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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de Pentecostés

Domingo 4 de junio de 2006

 

EL ESPÍRITU SANTO: LA VIDA MISMA DE DIOS

Hermanos: Bendito sea Dios nuestro Padre que nos ha bendecido en su Hijo Jesucristo y nos ha dado, por medio de Él, su Espíritu, Santificador y huésped de cada uno de los creyentes y de toda la Iglesia; Señor y dador de vida; admirable constructor de la unidad de la Iglesia y de toda la humanidad; nuestro abogado defensor y maestro que nos conduce por Cristo al Padre.

Queridos hermanos: hace ocho días recordábamos, en la fiesta de la Ascensión del Señor, entre otros aspectos, el envío de la Iglesia a ser testigo de la presencia viva de Cristo en el mundo. Hoy celebramos al Espíritu como el animador de la obra que esa Iglesia realiza para dar cumplimiento fiel y alegre a ese mandato.

En efecto, mis hermanos, las lecturas de este domingo de Pentecostés nos lleva a contemplar el cumplimiento de una promesa de Jesús: el don del Espíritu con la cual se cumple plenamente el misterio de la Pascua. En las lecturas, podemos ver, mis queridos hermanos, dos formas de una misma tradición sobre el Espíritu Santo: la que representa san Juan en su evangelio y la que nos transmite san Lucas. Ésta es la más conocida puesto que el evangelista nos la refiere dos veces: al final de su evangelio y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, la historia de los primeros días de la Iglesia. Esta repetición, mis queridos hermanos, podría muy bien ser un claro mensaje de san Lucas para todos los cristianos: donde termina la obra de Jesús comienza la de la Iglesia que se hace consciente de ser la continuadora de la obra de su Señor por la acción misteriosa del Espíritu.

El evangelio de san Juan nos transmite otra tradición que no contradice la de san Lucas, sino la complementa y enriquece. Aquel apóstol y evangelista nos refiere que el primer día de la semana, o sea, el domingo, por la tarde, se presentó Jesús en medio de los discípulos y, después de enviarlos, sopló sobre ellos les dijo: Reciban el Espíritu Santo. La forma de presentar el don del Espíritu en san Juan tiene la ventaja de subrayar el don del Espíritu como consecuencia inmediata de la resurrección de Jesús glorificado. Pero también notemos que el don del Espíritu está, según el escritor sagrado, en íntima relación con el perdón de los pecados, ministerio primordial en la Iglesia.

Podríamos decir, con toda certeza, y apegados a la más genuina tradición de la Iglesia, que, tanto en san Lucas como en san Juan, “el don del Espíritu inaugura el tiempo de la Iglesia” (Léon-Dufour).

Para san Juan el Espíritu Santo es el aliento de Jesús (cfr. Jn 20,22), aliento vivificante que penetra en el alma de los discípulos. Para san Lucas el Espíritu es el viento rocío que todo lo renueva, viento cargado de fuego espiritual que fortalece y enciende.

Amabas narraciones, mis queridos hermanos, están densamente impregnadas de simbolismos tomados de la más pura tradición judía que podemos comprobar en el Antiguo Testamento. Así tenemos en diversos lugares la referencia al Espíritu de Dios como una promesa, como signo de los tiempos de la venida del Mesías. Notemos que tanto en hebreo como en griego, lenguas en que se escribieron las Sagradas Escrituras, el espíritu alude al viento (ruah  y pneuma) o aire, como signos de la vida. Pero también tenemos el simbolismo de las lenguas de fuego que a su vez dice relación a la luz, al conocimiento y a la vida, en cuanto que, como contrapartida, las tinieblas son signo de la ignorancia y de la muerte.

San Lucas, además, nos sitúa en una fiesta judía conocida como la fiesta de las semanas (Shebuot) o fiesta de las primicias en su origen, pero que, parece que en tiempos de Jesús, se celebraba el don de la Ley en el Sinaí y la renovación de la alianza. Esto es muy interesante, mis hermanos, porque entonces podríamos entender que el mensaje del evangelista Lucas nos enseña que el Espíritu de Dios, anunciado por el profeta Ezequiel, se nos ha dado por Jesucristo como plenitud de la alianza (Ez 36,25-27). Entonces, el Espíritu es quien sella definitivamente la nueva alianza obrada por Cristo. Él es la garantía de la nueva situación, del hombre nuevo, de la nueva creación sugerida por san Juan al señalarnos que el don del Espíritu, por parte de Jesús, se dio el primer día de la semana, no el séptimo, que era tan importante para la antigua alianza. A partir de entonces el domingo (=día del Señor) es el más importante.

Pero Pentecostés está también estrechamente unido a la Ascensión, ya que una vez que Jesús ha ascendido a los cielos puede enviar su Espíritu sobre los discípulos. San Lucas se inspira en la figura de Elías que también fue arrebatado al cielo y desapareció de la vista de Eliseo, su discípulo. El libro segundo de los Reyes nos refiere que, en cuanto subió al cielo, Elías  dio una doble porción de su Espíritu a Eliseo (2,9-11). Así los hizo Jesús con todos nosotros, sus discípulos.

Como los profetas, el Señor Jesús en diferentes ocasiones prometió el don de su Espíritu. Este don supremo de Dios es el que nos da la vida eterna que se comunica precisamente el conocimiento de Jesucristo, Palabra viva del Padre; es quien nos revela la verdad con toda su fuerza y su eficacia confirmando lo que Jesús nos enseñó; él es quien camina a nuestro lado como defensor y protector para consolarnos, aconsejarnos y fortalecernos en la lucha frente al mal; gracias a Él es como podemos dar testimonio de la fe en el Maestro que nos llena de su sabiduría y de todos los otros dones que nos hacen santos para  Dios; sólo de Él proviene la unidad de los discípulos, tan querida por Jesús y suplicada a su Padre en la noche anterior a su pasión; por el poder del Espíritu Santo, nosotros, según el mandato de Cristo, podemos anunciar la Buena Nueva en los diferentes lenguajes de las diversas culturas del mundo que nos rodea.

En fin, mis queridos hermanos, San Pablo nos dice, que nada de lo bueno y noble que podamos hacer es posible sin el Espíritu; ni siquiera la confesión de Cristo como Señor es posible sin Él. Y, según la promesa del mismo Jesús, el Espíritu se encarga de llevarnos a creer en Él. La fe misma es don suyo.

Así, y mucho más de lo que podemos decir, es el Espíritu de Dios que nos une cada semana a celebrar la Eucaristía, en el día del Señor, el primero de la semana, el que dedicamos a Dios antes de los días de trabajo. El día en que hacemos presente la muerte y resurrección gloriosa de nuestro Salvador, por la cual nos dio su Espíritu que nos acompaña siempre en el camino hacia la patria eterna. Pero es de la Eucaristía también de donde recibimos la fuerza del Espíritu para ser testigos en medio del mundo del trabajo, del descanso, del progreso de la ciencia y de las relaciones amistosas y familiares. ¡Todo lo llena el Espíritu Santo! Con toda la fuerza de nuestro corazón griteos con toda la Iglesia ¡Ven Espíritu Santo!

Junto a nosotros, como el día de Pentecostés, está Nuestra Niña y Señora Santa María de Guadalupe en oración. Y con ella aprendemos a acoger al Espíritu y a dejarlo dar los frutos que le son propios. Que la llena del Espíritu interceda por nosotros. Amén.

 
 
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