencia bienhechora y fiel. Presencia que celebramos cada domingo en la Sagrada Eucaristía, en la Santa Misa.

No dejemos de ver a nuestra Muchachita y Celestial Señora, que estuvo presente en la vida de Jesús desde Nazaret hasta el calvario y estuvo también presente en la efusión del Espíritu, al principio de la Iglesia, como lo vamos a meditar y a contemplar el domingo próximo de Pentecostés. Esta semana oremos intensamente para que venga el Espíritu Santo y no olvidemos que estamos en el Cenáculo, donde Santa María de Guadalupe con nuestro querido san Juan Diego Cuauhtlatoatzin inauguró el Pentecostés de América.

Amén.

 
 
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