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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el II Domingo Ordinario.

Domingo 15 de enero de 2006


LA FE: EL RIESGO DE UN ENCUENTRO.

Hermanos: el Señor nos ha llamado a la existencia y este llamado es ya mucho, sin embargo, no es todavía todo, pues estamos llamados a una vida superior. Nuestra verdadera vocación es una llamada personal en el amor misericordioso e infinito de Dios, por eso va más allá del aquí y del ahora. Agradezcámosle y alabémoslo por su delicadeza para con cada uno de nosotros. Que Él sea el honor, el poder y la Gloria.

Hermanos, Dios que nos llama ha venido a nuestro encuentro en la persona de su Hijo Jesucristo, nuestro hermano. Veíamos el domingo pasado que Dios ha puesto en lo más íntimo de  nuestro ser el deseo de buscarlo, y que el que lo encontremos es también obra de su misericordia, pues Él se hace el encontradizo cuando, donde y como menos lo esperamos.

Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar en la búsqueda y en el encuentro del Dios verdadero. La búsqueda de Dios, según lo que hemos afirmado, comienza en la llamada innata que todos hemos recibido con la existencia misma, pues creemos que fuimos llamados a la existencia para ser plenamente felices y sabemos que nada ni nadie puede colmar este deseo innato fuera de Dios mismo, según lo expresa san Agustín de Hipona: nos hiciste para ti, Señor y nuestra alma no descansará hasta repose en ti. Pero acerquémonos un poco a las lecturas que contienen la Palabra de Dios, nuestro alimento.

En la primera lectura, el primer libro de Samuel nos presente una escena bastante ilustrativa acerca de la vocación. El joven Samuel, que se encuentra acostado y durmiendo en el templo cerca del arca de la alianza, escucha tres veces una voz que lo llama por su nombre. Dos versículos antes se nos indica claramente que la palabra del Señor era rara, es decir, Dios no hablaba y, por eso, él todavía no conoce la voz de Dios, de manera que piensa que es Elí, su maestro, quien lo llama. Es importante notar la prontitud y disponibilidad con que Samuel responde, por un lado, y, por otro, la sensibilidad de Elí para discernir que tal vez se trate del Señor que lo llama.

En el relato evangélico, el evangelista san Juan nos presenta en primer lugar al Bautista dando testimonio de la Luz, precisamente como lo había descrito en el prólogo (1,7.15): ¡Miren, ése es el Cordero de Dios! Dice por segunda ocasión, pero en ésta él se encuentra acompañado por dos seguidores suyos quienes, al oír la indicación, se convirtieron en seguidores de Jesús. Es también aquí importante la prontitud con que aquellos hombres que seguían a Juan aceptan su testimonio y comienzan una cadena de testimonios y seguimientos en torno a Jesús. En efecto, estos hombres primero siguen y buscan a Jesús, y después uno de ellos, el apóstol Andrés, al encontrarse con su hermano, Simón Pedro, da, a su vez, testimonio diciendo: Hemos encontrado al Mesías.

Tenemos, mis queridos hermanos, en los dos pasajes bíblicos, los elementos que conforman un verdadero proceso vocacional: en ellos tenemos el llamado, que implica la iniciativa divina, y el seguimiento o respuesta que caracteriza el elemento humano. Pero también conviene hacer notar la función que desempeñan Elí y el Bautista como facilitadores para entender, profundizar, discernir e interpretar (A. Pronzato) la llamada, que puede ser una voz materialmente percibida o un testimonio acogido en la fe.

Samuel, haciendo caso de su maestro, se pone a la escucha: Habla, Señor, que tu siervo escucha, dice acogiendo el llamado y, comprometiéndose con su respuesta, se hace, así, disponible para Dios. Los ex-discípulos de Juan, por su parte, realizan una serie bastante completa e ilustrativa de un verdadero proceso vocacional: buscan, siguen, ven, se quedan con Jesús y llegan a ver su gloria. Estamos, hermanos, frente a un proceso de profundización en la fe.

Toda vocación, mis hermanos, tiene su origen en Dios. Sin ésta iniciativa suya, puede ser otra cosa, menos una vocación o llamado de Dios que reclame todo nuestro ser. Las lecturas que estamos meditando nos llevan a caer en la cuenta de que Dios habla y se hace presente para invitarnos a seguirlo cuando y donde menos los esperamos. Por eso es determinante estar en una actitud permanente de atención y apertura, es decir de búsqueda. La cita o el encuentro con Él se da en el momento que Él dispone. Él pasa por nuestra vida, es preciso estar atentos para decirle aquí estoy.

Hermanos, es necesario también señalar que, a la luz de esta palabra que estamos meditando, para seguir la propia vocación se impone una profunda experiencia de fe que sólo se da en el encuentro personal e íntimo, diríamos, existencial, con Dios. El verdadero encuentro no se da de oídas, por doctrinas —que por otro lado son necesarias— o por meros sentimientos. Ese es el sentido de la invitación de Jesús: vengan y vean. El evangelista indica que ante esta invitación de Jesús, ellos fueron y se quedaron con Él el resto del día: eran como las cuatro de la tarde. Nadie como Jesús nos puede hacer descubrir nuestra vocación y el sentido de nuestra propia vida. Por eso es necesario un trato íntimo y permanente con Él.

Hermanos, esto es posible, en buena parte, si hacemos que nuestra Eucaristía de cada domingo sea una experiencia profunda, un verdadero encuentro con Dios, con Cristo, con la Iglesia, su familia y con todos y cada uno de los que la formamos. Otra forma de vivir esa experiencia es abrir la mente y el corazón a tantas formas de presencia suya, especialmente las protagonizadas por el prójimo, especialmente los pobres y marginados de la sociedad.

Que María, nuestra Niña y Señora de Guadalupe nos impulse con su ejemplo y su cariñosa intercesión a realizar la vocación no solo de cada uno de nosotros sino también la de ese pueblo que Dios ha puesto bajo su protección. Amén.

 
 
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