¡ÉL
VIVE ENTRE NOSOTROS!
Mis amados hermanos y hermanas, el Señor Jesús
ha resucitado. ¡Aleluya! ¡Aleluya!
¡El que murió está vivo y vive entre nosotros!
Es la certeza de nuestra fe que, después de haber sido renovada
por los días de la Cuaresma y de la pasión del Señor, nos hace
comprender y valorar nuestra propia vida y ver con nuevos ojos
hacia el mundo, hacia la historia y, en fin, hacia todas las realidades
que nos rodean en nuestro día a día de la existencia.
En medio de convulsiones continuas de la naturaleza
y las provocadas por el hombre en las dimensiones política, social,
económica y religiosa, más de alguna vez nos habaremos preguntado,
quizás ¿dónde está Dios que se dice cercano al hombre, el clemente,
el justo, el compasivo que nos revela la Palabra contenida en
la Sagrada Escritura? Más aún, ¿de veras vive entre nosotros el
que un día nos dijo: SEPAN QUE YO ESTOY CON USTEDES TODOS LOS
DÍAS HASTA EL FINAL DEL MUNDO? (Mt 28,20). Algunos niegan
con resentimiento que Dios se ocupe de nosotros para nuestro bien,
pero afirman que todo lo malo que nos sucede es precisamente castigo
suyo; los teístas dicen que Dios existe, pero que no se ocupa
de nosotros, ni para bien ni para mal: que está allá, afirman,
en su esfera divina, apartado totalmente del mundo; apartado totalmente
de las realidades humanas. Claro, no faltan quienes niegan absolutamente
su existencia real. Alguna explicación tendrá su actitud. Por
otro lado, desafortunadamente, existen muchos que dicen creer
en Cristo, nosotros mismos que estamos hoy aquí en la casita de
la Señora y sabemos entre comillas, que resucitó, pero, mis hermanos,
eso no tiene ninguna repercusión en su vida desgraciadamente.
Frente a estas posturas y actitudes, la fe cristiana
no deja de afirmar, hoy como siempre, que a pesar de las evidencias
que la realidad nos hace vivir, DIOS ES ALGUIEN QUE HA CREADO
TODO COMO EXPRESIÓN DE SU AMOR Y QUE, POR ESO TODO ES BUENO.
La resurrección de Cristo es una prueba, en la fe, de que Dios
creó al hombre para ser feliz, y desde su paso por este mundo,
aunque está todavía llamado a ser plenamente feliz a su lado.
Podríamos decir que el creyente está en proceso permanente de
ser plenamente felices.
Y para que esto fuera posible, miren, mis amados
hermanos y hermanas, Dios quiso acercarse a nosotros para quedarse
con nosotros: mandó a su Hijo al mundo para que el mudo fuera
salvado por Él. Por eso su Hijo se hizo uno de nosotros mediante
el misterio de la Encarnación. Emmanuel, Dios con nosotros, vivió
entre nosotros su vida temporal, pues, se hizo tiempo, se hizo
historia, y así entró en la historia humana; y siendo uno de nosotros,
nos enseñó el camino de la salvación al cual entramos libremente
en respuesta amorosa a su llamado; todavía más, mis hermanos,
para mostrarnos el amor con que nos ama, dio su vida por nosotros
en el madero de la cruz nos amó hasta el extremo; y finalmente,
lo más decisivo, RESUCITÓ PARA MOSTRARNOS QUE EL AMOR NUNCA
MUERE, que ¡el amor es eterno! Más aún, mis hermanos,
ese amor mismo de Dios. Ha sido derramado abundantemente en nuestras
vidas y en nuestros corazones. El Dios con nosotros se hizo Dios
en nosotros, Dios amor, Dios alegría, Dios paz, Dios entusiasmo.
Esta es nuestra convicción, el Dios con nosotros se hace el Dios
en nosotros. En su Resurrección se derrama abundantemente sobre
nosotros y de su costado salió sangre y agua. Los sacramentos,
al vida, el espíritu que es amor.
Y, mis hermanos, éste es el sentido de la Resurrección:
no se puede entender sino desde el amor divino con que hemos
sido llamados a la vida y la vida en plenitud, con la plenitud
y perfección de la vida divina. Nosotros no somos seres para
la muerte aunque así parezca, somos seres para la vida. Por ahí
un filosofo alemán Martín Handerger decía: que el hombre es
un ser para la muerte. Nosotros decimos: Martín Handerger
estás equivocado somos seres para la vida, porque Cristo ha vencido,
ha resucitado y vive.
Mis hermanos, miren la fe cristiana afirma que
la resurrección de Jesús es un ‘no’ rotundo, contundente y definitivo
a la muerte y a todo lo que la significa, la anuncia y la produce.
Fe cristiana en la Resurrección es revertir
el odio por el amor, es revertir el dolor absurdo por el servicio
y la entrega generosa; es el triunfo del amor y la verdad sobre
la mentira de este mundo de orgullosa soberbia, de violencia con
sus múltiples manifestaciones: injusticia, abuso, rivalidad, desenfreno,
violencia, narcotráfico, secuestros, que sé yo.
La
Resurrección de Jesús es afirmación del Dios del amor, y nosotros,
por la vida sacramental y la práctica del amor que nos une a su
misterio, estamos destinados a dar testimonio de libertad, de
alegría, de esperanza, de plenitud de vida, de felicidad en último
término. Por eso el cristiano auténtico es el hombre que siempre
trae cara de pascua, Pascua de Resurrección.
Mis hermanos, nosotros mirémonos a nosotros
mismos, tenemos cara de pascua, porque tenemos corazón de pascua
seguramente. Ojala que ninguno de nosotros manifieste su amargura,
su miedo, su tristeza dañando a los demás, está sepultado todavía
con la pesada losa de sus miedos, rencores, resentimientos. Cristo
con su Espíritu nos hace levantar esa losa para ser hombres alegres,
hombres de esperanza y de ilusión. Hombres constructores de un
mundo nuevo, de un México nuevo.
Mis amados hermanos, ¡Éste es el día que
hizo el Señor, alegrémonos y regocijémonos en Él! (Sal 117)
Vivamos intensamente este misterio que hoy inunda de luz y alegría
la historia humana y nuestra propia historia. Que el pecado no
la oscurezca, ya que hemos muerto al pecado con Cristo y nuestra
vida está escondida con Él, como lo escuchamos de Pablo en su
Carta a los Colosenses (Cf. Col 3,2). ¡La muerte, y todo lo
que ella significa, no tiene la última palabra!
Hoy es la afirmación y la fiesta de la vida
y del amor, porque es anuncio seguro de nuestro destino que es
¡Jesús vive entre nosotros, muy cerca de nosotros, para conducirnos
a la plenitud de la vida junto a su Padre. Más aún nosotros
los mexicanos sentimos esa presencia viva de Dios en la Señora
de la vida, la Morenita del Tepeyac que desde hace 478 años camina
a nuestro lado. Gracias a Ella prevalece la vida, a pesar de tanta
muerte que respiramos por todos lados, porque Ella nos trajo al
arraigadísimo Dios por quien se vive. Jesús vive entre nosotros,
cerca de nosotros, a nuestro lado, para conducirnos a la plenitud
de la vida junto a su Padre y María de Guadalupe es ese trasunto
del rostro amoroso del Padre y es la compañía permanente y constante
nuestra. ¿Qué dónde está Dios? los cristianos respondemos:
¡en el Resucitado! En cada cristiano que vive permanente
con la alegría de la Pascua. Y entonces, mis hermanos, nuestra
vida no puede ser la misma de antes de conocer y vivir para Cristo.
Ahora vivimos en Cristo para Dios. Esto es resurrección, esto
es nuestra resurrección.
Santa María de Guadalupe, nuestra amada Madrecita,
la Morenita del Tepeyac; se alegra –nosotros con ella– por la
victoria de su Hijo. Pues, la Encarnación, mis hermanos, es la
que Ella, como humilde sierva, cooperó con su obediencia y disponibilidad,
tiene en la Resurrección su corona.
Amén.
¡Aleluya!