Hermanos muy queridos: La salvación está cada vez más cerca,
nos dice la liturgia de este domingo. Aunque las realidades
que vivimos parecen poner en evidencia lo contrario, los creyentes
nos empeñamos en creer en utopías. Esto no es fácil compartiendo,
la vida, como estamos casi permanentemente, con muchos hermanos
desanimados y pesimistas que han dejado caer los brazos renunciando
a cualquier esfuerzo. Pero, todavía más, la Iglesia nos llama
estar alegres, pues la salvación es en cierto modo
una realidad actual, ya presente.
El profeta Isaías, en la primera lectura de hoy, se dirige al pueblo de Israel
para animarlos en el momento del regreso del exilio. Las palabras
de ánimo que pronuncia suscitan imágenes que para las mentes
realistas resultan hasta extravagantes o, al menos, exageradas.
Sin embargo pretenden describir el efecto de la intervención
divina a favor del pueblo. Se trata de personas que recuperan
instantáneamente la salud con repercusiones en la naturaleza
que también participa de la alegría de la salvación. Pero
éstas no son sino señales que el Nuevo Testamento, especialmente
en los milagros de Cristo, verá como signos de la llegada
de la era mesiánica, precisamente como lo hace ver Jesús a
los embajadores de Juan para indagar acerca de la identidad de
Jesús.
Juan había proclamado la inminente llegada del Mesías; pero
lo hizo según sus propias expectativas; no como las que tenían
sus contemporáneos, es decir con matiz más bien político; pero
tampoco en concordancia con la actividad de Jesús. Pues el
Bautista, como lo escuchamos el domingo pasado, lo había
anunciado como un juez que iba a hacer justicia en nombre de Dios
con el bieldo en la mano para reunir el trigo en el granero y
echar al fuego la paja, mientras Jesús realmente lleva a cabo
su predicación y sus obras en una dirección totalmente opuesta.
No es la justicia ni el castigo lo que caracteriza la obra
de Jesús, sino la misericordia y el perdón que ofrece el Padre
a todos los que creen en su amor. Por eso Jesús responde apelando
a los conocimientos de Juan sobre las profecías acerca de los
signos de la presencia de Dios y que los mismos enviados ven y
oyen: que los ciegos recobran la vista, los cojos caminan,
los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan
y los pobres reciben la Buena Noticia; tal como había profetizado
Isaías.
Es de llamar la atención que Jesús, como respuesta a los que
preguntan de parte de Juan sobre su identidad, añade una especie
de bienaventuranza: ¡Feliz quien no tropieza por mi causa!
(o, ¡dichoso el que no se escandaliza de mí!). Parece ser
que esta frase va dirigida muy directamente a Juan que pasaba
por una crisis seria preguntándose si Jesús era realmente el Mesías,
pues no correspondía lo que él había predicado con lo que escuchaba
y estaba escandalizado al saber que obraba en sentido contrario,
como hemos visto.
Hermanos, me parece que de estas observaciones sobre los textos
podemos sacar unas enseñanzas muy interesantes y serias para nuestro
crecimiento espiritual: de entrada creo que conviene que entendamos
que los profetas, auque sean muy apreciados como tales, como Juan
es reconocido por Jesús, también pueden estar equivocados.
Sin embargo, al verdadero profeta la confusión y la incertidumbre
le hacen sufrir y angustiarse. Por eso al preguntar actúa de una
manera muy honesta. Así era Juan el Bautista.
También podemos considerar cómo muchas veces nosotros, como
Juan, queremos hacer entrar nuestros proyectos en los planes
de Dios, cuando debe ser al revés. Me parece que esto es una
invitación a revisar nuestros criterios y conceptos acerca
de Dios, de la salvación y de la religión en general. No debemos
olvidar, hermanos, que en la Iglesia católica tenemos el recurso
de la Sagrada Escritura, como don excelente de Dios para
iluminar nuestros criterios y puntos de vista. Es exactamente
lo que Jesús hace cuando le pide a Juan que confronte sus conocimientos
de la Escritura con lo que está sucediendo en torno a Jesús y
de lo cual tiene conocimiento en la prisión.
En momentos de crisis, mis hermanos, para saber qué dirección
o qué determinación tomar es necesario que como creyentes nos
dejemos interpelar por la Escritura que contiene la Palabra de
Dios y por el Magisterio de la Iglesia que Dios ha querido lo
ejerzan con especial autoridad el Papa y los obispos. Para
actuar de esta manera es necesaria una actitud paciente y al mismo
tiempo perseverante y empeñosa.
La
Sagrada Eucaristía, mis queridos hermanos, es una
gran ayuda en este sentido. La Palabra de Dios está presente
como parte esencial de la celebración dominical y diaria y nos
ayuda, no sólo a explicar los misterios de la salvación, sino
a iluminar la vida. Y en la homilía tenemos la oportunidad
de escuchar la voz de Dios en el corazón de la Iglesia a través
del Magisterio. Toda la celebración es iluminadora y confortadora
al anunciarnos y hacer presente la salvación que nos trajo Jesucristo
con su muerte y resurrección. Por eso, mis hermanos, propongámonos
a vivir la Eucaristía; no nos conformemos con asistir o cumplir
simplemente. Una devoción perseverante y alegre en la Eucaristía
es garantía de crecimiento y de maduración en el conocimiento
de Dios y de nosotros mismos.
Que Nuestra Muchachita, la Dulce Señora del Cielo, la Madre
Dios y Madre nuestra, nos enseñe a vivir este Adviento y a
esperar paciente, pero muy activamente lo que Dios nos ha prometido,
en Jesucristo su Hijo. Amén.