Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Fiesta de
Epifanía del Señor.
Domingo 04 de enero del 2004
SEAMOS EPIFANÍA DEL SEÑOR
Hermanos:
la luz de Dios invisible ha brillado sobre nosotros en la encarnación
de su Hijo. Alegrémonos y bendigamos al Padre que nos ha manifestado
su amor en su Hijo amado y, a través de nosotros, pueblo suyo,
se manifiesta al mundo para que todo se salven y lleguen al conocimiento
de la verdad.
El
contenido de la fiesta de la Epifanía del Señor inunda
nuestros corazones, por la gran misericordia divina que revela. En
efecto, hermanos, el misterio que hoy celebramos nos es otra cosa
que la certeza que tenemos los cristianos de que Dios no hace acepción
de personas, razas, culturas y pueblos. Él es Dios del universo
y es Padre de todos los que se dejan iluminar por el misterio de su
Hijo hecho hombre para nuestra salvación.
En las Sagradas Escrituras se nos revela el proyecto salvífico
de Dios mediante el ministerio de los profetas, pero se nos dice,
precisamente en el Nuevo Testamento que ese proyecto tiene su cumplimiento
en Jesucristo. Los invito, pues, mis hermanos, a repasar las lecturas
de hoy para centrar mejor nuestra reflexión y dejarnos, como
siempre, iluminar por la Palabra que cada domingo nos regala el buen
Padre Dios.
El profeta Isaías es una voz, entre tantas, que anunció
la universalidad de la salvación. Como muchos otros hombres
de Dios, invitó constantemente al pueblo elegido a dejar las
actitudes nacionalistas y excluyentes para asumir su vocación
de ser instrumento de salvación para la humanidad entera.
Así, en el trozo del libro de Isaías que acabamos de
escuchar, el profeta presenta a Jerusalén —que en la
relectura cristiana podemos identificar con la Iglesia— como
la luz que se sobrepone a las tinieblas, precisamente porque en ella
brilla la gloria del Señor, es decir, en ella habita el Señor.
Esta presencia suya unifica a todos los pueblos siendo atraídos
por Él junto con el pueblo de Israel que regresa del exilio.
Es la idea universalista que domina las profecías, como ya
decíamos, pero que tiene sus primeras realizaciones en el Nuevo
Testamento. En el mismo texto hebreo dice muy directamente: “sé
luz”, lo que significa que es toda la persona que se transforma
en fuente de luz. Así, veremos en el Nuevo Testamento que el
cristiano es luz (Mt 5,14) pues camina a la luz de Cristo (Jn 3,19-21;
8,12; 12, 35-36), y lo mismo se dirá de la Iglesia.
La segunda lectura, mis hermanos, tomada de la carta a los Efesios
nos da una descripción del plan de Dios realizado por Jesucristo
y dado a conocer a los apóstoles por medio del Espíritu.
San Pablo afirma que no sólo los hebreos han sido llamados
a la salvación sino también todos los paganos, puesto
que, suprimidas por Cristo todas las barreras (2, 14-18), éstos
forman ya con los judíos un único pueblo y son partícipes
de las promesas hechas a los padres de la antigua alianza.
El Nuevo Testamento, mis hermanos, como ya hemos dicho, presenta a
Cristo como el perfecto y único revelador del Padre, tal como
le hemos escuchado en estos días en el evangelio de san Juan
y en la carta a los Hebreos. San Mateo por su parte, en el evangelio
que hoy hemos escuchado, no se detiene tanto, como lo hace Lucas,
en darnos pormenores del nacimiento del Salvador, sino que centra
toda su atención en hacernos entender que el horizonte de la
salvación llega hasta los paganos a quienes atrae como una
estrella. El centro de este encuentro con la salvación no es
ya Jerusalén sino Belén, según lo había
profetizado Miqueas (5,1). Con el cumplimiento de las profecías,
san Mateo nos quiere hacer ver y entender, que Cristo está
en continuidad con la revelación que Dios hizo en el Antiguo
Testamento, pero la supera, pues la salvación no está
encerrada en un pueblo, una raza o una cultura, sino que pertenece
a todos aquellos que aman y buscan la verdad.
Hermanos, a la luz de la Palabra de Dios, podemos afirmar que la fiesta
de hoy es un llamado a la fe. Los magos, que mejor sería llamarlos
astrólogos, representan a todos aquellos que buscan al verdadero
Dios y está abiertos a los signos que Él quiere dar.
En el caso de ellos, ese signo es la estrella, pues es el medio más
acorde con su experiencia. Ellos responden muy activa y positivamente
a este llamado; no así Herodes y los sacerdotes quienes, además,
tienen el testimonio de las Escrituras. ¡Qué diferentes
reacciones!
Nosotros, como Iglesia, y como individuos que formamos parte de ella,
tenemos en la vida de creyentes, muchos y variados signos que nos
invitan a aceptar a Jesucristo como Señor y Salvador nuestro.
Tenemos, en primer lugar, la Palabra de Dios que se nos reparte como
alimento, especialmente en el contexto de la Eucaristía dominical;
están también a nuestra disposición los otros
sacramentos que nos hacen crecer en la experiencia de un Dios muy
cercano; la vida de cada día, con sus logros, sus fracasos
y sus problemas, el dolor y la enfermedad; en fin, en la perspectiva
de la fe, todo lo que acontece en torno nuestro.
Y todo esto, queridos hermanos, para que podamos, por nuestra parte,
ser dignos luminosos para quienes todavía no creen o andan
perdidos en la confusión de tantos caminos que propone el mundo.
Somos, en continuidad con el antiguo pueblo de Dios, pero superándolo,
gracias a Jesucristo, servidores de la humanidad por medio del testimonio.
Como miembros de la Iglesia, damos un verdadero testimonio de unidad
en la caridad cuando sabemos compartir lo que somos, sabemos y tenemos,
en medio de la gran diversidad de razas, culturas y condiciones sociales.
Encomendemos a nuestra Señora y Madre nuestra Santa María
de Guadalupe la misión que se nos ha dado y se nos recuerda
este día. Que seamos, como ella, fieles y sencillos servidores
de los planes del Padre de la humanidad. Así sea.