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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el III Domingo de Adviento.

16  de diciembre de 2007

LA PACIENCIA TODO LO ALCANZA
Sta. Teresa de Ávila

Hermanos muy queridos: La salvación está cada vez más cerca, nos dice la liturgia de este domingo. Aunque las realidades que vivimos parecen poner en evidencia lo contrario, los creyentes nos empeñamos en creer en utopías. Esto no es fácil compartiendo, la vida, como estamos casi permanentemente, con muchos hermanos desanimados y pesimistas que han dejado caer los brazos renunciando a cualquier esfuerzo. Pero, todavía más,  la Iglesia nos llama estar alegres, pues la salvación es en cierto modo una realidad actual, ya presente.

El profeta Isaías, en la primera lectura de hoy, se dirige al pueblo de Israel para animarlos en el momento del regreso del exilio. Las palabras de ánimo que pronuncia suscitan imágenes que para las mentes realistas resultan hasta extravagantes o, al menos, exageradas. Sin embargo pretenden describir el efecto de la intervención divina a favor del pueblo. Se trata de personas que recuperan instantáneamente la salud con repercusiones en la naturaleza que también participa de la alegría de la salvación. Pero éstas no son sino señales que el Nuevo Testamento, especialmente en los milagros de Cristo, verá como signos de la llegada de la era mesiánica, precisamente como lo hace ver Jesús a los embajadores de Juan para indagar acerca de la identidad de Jesús.

Juan había proclamado la inminente llegada del Mesías; pero lo hizo según sus propias expectativas; no como las que tenían sus contemporáneos, es decir con matiz más bien político; pero tampoco en concordancia con la actividad de Jesús. Pues el Bautista, como lo escuchamos el domingo pasado, lo había anunciado como un juez que iba a hacer justicia en nombre de Dios con el bieldo en la mano para reunir el trigo en el granero y echar al fuego la paja, mientras Jesús realmente lleva a cabo su predicación y sus obras en una dirección totalmente opuesta. No es la justicia ni el castigo lo que caracteriza la obra de Jesús, sino la misericordia y el perdón que ofrece el Padre a todos los que creen en su amor. Por eso Jesús responde apelando a los conocimientos de Juan sobre las profecías acerca de los signos de la presencia de Dios y que los mismos enviados ven y oyen: que los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres reciben la Buena Noticia; tal como había profetizado Isaías.

Es de llamar la atención que Jesús, como respuesta a los que preguntan de parte de Juan sobre su identidad, añade una especie de bienaventuranza: ¡Feliz quien no tropieza por mi causa! (o, ¡dichoso el que no se escandaliza de mí!). Parece ser que esta frase va dirigida muy directamente a Juan que pasaba por una crisis seria preguntándose si Jesús era realmente el Mesías, pues no correspondía lo que él había predicado con lo que escuchaba y estaba escandalizado al saber que obraba en sentido contrario, como hemos visto.

Hermanos, me parece que de estas observaciones sobre los textos podemos sacar unas enseñanzas muy interesantes y serias para nuestro crecimiento espiritual: de entrada creo que conviene que entendamos que los profetas, auque sean muy apreciados como tales, como Juan es reconocido por Jesús, también pueden estar equivocados. Sin embargo, al verdadero profeta la confusión y la incertidumbre le hacen sufrir y angustiarse. Por eso al preguntar actúa de una manera muy honesta. Así era Juan el Bautista.

También podemos considerar cómo muchas veces nosotros, como Juan, queremos hacer entrar nuestros proyectos en los planes de Dios, cuando debe ser al revés. Me parece que esto es una invitación a revisar nuestros criterios y conceptos acerca de Dios, de la salvación y de la religión en general. No debemos olvidar, hermanos, que en la Iglesia católica tenemos el recurso de la Sagrada Escritura, como don excelente de Dios para iluminar nuestros criterios y puntos de vista. Es exactamente lo que Jesús hace cuando le pide a Juan que confronte sus conocimientos de la Escritura con lo que está sucediendo en torno a Jesús y de lo cual tiene conocimiento en la prisión.

En momentos de crisis, mis hermanos, para saber qué dirección o qué determinación tomar es necesario que como creyentes nos dejemos interpelar por la Escritura que contiene la Palabra de Dios y por el Magisterio de la Iglesia que Dios ha querido lo ejerzan con especial autoridad el Papa y los obispos. Para actuar de esta manera es necesaria una actitud paciente y al mismo tiempo perseverante y empeñosa.

La Sagrada Eucaristía, mis queridos hermanos, es una gran ayuda en este sentido. La Palabra de Dios está presente como parte esencial de la celebración dominical y diaria y nos ayuda, no sólo a explicar los misterios de la salvación, sino a iluminar la vida. Y en la homilía tenemos la oportunidad de escuchar la voz de Dios en el corazón de la Iglesia a través del Magisterio. Toda la celebración es iluminadora y confortadora al anunciarnos y hacer presente la salvación que nos trajo Jesucristo con su muerte y resurrección. Por eso, mis hermanos, propongámonos a vivir la Eucaristía; no nos conformemos con asistir o cumplir simplemente. Una devoción perseverante y alegre en la Eucaristía es garantía de crecimiento y de maduración en el conocimiento de Dios y de nosotros mismos.

Que Nuestra Muchachita, la Dulce Señora del Cielo, la Madre Dios y Madre nuestra, nos enseñe a vivir este Adviento y a esperar paciente, pero muy activamente lo que Dios nos ha prometido, en Jesucristo su Hijo. Amén.

 
 
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