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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el X Domingo Ordinario.

10 de junio de 2007

AL PROFETA SE LE RECONOCE POR SUS OBRAS

Hermanos, las maravillas que Dios realiza entre nosotros no cesan de revelarnos su presencia bienhechora. Porque Cristo, enviado por el Padre para salvarnos, actúa hoy permanentemente a través de la Iglesia; ella, entonces, y por voluntad del que la creó, hace la obra divina de la salvación. En efecto, la Iglesia, como lo vimos en la fiesta de Pentecostés, tiene la misma misión de Cristo de llevar a cabo acciones que hagan que la oferta de salvación sea aceptada por todos los hombres. Esto es un aspecto de su ministerio profético, es decir, de su tarea de anunciar la Buena Noticia de salvación a toda la humanidad.

Las lecturas de hoy nos relatan dos milagros que, como siempre han de entenderse, son signos de algo más trascendente. Se dan para que quienes están abiertos a la Palabra de Dios, descubran ya como creyentes iniciales algo más de lo que aparece en los hechos escuetos: su dimensión trascendente.

El profeta Elías, en la primera lectura que hoy hemos escuchado, se nos presenta como uno que invoca al único que puede dar la vida. Él no devuelve la vida, sino que la suplica a Dios. Aquella mujer viuda de Sarepta que había hospedado al profeta primeramente pensó que Dios la había visitado para castigarla por sus pecados quitándole a su hijo único. Después de que Elías se lo devuelve nuevamente vivo, ella reconoce, por ese signo, que él es un hombre de Dios, pues se cumple la palabra que pronuncia. Pero además descubre que el Dios de Elías, es Dios de  vida y no de muerte como pensaba al temer que le quitara a su hijo.

En el evangelio de hoy Jesús aparece como un nuevo Elías, pero superior simplemente por el hecho de que éste suplicaba a Dios por la vida del niño difunto, mientras que Jesús por sí mismo le devuelve la vida. En el domingo pasado del tiempo ordinario, aparece la fe como algo previo al milagro el cual se recibe como una especie de premio. Jesús, en efecto no responde nada al centurión, simplemente comenta que no ha encontrado en Israel una fe tan grande como la del hombre que pide con fe la salud para su criado. En el episodio evangélico de hoy, que sigue al que hemos hecho referencia, la fe se ve más bien como un don. Es el milagro el que incita a tener fe y descubrirlo como un signo inequívoco de la misericordia de Dios.

Es importante notar que en el pasaje que sigue en este mismo evangelio de Lucas, Jesús asegura que la llegada de los tiempos mesiánicos es un hecho porque los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el evangelio (Lc 7,22). Tenemos entonces, en la narración de hoy que, como respuesta a Juan Bautista que le pregunta acerca de su identidad como mesías, Jesús da dos señales de los tiempos mesiánicos: el anuncio del evangelio a los pobres y la resurrección de los muertos. A la viuda de Naín, en efecto, que es pobre, le anuncia el evangelio para que crea mediante la devolución de su hijo vivo.

Las señales que tanto Elías como Jesús comunican llevan a un Dios que se caracteriza por ser señor de la vida. Estas señales de los tiempos mesiánicos siguen siendo también hoy indicios inequívocos de un evangelio, es decir, de una buena noticia para el mundo. Son señales que la Iglesia y cada uno de los que la formamos hemos de dar para cumplir la misión que se nos ha encomendado. No son sólo las palabras, por convincentes que parezcan, las que dan fe de lo que hemos vivido acerca del misterio de Jesús en medio del mundo. Son necesarios los hechos creíbles, el testimonio.

Frecuentemente los católicos nos quejamos de la increencia de un número cada vez más grande de gente y del aumento de católicos que abandona la fe. En lugar de seguir lamentándonos del hecho, que por otro lado es innegable, sería muy conveniente que volviéramos la mirada hacia nosotros mismos para ver si nuestra vida corresponde a lo que profesamos, de tal manera que, viéndonos, los demás tengan motivos suficientes y razonables para creer.  La fe no se percibe sino a través de la obras (cf. St 2,18). Igualmente la fe sólo se puede comunicar por el testimonio de vida. Repito no bastan las palabras. Fácilmente pueden ser desmentidas por el testimonio. Siendo más concreto, diría yo, mis hermanos, que quienes quieran ver podrán creer, esperar y amar a lo cristiano, si ven en nuestra manera de vivir la coherencia entre el evangelio y lo que predicamos.

Aquella viuda pobre de Sarepta y sin su hijo en el cual veía cierta seguridad en su vida, igual que la de Naín junto con todos los del cortejo fúnebre descubrieron en la actitud misericordiosa de Elías y de Jesús, la bondad de Dios y la certeza de lo que anunciaban.

Anunciar el evangelio, mis hermanos, exige coherencia consigo mismo y generosidad para con Dios y para con aquellos a quienes les prestamos este servicio como Comunidad o individualmente.

La Eucaristía, es el lugar de encuentro sincero con Dios y con los hermanos que nos ayuda a vivir nuestra vocación profética a favor de los hombres de buena voluntad que buscan y aman la verdad. Desde ella, juntos, unidos a Cristo, damos gloria a Dios y al mundo un signo muy fuerte por medio de la unidad y la caridad cristianas. Y María, Nuestra Dulce Señora del Tepeyac, Madre de misericordia continué mostrándonos y conduciéndonos a su Hijo Jesucristo nuestro Hermano y Verdaderísimo Dios por quien se vive.

 
 
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