DONDE ESTÁ CRISTO AHÍ ESTÁ EL REINO
San Ambrosio
Queridos hermanos, con el domingo de ramos iniciamos la
semana mayor del año, la semana santa. Todo el ritmo de
la cuaresma nos trajo poco a poco, pero dramáticamente, a esta
semana que comienza con la entrada solemne de Jesús a Jerusalén,
para entregar en ella su vida por la salvación de la humanidad.
Al final de esta semana, la contemplación del misterio pascual
nos llevará al gozo y la alegría de la salvación realizada
por Cristo a través de su muerte y resurrección.
Hoy vemos en la narración del evangelio de Lucas cómo la oposición
de los jefes de los judíos a Jesús, el Cristo o Mesías, se precipitó
de una manera impresionante en el momento en que Jesús determinó
llegar a esta ciudad para que se cumpliera lo que estaba
escrito en los profetas.
En efecto, hermanos, en la primera lectura de este domingo,
el profeta Isaías nos ofrece la figura del llamado así,
siervo de Yahvéh. Esta figura misteriosa está firme en
el sufrimiento, en la humillación y en el aparente fracaso.
Es el discípulo atento de la Palabra de Dios que con su escucha
atenta y obediente se hace capaz de animar a otros.
Es, entonces, el profeta y el maestro de sabiduría confiado
en que el designio de Dios es un don que se convertirá en salvación
para todos los hombres. Esta profecía mis queridos hermanos,
describe admirable y puntualmente, y por anticipado, la pasión
de Jesús con la cual —con una actitud jamás igualable
de amor obediente en la fidelidad a Dios y de solidaridad con
los hombres— asumió en la más completa libertad la misión
encomendada por su Padre.
La carta a los Filipenses nos transmite un himno en honor
de Cristo que muy probablemente se entonaba en las comunidades
cristianas primitivas, y que san Pablo insertó en este documento
epistolar. En él se canta el misterio de Cristo Jesús que
no se aferró a su categoría divina, sino que despojándose,
en cierto modo, de esa condición divina que por naturaleza le
pertenecía, se humilló, por obediencia y amor, al grado
de asumir la condición de esclavo sufriente hasta la muerte
ignominiosa de la cruz. La obediencia de Jesús fue la causa
de nuestra salvación contrarrestando así la desobediencia de
Adán —es decir, la de cada uno de nosotros—, que nos atrajo
la muerte.
Por eso ya los primeros cristianos, según este himno, veían
este abajamiento del Hijo de Dios como la causa de la gloria
que posee como Señor de todo.
En el evangelio de san Lucas encontramos una narración que
nos quiere ilustrar acerca del sentido de la cruz en el misterio
de la salvación. No es sólo la resurrección lo que nos alcanza
la salvación, sino que ésta supone también la pasión del salvador
que se entregó por nosotros. La pasión y muerte de Jesús,
como lo podemos hoy comprender, es parte de la buena noticia
del amor del Padre, es decir del evangelio.
Y en primer lugar, hemos contemplado al Señor en la agonía
(agoné = lucha) del Huerto, como la lucha de un mártir
que ora al Padre para poder llegar al cumplimiento de su destino.
Jesús en su pasión realiza todo lo que había enseñado:
hacer siempre la voluntad del Padre como lo único que da sentido
a la existencia.
También aparece Jesús como mártir (testigo) decidido
a dar testimonio de la verdad y de la fidelidad a Dios ante
el sanedrín, es decir, ante la autoridad religiosa; y ante la
autoridad política, al soportar humilde y pacientemente,
como el siervo de Yahvéh, toda clase escarnios, burlas, golpes
y, en fin un odio creciente.
Y como lo fue durante toda su vida, también en ese momento
se muestra misericordioso y compasivo frente al sufrimiento
y la debilidad de sus amigos, cuando los exhorta a mantenerse
firmes y vigilantes y suplica por ellos en momentos de debilidad
y flaqueza, incluso intercediendo por sus enemigos.
Hermanos, la lectura de la pasión es una muy oportuna
introducción a la contemplación de la misericordia de Dios
por nosotros. Dejemos que el Espíritu nos mueva a dejarnos
mover, no a compasión, sino a un profundo sentido de gratitud
y adoración ante el misterio manifestado en la cruz y la resurrección
de nuestro Hermano, Señor y Maestro. Y que la Virgen, nuestra
Dulce Señora, que estuvo siempre al lado de Jesús, nos enseñe
a estar siempre en adoración permanente ante este misterio de
amor. Amén. |
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