Queridos
hermanos:
Hoy celebramos una de las fiestas más grandes de todo el Continente
y que trasciende al mundo entero, la fiesta de Nuestra Señora
de Guadalupe, precisamente hoy, a los 475 años de sus apariciones
y del signo que nos dio, la señal que nos regalo en la humilde
tilma de san Juan Diego, su hermosa y maravillosa imagen amada.
Hace 475 años que Dios intervino por
medio de lo más amado, su propia Madre, para darnos todo su
amor y su salvación; para darnos unidad, armonía y una nueva
vida.
Hace 475 años la Madre de Dios puso
sus benditos pies en nuestra tierra, como lo hizo cuando caminó
por las montañas de Judea hasta llegar con su prima Isabel para
asistirla, servirla, ayudarla. Ella viene con su Hijo Jesucristo
en sus entrañas, viene a visitarnos y a quedarse con nosotros,
¿quiénes somos nosotros para que la Madre de nuestro Señor venga
a vernos y no sólo a visitarnos sino a quedarse en nuestra tierra?
Hace 475 años que Nuestra Morenita
del Cielo, nuestra Reina, nuestra Niña amada, Sagrario inmaculado
de Dios, quiso entregarnos a su propio Hijo, ante el grito,
el clamor y la oración de intercesión de parte de mi humilde
antecesor, el obispo fray Juan de Zumárraga, protector de los
indios, valiente obispo de esta tierra.
Hace 475 años que María trasformó el
mundo desde el corazón del humilde, del sencillo, san Juan Diego
Cuauhtlatoatzin. Nuestra Señora de Guadalupe quiso realizar
una alianza al plasmarse en la humilde tilma de su fiel mensajero;
y con ello realizó una alianza de fe, de esperanza y de amor.
Hace 475 años que Juan Diego abrumado
por la enfermedad de su tío Juan Bernardino corrió a buscar
un sacerdote a Tlatelolco para que le diera el último auxilio
espiritual a su amado tío que agonizaba de una terrible enfermedad.
Hace 475 años, Juan Diego le dio la
vuelta al cerro del Tepeyac para no perder tiempo con la Señora
del Cielo, con la Madre de Dios, con la Madre del dueño del
tiempo, el dueño de la eternidad; la Virgen salió al encuentro
de Juan Diego ante su total sorpresa y desconcierto, lo atajó
en el camino desviado, y le entregó todo su cariño, todo ese
amor de madre cuando le dijo que no tuviera miedo ni angustia,
cuando la Madre de Dios le manifestó que también era Madre nuestra,
con las frases más hermosas que pudieran haber sido pronunciadas:
“¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra
y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en
el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad
de alguna otra cosa?”
Hace 475 años, la Virgen María se presentó
ante el anciano y enfermo Juan Bernardino, a quien le dio, no
sólo la salud, sino también entregándole su nombre, María le
dijo al anciano: “bien así se nombraría: LA PERFECTA VIRGEN
SANTA MARÍA DE GUADALUPE, su Amada Imagen”. No fueron los españoles quienes le dieron
el nombre, no fueron los indígenas que se lo adaptaron; sino
que fue la Misma Virgen María quien se quiso llamara así: Guadalupe;
un nombre árabe, conocido por los españoles, un nombre maravilloso
que significa: “el cauce del río”, “aquello que lleva el agua”
o “Río de Luz” y precisamente esta es la vocación de María,
es Ella quien porta, quien lleva el Agua viva que es su propio
Hijo; es María quien nos lleva a Jesús, como Ella misma lo dice
en el pasaje conocido como las Bodas de Canna: “Hagan todo lo
que Él les diga.” (Jn 2, 5)
Hace 475 años cuando María envió a
Juan Diego a recoger flores en la punta del cerro del Tepeyac,
un cerro polvoso, árido, seco, en donde sólo reinaba el frío
y la muerte; Juan Diego, el mensajero fiel, sabiendo que en
las palabras de la Virgen María florecía la verdad, subió al
cerro sin dudar y, efectivamente, la punta de cerro árido estaba
convertido en un verdadero vergel; flores de las más bellas,
de exquisita fragancia, como nunca antes las había visto; la
vida se enraizaba en la tierra muerta de México, la vida que
se encontraba en lo alto de la desesperación, ahora se convertía
en fuente de esperanza, la vida surgía llena de amor en donde
sólo habían signos de muerte y de odio.
Hace 475 años Juan Diego tomó esas
benditas flores y las colocó dentro de su humilde tilma, una
tilma que le daba calor y lo protegía, una tilma que era importante
para su sustento, una tilma que la había usado cuando se casó
con su amada esposa María Lucía, una tilma que lo identificaba
como humilde macehual; ahora, las flores de la poderosa verdad
de Dios, por medio de María, se encontraban en el hueco de su
tilma, la verdad que nos traía María ahora se encontraba en
el hueco del manto de este humilde macehual, de su tilma, eran
signo del mensaje maravilloso que había recibido ya que en esa
tilma que le servía de protección ahora estaba la misma Madre
de Dios siendo nuestra Madre que nos protege y todavía retumbaba
en su cabeza y en su corazón las palabras de María: “no tengas
miedo…¿no estoy yo aquí que soy tu madre?; en esa tilma que
le había servido tantas veces para cargar su comida, su sustento,
ahora cargaba la verdad de Dios, su sustento, el que se entregó
en la cruz, el que derramó su sangre por nosotros, el que lo
alimenta con su Palabra, su cuerpo, su sangre y su vida misma,
él, el humilde texcocano, el indígena es ahora quien llevaba
la verdad de Dios en el hueco de su tilma; todo esto ya formaba
parte de su identidad, todo esto lo ennoblecían, lo confirmaban
en su ser como hijo de Dios y de María Santísima.
Hace 475 años que el obispo fray Juan
de Zumárraga, cabeza de la Iglesia, se arrodillaba ante la Imagen
de Nuestra Señora de Guadalupe, se postraba ante la tilma humilde
y sencilla de san Juan Diego, y con lágrimas en los ojos, con
la emoción que cerraba su garganta inmediatamente se hizo cargo
de la señal, que gracias a su petición, la Virgen María había
concedido, Zumárraga colocó la tilma primero en su
oratorio y en ese hogar quiso que Juan Diego y Juan Bernardino
vivieran unos días con él. Los tres como hermanos, los tres
como familia, los tres unidos gracias a la sangre, esa misma
sangre que se derramó en la cruz por amor.
Hace 475 años que se inició a construir
la voluntad de la Virgen de erigir un templo para darnos ahí
todo su Amor que es su mismo Hijo Jesucristo, Nuestro Señor,
y ese templo se inicio precisamente en ese 12 de diciembre y
sus cimientos, su base, se comenzó en el corazón de cada uno
de los que con fe permanecen en la esperanza para vivir en el
amor; y nuestra patria se forjó.
Hace 475 años que los indígenas contemplaron
que todas sus profecías no sólo se habían cumplido, sino que
todo se sobrepasaba, había acontecido algo que era mucho más
de lo que ellos podían siquiera soñar o imaginar: el mismo Dios,
el omnipotente, el Dueño del cielo y de la tierra, el verdaderísimo
Dios por quien se vive en persona había descendido hasta ellos
por medio de su amadísima Madre para encontrarse con su corazón,
con su sangre, con su vida; ya no tenían que ofrecer esto para
alimentar a sus dioses; el Dios vivo y verdadero era quien los
alimentaba con su cuerpo y con su sangre; era el mismo Dios
quien se había sacrificado por ellos y ahora se entregaba, por
medio de su Madre, para que Ellos tuvieran vida en abundancia,
para hacerlos sus discípulos y misioneros, para que dieran testimonio
de que Él era el Camino, la Verdad y la Vida.
Hace 475 años un acontecimiento maravilloso
irrumpió en nuestro suelo y en nuestra historia, la Madre de
Dios tomó nuestra piel morena, mestiza, como su propia identidad.
Y hoy, más que nunca, tenemos un maravilloso
compromiso de continuar y participar su mensaje y su imagen
plenos de unidad, de armonía, de nueva vida, de amor profundo.
Tenemos una clara obligación, una responsabilidad ineludible,
de ser parte de esta historia de la salvación. Más que nunca
debemos ser concientes de la necesidad de vivir como verdaderos
hijos de Dios, tenemos que ser coherentes con nuestra fe. Más
que nunca nuestro pueblo necesita la participación de todos,
de la unidad de todos, de la entrega de ese mismo amor que nos
dio y nos sigue dando nuestra Madre Santa María de Guadalupe,
fortificar los cimientos de esa casita sagrada que era su amable
deseo, su querer; esos cimientos que se fundamentan en nuestro
corazón, haciéndolo palpitar por el amor a los más necesitados,
a los más pobres, a los más despreciados.
Hace 475 años ¡Santa María de Guadalupe,
la Madre de todos nosotros, nos hace su familia, nos recuerda
que somos hermanos entre sí, nos hace concientes que en esta
bendita tierra puso sus pies para que de aquí se impulse el
verdadero amor de Jesucristo Nuestro Señor al mundo entero!
No tengan miedo, Ella, nuestra Madre,
nos tiene en el cruce de sus brazos, en el hueco de su manto;
Ella es la causa de nuestra fiesta, de nuestra alegría…no tenemos
necesidad de ninguna cosa más…
¡Gracias Santa María de Guadalupe,
nuestra hermosa Niña morena, dueña de nuestro corazón, porque
desde hace 475 años tu amor en nosotros es eterno! |
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