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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en la Solemnidad de Pentecostés,
en la Basílica de Guadalupe.


23 de mayo de 2010

EL ESPÍRITU SANTO, ALMA DE LA IGLESIA

Bendito y alabado sea Dios, el Padre, y nuestro Señor Jesucristo, su Hijo, quien por el amor excesivo que nos tienen, nos han dado su Espíritu Santo para que esté con nosotros a nuestro lado, nos aconseje, nos defienda, nos fortalezca en el camino que nos ha marcado Cristo con su vida, su pasión, su muerte y su gloriosa resurrección.

Mis amados hermanos y hermanas, no cesamos de alabar al Dios en quien creemos y a quien amamos con el mismo amor que su Espíritu Santo suscita en nosotros para amar a Dios y amar al prójimo.

Pentecostés es el fruto maduro de la Pascua; es la efusión del Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo es el protagonista silencioso, pero eficaz de toda la historia de la Salvación, desde la primera página de la Biblia hasta la última el Espíritu Santo lo llena todo; lo penetra todo; lo invade todo. El Espíritu Santo es el maestro interior, es el maestro del corazón, es el Dios en nosotros.

Celebrar al Espíritu Santo es celebrar a la Iglesia en su nacimiento, es hacer conciencia de su paso por la historia en medio de luces y en medio de sombras. Es necesario volver los ojos a los comienzos de la misma y nutrirse de sus fuentes.

Hoy más que nunca la Iglesia necesita purificarse y necesita reconocer a su Señor, quien la sigue acompañando hasta el fin de los tiempos. Para que la Iglesia siga siendo noticia de Salvación debe, hermanos y hermanas, seguir bajo el soplo del Espíritu Santo, Él es quien la vivifica, Él es quien la conduce a la plenitud, afirma el Concilio Vaticano II, en la Constitución Dogmática Lumen Gentium: Él es quien la renueva en la santidad de sus miembros, la enriquece en sus dones y carismas, es quien la llevará a su cabal cumplimento aún en medio de todos los nubarrones que se ciernen sobre ella.

Es el Espíritu Santo quien sostiene y fortalece a la Iglesia en su misión a pesar de todas las tribulaciones y ataques. Por eso hoy, mis amados hermanos y hermanas, invoquemos en este cenáculo de América, invoquemos la fuerza renovadora del Espíritu Santo de la cual hemos nacido. Que la Iglesia surcando los mares de la historia con la numosidad con que nació siga adelante, que se deje conducir por el Espíritu de Dios y siga siendo acontecimiento en medio de la humanidad, siga siendo Buena Noticia, para que siga anunciando la fe, la esperanza y la caridad a todos los hombres.

Sintamos alegres de perteneces a la Iglesia, mis hermanos, orgullosos, seamos creaturas nuevas transformadas por el Espíritu. Comprometámonos con la misión de la Iglesia, transformemos las estructuras de pecado, construyamos una sociedad más acorde con los valores del Reino. Seamos una comunidad invadida por el Espíritu Santo, penetrada, ungida por el Espíritu Santo: Señor y dador de vida. No nos alejemos de Él, para que no sea ajeno el dolor, ni la alegría de la Iglesia para cada uno de nosotros. Pongámonos bajo el soplo del Espíritu Santo el destino de nuestra patria mexicana. Que con la misma fuerza con la que irrumpió la tarde de Pentecostés nos invada y nos transforme.  

Mis amados hermanos, si miente en nosotros la verdad, la justicia, la paz y el amor. Que arranque con la fuerza de su soplo la violencia de nuestros corazones. Que como viento huracanado llegue a nosotros y nos arranque de raíz, de cuajo las amarguras de nuestra vida, las tristezas, los miedos y destierre el egoísmo que nos divide, como hermanos y nos hace lastimarnos.

Todos sabemos, constatamos que los últimos meses en toda la geografía nacional suceden hechos violentos; hechos relacionados en numerosas ocasiones con delincuencia organizada. Esta situación se agrava día con día. Esta situación repercute negativamente en la vida de las personas, en la vida de la familia, en la familia de la sociedad, en la vida de las comunidades y siembra desconfianza en las relaciones humanas y en las relaciones sociales, daña la cohesión social y envenena el alma de las personas con el resentimiento, con el miedo, con la angustia y el deseo de venganza.

Por eso hoy tenemos que gritar con todo el corazón: ven Espíritu Santo, ven y penetra nuestros corazones, ven e invade en toda nuestra patria. En el contexto de las celebraciones del Bicentenario de nuestra Independencia y del Centenario de la Revolución, como Iglesia y como Nación tenemos el deber de descubrir y comprender la diversas maneras como Dios y su providencia ha ido manifestando su designio de salvación en Cristo en estas tierras a lo largo de la historia, para alabarlo agradeciendo sus bendiciones y favores para dar testimonio de esa fe, que nos trajo la preciosa Niña, Santa María de Guadalupe hace 478 años.

Hoy, mis amados hermanos, también queremos pedirle perdón al Señor por las ofensas prometidas y escudriñar los signos de los tiempos nuevos para ser fermento y alma de una sociedad renovada y transformada en familia de Dios.

El aliento de la dulce Señora del Cielo, la Morenita nos anima y nos acompaña, para que tomemos conciencia de que el Espíritu nos hace libres para conocer la verdad y seguirla. Nos hace libres para no ser esclavos de la mentira y del pecado, de la soberbia, del miedo, que nos hacen ciegos y encerrados en nosotros mismos alejados de Dios y de nuestros hermanos, por quienes por el contrario si nos dejamos llevar por este Espíritu podemos compartir la vida en la alegría, en la libertad, en la paz y en el amor.

Mis amados hermanos y hermanas, en la Sagrada Eucaristía de cada domingo, en la Santa Misa, nos reunimos convocados también por el Espíritu del Señor resucitado. Él es quien nos congrega para instruirnos con la Palabra de Dios específicamente de Cristo, que preside nuestras celebraciones.

El Espíritu Santo que hizo posible la encarnación hace que en cada misa el pan y el vino se transformen en los signos de la muerte y la resurrección de Cristo. Es el Espíritu de Cristo quien une también a todos los cristianos en un solo cuerpo que es la Iglesia dispersa por todo el mundo. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios que es Padre, que está por encima de todos, por todos y en todos. Unidos en una sola esperanza y amor a todos.

Mis amados hermanos y hermanas, que no nos falte el Espíritu Santo, que nos falte todo menos el Espíritu Santo. Con la Virgen María nuestra Muchachita, nuestra preciosa Niña, la Morenita del Tepeyac que estuvo presente en el nacimiento de la Iglesia, que dio a luz al pueblo cristiano y mestizo de este continente, que inauguró junto con san Juan Diego Cuauhtlatoatzin el Pentecostés de América con ella pidamos al Padre y al Hijo que nunca nos falte el don por excelencia, que es el Espíritu Santo.

Amén.

 
 
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