InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo A
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en Noche Buena y Navidad.

24 de diciembre de 2007

DIOS SE HA HECHO HOMBRE

Hermanos: Un niño nos ha nacido, nos han traído un hijo, nos dice Isaías al profetizar sobre el Mesías ocho siglos antes de su nacimiento. Alegrémonos y felicitémonos por la misericordia de Dios para con nosotros, porque hoy, más de dos mil años después del cumplimiento de esa promesa, podemos decir: hoy nos ha nacido el Mesías, el Salvador del mundo, el esperado por todos los que tomamos conciencia de la imposibilidad de superar, por nosotros mismos, tantas y tantas situaciones de muerte y destrucción.

¡Hoy ha nacido el Salvador! ¡Es Dios-con-nosotros! Esta es la alegría que, con la certeza de la fe, anunciamos al mundo. ¡Cristo es de ayer, de hoy y de siempre! Su presencia llena toda la historia humana dándole sentido pleno a su devenir. Él existía antes de todos los siglos, como dice san Juan en la introducción a su evangelio. Y desde la eternidad irrumpió en el tiempo para hacerse uno más de nosotros, aunque sin dejar de ser Dios. Por eso el profeta afirma que lleva sobre sus hombros el poder... y su nombre es Dios fuerte, Padre eterno y Príncipe de paz. Ésta es nuestra certeza y en ella fundamos nuestro optimismo para afirmar que los tiempos nuevos inaugurados por el nacimiento del Redentor son ya una realidad. Con Él es posible la paz y la concordia en un mundo que pareciera estar destinado al fracaso.

Este acontecimiento salvador manifiesta y da inicio a la etapa definitiva de la historia de salvación que desde la eternidad tenía Dios proyectada para la humanidad. Y como todas las obras de Dios, ésta es maravillosa y grandiosa pero al mismo tiempo sencilla y discreta.

En efecto, hermanos, la condescendencia divina por la cual Dios se hace hombre es por sí misma admirable y más discreta y sencilla no podía haber sido. Sucedió en la discreción de la noche, en la pobreza de un pesebre, en situaciones por demás precarias y penosas, humanamente hablando, que se necesita una fe tan grande y profunda, como la de María y José, para aceptar que es el Dios todopoderoso y eterno quien ha entrado a nuestra historia para asumir nuestra naturaleza débil y efímera.

Veamos que a los pastores, no se les dan más señales que las de la pobreza y la humildad. Nadie supo del acontecimiento más importante de la historia fuera de unos pobres pastores. Y al respecto, mis hermanos, vale la pena señalar que ellos pertenecían al grupo de los más marginados en la sociedad judía, más aún, eran tenidos como impuros, ya que no podía cumplir con varios de los preceptos de la ley por dedicarse esta labor necesaria y al mismo tiempo deshonrosa.

Pero es a ellos, los primeros a quienes Dios ha elegido para ser testigos del inicio de los tiempos nuevos que se ha abierto con la Encarnación de su Hijo.

Los pobres, siempre presentes en la vida de Jesús, y preferidos suyos, representan a todos los que con corazón sincero, limpio y humilde esperan la salvación en la conciencia de la propia debilidad e impotencia para superar las situaciones de pecado. Ellos reciben la invitación a encontrarse con el Salvador por pura gracia, como un don. Es sólo en la pobreza, como se pueden recibir los dones de Dios.

Jesús pobre y frágil como un bebé es la Palabra eterna del Padre que se hace carne. El Dios invisible y Totalmente Otro se hace visible en la  persona de del hijo de María, la muchachita; la doncella de Nazaret, que lo recibe en su regazo y envuelve en pañales para protegerlo de las inclemencias de la noche y de la  aspereza del pesebre. 

Contemplemos, hermanos, la ternura de Dios en la escena del pesebre rodeado de sus padres, de unos animales y de los pastores que no salen de su asombro. Escuchemos el coro de los ángeles que con sus voces dan gloria a Dios y proclaman la paz para todos los hombres que ama el Señor. Más aún, hermanos, unámonos a ellos desde nuestra pobreza para darle con nuestra vida el honor y gloria que sólo a Él se debe.

Que la sencillez y la humilde de este misterio nos mueva a todo los seres humanos a vivir en la paz que, como un don, nos ha venido con la presencia del Hijo bendito del Padre y de María, la humilde esclava del Señor; que con su sí, es toda la humanidad quien en ella dice si al Padre. Que Dios nos bendiga con la alegría que sólo puede salir del corazón agradecido y lleno de esperanza en el amor.

 ¡Feliz Navidad! Amén.

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados