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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Domingo de Ramos.

1 de abril de 2007

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DONDE ESTÁ CRISTO AHÍ ESTÁ EL REINO
San Ambrosio

Queridos hermanos, con el domingo de ramos iniciamos la semana mayor del año, la semana santa. Todo el ritmo de la cuaresma nos trajo poco a poco, pero dramáticamente, a esta semana que comienza con la entrada solemne de Jesús a Jerusalén, para entregar  en ella su vida por la salvación de la humanidad. Al final de esta semana, la contemplación del misterio pascual nos llevará al gozo y la alegría de la salvación realizada por Cristo a través de su muerte y resurrección.

Hoy vemos en la narración del evangelio de Lucas cómo la oposición de los jefes de los judíos a Jesús, el Cristo o Mesías, se precipitó de una manera impresionante en el momento en que Jesús determinó llegar a esta ciudad para que se cumpliera lo que estaba escrito en los profetas. 

En efecto, hermanos, en la primera lectura de este domingo, el profeta Isaías nos ofrece la figura del llamado así, siervo de Yahvéh. Esta figura misteriosa está firme en el sufrimiento, en la humillación y en el aparente fracaso. Es el discípulo atento de la Palabra de Dios que con su escucha atenta y obediente se hace capaz de animar a otros.

Es, entonces, el profeta y el maestro de sabiduría  confiado en que el designio de Dios es un don que se convertirá en salvación para todos los hombres. Esta profecía mis queridos hermanos, describe admirable y puntualmente, y por anticipado, la pasión de Jesús con la cual —con una actitud jamás igualable de amor obediente en la fidelidad a Dios y de solidaridad con los hombres— asumió en la más completa libertad la misión encomendada por su Padre.

La carta a los Filipenses nos transmite un himno en honor de Cristo que muy probablemente se entonaba en las comunidades cristianas primitivas, y que san Pablo insertó en este documento epistolar. En él se canta el misterio de Cristo Jesús que no se aferró a su categoría divina, sino que despojándose, en cierto modo, de esa condición divina que por naturaleza le pertenecía, se humilló, por obediencia y amor, al grado de asumir la condición de esclavo sufriente hasta la muerte ignominiosa de la cruz. La obediencia de Jesús fue la causa de nuestra salvación contrarrestando así la desobediencia de Adán —es decir, la de cada uno de nosotros—, que nos atrajo la muerte.

Por eso ya los primeros cristianos, según este himno, veían este abajamiento del Hijo de Dios como la causa de la gloria que posee como Señor de todo.

En el evangelio de san Lucas encontramos una narración que nos quiere ilustrar acerca del sentido de la cruz en el misterio de la salvación. No es sólo la resurrección lo que nos alcanza la salvación, sino que ésta supone también la pasión del salvador que se entregó por nosotros. La pasión y muerte de Jesús, como lo podemos hoy comprender, es parte de la buena noticia del amor del Padre, es decir del evangelio.

Y en primer lugar, hemos contemplado al Señor en la agonía (agoné = lucha) del Huerto, como la lucha de un mártir que ora al Padre para poder llegar al cumplimiento de su destino. Jesús en su pasión realiza todo lo que había enseñado: hacer siempre la voluntad del Padre como lo único que da sentido a la existencia.

También aparece Jesús como mártir (testigo) decidido a dar testimonio de la verdad y de la fidelidad a Dios ante el sanedrín, es decir, ante la autoridad religiosa; y ante la autoridad política, al soportar humilde y pacientemente, como el siervo de Yahvéh, toda clase escarnios, burlas, golpes y, en fin un odio creciente.

Y como lo fue durante toda su vida, también en ese momento se muestra misericordioso y compasivo frente al sufrimiento y la debilidad de sus amigos, cuando los exhorta a mantenerse firmes y vigilantes y suplica por ellos en momentos de debilidad y flaqueza, incluso intercediendo por sus enemigos.

Hermanos, la lectura de la pasión es una muy oportuna introducción a la contemplación de la misericordia de Dios por nosotros. Dejemos que el Espíritu nos mueva a dejarnos mover, no a compasión, sino a un profundo sentido de gratitud y adoración ante el misterio manifestado en la cruz y la resurrección de nuestro Hermano, Señor y Maestro. Y que la Virgen, nuestra Dulce Señora, que estuvo siempre al lado de Jesús, nos enseñe a estar siempre en adoración permanente ante este misterio de amor. Amén.

 
 
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