5 de octubre de 2003
Empecemos,
hermanos, nuestra reflexión dirigiendo el corazón a nuestro
Padre Dios: Padre y Señor de todo lo creado, te alabamos y te
bendecimos por tu gran misericordia que conduce nuestra historia, y
la vida de cada uno de nosotros, por los caminos de tu providencia amorosa.
Tú has dispuesto todo, con tu voluntad soberana, para que seamos
felices observando tus preceptos. Danos tu luz, para descubrir la sabiduría
que salva en todas y cada una de tus ordenanzas, y la fuerza de tu Espíritu
para cumplirlas y darte gloria. Amén.
No
podemos entender, muchas veces, mis hermanos, la ley de Dios, porque
tenemos, tal vez, la triste experiencia de las leyes humanas que, con
frecuencia son producto de un capricho o de incoherencias de autoridades
que no sirven sino se sirven de los demás. De este modo las leyes
se nos hacen pesadas, porque nos son impuestas de una manera autoritaria
y prepotente. Por eso, muchas veces, ni el cumplimiento ni el incumplimiento
nos hacen responsables, libres y felices.
Pero
con la ley de Dios no sucede así, mis hermanos, porque ésta
se encuentra fundada en su proyecto amoroso que sólo mira por
nuestra bien y nuestra felicidad perfecta. No es bueno que el hombre
esté sólo, dice la primera lectura de hoy, donde se nos
describe el acto amoroso por el cual Dios crea al hombre y a la mujer.
Dios, que nos creó, no es un ser autoritario que nos haya
dado la existencia para utilizarnos o por una ventaja personal. Creemos,
más bien, que nos ha creado por amor. Y con esa lógica
del amor quiere que nuestra existencia transcurra en el amor cuya expresión
de parte nuestra, como criaturas suyas, es la obediencia en el amor,
no en el temor ni en el servilismo.
Y
así es, hermanos míos. Antes que nada, antes que la ley,
se nos dio la capacidad de amar. De esta forma, antes de darle Dios
leyes al hombre lo llamó a vivir en el amor. Es con ese amor
como nos conviene vivir. Así que la ley del amor, tanto la del
Antiguo Testamento, según se dice, dada por Moisés, como
su máxima expresión, la de Jesús y sellada por
Él en la cruz, está inscrita en lo más profundo
del ser humano, antes que la obediencia misma.
Es
el amor lo que da sentido a nuestra existencia. Es el motor principal
de nuestra vida y lo que sustenta todo lo que el hombre hace, incluida
la obediencia. Así, podemos considerar que el hombre no fue arrojado
(Sartre) en el mundo para ser abandonado a su suerte, sino que fue puesto
en el mundo con un sentido y una misión: dominar todo lo creado:
animales, plantas y, en fin su entorno vital, excepto al hombre, su
hermano, ni a la mujer, su compañera. Hombres y mujeres son criaturas
con una misma vocación y un mismo destino: la vida eterna en
Dios. Esta misión no puede realizarse cabalmente sino en el amor.
La
sexualidad, vista por la revelación contenida en la Escritura,
es la capacidad del hombre y la mujer de ser para otro, con sus límites.
Los límites de la libertad y de la necesidad. Adán puso
nombre a los animales, dice el texto, con lo cual se indica el domino
y la dignificación de éstos para servicio del hombre.
No sucede así con las personas. El hombre y la mujer llaman al
otro por su nombre para identificarlo, para hacerlo tomar conciencia
de su ser. Nadie se conoce a sí mismo, sino con la ayuda del
otro. El hombre y la mujer, más que ser diferentes, son complementarios,
precisamente porque son iguales. “La complementariedad hace gozar
del bien que el otro tiene y está (...) en la acogida y en el
servicio recíproco, impregna el amor de humildad, de respeto,
de fidelidad, de reverencia (Carlo M. Martini, “Sul corpo”,
Milano 2000).
La
primera semejanza del hombre, es decir todo ser humano, es con Dios,
que lo hizo a imagen y semejanza suya (Gn 1,26). Por tanto, como ser
humano, soy antes que nada, compañero de Dios. Hay algo de Él
en mí que me hace amarlo sobre todas las cosas. Esto es parte
de mi ser. “Nos hiciste para ti, Señor...” decía
san Agustín. En primer lugar, pues, somos para Dios. Hombres
y mujeres.
Desde
esta respectiva, el matrimonio no sería otra cosa que signo muy
vivo de la relación del ser humano con Dios. Fuimos hechos en
el amor fiel y total de Dios, por eso estamos llamados a amarlo sobre
todas las cosas. El matrimonio, entonces, es figura permanente de ese
fidelidad permanente del hombre a Dios. Dice, san Pablo, mis hermanos,
que quien se une al Señor, forma con Él un solo espíritu
(1Cor 6,17).
Me
parece, hermanos míos, que no tiene sentido, desde nuestra fe,
discutir algo que está bien determinado en el plan soberano y
misericordioso de Dios. Una vez celebrado el matrimonio, es decir, cimentado
en Jesús, y por Él, en Dios, lo único que queda
es mantenerlo en la obediencia del amor. Los esposos tienen en su matrimonio,
una oportunidad muy cierta y muy rica de ser fieles con el Dios que
nos ha creado en y para el amor, de tal modo que no se puede dejar de
ser fiel en el amor humano, sin ofender el amor a Dios. Eso es el adulterio.
Y,
como en otros campos del ser humano en su relación con Dios,
Señor y dueño de la vida, las estadísticas nada
tienen que ver. En la moral éstas son una verdadera tiranía
(A. Hortelano). Hay aspectos de la vida en los cuales es muy peligroso
y abiertamente pernicioso, dejarnos llevar por el “todo mundo
lo hace”.
Jesús
responde muy claramente: lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Esto significa que el matrimonio fundado en Cristo es obra de Dios.
No es sólo el resultado de una decisión de dos voluntades.
Esto es incontestable. No es cuestión de mera disciplina de la
Iglesia. Mucho menos es cuestión de modas o costumbres.
Pidamos a
nuestra Señora Santa María de Guadalupe, madre del amor
alcance, de Dios para los esposos cristianos la luz y la fortaleza de
su Espíritu, a fin de que no se dejen envolver por la práctica
caprichosa del divorcio o de la apatía en sus relaciones.
Amén.