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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor, en la Basílica de Guadalupe.

4 de abril de 2010
Año Sacerdotal

¡ÉL VIVE ENTRE NOSOTROS!

Mis amados hermanos y hermanas, el Señor Jesús ha resucitado. ¡Aleluya! ¡Aleluya!

¡El que murió está vivo y vive entre nosotros! Es la certeza de nuestra fe que, después de haber sido renovada por los días de la Cuaresma y de la pasión del Señor, nos hace comprender y valorar nuestra propia vida y ver con nuevos ojos hacia el mundo, hacia la historia y, en fin, hacia todas las realidades que nos rodean en nuestro día a día de la existencia.

En medio de convulsiones continuas de la naturaleza y las provocadas por el hombre en las dimensiones política, social, económica y religiosa, más de alguna vez nos habaremos preguntado, quizás ¿dónde está Dios que se dice cercano al hombre, el clemente, el justo, el compasivo que nos revela la Palabra contenida en la Sagrada Escritura? Más aún, ¿de veras vive entre nosotros el que un día nos dijo: SEPAN QUE YO ESTOY CON USTEDES TODOS LOS DÍAS HASTA EL FINAL DEL MUNDO? (Mt 28,20). Algunos niegan con resentimiento que Dios se ocupe de nosotros para nuestro bien, pero afirman que todo lo malo que nos sucede es precisamente castigo suyo; los teístas dicen que Dios existe, pero que no se ocupa de nosotros, ni para bien ni para mal: que está allá, afirman, en su esfera divina, apartado totalmente del mundo; apartado totalmente de las realidades humanas. Claro, no faltan quienes niegan absolutamente su existencia real. Alguna explicación tendrá su actitud. Por otro lado, desafortunadamente, existen muchos que dicen creer en Cristo, nosotros mismos que estamos hoy aquí en la casita de la Señora y sabemos entre comillas, que resucitó,  pero, mis hermanos, eso no tiene ninguna repercusión en su vida desgraciadamente.

Frente a estas posturas y actitudes, la fe cristiana no deja de afirmar, hoy como siempre, que a pesar de las evidencias que la realidad nos hace vivir, DIOS ES ALGUIEN QUE HA CREADO TODO COMO EXPRESIÓN DE SU AMOR Y QUE, POR ESO TODO ES BUENO. La resurrección de Cristo es una prueba, en la fe, de que Dios creó al hombre para ser feliz, y desde su paso por este mundo, aunque está todavía llamado a ser plenamente feliz a su lado. Podríamos decir que el creyente está en proceso permanente de ser plenamente felices.

Y para que esto fuera posible, miren, mis amados hermanos y hermanas, Dios quiso acercarse a nosotros para quedarse con nosotros: mandó a su Hijo al mundo para que el mudo fuera salvado por Él. Por eso su Hijo se hizo uno de nosotros mediante el misterio de la Encarnación. Emmanuel, Dios con nosotros, vivió entre nosotros su vida temporal, pues, se hizo tiempo, se hizo historia, y así entró en la historia humana; y siendo uno de nosotros, nos enseñó el camino de la salvación al cual entramos libremente en respuesta amorosa a su llamado; todavía más, mis hermanos, para mostrarnos el amor con que nos ama, dio su vida por nosotros en el madero de la cruz nos amó hasta el extremo; y finalmente, lo más decisivo, RESUCITÓ PARA MOSTRARNOS QUE EL AMOR NUNCA MUERE, que ¡el amor es eterno! Más aún, mis hermanos, ese amor mismo de Dios. Ha sido derramado abundantemente en nuestras vidas y en nuestros corazones. El Dios con nosotros se hizo Dios en nosotros, Dios amor, Dios alegría, Dios paz, Dios entusiasmo. Esta es nuestra convicción, el Dios con nosotros se hace el Dios en nosotros. En su Resurrección se derrama abundantemente sobre nosotros y de su costado salió sangre y agua. Los sacramentos, al vida, el espíritu que es amor.

Y, mis hermanos, éste es el sentido de la Resurrección: no se puede entender sino desde el amor divino con que hemos sido llamados a la vida y la vida en plenitud, con la plenitud y perfección de la vida divina. Nosotros no somos seres para la muerte aunque así parezca, somos seres para la vida. Por ahí un filosofo alemán Martín Handerger decía: que el hombre es un ser para la muerte. Nosotros decimos: Martín Handerger estás equivocado somos seres para la vida, porque Cristo ha vencido, ha resucitado y vive.

Mis hermanos, miren la fe cristiana afirma que la resurrección de Jesús es un ‘no’ rotundo, contundente y definitivo a la muerte y a todo lo que la significa, la anuncia y la produce.

Fe cristiana en la Resurrección es revertir el odio por el amor, es revertir el dolor absurdo por el servicio y la entrega generosa; es el triunfo del amor y la verdad sobre la mentira de este mundo de orgullosa soberbia, de violencia con sus múltiples manifestaciones: injusticia, abuso, rivalidad, desenfreno, violencia, narcotráfico, secuestros, que sé yo.

La Resurrección de Jesús es afirmación del Dios del amor, y nosotros, por la vida sacramental y la práctica del amor que nos une a su misterio, estamos destinados a dar testimonio de libertad, de alegría, de esperanza, de plenitud de vida, de felicidad en último término. Por eso el cristiano auténtico es el hombre que siempre trae cara de pascua, Pascua de Resurrección.

Mis hermanos, nosotros mirémonos a nosotros mismos, tenemos cara de pascua, porque tenemos corazón de pascua seguramente. Ojala que ninguno de nosotros manifieste su amargura, su miedo, su tristeza dañando a los demás, está sepultado todavía con la pesada losa de sus miedos, rencores, resentimientos. Cristo con su Espíritu nos hace levantar esa losa para ser hombres alegres, hombres de esperanza y de ilusión. Hombres constructores de un mundo nuevo, de un México nuevo.

Mis amados hermanos, ¡Éste es el día que hizo el Señor, alegrémonos y regocijémonos en Él! (Sal 117) Vivamos intensamente este misterio que hoy inunda de luz y alegría la historia humana y nuestra propia historia. Que el pecado no la oscurezca, ya que hemos muerto al pecado con Cristo y nuestra vida está escondida con Él, como lo escuchamos de Pablo en su Carta a los Colosenses (Cf. Col 3,2). ¡La muerte, y todo lo que ella significa, no tiene la última palabra! 

Hoy es la afirmación y la fiesta de la vida y del amor, porque es anuncio seguro de nuestro destino que es  ¡Jesús vive entre nosotros, muy cerca de nosotros, para conducirnos a la plenitud de la vida junto a su Padre. Más aún nosotros los mexicanos sentimos esa presencia viva de Dios en la Señora de la vida, la Morenita del Tepeyac que desde hace 478 años camina a nuestro lado. Gracias a Ella prevalece la vida, a pesar de tanta muerte que respiramos por todos lados, porque Ella nos trajo al arraigadísimo Dios por quien se vive. Jesús vive entre nosotros, cerca de nosotros, a nuestro lado, para conducirnos a la plenitud de la vida junto a su Padre y María de Guadalupe es ese trasunto del rostro amoroso del Padre y es la compañía permanente y constante nuestra. ¿Qué dónde está Dios? los cristianos respondemos: ¡en el Resucitado! En cada cristiano que vive permanente con la alegría de la Pascua. Y entonces, mis hermanos, nuestra vida no puede ser la misma de antes de conocer y vivir para Cristo. Ahora vivimos en Cristo para Dios. Esto es resurrección, esto es nuestra resurrección.

Santa María de Guadalupe, nuestra amada Madrecita, la Morenita del Tepeyac; se alegra –nosotros con ella– por la victoria de su Hijo. Pues, la Encarnación, mis hermanos, es la que Ella, como humilde sierva, cooperó con su obediencia y disponibilidad, tiene en la Resurrección su corona.

Amén.

¡Aleluya!

 
 
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