Monseñor
Jorge Palencia, Vicerrector del Santuario, quiero a través
de usted agradecer al Rector y todos los canónicos
por esta invitación que me hicieron de presidir esta
celebración de los Caballeros de la Orden de Malta,
quiero saludar en modo particular a Don José, usted
sabe que lo considero mi amigo al igual que a todos sus
compañeros, los Caballeros, que tienen esta bella
tradición de congregar a sus enfermos, en estos días
próximos a los festejos del aniversario de la canonización
de san Juan Diego; para celebrar nuestra fe en presencia
de Jesús el Hijo de Dios y de su madre nuestra Señora
María de Guadalupe.
¡Estoy muy feliz de celebrar! Ustedes
saben que es la primera vez que celebró la misa
en este lugar tan especial para ustedes y para mí.
Quiero expresar mi agradecimiento a todos ustedes por
su presencia y compartir algunas palabras, así
me indicaron como representante del Santo Padre apenas
llegado en este país, en este lindo país.
Para reflexionar sobre misterio de la vida, ese misterio
que ustedes, enfermos, y en cierto modo podemos decir;
que cada uno de nosotros somos de cualquier modo, enfermos,
o tenemos enfermos muy cerca de nosotros o hemos tenido
una enfermedad, o más profundamente tenemos enfermedades
que no se ven, que no se notan, que nadie puede ver, solamente
nosotros, y que nos hacen sufrir mucho más de lo
que aparece.
Entonces todos nosotros hoy de frente a la mirada cariñosa
de nuestra Madre somos llamados a entender mejor el misterio
de nuestra vida, que es también misterio de sufrimiento.
Cristo, el Hijo de Dios, vino fue
enviado por su Padre, y Él siempre se nos presenta
como el Hijo del Padre; Aquel que viene para revelarnos
el amor de Dios, vino precisamente para manifestar, revelar,
que Dios es amor. Ustedes saben la importancia que el
Santo Padre Benedicto XVI está dando a este mensaje
de amor, que es el esencial de nuestra fe.
De hecho nos dice; el Santo Padre siempre en casi todas
sus homilías, todas sus intervenciones, que: nuestra
fe no es solamente idea, ideología, nuestra fe
es una persona que viene a decirnos que Dios nos ama,
y a través de este mensaje, él está
repitiendo lo que siempre María en sus varias intervenciones
nos ha dicho también: no debemos olvidar que Dios
es amor, que es un Dios que ama a cada uno de nosotros
y nos da la fuerza para vivir nuestra vida como respuesta
de amor, al amor de Dios. De modo que en nuestra vida
sea este diálogo permanente que un Dios vivo, que
quiere vivir cerca de nosotros.
Y cuando experimentamos, como ustedes
lo experimentan, con mucho dolor, el sufrimiento de la
enfermedad, cualquier enfermedad, ya sea física,
moral o psicológica. Ustedes experimentan también
la necesidad profunda de entender el sentido de este sufrimiento;
pero no lo podemos entender si alguien no viene a nosotros
para decirnos: “este es el sentido”, para
revelarnos que el sufrimiento tiene sentido.
Y Jesús, Hijo del Padre, nos lo dice no tanto con
palabras, si no con su presencia, lo vimos en cualquier
lugar acercándose a los que sufren para ayudarlos
a vivir su sufrimiento. A veces Él les cura, les
da vida de todas maneras a todos. Él da vida, una
vida nueva.
Es el Jesús, que Dios Padre fuente de amor nos
ha enviado, y María está ahí para
indicarnos a este Jesús, para ayudarnos acercarnos
a Él, y no tener miedo de aceptar su presencia,
su Palabra. Es por eso que ustedes amigos, enfermos, es
por eso que ustedes han venido, hoy, buscando un tiempo
de silencio y oración.
En esta semana, cuando nos adentramos
en un modo particular de Juan Diego, y de su tío,
no se si se acuerdan, su tío Juan Bernardino fue
curado también por interseción de María,
entonces hoy es un día de esperanza, un día
de alegría a pesar del dolor y del sufrimiento.
La Iglesia en la liturgia de este domingo, nos ofrece
un camino, el camino para encontrar este sentido que Dios
puede dar a través de la presencia de Cristo a
todos nuestros sufrimientos, y este camino tiene un nombre,
nos lo dice el Evangelio de hoy, y todas las lecturas
que apenas hemos oído; este camino, es el camino
de la oración.
Los discípulos, compañeros
de Jesús llamados para ser con Él, como
nosotros, la llamada a la santidad, a la llamada a ser
discípulos, es para todos, todos somos llamados
a estar con Él, como los discípulos, entonces
estos discípulos que vivían con Él
poco a poco fueron conducidos a descubrir quien era ese
Jesús.
Lo que ellos notaron más, fue esa relación
muy particular que Él tenía con esta persona
que Él decía que era su Padre, Dios, lo
veía cada día, cada momento libre, cada
momento de libertad, yo diría que la oración
para Jesús era el ejercicio de su libertad, era
la fuente de su vida, sentían que Jesús,
sentía la necesidad de acercarse a su Padre para
tener la fuerza de vivir, la oración como realidad
esencial de toda su existencia, poco a poco los discípulos
descubrieron el secreto de Jesús, que era esta
relación con su Padre.
En todo el Evangelio podemos notar la
presencia de la oración de Jesús, siempre
Jesús cuando hace algo Él reza, y es interesante
porque vivimos en un mundo donde nosotros queremos hacer
cosas con nuestro poder humano.
Aquí, hoy estoy saludando de modo especial a todos
los que trabajan en el campo de la salud: los médicos,
enfermeras, de todos los que hacen y dan un servicio maravilloso,
para ayudar a descubrir más sobre las enfermedades,
pero no es suficiente hacer, no es suficiente estudiar,
no es suficiente trabajar, es importante, pero no es suficiente.
Hace falta algo. Jesús, de vez en cuando Él
era todo un médico, curaba, pero nunca se olvidaba
la oración.
Entonces la oración no es un acto
inútil, aparentemente el mundo de hoy considera
que la oración es un acto superfluo, que tiene
sentido nada más para los creyentes. No es verdad,
la oración es parte esencial de nuestra vida humana,
porque el hombre no puede entenderse sin esta dimensión
religiosa, esa expresión profunda hacia con Dios,
porque Dios es el origen y el fin de todo.
Y nosotros no podemos comprender el misterio
de nuestra existencia, sin entender que somos de Dios
y que vamos a Dios, y que también el sufrimiento,
la enfermedad, son parte del misterio de nuestra vida
como un pasaje, una purificación. El misterio del
sufrimiento tiene sentido, tiene sentido porque así
nos lo revela Jesús, y Él lo va vivir de
un modo tremendo en la cruz.
Él también va experimentar a la muerte,
mas también nos dice que el sufrimiento y la muerte
no es el fin de todo, es como la preparación para
una nueva vida, eso lo podemos entender solamente con
la oración.
Entonces los discípulos de Jesús,
vieron que Jesús daba mucha importancia a esta
relación y en el momento más difícil
de su vida, cuando se encontraba sólo en la cruz
Jesús hizo una oración espectacular, que
algunos notaron, Juan en particular. “Padre, ¿por
qué me abandonaste?”, ese es el tipo de oración
que estoy seguro que alguno de ustedes hace de vez en
cuando, cuando no pueden más con el sufrimiento.
Nunca tenemos que abandonar la oración.
Los discípulos preguntaron un día a su Maestro,
como nos dice el Evangelio de hoy, ¿qué
tenemos que hacer para rezar como Tú lo haces?
Y Jesús prácticamente les enseñó
la oración que Él mismo hacia.
Entonces la verdadera oración,
es la oración de Jesús, es por eso que nosotros
necesitamos escuchar este Evangelio, esta Palabra de Jesús,
que nos dice como hacer las cosas. “Cuando ustedes
recen digan: Padre santificado sea tu nombre, venga a
tu Reino”. Entonces esta es la oración que
tenemos que aprender, dejar el Reino de Dios, es decir;
su presencia en nuestra vida, su dominio sobre nuestra
existencia, su amor penetrar dentro de nuestro corazón,
penetrar dentro de nuestras vidas, penetrar dentro de
nuestras familias, penetrar dentro de nuestra sociedad,
para poder transformarnos y abrir nuestros corazones a
esta presencia.
Con esta presencia vamos a encontrar el sentido de todo,
también el de nuestro sufrimiento. Ahí vamos
a encontrar el modo de esperar, cuando no hay razones
para esperar más. Ahí vamos a encontrar
el modo de creer, cuando falta la fe, porque la vida es
demasiado difícil. Ahí vamos a encontrar
el modo de amar, a pesar del resentimiento y del odio
que tenemos en nuestro corazón.
En la oración podemos ver que el
sufrimiento es camino hacia la vida, que la muerte no
es el final, sino la puerta abierta hacia mi Padre. Jesús
lo experimentó y quiere que cada uno de nosotros
lo experimentemos también.
Hermanos, hermanas, que sufren, y cuando hablo de sufrimiento
hablo a todos ustedes y a mí también. Hermanos
y hermanas que sufrimos estamos aquí de frente
a Jesús Resucitado que pasó por la muerte,
estamos aquí de frente a nuestra Madre para recibir
este mensaje de Fe, de Esperanza, de Amor. Amén.