Versión
estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General
y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el Miércoles
de Ceniza, en
la Basílica de Guadalupe.
17 de febrero de 2010
Mis amados hermanos y hermanas,
en este primer día de la santa Cuaresma, recogemos al imponer la ceniza
las primeras palabras que dijo Jesús al inicio de su ministerio: conviértanse
y crean en el Evangelio. La conversión significa un cambio del corazón,
es un rasgar los corazones, como expresa Joel. Es un volverse a Dios
y dejar de darle la espalda, realmente ese es el pecado, mis hermanos,
a veces tenemos la idea de que el pecado es hacer cosas feas o no sé
qué, no, es darle la espalda a Dios. Es desviarnos del camino, por eso
una y otra vez nos va a llamar el Señor a retomar el camino, a reaccionar
como el hijo prodigo, y a la casa paterna y decirle: padre he pecado
contra el cielo y contra ti.
Amados hermanos, pidámosle
al Señor esta gracia de rasgara nuestros corazones para poder creer
en el Evangelio. Creer en el Evangelio es un abrirse a la Palabra de
Jesús, que es noticia sobre Dios. Es un aceptar a Dios como Mesías,
como Salvador, como el Señor de nuestras vidas. Es entregarle a Jesús
las riendas de nuestra existencia, para que Él la conduzca. En realidad
esta fe en Jesús es la primera y más radical conversión. Empezamos la
Santa Cuaresma con una fuerte llamada a la conversión, quede claro,
mis hermanos, ya desde el principio que no es un tiempo desagradable
la Cuaresma, sino gratificante, no es un tiempo triste aunque nos vean
de morado, verdad, aunque veamos esta sobriedad en nuestro templo, esto
es otro sentido. Que nos invita a la sobriedad de la vida, la sobriedad
del corazón.
La Cuaresma no es un tiempo
triste y duro, con ayuno, con llanto, con luto, sino el tiempo de la
gracia, el día de la salvación. Lo hemos escuchado tanto en la primera
lectura, como en la segunda, mis hermanos. Que no lloren los sacerdotes
tanto, sino que todos alegremos la cara, que nos perfumemos, que nos
lavemos bien, que nos arreglemos, que nadie note lo que estamos haciendo
para este cambio interior. Vamos a caminar cuarenta días hacia la Pascua
de Cristo, porque ese es el sentido de la Cuaresma: caminar hacia
la Pascua de Cristo. Él es siempre nuestra meta y nuestro punto
de referencia. Cada día tenemos que dar un paso más en el conocimiento
de Cristo. Cada día un paso más en la imitación de Cristo. Cada día
un paso más en la compenetración y en la comunión con Cristo. Un poco
más de luz cada día. Una Palabra mejor escuchada y acogida. Un gesto
mejor interpretado. Un sentimiento más asumido.
Mis hermanos y hermanas, eso
es lo que significa conversión o el cambio del corazón, lo que dice
el profeta, insisto en esto para que al tomar la ceniza lo tengamos
muy claro, rasgar los corazones, dice él. ¡Qué difícil es rasgar
los corazones! ¡Qué difícil transformarlos cuando estos son de piedra,
como los nuestros, mis hermanos! Que lleguen a ser corazones entrañables,
como el corazón de Dios, como el corazón de Jesús, que es compasivo
y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.
El programa espiritual para
este tiempo litúrgico de la Cuaresma, que nos prepara la Pascua lo expresan
los textos tanto de la Sagrada Escritura que proclamamos, como las oraciones
que vamos pronunciando. Miren, por ejemplo hoy las tres lecturas, que
hemos proclamado, mis hermanos, nos estimulan hacia una seria conversión
cuaresmal, pascual. Si las hemos escuchado bien; si hemos dejado que
penetraran en nuestro corazón, mis hermanos, miren como resultan estimulantes
estas palabras, para el inicio de nuestro camino pascual.
El profeta Joel a modo de pregón,
con toque de trompeta, dice él, nos convoca a iniciar con dediciones
de tiempo de Cuaresma y nos anima a convertirnos a cambiar nuestra vida
recordándonos que Dios es compasivo y misericordioso: lento a la cólera
y rico en piedad. Quedan todos convocados a esta camino cuaresmal: los
niños, los mayores, los laicos, los religiosos, aún los animales.
Miren, Pablo en la segunda
lectura proclamada nos invita con urgencia a dejarnos reconciliar con
Dios. Todos los necesitamos, porque todos somos débiles, somos frágiles
y pecadores, este es el sentido de la ceniza, mis hermanos. No necesariamente,
porque seamos grandes pecadores, pero a lo largo del año se nos pega
bastante más la mentalidad del mundo que la Cristo. Crecen más en nosotros
el hombre viejo, que el hombre nuevo. Por eso este tiempo es en verdad,
como nos dice el apóstol: tiempo de gracia y salvación.
Sería una pena, mis hermanos,
que no lo aprovecháramos, todavía es tiempo dice el Señor: conviértanse,
vuélvanse a Mí, no se hagan sordos a mi voz, vuélvanse a Mí. Pero,
miren, mis hermanos, el Evangelio es el que más concretamente nos ofrece
un programa cuaresmal, pascual: la limosna, la oración y el ayuno.
La limosna o la caridad, limosna no en sentido peyorativa a ver
que me sobra y a ver que te doy, una moneda, hasta a Dios a veces así
le hacemos cuando damos la ofrenda en misa hay que buscar la moneda
más pequeña. No hay que confundirnos. La caridad, el amor, como símbolo
concreto de nuestra mayor apertura al prójimo. Con la caridad fraterna
y social, mis hermanos, viene la corrección para nuestro siempre creciente
egoísmo.
El Papa Benedicto XVI en su
mensaje para esta Cuaresma 2010 nos dice, cada año con ocasión de la
Cuaresma: La Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra
vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año, dice el Papa:
Quiero proponerles algunas reflexiones sobre el vasto tema de la
justicia partiendo de la afirmación paulina. La justicia de Dios se
ha manifestado por la fe en Jesucristo. Pero ¿qué es la justicia?
dice el Papa ¿qué significa la Palabra justicia que en el lenguaje
común implica dar a cada uno lo suyo? Los bienes materiales, dice
el Papa, ciertamente son útiles y necesarios, es más Jesús mismo
se preocupó de curar a los enfermos, de darle de comer a la multitud
de los que le seguían. Y sin duda condena la indiferencia que también
hoy provoca la muerte de centenares, de millones de seres humanos, por
falta de alimentos, de agua y de medicina. Pero la justicia distributiva
no proporciona al ser humano todo lo suyo que le corresponde. Porque
éste además del pan, y más que el pan, necesita a Dios. Observa a san
Agustín: si la justicia es la virtud, que distribuye a cada uno lo
suyo no es justicia humana lo que aparta al hombre del verdadero Dios.
Luego el Papa nos invita a
reflexionar: ¿de dónde vienen las injusticias?, y cita aquí él
a san Marcos, a Jesús mismo: nada y fuera del hombre que entrando
en él pueda contaminarle, sino lo que sale del hombre, eso es lo que
contamina al hombre. Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina,
lo que le hace daño, porque dentro del corazón de los hombres salen
las intenciones malas, por eso es un llamado a la conversión del
corazón.
El Papa, mis hermanos, nos
sigue diciendo en el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un
vinculo profundo entre la fe, en el Dios que levanta del polvo al desvalido
y la justicia para con el prójimo. Para entrar en la justicia, es necesario
salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de corazón,
que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras es necesario
un éxodo, un éxodo más profundo, que Dios obró con Moisés: una liberación
del corazón, que la Palabra de la ley por sí sola no tiene el poder
de realizar.
Existe, pues,
dice el Papa, esperanza de justicia para el hombre y es esperanza
se llama Jesucristo. Él es nuestra justicia verdadera, Él es ante todo
la justicia que viene de la gracia donde no es el hombre que repara,
se cura así mismo y a los demás, no, es Jesucristo.
Mis hermanos, la caridad la
vamos a realizar, el compartir con los demás, este es el sentido de
la limosna, si de verdad convertimos el corazón y vivimos en esta justicia.
La oración, dice el Señor, como apertura en la escucha de su Palabra,
en la oración personal y familiar, en la participación más activa en
las celebraciones de la Eucaristía, del Sacramento de la Penitencia,
mis hermanos, no descuidemos este sacramento. Acudamos al Sacramento
de la Penitencia, en este momento tenemos cuatro sacerdotes confesando,
afortunadamente ordinariamente tenemos aquí sacerdotes, a veces les
fallamos, perdón. Pero ordinariamente tenemos sacerdotes celebrando
este gran sacramento del perdón, de la misericordia, participemos durante
la Cuaresma, participemos en los ejercicios espirituales, ya les anunciaremos
las semanas en que aquí tendremos ejercicios cuaresmales. Tendremos
la oración, la devoción del vía crucis, el acompañar a Jesús en su pasión,
tenemos mil maneras de intensificar la oración, pero sobretodos tengamos
el coraje de apagar el televisor y la radio, para entrar en nuestra
intimidad, en nuestro interior y desde el interior platicar con el Señor
y Él que ve en lo secreto nos va a recompensar. Y luego el ayuno, como
símbolo de autocontrol, que todos necesitamos renunciando a tantas cosas
superfluas, para que las principales encuentren en debido relieve en
nuestro programa de vida el ayuno. ¿Cuántos ayunan por la estética,
porque el colesterol, porque los triglicéridos? Este es otro tipo de
ayuno, mis hermanos, ¿cuántos ayunan como protestas o huelgas de hambre?
Este es otro tipo de ayuno que nace del corazón y que se hace desde
el interior. Y si ayunas, si haces penitencia, para despojarte de lo
superfluo, hermano, que nadie note que lo estás haciendo, por eso lávate,
perfúmate, no andes diciendo: hay es que esto ayunando, no.
Miren, mis hermanos, los tres
ejemplos que nos propone Jesús se puede decir: que resumen toda nuestra
existencia, cara a nosotros mismos, nos controlamos, cara a los demás
nos comprometemos a una actitud de mayor solidaridad fraterna y sobre
todo cara a Dios, decimos abrirnos más a Él y darle un lugar más central
en nuestra vida y estas tres dimensiones: limosna, oración y ayuno.
Nos encarga Jesús que las cuidemos y las realicemos, no por vanidad
para llamar la atención o con un formalismo meramente externo, sino
desde dentro con autenticidad. La penitencia interior de la que nos
habla el Catecismo de la Iglesia Católica, allá en el número 14-30:
la penitencia interior.
Cada uno sabrá, pues, en que
aspectos concretos le interpelan estas tres tareas cuaresmales, para
preparar la Pascua de este año 2010 acompañando a Cristo Jesús en su
camino de cruz, en su camino de victoria pascual.
Que nuestra dulce Señora Santa
María de Guadalupe nos enseñe a vivir este Tiempo de Cuaresma, porque
Ella vivió muy cerca el misterio de su Hijo. Que Ella nos muestre como
una creatura puede participar tan hondamente en el misterio de Cristo.
Que Ella, la Morenita nos enseñe a vivir la Cuaresma de este año con
madurez y entrega, estando bien presente en este momento cumbre junto
a su Hijo. Nos señala que para vivir con Cristo hay que morir con Cristo.
Ella nos invita a vivir, pues, esta Cuaresma concentrando todo lo nuestro,
lo propio, lo personal y unificándolo en Cristo Jesús.
Que así sea, mis hermanos.