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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXII Domingo Ordinario.

31 de agosto de 2008
“Año de San Pablo”

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la vida consagrada. Mis amados hermanos en el ministerio diaconal, presbiteral, Cabildo de Guadalupe.

Comencemos nuestra reflexión sobre la Palabra de Dios dándole gracias a Dios, alabando y bendiciendo su nombre, porque por su gran misericordia nos ha llamado a la vida verdadera, junto a Él a través de nuestra unión con el Señor Jesús.

Definitivamente tenemos que aceptar que nuestros pensamientos no son los pensamientos de Dios y que no podemos de ningún modo pretender que Él concuerde con nuestra manera de pensar. Porque ¿cuántas veces no hemos pensado que nuestros criterios son los mismos que Dios tiene para amarnos, para concedernos lo que le pedimos o para actuar como nosotros actuamos? La realidad, mis amados hermanos, es que nos cuesta trabajo aceptar lo contrario.

Pero, este domingo, continuando con la narración de hace una semana, san Mateo nos ilustra acerca de esto con un nuevo diálogo entre Jesús y Pedro, muy contrastante, por cierto, con el primero. Pero, empecemos por acercarnos a la primera lectura lo cual nos va a servir para ilustrar, como ha de ser siempre, desde la misma escritura y así intentar cierta comprensión de las actitudes de Jesús frente a la muerte violenta que ha de sufrir.

El profeta Jeremías con su vida, con su experiencia de persecución, por su fidelidad a Dios, con sus angustias y sufrimientos es figura y anuncio de la suerte que Jesús va a asumir en el momento de su pasión. El profeta nos describe la situación que vive por haberse dejado seducir por Dios y a quien no deja de serle fiel. Nos cuenta que su pertenencia a Dios de ninguna manera le ha servido para ser feliz, sino al contrario por eso le ha venido toda clase de desprecio y rechazo de parte de aquellos a quienes sólo quiere hacerles el bien.

Mis amados hermanos y hermanas, la firme decisión de Jesús, sin embargo, contrasta con la del profeta ya que este tuvo, él mismo confiesa, algunos momentos en los que quiso abstenerse de cumplir su misión de anunciar la Palabra de Dios precisamente en su intento de dejar de sufrir. Jesús por su parte está totalmente resuelto a asumir el destino que le espera para llevar acabo la Redención. Podríamos decir, mis amados hermanos, que la realidad de Pedro, como la de alguien se contradice de buenas a primeras, es la de todos nosotros, incluida la de Jeremías. El profeta se ha dejado fascinar por Dios, que lo ha llamado y destinado a una misión muy noble. Lo mismo sucede con Pedro quien ha sido llamado bienaventurado por su confesión respecto de la identidad de Jesús, pero ambos como nosotros en el momento de la prueba a la hora de la verdad y de dar la prueba de su fidelidad se escandalizan y quieren cambiar la suerte que les espera.

Jesús, mis hermanos, fiel como nadie a su misión, asume que va a sufrir mucho hasta la muerte, sabe que ese es el precio de su obra salvadora. Y miren, mis hermanos, que increíble el Señor Jesús quiere asumir la con libertad. En la libertad, en el amor, en la obediencia a su Padre y el amor a la humanidad. La vida posee un valor muy alto, mis hermanos, humanamente hablando es el mayor bien que poseemos. Pero, Jesús nos dice, con toda autoridad, que la vida actual no es lo único, que hay otra por la cual vale la pena perder esta en el amor y la obediencia. La vida hay que defenderla en todo y con toda, y en todas sus etapas, porque le pertenece a Dios. El es el único dueño absoluto de la vida. Y es cierto entonces, mis hermanos, que el hombre no puede disponer ni siquiera de la propia, también esta le pertenece a Dios.

Estamos viviendo, nos dice nuestro Cardenal y nuestros obispos estamos viviendo con profundo dolor el hecho de que la máxima institución de impartir justicia de nuestro país, decidió respaldar jurídicamente una ley inmoral que no sólo despenaliza el aborto, sino que lastima y vulnera los derechos primordiales del ser humano.

Esta decisión, mis amados hermanos, podrá ser legal o criminal, pero nunca podrá ser moral, lo que destruye es abominable, como es el asesinato de seres inocentes en el vientre de sus madres. Atención, mis hermanos, esta decisión podrá ser legal o criminal, pero nunca podrá ser moral, lo que es abominable de suyo. Ninguna corte puede contradecir la ley suprema de Dios que nos ordena: no matarás, no matarás.

La Iglesia que fue convocada por Jesucristo, nosotros que somos la Iglesia somos convocados para defender la vida y ser esperanza de vida aún en las condiciones más adversas. La Iglesia, nosotros, tenemos ante sí una nueva oportunidad de responder con acciones concretas frente a la cultura de la muerte, que se ha impuesto en nuestra ciudad. Y que pena, ojala que no se llegue a eso en los Estados  de la República, en la federación mexicana. Pero, siendo la vida de tan alto valor el hombre puede disponer de ella sólo en el amor, esta es la enseñanza central que nos ha hoy Jesús. Siendo la vida de tan alto valor el hombre puede disponer de ella sólo en el amor y esto porque la vida nos explica por sí misma: no es un fin en sí mismo, y esto quiere decir que hay un bien mayor que esta vida y este valor mayor es el amor. “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por los que ama”, dice el Señor Jesús, muy clarito.

Es entonces, mis amados hermanos y hermanas, por el amor y la obediencia, como se adquiere la otra vida. La de Dios que sólo podemos alcanzar con y en Jesucristo el Señor, pero no nos confundamos, amados hermanos y hermanas, no se trata de despreciar esta vida que Dios nos ha concedido, se nos ha dado para vivirla y para vivirla intensamente, desde ahora, sino la sabemos vivir desde ahora, jamás la sabremos vivir después. No se trata de despreciar esta vida que Dios nos ha concedido. Jesús nos enseña que la manera más adecuada y correcta de amar la vida es cuidarla para poderla dar; es cuidarla para poderla entregar. Jesús nos está enseñando que la vida es para darla, no para disfrutarla egoístamente. Este sería el sentido del sacrificio, la renuncia a sí mismo para el servicio de los demás.

El sacrificio, mis amados hermanos y hermanas, por sí mismo, tampoco se explica por sí mismo, adquiere su mayor sentido cuando se acepta para que los otros tengan vida, sobretodo los que tienen el derecho de esperar de nosotros este servicio. Es esta una forma radical de servicio y de entrega que podemos vivir continuamente siguiendo a Jesús, como discípulos suyos.

Como podemos comprender, mis amados hermanos y hermanas, no se trata de sufrir por sufrir, no es lo que nos pide Jesús, no es la cruz por la cruz, no, se trata de llevar con paciencia y con amor las situaciones difíciles de la vida, que de todos modos se nos viene encima, mis hermanos. Se trata de darle el sentido de la cruz; ella nos hace madurar en el amor; ella nos hace madurar en la obediencia. En el santo sacrificio de la misa, en la Eucaristía, mis amados hermanos y hermanas, celebramos el amor de Dios. Este amor que nos ha dado en su Hijo y que se ha entregado Jesucristo hasta la muerte y muerte de cruz por amor a nosotros, y nosotros por medio de Él expresamos al Padre nuestro amor y nuestra gratitud, así como nuestra disponibilidad al sacrificio que nos asemeja a Cristo y nos acerca unos a otros en la fraternidad, en la convivencia, en el servicio, en el amor.

Que nuestra Muchachita y Celestial Señora, Madre nuestra Santa María de Guadalupe, quien nos trajo al Señor de la vida nos asista con su intercesión y con su ejemplo.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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