AL PROFETA SE LE RECONOCE POR SUS OBRAS
Hermanos, las maravillas que Dios realiza entre
nosotros no cesan de revelarnos su presencia bienhechora. Porque
Cristo, enviado por el Padre para salvarnos, actúa hoy permanentemente
a través de la Iglesia; ella, entonces, y por voluntad
del que la creó, hace la obra divina de la salvación. En efecto,
la Iglesia, como lo vimos en la fiesta de Pentecostés,
tiene la misma misión de Cristo de llevar a cabo acciones que hagan
que la oferta de salvación sea aceptada por todos los hombres.
Esto es un aspecto de su ministerio profético, es decir, de su tarea
de anunciar la Buena Noticia de salvación a toda la humanidad.
Las lecturas de hoy nos relatan dos milagros
que, como siempre han de entenderse, son signos de algo más
trascendente. Se dan para que quienes están abiertos a la Palabra
de Dios, descubran ya como creyentes iniciales algo más de lo que
aparece en los hechos escuetos: su dimensión trascendente.
El profeta Elías, en la primera lectura
que hoy hemos escuchado, se nos presenta como uno que invoca al
único que puede dar la vida. Él no devuelve la vida, sino que
la suplica a Dios. Aquella mujer viuda de Sarepta que había
hospedado al profeta primeramente pensó que Dios la había visitado
para castigarla por sus pecados quitándole a su hijo único. Después
de que Elías se lo devuelve nuevamente vivo, ella reconoce,
por ese signo, que él es un hombre de Dios, pues se cumple
la palabra que pronuncia. Pero además descubre que el Dios de Elías,
es Dios de vida y no de muerte como pensaba al temer que
le quitara a su hijo.
En el evangelio de hoy Jesús aparece como un
nuevo Elías, pero superior simplemente por el hecho de que éste
suplicaba a Dios por la vida del niño difunto, mientras que Jesús
por sí mismo le devuelve la vida. En el domingo pasado del tiempo
ordinario, aparece la fe como algo previo al milagro el cual
se recibe como una especie de premio. Jesús, en efecto no responde
nada al centurión, simplemente comenta que no ha encontrado en
Israel una fe tan grande como la del hombre que pide con fe la salud
para su criado. En el episodio evangélico de hoy, que sigue al
que hemos hecho referencia, la fe se ve más bien como un
don. Es el milagro el que incita a tener fe y descubrirlo como
un signo inequívoco de la misericordia de Dios.
Es importante notar que en el pasaje que sigue
en este mismo evangelio de Lucas, Jesús asegura que la llegada
de los tiempos mesiánicos es un hecho porque los muertos resucitan
y a los pobres se les anuncia el evangelio (Lc 7,22). Tenemos
entonces, en la narración de hoy que, como respuesta a Juan Bautista
que le pregunta acerca de su identidad como mesías, Jesús da dos señales
de los tiempos mesiánicos: el anuncio del evangelio a los pobres
y la resurrección de los muertos. A la viuda de Naín, en efecto,
que es pobre, le anuncia el evangelio para que crea mediante la devolución
de su hijo vivo.
Las señales que tanto Elías como Jesús comunican
llevan a un Dios que se caracteriza por ser señor de la vida.
Estas señales de los tiempos mesiánicos siguen siendo también hoy
indicios inequívocos de un evangelio, es decir, de una buena noticia
para el mundo. Son señales que la Iglesia y cada uno de los que
la formamos hemos de dar para cumplir la misión que se nos ha encomendado.
No son sólo las palabras, por convincentes que parezcan, las que dan
fe de lo que hemos vivido acerca del misterio de Jesús en medio del
mundo. Son necesarios los hechos creíbles, el testimonio.
Frecuentemente los católicos nos quejamos de
la increencia de un número cada vez más grande de gente y del
aumento de católicos que abandona la fe. En lugar de seguir lamentándonos
del hecho, que por otro lado es innegable, sería muy conveniente
que volviéramos la mirada hacia nosotros mismos para ver si nuestra
vida corresponde a lo que profesamos, de tal manera que, viéndonos,
los demás tengan motivos suficientes y razonables para creer. La
fe no se percibe sino a través de la obras (cf. St 2,18). Igualmente
la fe sólo se puede comunicar por el testimonio de vida. Repito
no bastan las palabras. Fácilmente pueden ser desmentidas por
el testimonio. Siendo más concreto, diría yo, mis hermanos, que quienes
quieran ver podrán creer, esperar y amar a lo cristiano, si ven en
nuestra manera de vivir la coherencia entre el evangelio y lo que
predicamos.
Aquella viuda pobre de Sarepta y sin su hijo en
el cual veía cierta seguridad en su vida, igual que la de Naín junto
con todos los del cortejo fúnebre descubrieron en la actitud misericordiosa
de Elías y de Jesús, la bondad de Dios y la certeza de lo que anunciaban.
Anunciar el evangelio, mis hermanos, exige coherencia
consigo mismo y generosidad para con Dios y para con aquellos a quienes
les prestamos este servicio como Comunidad o individualmente.
La
Eucaristía, es el lugar de encuentro
sincero con Dios y con los hermanos que nos ayuda a vivir nuestra vocación
profética a favor de los hombres de buena voluntad que buscan y aman
la verdad. Desde ella, juntos, unidos a Cristo, damos gloria a
Dios y al mundo un signo muy fuerte por medio de la unidad y la
caridad cristianas. Y María, Nuestra Dulce Señora del Tepeyac, Madre
de misericordia continué mostrándonos y conduciéndonos a su Hijo Jesucristo
nuestro Hermano y Verdaderísimo Dios por quien se vive.