Muy queridos hermanos: La misericordia de Dios nos permite
hoy nuevamente iniciar un nuevo ciclo litúrgico. En efecto, el
adviento es el comienzo de un camino por el que la Iglesia nos conduce
para meditar y contemplar los misterios de nuestra salvación.
Así, el Adviento nos prepara para celebrar la venida de
Jesucristo en la historia de la humanidad para traernos la salvación.
Este tiempo litúrgico tiene la particularidad de hacernos experimentar
la necesidad del salvador y, por tanto, de vivir intensamente la espera
de lo que se nos promete. Es cierto, mis hermanos, que el Señor
vino hace más de dos mil años, pero también podemos comprobar,
por desgracia, que, después de veinte siglos todavía no se notan
en realidad los efectos de esa venida.
Por eso, la anhelamos en su plenitud, por una lado, y por otro,
en la espera de este cumplimiento, vivimos no en una actitud pasiva,
como si todo dependiera de Dios. Al contrario, el Adviento nos
induce a vivir tan dinámica y comprometidamente esa espera que pareciera
que el futuro dependiera de nosotros.
Las circunstancias de la vida actual son tan complejas y difíciles
que, con el pretexto de vivir con menos presiones, nos dejamos
atrapar por la rutina. Así intentamos llevar la vida de una manera
menos conflictiva y sí más gratificante. Buscamos tener todo previsto,
planeado y calculado. Y, ciertamente, hermanos, la rutina tiene
la ventaja de ahorrarnos la fatiga, a veces inútil de tener que pensar
y buscar siempre las formas de hacer las cosas. Especialmente cuando
al hacerlas casi automáticamente, nos permiten aprovechar el tiempo
o la mente para ocuparnos de lo más importante.
Pero cuando nos movemos siempre y para todo sólo en
la rutina, perdemos muchas oportunidades de vivir intensamente
la vida, es decir, vivirla más comprometida y responsablemente,
hasta correr riesgos que nos hagan crecer y profundizar en el sentido
de la vida, como una aventura que Dios nos concede experimentar.
Por eso, Jesús, en el evangelio de este primer domingo
de Adviento, nos pide, por medio del evangelista san Mateo,
vigilancia, es decir estar muy atentos a lo que Él nos va
mostrando a través de los acontecimientos y situaciones muy concretas
de la vida y a la luz de su Palabra. También nos exhorta a estar
preparados. Lo cual es, en otras palabras, consecuencia de la
actitud anterior: la vigilancia nos lleva consecuentemente a estar
preparados.
Las lecturas primera y segunda nos iluminan muy vivamente en
esta reflexión. Así, el profeta Isaías, en el siglo VIII antes
de Cristo, hacía a sus contemporáneos una promesa de parte de Dios
en la línea de la salvación a la que se acogerán todos los pueblos,
empezando por el pueblo de Israel (Jacob) a quien el profeta invita
a ponerse en marcha. Por su parte el Apóstol, en la segunda lectura,
tomada de la Carta a los Romanos, después de haberse referido largamente
a la salvación como un don gratuito de Dios en Cristo y que se realiza
en el momento presente (en el "hoy" de Pablo y, por consiguiente,
en el nuestro), invita aquí a los cristianos a tomar conciencia de
este momento presente de esa salvación, obra y oferta de Dios,
y que exige una actitud responsable que se concretiza en la vigilancia,
en la mortificación, en hacer las obras de la luz, en ser factores
de paz y no de contiendas.
Según san Pablo, en eso consiste mantenernos en vigilancia
y estar preparados. ¡Esto es salir de la rutina! Se trata de
vivir de acuerdo con la voluntad de Dios; de vivir en la alegría;
de asumir libremente las propias responsabilidades con esperanza y
amor a Dios y nuestros prójimos; se trata de vivir con la mirada puesta
en nuestra salvación que es una promesa que se va cumpliendo en la
medida en que entramos en su dinámica. Vivir intensamente la vida
cristiana con todos sus retos, es esperar contra toda esperanza
que Dios cumple sus promesas porque es un Dios fiel y lleno de
amor a nosotros. Por eso, para quienes se mantengan vigilantes,
la venida del Señor en sus vidas será como un encuentro amistoso,
esperado en el amor y fincado en una promesa de amor. Esto, mis
hermanos rompe toda clase de rutinas cotidianas. Porque Cristo
no puede ser programado, puesto que la espera vigilante abre un espacio
para Él. Sólo así podemos descubrir su o sus venidas o encuentros.
Cuando nos reunimos para la celebración eucarística,
cada domingo, expresamos en nuestra alabanza y nuestra acción
de gracias, al mismo tiempo que en las súplicas, la certeza de
que Jesús está entre nosotros para ayudarnos a caminar por los senderos
que conducen al Padre. La esperanza de la salvación nos mueve
permanentemente a mantenernos firmes, muy activos y alegres, ocupados
en las cosas de este mundo sin quitar la mirada de aquello que nos
promete el Señor. Es decir, nuestra vida transcurre muy comprometida
en la historia, sin olvidar el futuro que conduce a la eternidad de
Dios, el Señor de la historia y de la eternidad.
Que nuestra Muchachita y Dulce Madre, Señora del Adviento,
en cuyo vientre el Eterno se hizo tiempo, nos acompañe
a vivir cada momento de nuestra vida de una manera intensa y llena
de fe, esperanza y amor. Amén.