Mis amados hermanos
y hermanas, fieles laicos de Cristo; mis amados hermanos en
el ministerio sacerdotal, diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe;
amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, que nuestro
único orgullo sea la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, porque
en Él tenemos la salvación, la vida, y la resurrección y por
Él hemos sido salvados y redimidos.
La celebración de esta tarde tiene
un tono especial que quiere rememorar aquel mismo ambiente íntimo,
intenso, que debía tener aquel encuentro de Jesús con sus discípulos.
“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había
llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”. En estos
últimos momentos, Jesús quiere reunirse con sus amigos, para
despedirse de ellos para dejarles su último mensaje.
Nosotros esta tarde, en la casita de
la Señora del Cielo, en el Tepeyac, queremos ser aquellos amigos
de Jesús que estaban con Él, en ese momento importante porque
le amamos y porque le amamos y cumplir su voluntad.
Esta tarde con comenzamos, como un
momento muy especial de gracia, el Triduo Pascual. Tres días
que nos sumergen de una manera especial en misterio de la pasión,
muerte, sepultura y resurrección de nuestro salvador Jesucristo.
Iniciamos pues, hoy, celebrando la institución de la Eucaristía
como memorial de la Nueva Alianza.
El desarrollo de la celebración nos lleva a considerar necesariamente
otros dos aspectos del misterio: el servicio fraterno de la
caridad y la institución del sacerdocio ministerial, íntimamente
ligados a la Sagrada Eucaristía.
Pero el gozo de este triduo santo que
llega a su punto más alto en la vigilia pascual no puede ser
ajeno al momento histórico por el que pasa la humanidad entera
y nuestro querido México, en concreto.
Decía
esta mañana nuestro arzobispo, Don Norberto Rivera Carrera,
en la Misa Crismal en la Catedral:
“La alegría de esta Semana Santa se ha visto ensombrecida
por el embate de los valores más queridos de los mexicano, los
valores de la familia. Primero con la aprobación de una ley
inmoral llamada de convivencia, que no tiene otro fin que la
erosión del matrimonio, proyecto que no obedece a un modo social
de organización, sino a los designios mismos de Dios que constituyó
el matrimonio como la unión del hombre y de la mujer. Y segundo,
la propuesta de una ley inicua que pretende hacer legal lo que
de suyo es absolutamente inmoral, la eliminación del niño en
el vientre de su madre.
Nosotros ministros del Señor de la
vida no podemos permanecer indiferentes ante esta envestida
del mal, nuestra misión profética nos pide defender de la vida
desde su concepción hasta su fin natural. No hacerlo decía nuestro
Arzobispo, a los cientos y cientos de sacerdotes ahí concelebrando
con él, sería traicionar el Evangelio y pecar gravemente de
omisión.
Por eso les pido que apoyen decididamente a sus laicos y todas
las iniciativas a favor de la vida. No permitan como pedía el
amado siervo de Dios Juan Pablo II: “Que el crimen abominable
del aborto, vergüenza de la humanidad, condene a los niños concebidos
a la más injusta de las ejecuciones, la de los seres humanos
más inocentes”, hasta aquí las palabras de nuestro Arzobispo.
De manera que, mis amados hermanos,
los invito a todos ustedes, a que dejemos que Dios a través
de su Hijo Jesucristo, nos haga el servicio de hacernos encontrar
el sentido de estas acciones absurdas que contradicen el plan
que se nos ha revelado por la muerte y la resurrección de nuestro
Señor Jesucristo.
Permitamos a Jesús que nos lave los pies. Es decir, que nos
preste el servicio, puesto que a eso vino, de salvarnos del
odio, de la mentira, de la corrupción, del engaño, a fin de
que podamos nosotros, por nuestra parte, abrirnos unos a otros
en el amor. Jesús se entregó por nosotros, como acción suprema
del amor de Dios por nosotros y nos mandó que nos atreviéramos
a hacer lo mismo. Que nuestra felicidad no dependiera de otra
cosa que no fuera el amor hasta la muerte, particularmente por
aquellos que nos necesitan.
La
Sagrada Eucaristía, mis queridos amados hermanos, es el signo
eficaz del amor de Dios por nosotros y por eso, la fuente del
amor en el servicio de unos con otros. El servicio que da sentido
da todo lo que vivimos en la aventura y en la desventura. El
servicio es lo que más se asemeja a Dios porque es la mejor
expresión del amor.
Esta tarde, mis queridos hermanos y
hermanas, en el memorial de la Cena del Señor, hagamos la intención
de unirnos a la oración de Cristo por toda la humanidad. Incluso
por los que lo rechazan, que es muy probable que muchos lo rechacen
por culpa nuestra, porque Cristo se ofreció por todos.
El sentido más profundo de la Celebración
Eucarística es la acción de gracias. Acción de gracias por todos
sus dones, principalmente por el don más excelso: su Hijo muy
querido, con quien hemos recibido gracia sobre gracia. Una multitud
de dones, y entre ellos, la vida a la que estamos invitados
a participar ya desde ahora en la medida en que nos unimos a
Él mediante el sacramento de la Eucaristía y la práctica del
amor fraterno. Somos seres para la vida y desde ahora debemos
saber vivir intensamente, pero intensamente viviremos en la
manera que seamos discípulos del Señor Jesús y mantengamos una
comunión viva, existencial con Él. Él es el camino, la verdad
y la vida.
Mis amados hermanos, la vida a la que
hemos sido llamados por el amor de nuestros padres vale mucho,
muchísimo. En la jerarquía de valores ocupa el primer lugar.
Merece, por eso, el máximo respeto en cualquiera de sus etapas,
desde el comienzo hasta su muerte natural.
Y cuando los cristianos les proponemos defenderla y nos oponemos
a todo lo que la pretenda disminuir o eliminar, no estamos haciendo
otra cosa que lo que hizo Jesús al resucitar, al restituirla,
a sanarla o mejorarla; pero sobretodo al ofrendarla la suya.
Haciendo todo esto especialmente por los más indefensos, por
los que menos cuentan, es como seguramente vamos refirmando
la vida eterna, ya desde ahora, porque la vida eterna se disfruta
ahora o jamás se disfrutará, no hay un más allá, sino un acá,
no hay un después, sino un aquí.
En otras palabras, mis queridos hermanos, Jesús nos ha prometido
que podremos obtener la vida eterna, pero sólo mediante el camino
del servicio, que no es otro que el de la cruz y del amor.
Hermanos, amor, servicio y vida es
lo que celebramos hoy en este Jueves Santo, en esta bendita
tarde. Jesús en su vida mortal, nos enseñó, con su propio ejemplo
que son inseparables. Y es lo que significa la Eucaristía, que
es ante todo un encuentro de hermanos con el Hermano mayor ante
el Padre, el buen Padre Dios, de Jesús y nuestro. Junto con
la Eucaristía, e inseparable de ella, más aún en función de
ella, Jesús nos ha dejado el don del sacerdocio ministerial.
Es un don para la Iglesia en primer lugar, más que un don personal.
Por el ejercicio sacerdotal, la Iglesia se congrega para escuchar
la Palabra y para ofrecer a Cristo al Padre y con Él también
ella se ofrece.
Hoy, mis amados hermanos, día del sacerdocio,
es muy buena ocasión para valorar y orar por las vocaciones
sacerdotales. Amados hermanos, que están en la Casita de Madre,
amados hermanos, que a través de la radio y de la televisión
están unidos a nosotros, ¿por qué no le ofrecen uno de sus hijos
al Señor para el ministerio sacerdotal? Vale la pena ser sacerdote,
vale la pena ser consagrado.
Hoy también, mis hermanos, oremos pues,
para rogar al Padre de misericordia que suscite en los corazones
de muchos jóvenes el deseo de consagrar la vida al servicio
del Reino y de sus hermanos. Por nuestra parte trabajemos porque
en nuestras familias se viva de tal manera los valores del Evangelio
que sea el mejor ambiente para cultivar esas vocaciones.
Mis queridos hermanos y hermanas, oren
por sus sacerdotes, que el Señor derrame abundantemente sobre
nosotros sus dones celestiales, para que seamos fieles ministros
de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote y los conduzcamos a ustedes
hacia Él, que es la fuente única de salvación; que seamos entre
ustedes una imagen viva y cada vez más perfecta de Cristo Sacerdote,
Buen Pastor, Maestro y Servidor de todos.
Terminemos nuestra reflexión agradeciéndole a Jesús su invitación
a estar con Él esta tarde tan importante, digámosle que le amamos
y queremos cumplir su voluntad y que estamos convencidos de
que como discípulos suyos tenemos que distinguirnos por nuestra
capacidad de amor, por nuestra capacidad de servicio y entrega,
nadie tiene mayor amor a sus amigos que el que da la vida por
ellos.
Donde quiera que haya un cristiano
debe reconocerse por un perfume especial, el de la caridad,
el del amor, el del servicio. Cristiano es el que más ama y
el que ama mejor. Dicho de manera personalizada, cristiano es
el que se siente amado por el Señor Jesús y quiere amar como
Él, a la manera de un Dios.
Que el Señor los conserve a todos nosotros
en su amor y nos lleve a todos, pastores y ovejas, a la vida
eterna. Que así sea, mis amados hermanos. |
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