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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el III Domingo de Cuaresma.


Domingo 19 de marzo de 2006.

LEY, SABIDURÍA Y CULTO  VERDADERO

Demos gracias a Dios, nuestro buen Padre, que, además de el don de la Ley que nos humaniza, nos ha dado en su Hijo Jesucristo la sabiduría que nos da el verdadero conocimiento de su misterio y nos permite llegar a ser hijos del único y verdadero Dios y darle el culto que Él solo merece.

Hermanos, dejémonos interpelar por la Palabra viva que es Jesús mismo que, a través de la Escritura, y específicamente hoy por el evangelio de san Marcos, por san Pablo y Moisés, nos enseña y nos ayuda a entender la verdadera religión. Dejemos que Él nos mire, porque sabe muy bien quiénes somos y lo que hay dentro de cada uno de nosotros.

El pueblo de Dios, hermanos, Israel se distinguió entre todos los pueblos de la antigüedad, por el conocimiento que alcanzó de Dios, pues Él mismo se lo concedió instruyéndolos con su Ley. El profeta Baruc (3,9-4,4), nos deja saber que la Ley era el orgullo de ese pueblo, pues más que considerar los mandamientos como obligaciones impuestas por un dios poderoso, la veían como un don de Dios. Más aún como su sabiduría. De hecho, hermanos, lo que ordinariamente entendemos como ley al referirnos al Pentateuco, es visto por los judíos como ‘instrucción’, ‘enseñanza’ o ‘educación’. Conocer esto, hermanos, es más que interesante, de gran valor y muy importante para nosotros los cristianos. Porque también a nosotros, a la luz del misterio de Cristo, nos conviene entender en esta dimensión tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo.

Esta sabiduría, la que contiene toda la Escritura santa, nos hace libres. Nos da seguridad y alegría. Nos permite experimentar que ser justos consiste fundamentalmente en hacer lo que a Dios le agrada. La Escritura nos hace entender que lo que más le agrada a Dios es que vivamos felices. Su Ley, dice la Escritura, es la ayuda divina para ser felices. Por eso, hermanos, quien no logra ser feliz en la tierra caminando por los senderos de la Ley, muy difícilmente llegará a la vida plenamente feliz en la eternidad. Que quede bien claro, hermanos, ¡Dios no quiere imponernos su voluntad a la manera de los hombres prepotentes y opresores! Lo único que quiere es nuestro bien y Él no se equivoca como nosotros que confundimos el mal con el bien. Saber esto, mis hermanos, como decía, nos hace libres y nos da seguridad.

Muchos de nosotros, mis queridos hermanos, tenemos que hacer algo en serio a fin de cambiar la idea de que los mandamientos son algo muy pesado y muy difícil de observar; o como algo que sólo es para santos, y no para personas comunes. Junto con este cambio vendrá necesariamente un cambio radical en las imágenes o ideas que de su misterio tenemos tan equivocadas como peligrosas.

Desde luego, mis queridos hermanos, que también en la Ley hay jerarquías y Jesús nos enseñó que toda la Ley se resume amar a Dios por encima de todas las cosas y amar al prójimo. Así explicó el Señor la Ley y nos invitó a no perdernos en la maraña de normas que los hombres pueden y, quizá deban, imponer para preservar el orden y la convivencia pacífica y segura. Si tan sólo cumpliéramos a fondo estos dos mandamientos ya estaríamos en el camino de la salvación. Nos moveríamos en relaciones justas con Dios, con el prójimo y con el mundo.

Pero no olvidemos, hermanos, que Jesús enseñó todavía, a quienes quisieran ser sus discípulos, que su justicia tenía que ser mayor que la de los escribas y los fariseos quienes eran tenidos por gente de la más justa. Por eso nos mandó en la última cena que nos amáramos, no sólo como a nosotros mismos, sino como Él nos había amado, es decir hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso san Pablo nos dice en la segunda lectura que el camino del cristiano es como el de Cristo: el de la cruz; que es locura para el mundo increyente y sabiduría para los que siguen a Cristo que es ¡fuerza y sabiduría de Dios!

El santo evangelio de hoy, mis hermanos, escuchando a san Juan, nos reporta un episodio que, a diferencia de los sinópticos, este evangelista coloca al principio de la vida pública de Jesús. Como siempre, la forma como tratan los temas cada uno de los autores sagrados, tiene mucho que ver con el mensaje que ellos, inspirados por Dios, quieren transmitirnos. Así al colocar san Juan este episodio al inicio de su ministerio, nos quiere dar a entender que con la presencia, la actuación y la predicación de Jesús, inicia una nueva forma de relacionarnos con Dios. Así pues, mis hermanos, la purificación del templo, lugar tradicional del encuentro con Dios, una de las instituciones más importantes del pueblo judío, más aún, la que resumía las otras (sacerdocio, culto y Escritura) de una manera perfecta, pasaba a ser obsoleta en mucho.

Jesús y el hombre son el “lugar” por excelencia de encuentro del hombre con Dios. Jesús, el hombre perfecto y totalmente Dios. Esta es la nueva Ley a la que nos sometemos con humildad y obediencia los cristianos. Jesús enseñó principalmente que la mejor imagen de Dios es el hombre, especialmente porque Él mismo es hombre. De tal manera que quien quiera cumplir, de veras, los mandamientos, nos puede soslayar a su prójimo. Más aún, hermanos, quien diga que ama a Dios, si no ama a sus hermanos, como dice san Juan en su primera carta, es un mentiroso. Y no solamente porque es imposible amar a Dios a quien no se ve y no amar al prójimo a quien sí se ve, sino principalmente porque el amor verdadero a Dios e expresa en la obediencia. Y amar el prójimo es mandato divino expresado ¡en siete de los diez mandamientos!

También Jesús, al purificar el templo, lo libera de toda clase de manipulaciones que pretendemos hacer de Dios a través del templo, más específicamente, mediante el culto. Un culto meramente exterior, basado en intereses personales para obtener ganancias de toda clase. Un culto que pretende comprar la benevolencia de Dios mediante la oferta de cosas, menos de la obediencia y del sometimiento de la voluntad en aras del verdadero amor, como a Él le agrada. En fin, un culto hipócrita que pretende alabar a Dios menospreciando y humillando a los hermanos, especialmente a los más débiles, indefensos y que menos cuentan en un mundo materialista.

La Sagrada Eucaristía, mis hermanos, nos permite, a quienes nos reunimos cada domingo, en el día del Señor, escuchar su instrucción y agradecer el don de su Palabra que nos hace sabios y nos llena de la verdadera vida. Nos reunimos mediante este encuentro fraterno para participar de los dones de su gracia a fin de compartir unos con otros no sólo lo que poseemos, sino sobre todo, lo que somos. Estos son los verdaderos valores del Reino que se hace presente ya en Jesucristo. Su Madre, nuestra Señora, nos acompaña, pues está en medio de nosotros, en medio de la Iglesia, asistiéndonos con su intercesión y su ejemplo. Amén.

 
 
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