Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el primer Domingo
de Adviento
30 de noviembre de 2003
EN LA ESPERA DE SU VENIDA
Hermanos,
alabemos al Padre de nuestro Señor Jesucristo por la inmensa
bondad con que nos trata, pues, con sus promesas, no cesa de mantenernos
en la vigilancia para atraernos cada día más hacia Él
para salvarnos.
El hombre moderno,
con todos sus recursos de la ciencia y de la técnica, prácticamente
está perdiendo la experiencia de la espera. Parecería
que ya ni tiene expectativas. Más bien parece que hoy no sabemos
esperar sino sólo prever, pues nos hemos apropiado de tantas
cosas que nos sentimos prácticamente dueños de todo;
todo parece estar bajo el dominio del conocimiento y de la organización.
Las sorpresas parecen cada vez más raras. Esta actitud del
ser humano posmoderno no sólo se da frente al mundo y sus misterios.
Es de tal manera tan generalizada que también afecta el ámbito
de la religión, al grado de que ya no se hace necesaria y se
va teniendo como algo propio de otra época.
Para nosotros los
creyentes, que partimos de la experiencia real de que no lo sabemos
todo ni podemos dominarlo todo; que sabemos que la realidad no se
agota en el mundo material; repito, nosotros los que creemos en realidades
que van más allá de este mudo que pasa, miramos hacia
otro que se nos ha prometido y esperamos confiadamente alcanzar.
El adviento es el
tiempo de la espera del Señor que viene a todos y a cada uno
de los que estamos abiertos a su obra. Este tiempo de adviento es
la primera etapa del año litúrgico que hoy comenzamos
como un ciclo que Dios nos concede recorrer en la Iglesia para hacer
cada vez más actual, en la vida de todos los que la formamos,
los misterios por los cuales la misericordia divina ha querido mostrarnos
su amor.
Hagámonos
el propósito, mis hermanos, de aprovechar este tiempo con las
actitudes que exige por sí mismo, como es la vigilancia en
la fe, mediante la oración y la apertura de mente y de corazón
para descubrir los signos de la venida del Señor en las diversas
circunstancias de la vida individual y comunitaria. Otra actitud propia
del adviento es la de mantenernos en el camino trazado por Dios, es
decir, entrar en el camino de la conversión permanente para
seguir a Jesús hacia el Reino del Padre. La alegría
es otra condición en la que debemos mantenernos para vivir
plenamente el adviento, pues ella es la manifestación más
clara de la esperanza mediante la práctica de la caridad y
la paciencia en el trato con todos, construyendo el Reino de Dios
que viene y no tendrá fin. Y, en fin, el adviento pide de nosotros
una actitud de pobreza, para esperar con María, con José
y Juan el Bautista la oferta de Dios con un corazón humilde
y confiado en su misericordia, compartiendo lo que somos, sabemos
y tenemos con los más pobres.
Como sucede en las
celebraciones dominicales, este domingo la Palabra de Dios nos ofrece,
mis hermanos, a través de las lecturas, el auxilio necesario
para vivir este tiempo especial de gracia que nos permite vivir, en
la esperanza y el amor, la fe a la que somos llamados. Veamos, aunque
sea brevemente, qué nos dicen las lecturas:
En la primera, el
profeta Jeremías nos hace ver y experimentar la fidelidad de
un Dios que promete y cumple a pesar de las múltiples infidelidades
de quienes formamos su pueblo. A pesar del exilio al que está
condenado el reino de Judá, por esa fidelidad divina a David,
hará surgir un retoño tal que la suerte y el futuro
de Jerusalén se verá positivamente afectada, pues recibirá
como nombre el mismo de su salvador: “el Señor-es-nuestra-justicia”
en el que “justicia” equivale a salvación.
La segunda lectura
nos reporta el deseo de san Pablo, y su exhortación a los cristianos
de Tesalónica, a mantenerse en la práctica de una fe
operante, mediante la práctica de la caridad en la espera de
la venida del Señor. Mantenernos en este ritmo de amor y solidaridad
fraterna es para nosotros la garantía de un crecimiento permanente
en la práctica del bien. Es ésta la manera como los
cristianos somos signo inequívoco de seguimiento y de fidelidad
a Cristo en la fe, la esperanza y el amor.
Finalmente, san Lucas,
que nos va a acompañar este nuevo ciclo litúrgico, nos
hace ver que la segunda venida del Señor traerá una
clara distinción entre los que son fieles de Cristo y los que
se oponen a Él. Éstos se llenarán de terror y
desesperación, mientras aquellos se mantendrán en calma
y serenidad esperando la venida como una victoria propia, pues verán
en Cristo la venida de la salvación definitiva, esta es nuestra
gran esperanza fundada en la fe en el Resucitado, vencedor del mal
y de la muerte que ilumina el horizonte de nuestra existencia y nos
hace vivir con una esperanza que no engaña, y que debemos ir
consolidando con una fe viva, con una oración confiada, con
una fidelidad que nos prepara para el encuentro definitivo con el
Señor que animan nuestras pequeñas esperanzas, las de
aquí, las de cada día, las de nuestro mundo: un mundo
de hambre y guerra, de globalización desequilibrada, de riqueza
creciente de algunos y pobreza galopante de muchos, de descontento
y de exclusión social…
Mis hermanos, el
santo tiempo de adviento nos invita a ver toda nuestra vida como una
bella oportunidad para hacer el bien, en respuesta a la gran misericordia
de Dios manifestada en la salvación, que cada día está
más próxima. No olvidemos que cada una de las etapas
del año litúrgico nos enseña diversas formas
de vivir intensamente el misterio de la salvación. Aprovechemos
este tiempo que tiene sus características propias entre las
que destaca la perseverancia y la paciencia en sobrellevar las amenazas
y las tentaciones con las que cada día nos encontramos en la
experiencia de la fe. El Señor viene en cada momento de nuestra
vida.
La Virgen del Adviento,
Santa María de Guadalupe, nuestra Señora, es nuestra
maestra en las actitudes que debemos asumir este tiempo, no como una
etapa pasajera, sino como una forma de vivir intensamente la esperanza.
¡Que nos asista con su intercesión nuestra Señora
de la Esperanza!
Amén.