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Homilía
pronunciada por
el Emmo. Sr. Cardenal Don Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Basílica de Guadalupe en los 475 años de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.

12 de Diciembre de 2006

Queridos hermanos:
Hoy celebramos una de las fiestas más grandes de todo el Continente y que trasciende al mundo entero, la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, precisamente hoy, a los 475 años de sus apariciones y del signo que nos dio, la señal que nos regalo en la humilde tilma de san Juan Diego, su hermosa y maravillosa imagen amada.

Hace 475 años que Dios intervino por medio de lo más amado, su propia Madre, para darnos todo su amor y su salvación; para darnos unidad, armonía y una nueva vida.

Hace 475 años la Madre de Dios puso sus benditos pies en nuestra tierra, como lo hizo cuando caminó por las montañas de Judea hasta llegar con su prima Isabel para asistirla, servirla, ayudarla. Ella viene con su Hijo Jesucristo en sus entrañas, viene a visitarnos y a quedarse con nosotros, ¿quiénes somos nosotros para que la Madre de nuestro Señor venga a vernos y no sólo a visitarnos sino a quedarse en nuestra tierra?

Hace 475 años que Nuestra Morenita del Cielo, nuestra Reina, nuestra Niña amada, Sagrario inmaculado de Dios, quiso entregarnos a su propio Hijo, ante el grito, el clamor y la oración de intercesión de parte de mi humilde antecesor, el obispo fray Juan de Zumárraga, protector de los indios, valiente obispo de esta tierra.

Hace 475 años que María trasformó el mundo desde el corazón del humilde, del sencillo, san Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Nuestra Señora de Guadalupe quiso realizar una alianza al plasmarse en la humilde tilma de su fiel mensajero; y con ello realizó una alianza de fe, de esperanza y de amor.

Hace 475 años que Juan Diego abrumado por la enfermedad de su tío Juan Bernardino corrió a buscar un sacerdote a Tlatelolco para que le diera el último auxilio espiritual a su amado tío que agonizaba de una terrible enfermedad.

Hace 475 años, Juan Diego le dio la vuelta al cerro del Tepeyac para no perder tiempo con la Señora del Cielo, con la Madre de Dios, con la Madre del dueño del tiempo, el dueño de la eternidad; la Virgen salió al encuentro de Juan Diego ante su total sorpresa y desconcierto, lo atajó en el camino desviado, y le entregó todo su cariño, todo ese amor de madre cuando le dijo que no tuviera miedo ni angustia, cuando la Madre de Dios le manifestó que también era Madre nuestra, con las frases más hermosas que pudieran haber sido pronunciadas: “¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?

Hace 475 años, la Virgen María se presentó ante el anciano y enfermo Juan Bernardino, a quien le dio, no sólo la salud, sino también entregándole su nombre, María le dijo al anciano: “bien así se nombraría: LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE, su Amada Imagen”.[1] No fueron los españoles quienes le dieron el nombre, no fueron los indígenas que se lo adaptaron; sino que fue la Misma Virgen María quien se quiso llamara así: Guadalupe; un nombre árabe, conocido por los españoles, un nombre maravilloso que significa: “el cauce del río”, “aquello que lleva el agua” o “Río de Luz” y precisamente esta es la vocación de María, es Ella quien porta, quien lleva el Agua viva que es su propio Hijo; es María quien nos lleva a Jesús, como Ella misma lo dice en el pasaje conocido como las Bodas de Canna: “Hagan todo lo que Él les diga.” (Jn 2, 5)

Hace 475 años cuando María envió a Juan Diego a recoger flores en la punta del cerro del Tepeyac, un cerro polvoso, árido, seco, en donde sólo reinaba el frío y la muerte; Juan Diego, el mensajero fiel, sabiendo que en las palabras de la Virgen María florecía la verdad, subió al cerro sin dudar y, efectivamente, la punta de cerro árido estaba convertido en un verdadero vergel; flores de las más bellas, de exquisita fragancia, como nunca antes las había visto; la vida se enraizaba en la tierra muerta de México, la vida que se encontraba en lo alto de la desesperación, ahora se convertía en fuente de esperanza, la vida surgía llena de amor en donde sólo habían signos de muerte y de odio.

Hace 475 años Juan Diego tomó esas benditas flores y las colocó dentro de su humilde tilma, una tilma que le daba calor y lo protegía, una tilma que era importante para su sustento, una tilma que la había usado cuando se casó con su amada esposa María Lucía, una tilma que lo identificaba como humilde macehual; ahora, las flores de la poderosa verdad de Dios, por medio de María, se encontraban en el hueco de su tilma, la verdad que nos traía María ahora se encontraba en el hueco del manto de este humilde macehual, de su tilma, eran signo del mensaje maravilloso que había recibido ya que en esa tilma que le servía de protección ahora estaba la misma Madre de Dios siendo nuestra Madre que nos protege y todavía retumbaba en su cabeza y en su corazón las palabras de María: “no tengas miedo…¿no estoy yo aquí que soy tu madre?; en esa tilma que le había servido tantas veces para cargar su comida, su sustento, ahora cargaba la verdad de Dios, su sustento, el que se entregó en la cruz, el que derramó su sangre por nosotros, el que lo alimenta con su Palabra, su cuerpo, su sangre y su vida misma, él, el humilde texcocano, el indígena es ahora quien llevaba la verdad de Dios en el hueco de su tilma; todo esto ya formaba parte de su identidad, todo esto lo ennoblecían, lo confirmaban en su ser como hijo de Dios y de María Santísima.

Hace 475 años que el obispo fray Juan de Zumárraga, cabeza de la Iglesia, se arrodillaba ante la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, se postraba ante la tilma humilde y sencilla de san Juan Diego, y con lágrimas en los ojos, con la emoción que cerraba su garganta inmediatamente se hizo cargo de la señal, que gracias a su petición, la Virgen María había concedido, Zumárraga colocó la tilma primero           en su oratorio y en ese hogar quiso que Juan Diego y Juan Bernardino vivieran unos días con él. Los tres como hermanos, los tres como familia, los tres unidos gracias a la sangre, esa misma sangre que se derramó en la cruz por amor.

Hace 475 años que se inició a construir la voluntad de la Virgen de erigir un templo para darnos ahí todo su Amor que es su mismo Hijo Jesucristo, Nuestro Señor, y ese templo se inicio precisamente en ese 12 de diciembre y sus cimientos, su base, se comenzó en el corazón de cada uno de los que con fe permanecen en la esperanza para vivir en el amor; y nuestra patria se forjó.

Hace 475 años que los indígenas contemplaron que todas sus profecías no sólo se habían cumplido, sino que todo se sobrepasaba, había acontecido algo que era mucho más de lo que ellos podían siquiera soñar o imaginar: el mismo Dios, el omnipotente, el Dueño del cielo y de la tierra, el verdaderísimo Dios por quien se vive en persona había descendido hasta ellos por medio de su amadísima Madre para encontrarse con su corazón, con su sangre, con su vida; ya no tenían que ofrecer esto para alimentar a sus dioses; el Dios vivo y verdadero era quien los alimentaba con su cuerpo y con su sangre; era el mismo Dios quien se había sacrificado por ellos y ahora se entregaba, por medio de su Madre, para que Ellos tuvieran vida en abundancia, para hacerlos sus discípulos y misioneros, para que dieran testimonio de que Él era el Camino, la Verdad y la Vida.

Hace 475 años un acontecimiento maravilloso irrumpió en nuestro suelo y en nuestra historia, la Madre de Dios tomó nuestra piel morena, mestiza, como su propia identidad.

Y hoy, más que nunca, tenemos un maravilloso compromiso de continuar y participar su mensaje y su imagen plenos de unidad, de armonía, de nueva vida, de amor profundo. Tenemos una clara obligación, una responsabilidad ineludible, de ser parte de esta historia de la salvación. Más que nunca debemos ser concientes de la necesidad de vivir como verdaderos hijos de Dios, tenemos que ser coherentes con nuestra fe. Más que nunca nuestro pueblo necesita la participación de todos, de la unidad de todos, de la entrega de ese mismo amor que nos dio y nos sigue dando nuestra Madre Santa María de Guadalupe, fortificar los cimientos de esa casita sagrada que era su amable deseo, su querer; esos cimientos que se fundamentan en nuestro corazón, haciéndolo palpitar por el amor a los más necesitados, a los más pobres, a los más despreciados.

Hace 475 años ¡Santa María de Guadalupe, la Madre de todos nosotros, nos hace su familia, nos recuerda que somos hermanos entre sí, nos hace concientes que en esta bendita tierra puso sus pies para que de aquí se impulse el verdadero amor de Jesucristo Nuestro Señor al mundo entero!

No tengan miedo, Ella, nuestra Madre, nos tiene en el cruce de sus brazos, en el hueco de su manto; Ella es la causa de nuestra fiesta, de nuestra alegría…no tenemos necesidad de ninguna cosa más…

¡Gracias Santa María de Guadalupe, nuestra hermosa Niña morena, dueña de nuestro corazón, porque desde hace 475 años tu amor en nosotros es eterno!

Notas

[1] Nican Mopohua, v. 208.

 
 
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