Hermanos
y hermanas, América está de fiesta y lo más
maravilloso es que esta nace precisamente en el corazón
mismo de México, en este cerro del Tepeyac, en este
hermoso Santuario repleto de fieles, donde hace 475 años,
la Dulce Señora del Cielo, santa María de Guadalupe, se hiciera
ver entre flores y oír entre cantos a nuestro
amado indio santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin y le revelara
cual era su voluntad.
Hoy, el palpitante latir de los corazones de los miles y miles
de peregrinos de México y América que visitan este sagrado
templo, donde veneramos la Sagrada Imagen Original de
santa María de Guadalupe, quieren ser el pulso unísono
que por los caminos de México y de America, cruzando mares,
cielos, valles y montañas lleven a todos los hombres
que están en uno en esta tierra la razón de nuestra
alegría y con ella el mensaje de encuentro y reconciliación
que nuestra Muchachita Guadalupe, nuestra Dulce Señora y Madrecita
nos ha traído.
Este
maravilloso diálogo de amor que iniciara aquella fría mañana
de invierno de 1531, tiene como lo podemos atestiguar a 475
años de distancia, una repercusión que rebasa no sólo
los límites impuestos por las coordenadas geográficas, sino
también en aquellos donde lo político, social, cultural y
religioso esta impregnado por el mensaje inculturador
que Dios emprendiera con nosotros a través de la maternal
presencia de santa María de Guadalupe.
Cuenta
la más autorizada tradición, el Nican Mopohua, atribuido
a la pluma del culto nahuatlato Antonio Valeriano que
María Santísima encargó al hoy san Juan Diego Cuauhtlatoatzin
gestionará ante el Obispo de México, fray Juan de Zumárraga,
la construcción de un templo. El Obispo puso reparos, pero finalmente
acepto por haber recibido unas flores, comprobado la curación
instantánea de un moribundo y contemplado la imagen de María
inexplicablemente estampada en la ruda y rala Tilma
de Juan Diego, convirtiéndose desde entonces en el más noble
acontecimiento de nuestra naciente patria mestiza. Fueron
para el humilde mensajero Juan Diego cuatro días
de angustia y sobresalto, mismos que superó con admirable tenacidad,
desconcertado por la necia incredulidad de los hombres, pero
confortado a la vez por la palabra blanda y cortés
de su Niña. Y aunque fueron muchas sus idas y venidas, antesalas
y rechazos su empeño por servir a la voluntad de la Señora del
Cielo nunca decreció. Supo salir de las pruebas y dificultades
con el único propósito de no fallarle a la tierna Madrecita
hasta llevar a feliz término el éxito de su encomienda.
Nuestro enamoramiento con
santa María de Guadalupe se realizó a través de un retrato
y de unas flores, como cuando los jóvenes se enamoran.
Así nos conquistó con unas flores de invierno y con un
retrato que ningún artista humano pintó. A orillas
del lago de Texcoco floreció el milagro. En la tilma del indiecito
Juan Diego, como refiere la tradición, pinceles que no eran
de este mundo, dejaron pintada una imagen dulcísima, que la
labor corrosiva de los siglos maravillosamente ha respetado.
(Pío XII)
Este
significativo acontecimiento, patrimonio de la Iglesia
de México, particularmente de esta Ciudad - Arquidiócesis,
nos facilitó en este Año Jubilar, no sólo reconocernos depositarios
de este maravilloso portento, cosa que nos queda muy clara y
además que nos distingue: pues no ha hecho cosa semejante
con ninguna otra nación, sino que también puso delante
de sí la delicada tarea de seguirlo conociendo, profundizándolo
y sobre todo la enorme responsabilidad de compartirlo al mundo
como posible solución a problemas humanamente sin respuesta.
No olvidemos que Ella logró reconciliar a través de su venerable
aliento el antagonismo al que se enfrentaron nuestros
padres indios y españoles en el dramático choque de su encuentro.
Desde
entonces, su maternal protección, auxilio y defensa
no ha dejado de socorrer ninguna necesidad de cuantos la hemos
invocado. Nadie que recurra a Ella quedara sin respuesta, pues
vino para ser nuestro remedio, curar nuestras diferentes
penas, miserias y dolores. Vino a comunicarnos su aliento,
el aliento del mismo Espíritu que la fecundó.
Los festejos jubilares nacidos en el corazón de
esta Arquidiócesis Primada, aunque encuentran su cúlmen
en este día, deberán proyectar en nosotros, la
continuidad de nuestras acciones pastorales y replantearnos
las inmensas posibilidades que tiene el Acontecimiento Guadalupano
como fenómeno de integración y reconciliación,
no exclusivamente para México sino también para
todo el mundo, olvidando nuestros antagonismos y esforzándonos
en nuestra unidad. Si nos reconocemos como hermanos y miembros
de una misma familia universal, entonces nuestros conflictos
y problemas encontraran una mejor solución, pues nosotros
los mexicanos y los españoles somos la prueba viva y
permanente de que el imposible humano se hizo posible en Santa
María de Guadalupe: reconciliadora de nuestros orígenes.
Al invocar a santa María de Guadalupe como Madre de América
pongamos bajo su protección el destino de este Continente
nuevo bastión de la cristiandad, rico por su fecunda
historia de fe. Desde este Continente de la esperanza debemos
impulsar una nueva evangelización que responda con valentía,
vigoroso y permanente empeño a los desafíos del
mundo actual.
Este proceso de recristianización deberá estar
animado e inspirado, sí en el impulso de nuestros pastores
y de todos los demás agentes de la pastoral, pero sobre
todo apoyados en el método que utilizó santa María
de Guadalupe al evangelizar estas tierras, teniendo muy presente
la cultura, inculturando profundamente el Evangelio. Así
como Ella asumió el misterio de la Encarnación
de su Hijo, modelo de toda inculturación, para salvar
al hombre respetando su cultura. María de Guadalupe,
no es un hecho del pasado pues sigue presente en el caminar
de esta Iglesia continental. Casi cinco siglos de historia son
testigos de la presencia maternal y solícita de esta
Señora del Cielo: sin Ella América estaría
incompleta. Además sus palabras y sus gestos siguen vivos
en el corazón de nuestros pueblos.
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