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Homilía
pronunciada por pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Eucaristía celebrada por su XXXII Aniversario Sacerdotal.

29 de junio de 2007

Mis amados hermanos y hermanas, en el mes de enero del 2001, hace ya más de siete años, cuando tomé posesión como Rector del Santuario le pedía, después de la fe guadalupana, le pedía a los señores canónigos, a los padres capellanes, a los religiosos, religiosas y laicos que trabajamos en este Santuario, el que nos empeñaríamos en ser el rostro dulce, tierno, sereno, amable de Santa María de Guadalupe, es decir: que seríamos signos de misericordia. El sacerdote particularmente es misterio de misericordia.

En la carta que dirigió el Santo Padre, que nos dirigió a nosotros sacerdotes el año pasado, nos hablaba precisamente del sacerdocio como misterio de misericordia, de donde se deduce que también nuestro ministerio tiene que ser de misericordia. Misterio de misericordia por la gratuidad de la elección, misterio de misericordia por la condescendencia y el perdón que tiene con cada uno de nosotros elegidos sacerdotes.

Por la gracia que derrama constantemente sobre nosotros para que a su vez seamos canales de esa gracia y la hagamos llegar a ustedes pueblo de Dios. La gracia del sacerdocio es una súper abundancia de misericordia.

Se  puede en la historia personal de Pedro y de Pablo comprobar perfectamente quien es, ellos son sin duda, sus vidas emblemáticas, claros signos de esta misericordia de Dios. Celebramos a estos dos grandes apóstoles, muertos ambos en Roma por su fidelidad a Jesucristo.

Pedro, pescador de Betzaida siguió a Jesús desde el principio y recibió la misión de ser el punto de referencia de su comunidad de seguidores. Enamorado profundamente del Maestro, capaz de expresar la misión más absoluta a Él, fue también capaz de negarlo, pero luego convertido definitivamente dedicó su vida anunciarlo hasta la muerte.

Pedro capaz de coger la espada para defender a Cristo y capaz de negarlo ante las indiscretas acusaciones de la criada; una persona con un corazón de niño bajo la apariencia de un hombre duro, quizás un hombre más parecido a nosotros.

Es la primera persona que expresa la verdadera fe en Jesucristo, tú eres el Mesías, tú eres el Hijo de Dios Vivo. Es nuestra misma fe, amados hermanos, que profesamos en el Credo. Pedro será la roca en la que se edificará la Iglesia a pesar de ser la cabeza de la Iglesia, no por eso es perfecto, no, después de confesar su fe en Cristo resulta que no ve las cosas como Dios, sino como los hombres.

¡Apártate de mi Satanás! le dice, el mismo Señor Jesús, sin embargo tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Se avergonzará de Jesús, pero él mismo una vez convertido nos confortará a todos nosotros en la fe.

Mis hermanos, estas palabras de san Mateo en el Evangelio que hemos proclamado hoy, fueron escritas con toda seguridad cuando Pedro ya había dado testimonio de su fe en el martirio. Jesús dijo; que sobre aquella roca edificaría su Iglesia. La roca no era la persona de Pedro, pero la solidez de la piedra debía continuar aunque Pedro ya no estuviese.

Es lógico que el trabajo de irse consolidando la Iglesia continuará apoyándose sobre la roca, esta de la fe de Pedro, actualizada en un hombre concreto, en este caso, el sucesor de Pedro, Benedicto XVI, ahora. Pablo fariseo, perseguidor de los cristianos descubrió a Jesús y todo le cambio, fue él el principal impulsor de la apertura del Evangelio a los paganos y a ellos dedicó su vida. A ellos dedicó, también, todo hasta el martirio.

En los tiempos actuales en los que fácilmente nos cansamos, en los que el desanimo se contagia, es estimulante celebrar la memoria de este hombre que no se cansaba nunca, que sufría por todas las iglesias, que tenía tiempo para exhortar y tiempo para rezar.

En la Segunda Lectura de hoy hemos escuchado palabras de despedida. Pablo para hacerse entender por la gente a semejanza del Maestro también usa parábolas, pero como él era de ciudad las parábolas son urbanas; he corrido hasta la meta dice, seguramente a pocos metros del circo máximo donde los atletas jugaban la vida para ganarse una corona, Pablo sabía que la aguardaba la corona merecida.

Con otras parábolas expresa su deseo, él ha sido como una barca amarrada en el puerto y ahora ha llegado el momento de soltar las amarras, el momento de mi partida es inminente, dice; Pablo, seguramente se refiere al final de su misión en Roma, la muerte para él será entrar en el alta mar del amor sin medida del Señor.

Pablo, mis amados hermanos, a quien conocemos bastante bien a través de sus trece cartas y de los Hechos de los Apóstoles pasó por momentos buenos y por momentos muy difíciles.

Hace apenas dos semanas escuchábamos en la Segunda Carta a los Corintios; que terribles sufrimientos de Pablo, sin embargo siempre entusiasmado, su entusiasmo no se basaba en el éxito, sino en el amor apasionado por nuestro Señor Jesucristo al que habían perseguido, pero al que amó más que nadie después de su conversión.

Mis amados hermanos y hermanas, que su figura nos estimule y nos anime a pesar de todas las dificultades. Su personalidad es el mejor antídoto contra la decadencia y la mediocridad y a veces parece que se instala en nuestras comunidades cristianas.

La personalidad de Pablo es el mejor antídoto contra la decadencia y la mediocridad que a veces parece que se instala en nosotros los ministros, en nosotros los sacerdotes, que terrible es esto cuando sucede así, porque la comunidad va a pique, no la llevamos – perdón por la expresión – entre las patas.

Mis amados hermanos, Pablo tiene que animarnos a seguir adelante, Pablo tiene que impulsarnos a contemplar siempre la misericordia de Dios, somos misterio de misericordia.

Todo sacerdote puede hablar, también, de esa historia de amor misericordioso que Dios ha tenido con cada uno de nosotros, es algo obvio que se palpa en cada acontecimiento, en cada gesto, en cada palabra. Pues el que ha nacido de la misericordia tiene que vivir la misericordia y tiene que actuar en la misericordia.

El Santo Padre se refiere especialmente al sacramento del perdón donde la misericordia esta institucionalizada. Nosotros hace unos meses meditábamos que precisamente el Sacramento de la Reconciliación, aquí en la Basílica, en el Tepeyac es el sacramento más guadalupano, es el sacramento en el que más podemos expresar este amor tierno, dulce, amable y sereno de Santa María de Guadalupe.

Pero, mis amados hermanos, debemos aplicar también la misericordia a toda la vida del sacerdote; cuando predica, reza, celebra, perdona, cuando sirve, cuando ayuda,  cuando escucha, cuando está, siempre tiene que ser desde la misericordia.


La misericordia es; diríamos, el corazón de su vocación, el corazón de su ministerio, en el fondo no es otra cosa que continuar el ministerio de Jesús ungido en el espíritu que es misericordia infinita.

Misericordia no es solamente perdonar un pecado, misericordia no es solamente perdonar una ofensa o dar una limosna, no, de ninguna manera, es algo más, algo más plenificante, es poder decir: el toque de corazón que hay que poner en todo lo que se dice y en todo lo que se hace y ese toque conecta directamente con el toque del Espíritu Santo.

Este espíritu que fecundo las benditas entrañas de Nuestra Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe, quien nos dijera aquí en este mismo lugar, a través de nuestro querido san Juan Diego Cuauhtlatoatzin “quiero una casita, quiero un templecito para estar siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza para purificar, para curar todas sus diferentes miserias, sus penas y dolores”; esto es misericordia, mis hermanos.

Bien comenta Mons. José Luis Guerrero cuando hace exégesis sobre este versículo 32 del Nican Mopohua: “nada más propio de una Madre que escuchar llanto, que curar miserias, penas y dolores”. 

Pero en este caso tratándose de la Madre de Dios, y por tanto de alguien que puede alcanzar todo de su Hijo, y por tanto impedir que sus otros hijos tuviéramos penas y dolores cabria preguntarse, ¿por qué consolarnos si podría haber hecho que no tuviéramos esas mismas miserias, esas mismas penas y esos mismos dolores? La respuesta, mis hermanos, es sencilla, es muy sencilla, ninguna madre que deberás ame deja de causar penas y dolores a sus hijos, porque sabe que es así como aprende, es así como mejora, es así como crece.

Todos los ingenuos o demagogos de la historia han prometido a los mortales suprimirles  precisamente miserias, penas, dolores, ofreciendo a sus seguidores desde un nirvana libre de todo apego hasta un paraíso del proletariado. Cristo, mis amados hermanos, el arraigadísimo Dios por quien se vive a quien nos trajo Santa María de Guadalupe, muy al contrario, Cristo a quien testifica Pedro y Pablo, dejó claro que; abnegarse y tomar la cruz era esencial para su seguimiento, pero que nadie que acudiera, que nadie que fuera a Él se sentiría agobiado puesto que su yugo es suave y su carga es ligera.

Eso, mis amados hermanos, es lo mismo que hace Nuestra Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe, eso mis amados hermanos, es lo que tenemos que hacer nosotros. Desde el Rector de esta Basílica hasta el último de los empleados; signos vivos, testimonio viviente de este rostro dulce, amable, sereno de Santa María de Guadalupe que contempla misericordiosamente nuestras miserias.

Amados hermanos, pues pensando en esto, meditando en esta Palabra que hoy el Señor nos da y aplicándomela yo en primer lugar, continuemos con nuestra Eucaristía, continúenos con nuestra Celebración.

Que así sea mis amados hermanos.

 
 
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