“CREÍ Y POR ESO HABLÉ”
2 Cor 4,13; Sal 116, 10.
Hermanos,
demos gracias a Dios, nuestro Padre, por la inmensa bondad con
la que nos ha tratado al enviarnos su Palabra viva en la persona
de su Hijo, pues jamás deja de iluminarnos, guiarnos y alentarnos
con su vida, su enseñanza y su testimonio para revelarnos y hacernos
experimentar su cercanía y su amor por todos y cada uno de los que
hemos sido insertados en la fe por el bautismo.
Hermanos muy queridos en el Señor, Dios siempre nos sorprende
con la novedad de su Palabra a pesar de su antigüedad, no sólo
en la Escritura Santa o en la historia del pueblo, sino también
en las maravillas de la creación que —si queremos verlo así—,
son toda una historia del amor benevolente de Dios. A nosotros
los creyentes practicantes, los que no fallamos a la misa de cada
domingo, los que celebramos regularmente los sacramentos y practicamos
las obras de misericordia, puede sucedernos que llegue algún momento
en que ya no nos maravillemos de la obra de Dios. Y puede suceder
esto si nos dejamos atrapar por la rutina, o porque, en un
momento dado, llegamos a creer que ya lo sabemos o hemos visto
todo, como sucedió con los fariseos y los maestros de la Ley.
Pero algunos contemporáneos de Jesús, abiertos a la verdad,
descubrieron en su persona la novedad de sus enseñanzas
porque descubrieron la coherencia entre su decir y su hacer.
¡En eso reconocieron su autoridad! Tal coherencia se deriva de la
autenticidad de la palabra dicha. Una palabra que se respalda
por la experiencia en la fe, la esperanza y el amor. Tan gran
coherencia entre el decir y el actuar resultaba algo inédito. Una
coherencia, es cierto, nada común entre los hombres, pero posible
como producto de un largo proceso de conversión que, con
todo, no llega a ser total, salvo el caso de único de Jesús y, por
un don especialísimo, de María.
Habla con autoridad, decía la gente al ver las maravillas que hacía. Es curioso,
mis hermanos, que relacionen directamente lo que dice en su doctrina
con lo que hace. ¡Siempre es mucho más fácil hablar que hacer!
La sabiduría popular lo expresa en español con el refrán ‘Del
dicho al hecho hay mucho trecho’. Pero quien puede lo más,
puede con mayor razón lo menos. Por tanto, si Jesús puede arrojar
los demonios, es decir el mal de este mundo, puede enseñar con toda
autoridad, es creíble y digno ser atendido lo que enseña.
Hermanos, estamos frente a una imagen perfecta del profeta.
Jesús es más que eso, pero, entre otros aspecto de su misterio,
está el de encarnar perfectamente al profeta anunciado en el
libro del Deuteronomio, del cual hemos escuchado la primera
lectura. De esta manera, los judíos esperaban que el Mesías llenara
la promesa hecha por Dios a su pueblo por medio de Moisés: que Dios
mismo suscitaría un profeta parecido a Moisés y que sería como el
portador de su palabra. Un profeta comprometido sólo con los
intereses de Dios a favor de su pueblo.
El profeta, mis hermanos, no es en primer lugar alguien que predice o
revela el futuro, sino alguien que es, ante todo, un intermediario
entre Dios y los hombres. Es, por tanto, alguien completamente
fiel a Dios, y a sus intereses, por un lado, y por otro, alguien
que está a favor de los hombres para llevarlos al conocimiento de
la verdad y de los proyectos divinos. Pero de un verdadero profeta
esperamos que dé, con su vida, testimonio de lo que anuncia. De
ahí viene la autoridad para enseñar.
La autoridad no es base de la predicación. Al revés, la predicación junto con
el testimonio, dan autoridad. Muchos pueden estar constituidos
en autoridad, llámense padres, maestros, gobernantes, pastores…
y no por eso la tienen al hablar. Más bien sabemos, mis hermanos,
que la autoridad se gana por el testimonio de vida. Para hablar
con autoridad es necesario poner por delante el testimonio.
A veces hasta las palabras salen sobrando, de manera que cuando
el auténtico profeta habla, lo primero que salta a la vista es que
hay coherencia entre lo que dice y lo que hace.
Por eso el verdadero profeta resulta incómodo las más de
las veces, pues con su vida llevada con autenticidad, es
una prueba fehaciente de que lo que anuncia es posible, de manera
que no da lugar a escapatoria alguna. Es un reproche viviente a
los pretextos, a las falsas justificaciones, a la pereza y a la
injusticia.
Hermanos, la Buena Nueva es ante todo una persona,
no una doctrina. No es algo, es alguien. Lo acontecido,
todo, en Jesucristo es Palabra viva del Padre que revela y trae
la salvación a quien se abre a ella. Los amantes de la verdad
la descubren en Él comenzando por una pregunta que suscitan sus
acciones. Después del ¿Qué es esto? Los verdaderos discípulos
tienen necesariamente, y muy pronto, la pregunta siguiente ¿Quién
es éste? (Mc 4,41). Sólo después de la pregunta sobre su persona
y su misterio se puede llegar al encuentro con Él y a ser verdadero
discípulo.
Preguntémonos, queridos hermanos, qué autoridad ejerce Cristo
sobre cada uno de nosotros. Es posible que no todos hayamos
descubierto o valorado su autoridad, la de su persona, no sólo la
de sus enseñanzas. Si sólo obedecemos consignas en abstracto,
aunque sean de Jesús, estaremos en el mismo nivel de los escribas
y fariseos, enemigos de Jesús, tan obedientes, por no decir,
serviles, de la letra, pero tan alejados del Espíritu como de
Jesús. No separemos los mandatos de su fuente. Abramos la
mente y el corazón al encuentro vivo con el Dios que se ha manifestado
en su Hijo, nuestro Señor y Maestro.
Sólo de esta forma podremos también nosotros ser testigos.
Nuestro testimonio tendrá como fundamento la fe vivida en el encuentro
de amor como el que celebramos permanentemente en la celebración
eucarística y en donde nuestra Muchachita y Señora: Santa María
de Guadalupe, está muy cerca para acompañarnos en la experiencia
de este misterio de amor. Amén.