Muy queridos hermanos y hermanas:
El domingo pasado contemplábamos al profeta desde su elección
por parte de Dios hasta el ejercicio de su ministerio profético
en medio de dificultades y oposiciones de sus enemigos.
El hilo conductor de la Palabra de Dios
que hemos proclamado, es el de la vocación. Mensaje
constante y actual donde Dios llama, y la persona, si quiere, responde.
Las lecturas de hoy nos llevan a profundizar en
el proceso por el que pasa un auténtico profeta. Proceso que comienza
en un diálogo que Dios inicia dándose primero a conocer al profeta.
Dios se revela en su misterio y en sus proyectos. El
profeta al conocer a Dios y tener una experiencia de Él, reconoce
al mismo tiempo su indignidad y su pobreza e incapacidad de
permanecer en la presencia santísima de Dios. Se reconoce pecador;
pero al final da a conocer al Dios vivo, no de manera abstracta, sino
concreta e incidente. Afectando toda la vida del hombre.
El profeta, mis queridos hermanos y hermanas, es
más que un adivino o futurólogo, más que
un visionario o personaje esotérico que
pesca en los días revueltos en estos tiempos tan escasos de esperanza
y expectativas de futuro. El auténtico profeta es aquel que
reconoce y se sabe llamado por Dios. Su elección no está sujeta
a una iniciativa propia, ni determinada por cualidades o condiciones
heredadas, simple y sencillamente es elegido y llamado por Dios.
Es alguien que ya no actúa por cuenta propia, sino por cuenta y en
nombre de Dios. De ahí lo que escuchábamos en la primera lectura:
¿a quién enviaré? ¿quién irá de parte mía? le dice el Señor.
La llamada y el envío hacen del profeta
un personaje público, que no puede guardar para sí la experiencia de Dios, a
diferencia de los místicos, pues la naturaleza de su vocación
lo sitúa pública y abiertamente ante unos destinatarios, frecuentemente
hostiles a su misión. La misión pública exige al profeta
enfrentarse abiertamente a personas e instituciones
poderosas.
El profeta sobre todo es el hombre de la
palabra, esta es la herramienta más característica de su oficio.
Jeremías, Isaías y Ezequiel ante su incapacidad son
revestidos con el don de la palabra, entonces, a través
de su ministerio, la palabra de Dios interviene en la historia y se
encarna en ella para juzgarla, reconvertirla y salvarla.
Mis amados hermanos, la palabra del profeta se
mueve en dos direcciones: arranca y destruye, para enseguida,
edificar y plantar. Tiene ante sí la ardua tarea de
no sólo de denunciar y castigar, sino más bien de edificar y plantar,
es decir, promover el cambio y la conversión, alimentar la esperanza,
anunciar la salvación y construir el futuro.
Lo descrito hasta aquí mis hermanos, lo vemos ilustrado
de alguna manera en la desconfianza de Pedro y en la
misma actividad evangelizadora de Pablo, la cual tiene
como testigo su experiencia con el resucitado. Si Pablo no hubiera
tenido la experiencia de Jesucristo en el camino de Damasco, su mensaje
estuviera vacío, además de haber sido rechazado, dados los recelos
que tenían sobre su persona. ¿Cómo podemos dar testimonio de
Él sino no nos hemos encontrado con Él?
Hoy más que nunca la experiencia de Dios se hace
necesaria, pues esta se hace tan diferente cuando se ve, de ahí que
la gran mística santa Teresa dijera: «Es cosa extraña cuán diferentemente
se entiende de lo que después de experimentado se ve»
En la escena del Evangelio, la experiencia de Pedro
está marcada por un encuentro donde Jesús toma la iniciativa, en ella,
los relatos de vocación encontrados en el Antiguo Testamento siguen
el mismo esquema. Es Dios quien llama, invita, anima y propone.
Sólo hace falta la respuesta, respuesta que debe darse y fundamentarse
en Jesús, en la fuerza de su palabra, en su testimonio,
pues si no nos dejamos fiar de Él, a nosotros como a Pedro nos costará
creer. Pues si nos llama, es porque Él nos capacita
también para responder a su llamado. Es cuestión sólo de confiar
más en Él, que en nuestros propios esfuerzos e intereses.
Mis amados hermanos y hermanas que la meditación
de estos textos, nos lleven a descubrir en el aquí y en el ahora,
el llamado que Dios nos hace. Cada cual desde su propia vida, desde
su talante, debe saber cómo responder a la llamada del
Señor. Que en la diversidad de vocaciones con que Dios nos ha bendecido
seamos apóstoles y pescadores de hombres. Cada uno preguntémosle
al Señor que quiere de nosotros, qué nos pide,
qué misión nos confía y que a ello sepamos responderle
con generosidad, con confianza, dispuestos a dejar y a cambiar lo
que sea para ponerse en camino con Jesús
Pidámosle especialmente en esta Eucaristía dominical,
nos conceda vivir más intensa y profundamente nuestra vocación
de bautizados. Que nuestra participación en el misterio pascual
del Señor nos recuerde nuestra misión: ite, missa est.
Vayan en paz, la misa ha terminado.
Que nuestra Muchachita santa María de Guadalupe,
Reina de los apóstoles y de los profetas anime nuestro
seguimiento de Jesús, que en este camino por hacer la voluntad
de Dios, nada nos espante, nada nos inquiete, nada turbe nuestro corazón,
pues Ella es nuestra tierna y compasiva Madre. Que así sea.