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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Celebración de Corpus Christi.

7 de junio de 2007

Salmo de la Bendición
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MIS QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS, celebramos hoy la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esta fiesta nos traslada a aquel jueves santo en el que en la última cena el Señor confió a sus discípulos el misterio de la fe, la presencia real del Señor Jesucristo en el pan y en el vino de la Eucaristía que contemplamos y adoramos con el corazón agradecido.

El Cuerpo y la Sangre de Cristo es alimento eficaz de comunión con el Señor y con los hermanos, posibilita la conversión, el signo de verdadera solidaridad fraternal para los hombres de hoy.

Hace apenas unos meses, el 22 de febrero para ser exactos, su Santidad el Papa Benedicto XVI publicaba la Exhortación Sacramentum Caritatis, este documento cierra un ciclo que inició el querido Papa Juan Pablo II con el Jubileo del año 2000 que pretendía profundizar la importancia de la Eucaristía en la vida de la Iglesia. Recordemos la Encíclica Ecclesia de Eucaristía en el año 2002, la Carta Apostólica Manen Obispos Dominus, en el año 2004 y el año de la Eucaristía que acaba con el Sínodo de 2005 que trató el tema:  Eucaristía fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. El Papa Benedicto XVI participó ya en este sínodo como Papa y ahora nos ofrece su Exhortación Apostólica postsinodal: Sacramento de la Caridad.     

Más allá de los contenidos del documento vale la pena destacar dos aspectos: en primer lugar, la importancia y centralidad de la Eucaristía. La Iglesia vive de la Eucaristía, la Eucaristía edifica a la Iglesia. El Papa llega a decir que es su principio causal, sin Eucaristía no podemos vivir, mis amados hermanos.

En segundo lugar la aportación propia del Papa Benedicto XVI que define la Eucaristía como sacramento de la caridad, relacionándola, como él mismo lo dice, con su primera Carta Encíclica Deus Caritas Est. El Papa subraya así la relación de la Eucaristía con el amor cristiano, tanto respecto a Dios como al prójimo.

Ojalá mis amados hermanos, que esta Exhortación nos ayude a valorar y a celebrar  mejor la Eucaristía y, desde luego, a  abrirnos al misterio de la Eucaristía. El Papa lo divide en tres partes: misterio para ser creído, misterio para ser celebrado, misterio para ser vivido.

No puede haber Eucaristía sin amor.

Cuando Cristo quiso manifestar a sus discípulos la intensidad y la fuerza de su amor, partió el pan y se los dio en comida y les dio a beber de la copa rebosante. Son, dijo, mi cuerpo y mi sangre que se entrega por ustedes; son mi vida, puesta en sus manos y en sus bocas. Mi vida para que les dé más vida. Pan de amor, porque nadie tiene amor más grande que aquél que da la vida por sus amigos; Pan de amor para el servicio.

La Eucaristía se ilumina y se complementa con el lavatorio de los pies. El que no se deja lavar o el que no es capaz de lavar los pies del otro, no puede comulgar. Pero el que comulga aprende a servir, y aprende a servir como Cristo: su corazón compasivo, sus manos siempre disponibles. El que comulga actúa desde Cristo y ve a Cristo en los demás. Es Jesús quien sirve en tí y es Jesús quien espera de tu servicio. Cómo no hacerlo de todo corazón, mis hermanos!.

La fiesta que celebramos nos motiva al servicio cristiano, es decir, a permanecer en el anuncio de la muerte del Señor hasta que vuelva. El don de la presencia del Señor en medio de su comunidad eclesial con la sencillez del pan y del vino, se convierte en verdadero reclamo para ser de la vida cristiana una vida ágil para, ligero de equipaje, servir a nuestros hermanos en sus necesidades materiales y espirituales.

La celebración del Corpus ilumina la ofrenda generosa de tantas, tantas vidas entregadas en verdadera oblación al amor de Dios entre los hermanos. La vida entregada de los padres y de las madres de familia que dan vida, alimentan y acompañan a sus hijos en los caminos de la vida cristiana. La vida entregada del religioso, de la religiosa, que con la consagración de su vida hacen gustosa la sensibilidad o la plenitud del Reino de Dios que de alguna manera anticipan con el trabajo por la justicia, la paz y el perdón; lo hacen creíble mediante la dedicación a la contemplación, la oración, la educación de los niños y jóvenes, la atención a los enfermos y ancianos, la abnegación en los ámbitos de pobreza y marginación.

Verdadera oblación mis hermanos, hacemos los sacerdotes, especialmente aquellos que caminan generosos con el pueblo de Dios y comparten las angustias y esperanzas de la humanidad que clama con gritos como de parto, la llegada del cielo nuevo y la tierra nueva.

El pan y el vino que comemos y bebemos, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, nos atrae a todos los que participamos de él, para unir esfuerzos en el interior de la Iglesia y lograr, en el banquete del Reino de Dios, esté todo el mundo, porque por nosotros y por todos Jesús ha dado la vida en la Cruz; por nosotros y por todos se ha hecho alimento de vida eterna.

Los invito pues, queridos hermanos y hermanas, a que valoremos, a que agradezcamos, amemos y ofrezcamos, ésta presencia del Señor que permanece entre nosotros, el Pan y el Vino; que también sea alimento y fortaleza para los que a causa de la edad o de la enfermedad no puede venir a la Iglesia y que a través de los sacerdotes o ministros de la comunión, reciben en sus domicilios o residencias, el sagrado viático, el sagrado cuerpo de Cristo, uniéndose así a la Pasión del Señor a favor de toda la humanidad.

Finalmente también es como un faro dentro de los sagrarios de las Iglesias. Aquí en el Tepeyac permanentemente en el Templo Expiatorio está expuesta la Sagrada Eucaristía; en nuestro sagrario (de la Basílica actual), especialmente los jueves, en los que en el silencio y la plegaria tantos hombres y mujeres han encontrado y encuentran aquella paz y consuelo que dan sentido al vivir diario.

Amados hermanos y hermanas, sigamos pues celebrando la Eucaristía en esta fiesta tan significativa y que nos empuja jubilosamente hacia la verdadera unidad en la fe, comunión eclesial y servicio generoso a los más necesitados. En este caminar, Santa María de Guadalupe nos impulsa y nos anima. Que así sea mis amados hermanos.   

 
 
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