Gracias Señor, muchas gracias, por tu
sangre que nos lava, por tu cuerpo que nos alimenta
Mis
amados hermanos y hermanas, la celebración de esta tarde nos sitúa
junto al Señor para compartir con Él estos días, y a lo largo
de la vida, su pasión, su muerte y su gloriosa resurrección. Con
San Pablo podemos decir que queremos tener los mismos sentimientos
que Cristo Jesús.
La conmemoración de la cena del Señor con los apóstoles condensa
diversos elementos básicos vida cristiana: en primer lugar la
Sagrada Eucaristía. Segundo: el ministerio servicio a la comunidad.
El Jueves Santo, en la última cena, el Señor, a la víspera de
su pasión y de su muerte, instituyó el sacramento del amor, la
sagrada Eucaristía e instituyó el sacerdocio, no hay sacerdocio
sin Eucaristía, tampoco Eucaristía sin sacerdocio.
Yo quiero felicitar muy cordialmente a mis hermanos sacerdotes
insustituibles e inmediatos colaboradores míos, en mí trabajo
pastoral en la casita de la Señora del cielo, les invito a que
le demos un fuerte aplauso por su entrega generosa, por su servicio.
Reconozco la alegría y la generosidad con que sirven a los miles
y millones de peregrinos en esta casita de la Señora.
Hoy también, mis hermanos, estamos celebrando la Caridad, el
mandato del amor, distintivo esencial de todo cristiano. Amar
a los que Dios ama y como Dios ama.
En la Eucaristía siempre, no sólo hoy, se realiza sacramentalmente
está vinculación indisoluble que hay en los diferentes elementos
que constituyen la vida cristiana.
La Eucaristía es la confesión de fe, en la redención que Jesucristo
nos ha obtenido y que quiere expresar como se funda y mantiene
la comunidad de los discípulos, la comunidad que vive al servicio
de la comunión entre los hombres y mujeres que constituyen su
propia sociedad. Así hace vivir a actuar, hace vida y actuante
en la cotidianidad la redención de Cristo para todos.
La segunda lectura de la carta de San Pablo a los Corintios
que hemos proclamado nos ha recordado lo que Jesús encargó a la
comunidad cristiana: “Hagan esto en conmemoración mía” ¿Y
qué es esto que tenemos que hacer?, ¿Cuál es el memorial de Jesús
que debemos celebrar? ¿Cómo podemos seguir recibiendo su presencia
y su amor?, ¿Cómo podemos asociarnos a su construcción del Reino
de Dios, en medio de nuestra humanidad en el hoy, en el aquí y
en el ahora?, ¿Cómo la esperanza viva que plantó en la Tierra,
alimenta nuestro vivir y nos convertimos en sembradores de esperanza,
de ilusiones a nuestro alrededor?
Mis amados hermanos y hermanas, lo que tenemos que hacer es,
como leemos en la carta de San Pablo pronunciando la acción de
gracias tomar el pan y el cáliz, debemos comer el pan que nos
alimenta y beber el vino que nos purifica.
El Jueves Santo venimos a celebrar precisamente la institución
de la Eucaristía, venimos a tomar el pan y el cáliz pronunciando
la acción de gracias. Por eso debemos hacerlo de forma auténtica
y verdadera como Jesús pide en el evangelio de San Juan, cuando
dice: Qué los auténticos adoradores, adorarán al Padre en Espíritu
y en verdad.
El culto a Dios, mis hermanos, puede quedar en una celebración
ritual que no transforma el corazón de las personas y eso no vale;
para que no sea así, para que la eucaristía no se quede en un
culto ritual debemos lavarnos los pies los unos a los otros.
En el evangelio que hemos proclamado se nos dice que Jesús se
puso a lavar los pies a sus discípulos y que les dijo: “les
he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes
también lo hagan, bien dicen que yo soy el maestro, lo que yo
he hecho, háganlo también ustedes”.
Su encargo a la comunidad es, pues, la celebración de la Eucaristía
como sacramento de amor mutuo, de las buenas relaciones, de la
paz y la amistad, del servicio y de la humildad hacia las demás
personas, y los demás grupos humanos, pueblos, naciones, culturas,
religiones, es el sacramento de la comunión con Dios, con la comunidad
y con la humanidad entera.
El Jueves Santo de este 2006 debe constituir un paso adelante
que haga saltar nuestra resistencias al amor de verdad y que haga
avanzar a nuestras comunidades y a cada persona que lo que estamos
celebrando en el ejercicio práctico y realista de lavarnos los
pies.
Como dice un obispo, el obispo Pedro Cazaldaliga, el egoísmo,
el deseo de dominio y los artefactos malignos de la mentira atropellan
los derechos más legítimos, se apropian de la verdad e imponen
el pensamiento único.
Nosotros nos negamos aceptar ese yugo, creemos que otro mundo
es posible, queremos ser una sola humanidad pero de otra manera,
en la libertad, en la igualdad, en la convivencia pacífica, en
la pluralidad complementaria.
Mis amados hermanos y hermanas, hagamos práctica de lavarnos
los pies como Jesús nos encarga, “pues sí yo el maestro y el Señor
les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies
unos a los otros”.
Lavar los pies es el gesto de Jesús que pone el sello de autenticidad
a la eucaristía, es hacerse próximo, es hacerse servidor, mostrándose
y postrándose a los pies de otras personas.
Es amar, es lavar el polvo del camino, es ofrecer descanso, es
confortar, es dar salud, es crear comunión.
Providencialmente esto nos lo ha hecho vivir intensamente nuestra
Niña y muchachita Santa María de Guadalupe a lo largo de 475 años,
este es el Acontecimiento Guadalupano, mis hermanos, hacernos
servidores, postrarnos a los pies de los demás, amarlos, lavar
el polvo del camino, ofrecer descanso, comprensión, confort, dar
salud, dar alegría, crear lazos, vínculos de comunión, de fraternidad,
sumar, integrar.
Debemos acompañarnos, debemos saber convivir, debemos respetar
y ayudar a las personas enfermas, a los grupos y personas afectadas
por la pobreza, debemos ser personas justas y hornadas, que saben
respetar a los demás y ser fraternos en el ejercicio de las propias
responsabilidades de la profesión, del trabajo, del negocio, de
la escuela.
Mis amados hermanos y hermanas, en la práctica de la fraternidad
no debemos caer en ser protagonistas, ni absorbentes en el servicio.
Lavarnos los pies unos a otros, exige la promoción humana de todos.
No nos podemos contentar con responder solamente a las espectivas
inmediatas ante la pobreza, porque corremos el riesgo de perpetuar
la desigualdad social.
Debemos procurar ayudar a todos a ser sujetos activos de la
propia promoción y no sólo receptivos de asistencia. Por ejemplo,
con los niños, con los discapacitados, con los enfermos, con los
migrantes, con los recién llegados a nuestro grupo, a nuestra
comunidad a nuestra sociedad.
Mis amados hermanos y hermanas, es la consigna de hoy, de este
Jueves Santo: “hagan esto en memoria mía”. Que así sea. |
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