Muy
queridos hermanos y hermanas.
Todos sabemos que la palabra Evangelio significa buena nueva,
buena noticia. Para justificar ese título bastaría este
capítulo 15 de san Lucas, en donde con todo colorido oriental
se nos presentan de corrido las tres parábolas que acabamos
de escuchar: La oveja extraviada, La moneda perdida y
El hijo pródigo. La ocasión concreta y el marco que
le da unidad a esta enseñanza es la defensa que Jesús hace
de los ataques que está recibiendo de los escribas y fariseos
que murmuraban entre sí: éste recibe a los pecadores
y come con ellos. Revistiendo de ropaje humano la imagen
de Dios, Jesucristo, con representaciones muy vivas, nos
dice cual es la actitud de Dios frente al hombre pecador
o descarriado, dejando que ellos mismos saquen la conclusión:
si sólo Dios tiene este modo de actuar, y yo estoy actuando
así, adivinen quién soy.
Casi es seguro que las tres situaciones narradas por Jesús
son situaciones humanas inventadas, irreales, pero con un
contenido de verdad superior a cualquier historia. Jesús,
como muchos de los grandes poetas y novelistas, penetra
en lo más profundo de la realidad humana y nos revela la
presencia amorosa y el actuar de Dios misericordioso en
nuestra historia humana herida por el pecado.
En el breve tiempo de una homilía es imposible explicar detalladamente
cada una de las tres parábolas, que forman una sola unidad,
pero lo que sí se puede hacer es subrayar algunos elementos
comunes, algunos de los aspectos más sobresalientes en estas
parábolas que hemos escuchado.
Lo primero que podemos decir es que el protagonista de las
tres parábolas, no es ni la oveja extraviada, ni la moneda
perdida, ni el hijo que regresa, ya que en realidad no es
del hombre o de los pecadores de quien Jesús quiere hablar,
sino de Dios, de la alegría de Dios ante la conversión,
del amor infinito y misericordioso que Dios nos tiene, cuales
quiera que haya sido nuestra historia, cualesquiera que
sea nuestra situación actual.
Podemos decir claramente que el corazón de las tres parábolas
es la alegría de Dios, la alegría de Dios es como el estribillo
que se repite en las tres parábolas. En la parábola de “La
oveja extraviada” se nos dice: “Una vez que la encuentra,
la carga sobre sus hombros, lleno de alegría… reúne
a los amigos y vecinos y les dice “alégrense conmigo
… yo les aseguro que en cielo habrá más alegría por
un pecador que se arrepiente…”
En la parábola de La moneda perdida, encontramos: “Cuando
la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice “alégrense
conmigo… Yo les aseguro que así también se alegran los
ángeles de Dios por un sólo pecador que se arrepiente”
Y en la parábola del El hijo pródigo, la alegría del
padre explota y se hace fiesta: “Corrió hacia él, y echándole
los brazos al cuello,…lo cubrió de besos. ¡Pronto!
traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo
en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo
y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque éste hijo
mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido
y lo hemos encontrado… Era necesario hacer fiesta y alegrarnos,
regocijarnos.
Hablando en nuestro lenguaje, Jesús nos dice que Dios se alegra
cuando nos encuentra, o más bien cuando nos dejamos encontrar;
Dios se alegra cuando nos arrepentimos; Dios se alegra cuando
regresamos a su casa; Dios se alegra cuando nos ve sentados
a su mesa, cuando participamos del banquete que Él mismo
nos ha preparado.
Alguno de nosotros podría pensar: “si hay más alegría por un
pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos…
si hay más fiesta por el hijo que despilfarró todos los
bienes y regresa la casa que por el hijo que siempre estuvo
con su padre… Entonces recorramos el camino del pecado y
después nos arrepentiremos para que Dios se alegre y haga
fiesta”
Pensar así sería mal interpretar a Jesús y tomar el camino
contrario al que en estas mismas parábolas nos está señalando.
El pastor que se encuentra a la oveja extraviada, y la mujer
que encuentra la moneda perdida tienen esta reacción: reúnen
a sus amigos y vecinos y les dicen: “alégrense conmigo”.
El padre del Evangelio, le dice al hijo mayor: “Era
necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano
tuyo estaba perdido y lo hemos encontrado”. Al hijo
que está en casa, a los amigos y vecinos, a los noventa
y nueve que están en el redil, Dios los asocia a su alegría,
participan como Dios y con Dios del banquete, escuchan las
palabras de riqueza incalculable: “Hijo tú siempre estás
conmigo y todo lo mío es tuyo.”
Pero no tomemos tan rápido el lugar del hijo que siempre ha
estado en casa, del que siempre ha estado en el redil, del
que nunca se ha perdido y que por lo tanto no tiene nada
de que arrepentirse.
Los que se justifican a sí mismos, los que piensan que están
bien, los que nunca sienten arrepentimiento de nada, quizá
son los que están en peor situación. |