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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Jueves Santo.

5 de abril de 2007

VIDA, SERVICIO Y AMOR

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo; mis amados hermanos en el ministerio sacerdotal, diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe; amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, que nuestro único orgullo sea la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, porque en Él tenemos la salvación, la vida, y la resurrección y por Él hemos sido salvados y redimidos.

La celebración de esta tarde tiene un tono especial que quiere rememorar aquel mismo ambiente íntimo, intenso, que debía tener aquel encuentro de Jesús con sus discípulos. “Antes  de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”. En estos últimos momentos, Jesús quiere reunirse con sus amigos, para despedirse de ellos para dejarles su último mensaje.

Nosotros esta tarde, en la casita de la Señora del Cielo, en el Tepeyac, queremos ser aquellos amigos de Jesús que estaban con Él, en ese momento importante porque le amamos y porque le amamos y cumplir su voluntad.

Esta tarde con comenzamos, como un momento muy especial de gracia,  el Triduo Pascual. Tres días que nos sumergen de una manera especial en misterio de la pasión, muerte, sepultura y resurrección de nuestro salvador Jesucristo. Iniciamos pues, hoy, celebrando la institución de la Eucaristía como memorial de la Nueva Alianza.

El desarrollo de la celebración nos lleva a considerar necesariamente otros dos aspectos del misterio: el servicio fraterno de la caridad y la institución del sacerdocio ministerial, íntimamente ligados a la Sagrada Eucaristía.

Pero el gozo de este triduo santo que llega a su punto más alto en la vigilia pascual no puede ser ajeno al momento histórico por el que pasa la humanidad entera y nuestro querido México, en concreto.

Decía esta mañana nuestro arzobispo, Don Norberto Rivera Carrera, en la Misa Crismal en la Catedral:

La alegría de esta Semana Santa se ha visto ensombrecida por el embate de los valores más queridos de los mexicano, los valores de la familia. Primero con la aprobación de una ley inmoral llamada de convivencia, que no tiene otro fin que la erosión del matrimonio, proyecto que no obedece a un modo social de organización, sino a los designios mismos de Dios que constituyó el matrimonio como la unión del hombre y de la mujer. Y segundo, la propuesta de una ley inicua que pretende hacer legal lo que de suyo es absolutamente inmoral, la eliminación del niño en el vientre de su madre.

Nosotros ministros del Señor de la vida no podemos permanecer indiferentes ante esta envestida del mal, nuestra misión profética nos pide defender de la vida desde su concepción hasta su fin natural. No hacerlo decía nuestro Arzobispo, a los cientos y cientos de sacerdotes ahí concelebrando con él, sería traicionar el Evangelio y pecar gravemente de omisión.

Por eso les pido que apoyen decididamente a sus laicos y todas las iniciativas a favor de la vida. No permitan como pedía el amado siervo de Dios Juan Pablo II: “Que el crimen abominable del aborto, vergüenza de la humanidad, condene a los niños concebidos a la más injusta de las ejecuciones, la de los seres humanos más inocentes”,
hasta aquí las palabras de nuestro Arzobispo.

De manera que, mis amados hermanos, los invito a todos ustedes, a que dejemos que Dios a través de su Hijo Jesucristo, nos haga el servicio de hacernos encontrar el sentido de estas acciones absurdas que contradicen el plan que se nos ha revelado por la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Permitamos a Jesús que nos lave los pies. Es decir, que nos preste el servicio, puesto que a eso vino, de salvarnos del odio, de la mentira, de la corrupción, del engaño, a fin de que podamos nosotros, por nuestra parte, abrirnos unos a otros en el amor. Jesús se entregó por nosotros, como acción suprema del amor de Dios por nosotros y nos mandó que nos atreviéramos a hacer lo mismo. Que nuestra felicidad no dependiera de otra cosa que no fuera el amor hasta la muerte, particularmente por aquellos que nos necesitan.

La Sagrada Eucaristía, mis queridos amados hermanos, es el signo eficaz del amor de Dios por nosotros y por eso, la fuente del amor en el servicio de unos con otros. El servicio que da sentido da todo lo que vivimos en la aventura y en la desventura. El servicio es lo que más se asemeja a Dios porque es la mejor expresión del amor.

Esta tarde, mis queridos hermanos y hermanas, en el memorial de la Cena del Señor, hagamos la intención de unirnos a la oración de Cristo por toda la humanidad. Incluso por los que lo rechazan, que es muy probable que muchos lo rechacen por culpa nuestra, porque Cristo se ofreció por todos.

El sentido más profundo de la Celebración Eucarística es la acción de gracias. Acción de gracias por todos sus dones, principalmente por el don más excelso: su Hijo muy querido, con quien hemos recibido gracia sobre gracia. Una multitud de dones, y entre ellos, la vida a la que estamos invitados a participar ya desde ahora en la medida en que nos unimos a Él mediante el sacramento de la Eucaristía y la práctica del amor fraterno. Somos seres para la vida y desde ahora debemos saber vivir intensamente, pero intensamente viviremos en la manera que seamos discípulos del Señor Jesús y mantengamos una comunión viva, existencial con Él. Él es el camino, la verdad y la vida.

Mis amados hermanos, la vida a la que hemos sido llamados por el amor de nuestros padres vale mucho, muchísimo. En la jerarquía de valores ocupa el primer lugar. Merece, por eso, el máximo respeto en cualquiera de sus etapas, desde el comienzo hasta su muerte natural.

Y cuando los cristianos les proponemos defenderla y nos oponemos a todo lo que la pretenda disminuir o eliminar, no estamos haciendo otra cosa que lo que hizo Jesús al resucitar, al restituirla, a sanarla o mejorarla; pero sobretodo al ofrendarla la suya. Haciendo todo esto especialmente por los más indefensos, por los que menos cuentan, es como seguramente vamos refirmando la vida eterna, ya desde ahora, porque la vida eterna se disfruta ahora o jamás se disfrutará, no hay un más allá, sino un acá, no hay un después, sino un aquí.

En otras palabras, mis queridos hermanos, Jesús nos ha prometido que podremos obtener la vida eterna, pero sólo mediante el camino del servicio, que no es otro que el de la cruz y del amor.

Hermanos, amor, servicio y vida es lo que celebramos hoy en este Jueves Santo, en esta bendita tarde. Jesús en su vida mortal, nos enseñó, con su propio ejemplo que son inseparables. Y es lo que significa la Eucaristía, que es ante todo un encuentro de hermanos con el Hermano mayor ante el Padre, el buen Padre Dios, de Jesús y nuestro. Junto con la Eucaristía, e inseparable de ella, más aún en función de ella, Jesús nos ha dejado el don del sacerdocio ministerial.

Es un don para la Iglesia en primer lugar, más que un don personal. Por el ejercicio sacerdotal, la Iglesia se congrega para escuchar la Palabra y para ofrecer a Cristo al Padre y con Él también ella se ofrece.

Hoy, mis amados hermanos, día del sacerdocio, es muy buena ocasión para valorar y orar por las vocaciones sacerdotales. Amados hermanos, que están en la Casita de Madre, amados hermanos, que a través de la radio y de la televisión están unidos a nosotros, ¿por qué no le ofrecen uno de sus hijos al Señor para el ministerio sacerdotal? Vale la pena ser sacerdote, vale la pena ser consagrado.

Hoy también, mis hermanos, oremos pues, para rogar al Padre de misericordia que suscite en los corazones de muchos jóvenes el deseo de consagrar la vida al servicio del Reino y de sus hermanos. Por nuestra parte trabajemos porque en nuestras familias se viva de tal manera los valores del Evangelio que sea el mejor ambiente para cultivar esas vocaciones.

Mis queridos hermanos y hermanas, oren por sus sacerdotes, que el Señor derrame abundantemente  sobre nosotros sus dones celestiales, para que seamos fieles ministros de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote y los conduzcamos a ustedes hacia Él, que es la fuente única de salvación; que seamos entre ustedes una imagen viva y cada vez más perfecta de Cristo Sacerdote, Buen Pastor, Maestro y Servidor de todos.

Terminemos nuestra reflexión agradeciéndole a Jesús su invitación a estar con Él esta tarde tan importante, digámosle que le amamos y queremos cumplir su voluntad y que estamos convencidos de que como discípulos suyos tenemos que distinguirnos por nuestra capacidad de amor, por nuestra capacidad de servicio y entrega, nadie tiene mayor amor a sus amigos que el que da la vida por ellos.

Donde quiera que haya un cristiano debe reconocerse por un perfume especial, el de la caridad, el del amor, el del servicio. Cristiano es el que más ama y el que ama mejor. Dicho de manera personalizada, cristiano es el que se siente amado por el Señor Jesús y quiere amar como Él, a la manera de un Dios.

Que el Señor los conserve a todos nosotros en su amor y nos lleve a todos, pastores y ovejas, a la vida eterna. Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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