Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo, mis
amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, mis queridos
hermanos en el ministerio sacerdotal, diáconos, capellanes,
Cabildo de Guadalupe.
El Miércoles de Ceniza, hoy, marca el inicio del tiempo de
Cuaresma, es un tiempo litúrgico importante, cuyo sentido principal
es la preparación a la Pascua de Resurrección, la Cuaresma
por sí misma, mis hermanos, no tiene sentido, nos encamina a
la Pascua. Si tuviéramos que definir el objetivo principal de
este camino cuaresmal, podríamos decir que es un tiempo de
conversión. Así lo subrayan los textos de la Sagrada
Escritura que hemos proclamado y los diversos litúrgicos de
hoy. Por ejemplo, la primera lectura está centrada en la idea
del conversión, del arrepentimiento y de la reconciliación
con Dios. En esta primera lectura, el profeta Joel invita
al pueblo a convertirse a Dios, a pedir perdón, con la confianza
de que el Señor, “compasivo y misericordioso, lento a la cólera,
rico en piedad”, se compadecerá de los que se conviertan
de corazón. Y el salmo responsorial de hoy, es el que conocemos
precisamente como “Miserere” (Señor ten misericordia), un texto
emblemático de la actitud de todo creyente que pide perdón a
Dios y quiere retomar el camino del Señor. Igualmente, san Pablo,
en la segunda lectura, insiste en esta llamada a la conversión:
“en nombre Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios”.
Una llamada que se expresa con urgencia invitando a que no perdamos
la oportunidad. “Ahora es tiempo favorable, ahora es el día
de la salvación.”
El nombre de "miércoles de ceniza" viene precisamente
de este elemento que hoy toma protagonismo en la celebración
litúrgica. El simbolismo es muy claro, la ceniza nos
recuerda que nuestra naturaleza humana es débil, limitada, pecadora.
“Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”, tantos años
escuchamos esto en este día, mis hermanos. Pero precisamente
porque somos conscientes de esta debilidad y limitación, nos
ponemos en manos de Aquél que no es débil, que no es limitado,
ni pecador; en manos del Santo de los Santos, Aquél bendito
que se hizo maldito por nosotros.
Con el signo de la imposición de la ceniza en la cabeza, en
la cabeza, a veces queremos que nos lo pongan en la frente para
que se vea y para que todo mundo diga: “ha ya tomaste ceniza”.
No, se tiene que poner en la cabeza, donde no se vea, donde
se pierda con el pelo mismo. Mis hermanos, Jesús mismo lo dice
en el Evangelio, con esta imposición de ceniza expresamos nuestro
arrepentimiento, y al mismo tiempo nuestro deseo de recorrer
este camino de revisión, de renovación, de conversión. Por eso,
en el momento de recibir la ceniza, se nos dice: "Conviértete
y cree el Evangelio" o podemos decir también nosotros:
“Me convierto y creo en el Evangelio.”
Este gesto de humildad y penitencia nos anima a empezar un
camino que nos ha de llevar a la alegría, a la luz, a la
vida... a la Pascua de Resurrección. Así pues, mis amados
hermanos, damos inicio hoy, a la preparación personal y comunitaria
de la gran fiesta cristiana: la Resurrección de Jesucristo.
Para ello, los invito a que recojamos la invitación del mismo
Jesús en las primeras palabras del Evangelio que acabamos de
proclamar: “Busquen practicar la justicia”, pero no como
los escribas y fariseos. Busquen practicar la justicia; pero
con un matiz especial: evitar caer en la trampa de hacer el
bien para ser bien vistos de la gente. Tengan cuidado, tengan
cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres
para que los vean. Un atinado consejo para progresar por caminos
seguros hacia la Pascua de Resurrección.
Ahora bien, se nos concreta la práctica de la justicia en tres
propuestas convergentes: El esmero en nuestra relación con
Dios (la oración), el esmero en nuestra relación con
los demás (la limosna, el compartir el sentir del otro)
y esmero en nuestra relación con nosotros mismos (el
ayuno). Es esta la auténtica conversión que Dios desea, la reconciliación
a que nos insta san Pablo. Es una nueva oportunidad, el tiempo
oportuno, que Dios nos ofrece para desligarnos de nuestras
ataduras internas para vivir en mayor libertad. Este el
sentido de la Cuaresma, mis amados hermanos. ¿Qué ataduras internas
tenemos, revisemos nuestras vidas? ¿De verdad somos libres,
con la libertad de los hijos de Dios?
Mis
hermanos, el Señor nos marca muy bien la ruta, el camino a seguir
a lo largo de estas semanas de Cuaresma. Si queremos llegar
bien dispuestos a la fiesta central de nuestra fe, al gozo de
la Pascua de Resurrección, debemos revisar, mis amados hermanos,
¿cómo oramos?, ¿somos hombres de oración?, ¿cómo es nuestra
oración?
Poco a poco hay que reducir el exceso de palabras, para creer
más en el Señor y crecer en el sentimiento de confianza y de
sencillez ante Él. A Dios no le interesan cuanto nuestros labios
cuanto nuestro corazón. Necesitamos acallar un poco nuestra
voz y experimentar nuestra sed de Él, nuestra hambre de Él.
Nuestras palabras nos ensordecen tanto que no dejamos aflorar
nuestros íntimos sentimientos, parace como si para Él sólo tuvíeramos
palabras. Y miren, hermanos, a Dios sobretodo hay que amarlo.
Quien acepta con humildad su pobreza en el silencio de su corazón,
no duda en levantar su mirada a quien sabe que lo ama. Y si
pasa por la oscuridad de la fe, todavía se cobija más confiadamente
en Dios. Contra los ídolos externos e internos: la fe. El abandono
absoluto en el Señor, como lo meditabamos, el domingo pasado,
mis hermanos, éste es el clima de la verdadera oración. Nos urge revisar también nuestro trato con los demás y cómo
les ofrecemos la generosidad de nuestra limosna. Una limosna,
que no se reduce al dinero, sino también el gesto de amigo,
el gesto de hermano, a la escucha serena, a la comprensión,
al perdón.
Y sin asomo de prepotencia, porque toda actitud arrogante provoca
mayor afrenta. Entonces la limosna carece de sentido cristiano
y no ennoblece a nadie. Además debemos ser promotores de esperanza
en una sociedad dominada por el recelo y la desconfianza. Hay
muchas personas humildes que nos dan ejemplo, que comparten
aun lo que no tienen. Hay muchas personas, por otro lado, hundidas
por la soledad, el desengaño y la frustración, precisamente
por que vivien acaparando, por que no tienen sentido del otro,
de los otros, de los demás. A menudo están, muy cerca de nosotros,
acerquemos a ellos, si yo no voy a ir al cine en la Cuaresma,
a no ir al teatro, o no voy a ir a… que bueno. Invirtamos ese
tiempo en visitar a estos hermanos nuestros que viven la soledad,
en el desengaño, en la tristeza, en la frustación. Y no podemos
pasar por su vida con indiferencia. En esta línea debemos descubrir
el sentido de la limosna más eficaz: una conversión a la solidaridad
en los sentimientos. Contra el orgullo del poseer es preciso
reaccionar con el verdadero amor. Esta es la limosna auténtica
y verdadera. Y también, se nos pide que sepamos ayunar de cuanto no favorece
nuestro crecimiento en libertad interior. Vivimos, en ocasiones,
esclavizados de nuestros caprichos y de nuestra tozudez, de
nuestra honra (honrilla, diría yo) y vanidad.
Nos establecemos en nuestros prejuicios y aplicamos etiquetas
con una ligereza desconcertante. Hoy el Señor nos pide una conversión
a la pobreza, a la sobriedad, incluso a la austeridad. Y no
sólo en cosas materiales, sino también en críticas, murmuraciones
y descalificaciones. No saber privamos de estas actitudes, ¿no
es sinónimo de esclavitud?, ¿No es un fardo demasiado pesado?
Ayunemos. Ayunemos de la televisión, ayunemos de la radio. Tengamos la
valentía de apagar el televisor y ponernos a leer un buen libro.
Ponernos a orar un rato o seguir la pasión de Cristo, através
del Vía Crucis.
Amados hermanos ¿no hay en nosotros una fuerza mayor que nos
incline la balanza hacia la libertad? Pensemos en esto. Desprendernos
de nuestro yo engreído es una tarea de toda la vida, de todas
las cuaresmas. Es tiempo oportuno, es tiempo favorable. Contra
la rigidez y el envanecimiento de nuestro yo, es preciso aplicar
la discreción y el respeto. Éste es también el ayuno que quiere
el Señor. Pensemos en esto acogamos, esta palabra en nuestro
corazón y todo ello nos lleva no a una conversión exterior momentanea,
como si se tratara de un cambio de imagen, con algún que otro
retoque en nuestra vida, sino al Hombre Nuevo, Jesucristo. Esa
es la tarea, esa es la misión que tenemos que realizar en esta
Cuaresma.
Originalmente, conversión es cambio de orientación de toda
la persona, algo que compromete desde lo hondo del alma. Un
camino que se emprende porque Alguien nos ha llamado, nos ha
seducido, nos ha amado. Señor, ¿a quién iremos? Solamente tú
tienes palabras de vida eterna”. Señor, ¿a quién iremos? tú
tienes ruta, el camino a Seguir, nuestra vocación y nuestro
destino: practicar la justicia sin buscar el reconocimiento
ajeno.
Que la Señora del Cielo, nuestra muchachita, Santa María de
Guadalupe nos ayude a vivir intensamente el sentido de esta
Cuaresma.
Que así sea. |
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