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Homilía
pronunciada por el M.I. Sr. Cango.
Fidel González Fernández, mccj,
durante la Misa Capitular del V Aniversario de
la Canonización de Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
31
de julio de 2007
Hace
hoy cinco años, en este mismo lugar y ante la Sagrada
Tilma donde se encuentra estampada la imagen de Nuestra
Madre Santa María de Guadalupe, Su Santidad el Siervo
de Dios Juan Pablo II canonizaba al humilde servidor y embajador
de Santa María de Guadalupe, Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
Lo hacía ante toda la Iglesia universal con uno de
los gestos más alto del magisterio pontificio: el
de la canonización. No se elevan a los altares o
se canonizan ideas o mitos, sino personas históricas,
afirmando que han entrado ciertamente en la comunión
celestial de los santos y que por ello los podemos tener
como nuestro hermanos, que participando de la gloria eterna
de Cristo Resucitado han alcanzado en plenitud el Destino
para el que hemos sido creados y redimidos, y que por ello
mismo pueden ser ante Cristo Señor, intercesores
nuestros, abogados y apoyo en nuestro camino de peregrinos
en el tiempo y en el espacio de este mundo.
Pero además, el hecho de la canonización
de Juan Diego Cuauhtlatoatzin nos hace entrar de lleno
en el significado histórico y actual del Acontecimiento
guadalupano.
El Acontecimiento Guadalupano y de su protagonista principal
indígena, Juan Diego Cuauhtlatoatzin nos llevan
a medir el pulso y a entrar en el corazón del pueblo
mexicano y de toda América . Nos encontramos ante
un acontecimiento histórico que ha dado vida y
sentido al catolicismo mexicano y latinoamericano y que,
contra todo lo que se pudiera imaginar, hizo posible un
encuentro de dos mundos y el nacimiento del pueblo católico
en el Nuevo Mundo.
Nos encontramos ante una historia de carne y hueso y no
ante un mito, convertido en símbolo querido y respetado.
El proceso de canonización de Juan Diego con las
numerosas investigaciones históricas y otros estudios
que la han precedido o seguido lo han rejado claramente
demostrado. El Acontecimiento guadalupano es un hecho
histórico que se encuentra “en los orígenes
de la nueva historia del continente americano”,
es decir, de la historia de sus raíces católicas
en lo que siglos más adelante se comenzó
a llamar América Latina, y de la clave de su inteligencia
y que ha tenido un influjo fundamental y lo sigue teniendo
hasta hoy en todo el Nuevo Mundo y más allá
de sus fronteras.
Los hechos guadalupanos de México y la persona
del indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin nos llevan a la demostración
de la relevancia de este gran Acontecimiento que se injerta
en la historia de la Iglesia como una profecía,
un milagro (=signo de gracia) y un hecho evangelizador,
y por lo tanto como una gracia salvífica para quienes
a él se acercan con un corazón abierto a
la gracia.
Es significativo que los testimonios sobre el Hecho Guadalupano
no se puedan catalogar siguiendo las mismas pautas o bajo
los mismos cánones comunes a otros hechos. Ello
demuestra que los testimonios no fueron fabricados para
crear un mito; son testimonios de algo que ya había
acontecido y que los diversos documentos reflejan según
las circunstancias que les han dado origen y con los límites
impuestos por las mismas en su finalidad y en su dimensión.
Para embellecerlo, el Hecho Guadalupano no necesita ser
mitificado. Tampoco necesita que se imaginen datos históricamente
indemostrables. Esto pertenecería al ámbito
de la novela, pero no a la historia en cuanto tal. Guadalupe
ni es un mito ni es una novela. Las personas que pasaron
por el Tepeyac, que dejaron sus huellas escritas en crónicas,
en documentos de vario género o en composiciones
poéticas y en obras pictóricas o plásticas,
tenían en los siglos XVI y XVII una sensibilidad
y un espíritu crítico como lo podemos tener
también nosotros hoy.
La diferencia entre historia y mito la tenían ya
muy clara las personas de aquellos tiempos, como lo demuestran
las Informaciones Jurídicas de 1666, que quieren
dejar bien asentadas las bases históricas de lo
sucedido y no se conforman con relatar simples historias
o fábulas para edificar al oyente. Los testimonios
guadalupanos, desde sus comienzos, son sobrios, y a excepción
de algunos documentos encuadrados en un contexto poético
como el Nican Mopohua o afines, se distancian de toda
ampulosidad poética o de todo embellecimiento artístico
rebuscado. Los datos que todos los documentos presentan
son escuetos y descarnados al máximo; son puro
hueso y basta.
Ciertamente no poseemos una crónica detallada,
notarial de los acontecimientos de Guadalupe, si se salva
la composición poética del Nican Mopohua.
Más adelante también tenemos las llamadas
Informaciones Jurídicas de 1666, que recogen los
testimonios directos de indios, criollos y españoles
que escucharon y trasmitieron sobre los hechos.
En la historia guadalupana nos encontramos con varios
protagonistas claves: Ante todo la Virgen María,
Madre de Dios, Madre del Verbo encarnado que lleva en
su seno y que presenta como centro de su mensaje. De hecho
el “corazón” de la Imagen guadalupana
es el “seno virginal” de María que
lleva como tabernáculo el Verbo Hecho allí
carne, Jesucristo Señor. Cristo es el Centro del
Mensaje. Por ello el icono del María de Guadalupe
es misteriosamente un icono cristocéntrico. Es
el personaje clave. Luego está Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
el inígena misteriosamente elegido por Dios como
receptor y mensajero o embajador del mensaje. Después
está el neoelecto y primer obispo de México,
el misionero español franciscano Fray Juan de Zumárraga.
Él es el destinatario del mensaje. Es decir, aquel
que representa a la Iglesia que debe poner en marcha el
mandado de la Virgen: la construcción de una morada,
de una casita o una ermita, lugar de encuentro, de acogida
y de misericordia para todos, indistintamente de su pertenencia
étnica, social e incluso religiosa. En estos dos
personajes humanos pueden verse representados los dos
mundos hasta entonces enfrentados y el significado del
encuentro guadalupano come sentido del acontecimiento
de gracia que se estaba llevando a cabo en el Tepeyac
de manos de María.
En la historia guadalupana ante todo sale a la luz con
fuerza el imán irresistible del Hecho, la transformación
que trajo consigo, la apertura de mentes y corazones,
los “milagros” que operó en la gente
y los ríos de peregrinos encaminados hacia la pequeña
ermita del Tepeyac. Estos fueron los aspectos principales
que llamaron la atención de la gente, de los testigos,
de cuantos dejaron algo escrito sobre el asunto, aunque
fuese de pasada. Otros aspectos que hoy nos gustaría
saber, como la personalidad misma del vidente Juan Diego,
quedan allí, en pie, delante del hecho, pero en
la penumbra; no es el indio Juan Diego el centro de los
hechos; es sólo el enviado, el altavoz.
El centro es Santa María de Guadalupe, el Niño
que lleva en su seno, y lo que dice o mejor, lo que quiere:
que en el lugar de las apariciones se edifique o construya
una iglesia, una casa en honor de Aquel Hijo Divino que
lleva en sus entrañas, y que es el Centro de todo;
que el Tepeyac sea el corazón, la morada de Cristo
y por lo tanto la morada de todos, sin distinción
de lengua, raza y nación. Que sea un lugar donde
todo platique, hable, refleje la misericordia de Dios.
La imagen misma guadalupana es la fotografía más
sublime de esta misericordia divina. Santa María
de Guadalupe puede ostentar por ello el título
de “Madre de la Misericordia” por se Ella
Madre de Dios. Todo aquí habla de misericordia,
de acogida, de perdón, de reconciliación.
Y aquí Juan Diego, el indito Juan Diego, es el
embajador, el enviado, el evangelista de tal Misterio
de Misericordia.
La personalidad de Juan Diego Cuauhtlatoatzin hay que
descubrirla limpiando los cristales de los tiempos históricos.
Los indicios que tenemos, sobre todo de quienes han estado
más cercanos a él, los indios sus paisanos,
son claros y conmovedores. Ellos lo conocieron y lo estimaron
por lo que él era. Supieron colocarlo en su justo
marco y en la importancia que ha tenido. Los documentos
que nos describen los pormenores de las apariciones son
precisamente las fuentes indígenas. Y en ellos
aparece la figura de Juan Diego enmarcada en su gran sencillez,
humildad y total disponibilidad a la obediencia al Misterio.
Los lectores de hoy esperan que una biografía detallada
de personajes como Juan Diego. Las preocupaciones de los
antiguos eran muy distintas. Por ello es necesario prestar
toda la atención a cualquier detalle documental,
por mínimo que aparezca a la hora de escribir sobre
Juan Diego, sobretodo si como en el caso de Juan Diego
en su tiempo pertenecía a un grupo social que ya
no contaba nada en la sociedad. Sin embargo, las informaciones
guadalupanas y las referencias a Juan Diego abundan de
una manera progresiva. Es a partir de estas afirmaciones
que podemos reconstruir la historia inicial guadalupana
y de sus protagonistas. No poseemos una descripción,
por ejemplo, del aspecto físico de Juan Diego o
de su familia, como tampoco la tenemos de otros personajes
importantes contemporáneos suyos del mundo indígena.
Y sin embargo podemos, con los pocos elementos que la
variada documentación nos ofrece, reconstruir algunos
datos fundamentales de su vida. Si Juan Diego era un personaje
del pueblo, habrá vivido, trabajado y vestido como
su gente. Si Juan Diego es uno de los primeros indios
bautizados se habrá comportado en este proceso
de cambio de su vida como la casi totalidad de sus paisanos.
Además, los acontecimientos se dan en los momentos
más trágicos del pasaje de un mundo a otro.
No hay nada de pacífico ni de tranquilo. La violencia
predomina y corren ríos de sangre. Sería
absurdo pretender encontrar los datos anagráficos
de un indio sumergido en este mundo de contradicciones.
Lo que hay que buscar son los indicios que constituyan
pruebas históricas. En el caso del culto guadalupano,
estos indicios escritos, los figurativos (estampas, imágenes,
pinturas, medallas u objetos relativos al culto guadalupano),
los llamados “archivos orales” (tradiciones
trasmitidas fielmente por el mundo indígena e incluso
español y criollo mexicano), y los hallazgos arqueológicos
sobreabundan. Pero también tenemos estos indicios
en tres lugares explícitamente unidos a su vida:
Cuautitlan, Tulpetlac y San Juanico. No poseer pruebas
notariales sobre los lugares o movimientos de Juan Diego
no quiere decir que estos lugares no estén unidos
a la vida de Juan Diego. Los documentos históricos,
aunque aparentemente se presenten como aislados, en realidad
forman parte de un proceso histórico unitario cuyas
consecuencias están a la vista de todos hoy: la
formación de una conciencia católica en
el continente americano. Casi 500 años después
de aquel 1531 fecha del “encuentro de la Virgen
de Guadalupe y Juan Diego”, el Acontecimiento Guadalupano
continúa siendo un hecho eficaz hoy, en cada uno
de sus elementos y de sus personajes, incluso con la fuerza
y debilidades de los antiguos personajes.
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| Muchos,
empezando por el Nican Mopohua, han llamado al indio Juan
Diego “el mensajero de Santa María”;
él, a pesar de haber estado en la penumbra de los
documentos históricos, continua cumpliendo con su
misión. Por ello el Papa Juan Pablo II reconoce su
culto con la beatificación del 6 de Mayo de 1990
y lo canoniza el 31 de Julio del 2002, proponiéndolo
así a toda la Iglesia con su autoridad apostólica,
no solo como modelo sino como “evangelista y profeta”
de aquel Acontecimiento, el Guadalupano, que está
al origen del proceso histórico evangelizador del
Nuevo Mundo. Hay otro dato que no se puede olvidar: este
“mensajero de Santa María” era un indio;
su mensaje fue dado ante todo a los indios; y serán
los indios quienes lo entenderán y se beneficiarán
ante todo. Su mundo cultural y sus expresiones no se pueden
soslayar para entender el acontecimiento y su mensaje. Pero
el mensaje guadalupano mandado a través del indio
Juan Diego Cuautlatoatzin fue para todos: indios y españoles,
mestizos y criollos. Tampoco esto se puede olvidar a la
hora de interpretar mensajes y subrayados. Los personajes
del mundo mexicano y guadalupano vivían y actuaban
en un mundo poblado por gente real, de indios, españoles,
criollos, mestizos… Se trata de una realidad multiétnica
y cosmopolita que lentamente se va amalgamando y de la que
nacerá la experiencia nacional mexicana, latinoamericana
y americana continental. No se puede pasar por alto este
proceso fundamental.
Santa María se aparece
a Juan Diego en un momento dramático, pero las apariciones
van dirigidas al obispo de México, Fray Juan de Zumárraga.
Él es el destinatario de las mismas. Así explícitamente
se lo dice la Virgen a Juan Diego: el obispo debe certificarlas,
debe seguir la indicación de la Virgen construyendo
una ermita en el Tepeyac en honor de Cristo Señor,
fruto bendito del vientre santísimo de María
Virgen, para que aquí acudan todos a encontrarse
con el misterio de la misericordia y de la reconciliación
divina, derramada a raudales por la Madre de Dios y nuestra.
Juan de Zumárraga, el obispo de México, representa
a la Iglesia de Dios, Santa y Peregrina al mismo tiempo,
y a los apóstoles, que son los escogidos por Cristo
para ser testigos de su resurrección.
Juan Diego, el indígena, y Juan de Zumárraga,
el obispo misionero español, representan fuertemente
a los destinatarios del encuentro y la modalidad del mismo.
En Guadalupe se vive y se toca el misterio insondable de
la Iglesia de Cristo, de su misioneridad y de su catolicidad
apostólica.
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