Bendito y alabado sea Dios, el Padre,
y nuestro Señor Jesucristo, su Hijo, quien por el amor excesivo que
nos tienen, nos han dado su Espíritu Santo para que esté con nosotros
a nuestro lado, nos aconseje, nos defienda, nos fortalezca en el camino
que nos ha marcado Cristo con su vida, su pasión, su muerte y su gloriosa
resurrección.
Mis amados hermanos y hermanas, no cesamos
de alabar al Dios en quien creemos y a quien amamos con el mismo amor
que su Espíritu Santo suscita en nosotros para amar a Dios y amar
al prójimo.
Pentecostés es el fruto maduro de la
Pascua; es la efusión del Espíritu Santo, la tercera persona de la
Santísima Trinidad. El Espíritu Santo es el protagonista silencioso,
pero eficaz de toda la historia de la Salvación, desde la primera
página de la Biblia hasta la última el Espíritu Santo lo llena todo;
lo penetra todo; lo invade todo. El Espíritu Santo es el maestro interior,
es el maestro del corazón, es el Dios en nosotros.
Celebrar al Espíritu Santo es celebrar
a la Iglesia en su nacimiento, es hacer conciencia de su paso por
la historia en medio de luces y en medio de sombras. Es necesario
volver los ojos a los comienzos de la misma y nutrirse de sus fuentes.
Hoy más que nunca la Iglesia necesita
purificarse y necesita reconocer a su Señor, quien la sigue acompañando
hasta el fin de los tiempos. Para que la Iglesia siga siendo noticia
de Salvación debe, hermanos y hermanas, seguir bajo el soplo del Espíritu
Santo, Él es quien la vivifica, Él es quien la conduce a la plenitud,
afirma el Concilio Vaticano II, en la Constitución Dogmática Lumen
Gentium: Él es quien la renueva en la santidad de sus miembros,
la enriquece en sus dones y carismas, es quien la llevará a su cabal
cumplimento aún en medio de todos los nubarrones que se ciernen sobre
ella.
Es el Espíritu Santo quien sostiene y
fortalece a la Iglesia en su misión a pesar de todas las tribulaciones
y ataques. Por eso hoy, mis amados hermanos y hermanas, invoquemos
en este cenáculo de América, invoquemos la fuerza renovadora del Espíritu
Santo de la cual hemos nacido. Que la Iglesia surcando los mares de
la historia con la numosidad con que nació siga adelante, que se deje
conducir por el Espíritu de Dios y siga siendo acontecimiento en medio
de la humanidad, siga siendo Buena Noticia, para que siga anunciando
la fe, la esperanza y la caridad a todos los hombres.
Sintamos alegres de perteneces a la Iglesia,
mis hermanos, orgullosos, seamos creaturas nuevas transformadas por
el Espíritu. Comprometámonos con la misión de la Iglesia, transformemos
las estructuras de pecado, construyamos una sociedad más acorde con
los valores del Reino. Seamos una comunidad invadida por el Espíritu
Santo, penetrada, ungida por el Espíritu Santo: Señor y dador de vida.
No nos alejemos de Él, para que no sea ajeno el dolor, ni la alegría
de la Iglesia para cada uno de nosotros. Pongámonos bajo el soplo
del Espíritu Santo el destino de nuestra patria mexicana. Que con
la misma fuerza con la que irrumpió la tarde de Pentecostés nos invada
y nos transforme.
Mis amados hermanos, si miente en nosotros
la verdad, la justicia, la paz y el amor. Que arranque con la fuerza
de su soplo la violencia de nuestros corazones. Que como viento huracanado
llegue a nosotros y nos arranque de raíz, de cuajo las amarguras de
nuestra vida, las tristezas, los miedos y destierre el egoísmo que
nos divide, como hermanos y nos hace lastimarnos.
Todos sabemos, constatamos que los últimos
meses en toda la geografía nacional suceden hechos violentos; hechos
relacionados en numerosas ocasiones con delincuencia organizada. Esta
situación se agrava día con día. Esta situación repercute negativamente
en la vida de las personas, en la vida de la familia, en la familia
de la sociedad, en la vida de las comunidades y siembra desconfianza
en las relaciones humanas y en las relaciones sociales, daña la cohesión
social y envenena el alma de las personas con el resentimiento, con
el miedo, con la angustia y el deseo de venganza.
Por eso hoy tenemos que gritar con todo
el corazón: ven Espíritu Santo, ven y penetra nuestros corazones,
ven e invade en toda nuestra patria. En el contexto de las celebraciones
del Bicentenario de nuestra Independencia y del Centenario de la Revolución,
como Iglesia y como Nación tenemos el deber de descubrir y comprender
la diversas maneras como Dios y su providencia ha ido manifestando
su designio de salvación en Cristo en estas tierras a lo largo de
la historia, para alabarlo agradeciendo sus bendiciones y favores
para dar testimonio de esa fe, que nos trajo la preciosa Niña, Santa
María de Guadalupe hace 478 años.
Hoy, mis amados hermanos, también queremos
pedirle perdón al Señor por las ofensas prometidas y escudriñar los
signos de los tiempos nuevos para ser fermento y alma de una sociedad
renovada y transformada en familia de Dios.
El aliento de la dulce Señora del Cielo,
la Morenita nos anima y nos acompaña, para que tomemos conciencia
de que el Espíritu nos hace libres para conocer la verdad y seguirla.
Nos hace libres para no ser esclavos de la mentira y del pecado, de
la soberbia, del miedo, que nos hacen ciegos y encerrados en nosotros
mismos alejados de Dios y de nuestros hermanos, por quienes por el
contrario si nos dejamos llevar por este Espíritu podemos compartir
la vida en la alegría, en la libertad, en la paz y en el amor.
Mis amados hermanos y hermanas, en la
Sagrada Eucaristía de cada domingo, en la Santa Misa, nos reunimos
convocados también por el Espíritu del Señor resucitado. Él es quien
nos congrega para instruirnos con la Palabra de Dios específicamente
de Cristo, que preside nuestras celebraciones.
El Espíritu Santo que hizo posible la
encarnación hace que en cada misa el pan y el vino se transformen
en los signos de la muerte y la resurrección de Cristo. Es el Espíritu
de Cristo quien une también a todos los cristianos en un solo cuerpo
que es la Iglesia dispersa por todo el mundo. Un solo Señor, una sola
fe, un solo bautismo, un solo Dios que es Padre, que está por encima
de todos, por todos y en todos. Unidos en una sola esperanza y amor
a todos.
Mis amados hermanos y hermanas, que no
nos falte el Espíritu Santo, que nos falte todo menos el Espíritu
Santo. Con la Virgen María nuestra Muchachita, nuestra preciosa Niña,
la Morenita del Tepeyac que estuvo presente en el nacimiento de la
Iglesia, que dio a luz al pueblo cristiano y mestizo de este continente,
que inauguró junto con san Juan Diego Cuauhtlatoatzin el Pentecostés
de América con ella pidamos al Padre y al Hijo que nunca nos falte
el don por excelencia, que es el Espíritu Santo.
Amén.